La última casa de Water Mill (Turno de noche 2) 9
29%

9

Todo se ha ido al traste.

Me van a despedir. Es evidente. Tendré que hacer la maleta, coger el primer autobús de vuelta a Queens y presentarme en casa de mis padres con la misma cara de imbécil con la que salí de allí hace unos días creyendo que, por fin, había encontrado una forma de enderezar mi vida.

Ni siquiera sé si Luke me pagará los días que llevo trabajando.

Tal vez considere que los trescientos dólares que me dio al llegar son más que suficientes.

Sueldo, indemnización y finiquito, todo incluido.

Gracias por sus servicios, señorita Parker. No avisaremos a la policía si se va ya.

—Estás sacando todo de contexto, Avery.

Connor se ajusta la fina chaqueta que se ha puesto esta noche. Empieza a refrescar en cuanto desaparece el sol y, aunque no sea el momento adecuado de hablar de ellos, la chaqueta le sienta de maravilla.

Nuestro plan también se ha ido al traste.

Íbamos a ir al cine a ver Deadpool y Lobezno , elección suya, por supuesto.

Había insistido tanto que he terminado aceptando sin confesarle que odio las películas de superhéroes.

Me daba igual la película. Solo quería pasarlo bien.

Era mi primer fin de semana libre desde que había encontrado trabajo y pensaba celebrarlo haciendo algo normal con un chico normal.

En lugar de eso, he terminado contándole entre lágrimas lo que ha ocurrido en casa de los Frost y ahora estamos sentados en un banco del parque de Agawam, en Southampton, hablando de mi más que probable regreso a Queens.

—Para ti es fácil decirlo, Connor. Tú tienes una familia con dinero, estudias en una universidad privada y tienes todas las comodidades... Para mí ese trabajo era importante.

—Pero eres enfermera. ¿Qué más da? Encontrarás otro trabajo mejor. —Se encoge de hombros—. ¿Por qué no pruebas en un hospital?

Bajo la mirada hacia mis manos. Ahí está. La pregunta que llevo esquivando desde que nos conocemos. Podría inventarme cualquier excusa, pero después de todo lo que ha ocurrido esta tarde estoy demasiado cansada para seguir ocultando cosas.

—Porque no puedo trabajar en un hospital.

Connor pone cara de sorprendido.

—¿Por qué?

Tomo aire y se lo cuento. Todo. Le explico que terminé mis estudios de enfermería y que cometí la estupidez de empezar a trabajar antes de tener la licencia.

Necesitaba el dinero y la residencia de Queens necesitaba personal.

Greta Richardson, la gerente, sabía perfectamente cuál era mi situación y me aseguró que no habría ningún problema, que podría trabajar allí mientras resolvía los trámites y me presentaba al examen.

Yo fui lo bastante ingenua para creerla.

Después llegó el caso del señor Newman, las preguntas, la investigación y, cuando las cosas se complicaron, Greta hizo lo que mejor sabía hacer: protegerse.

Negó haberme autorizado a trabajar sin licencia y dejó que toda la responsabilidad recayera sobre mí.

El resultado fue una suspensión de dos años antes de poder obtenerla y la certeza de que ningún hospital va a contratarme hasta que ese plazo termine.

Connor no me interrumpe. Se limita a escuchar hasta que termino y después se sienta más cerca de mí, apoyando los antebrazos sobre las piernas.

—Me alegra que hayas confiado en mí para contarme algo tan íntimo.

—No es precisamente la historia de mi vida que más me gusta compartir.

—Ya me lo imagino. —Me mira—. Y también entiendo que ahora te parezca el fin del mundo, pero dos años no son nada, Avery. Ya ha pasado uno. Cuando quieras darte cuenta habrá terminado la suspensión y podrás trabajar donde te dé la gana.

—Eso no me ayuda mucho si mañana estoy otra vez en casa de mis padres.

—Tal vez no tengas que volver.

Lo miro de reojo.

—Connor, el collar estaba en mi bolsillo.

—Lo sé. Pero también has dicho que el señor Frost sabe que su mujer no está bien. Precisamente por eso te contrató, ¿no? Habla con él. Explícale lo que ha ocurrido. Quizá entre en razón y te dé una segunda oportunidad.

Suelto una risa sin humor y niego con la cabeza.

—Tendrías que haberle visto la cara. Parecía que hubiera visto un fantasma. No sé si estaba triste porque su mujer vuelve a ser Quinn, decepcionado conmigo o las dos cosas a la vez, pero cuando he intentado hablar con él ha sido tajante. Me ha dicho que no era el momento y que hablaríamos después.

—Pues eso significa que hablaréis después. No que estés despedida.

Sonríe y odio que su sonrisa consiga aliviarme un poco.

Le sienta demasiado bien. En realidad, todo le sienta demasiado bien esta noche.

La chaqueta, el pelo arreglado, incluso esa colonia que noto cuando se acerca.

Estoy acostumbrada a verlo con ropa deportiva y camisetas sin mangas, pero hoy parece otro.

Más adulto. Más elegante. Y muchísimo más atractivo de lo que me esperaba.

Lo observo unos segundos mientras sigue intentando convencerme de que Luke Frost no va a despedirme y pienso que, puestos uno al lado del otro, ni siquiera hacemos mala pareja.

Qué lástima que probablemente esta sea la última vez que nos veamos.

—Por cierto, estuve hablando con mi padre sobre nuestros nuevos vecinos —suelta Connor.

La frase consigue sacarme de mis pensamientos. Aparto la mirada de él antes de que se dé cuenta de que llevo demasiado rato fijándome en su aspecto.

—¿Sobre los Frost?

—Sí. Le pregunté si sabía algo de ellos. Me dijo que no mucho, por lo visto, pero había estado hablando con John McNulty, el hijo de William McNulty, el cantante de los Red Comets.

Tardo un par de segundos en recordar por qué me suena lo que me está contando.

—Ah, sí. Era el dueño de la casa hasta que la compraron los Frost, ¿no?

—Sí. John es amigo de mi padre. Bueno, se conocen. Mi padre utiliza la palabra «amigo» un poco a la ligera a veces. Puede tomarse dos copas con alguien en una fiesta y al día siguiente hablar de él como si hubieran compartido habitación en la universidad.

Me río. Connor también sonríe antes de continuar.

—El caso es que John le contó que los Frost venían de Kentucky.

Por lo visto, Luke era una especie de genio de las finanzas.

De esos tipos que ganan una cantidad abismal de dinero haciendo cosas que nadie entiende.

Cuando se interesó por la casa en venta, pagó el precio de partida sin regatear ni un centavo.

—Pues ese hombre se equivoca.

—¿Mi padre? —inquiere Connor, asombrado, como si eso no pudiera ser factible.

—John. Los Frost no vienen de Kentucky. Vienen de Nueva Jersey. Me lo dijo Natalie.

Connor ladea la cabeza.

—¿La misma Natalie que te regaló un collar y después te acusó de robárselo?

Intento contenerme, pero no puedo. La risa me sale de golpe y durante unos segundos me olvido de Luke, de Quinn, de mi trabajo y de la posibilidad de tener que volver a Queens. Connor parece satisfecho consigo mismo.

—Vale —concedo—. Quizá Natalie no sea la fuente más fiable del mundo.

—Eso pensaba.

—Aunque da igual de dónde vengan. Kentucky, Nueva Jersey o Marte. Si Luke me despide mañana, dejará de ser asunto mío.

Decirlo en voz alta vuelve a colocarme un peso en el pecho. Miro hacia el parque, las copas de los árboles agitándose con la brisa y las luces que empiezan a encenderse alrededor. Es absurdo sentir nostalgia por un lugar en el que llevo tan poco tiempo, pero la siento.

—Voy a echar de menos los Hamptons —digo.

Connor me mira divertido.

—Todavía no te has ido y ya estás echándolo de menos.

Me da un pequeño golpe con el hombro y vuelvo a sonreír. Después mira la hora y su expresión cambia.

—Es tarde. Y has tenido un día bastante largo. Te llevo a casa y mañana me cuentas qué ha pasado con los Frost —dice Connor.

Asiento y me incorporo.

Regresamos al coche caminando despacio, sin demasiada prisa por terminar la noche.

Me acomodo en el asiento del copiloto mientras él rodea el capó y se pone al volante.

Durante el trayecto hablamos de temas banales que nada tienen que ver con los Frost. Connor vuelve a quejarse de que le he hecho perderse Deadpool y Lobezno y yo termino confesándole que, en realidad, le he hecho un favor.

Me mira escandalizado. Dice que esa información habría cambiado por completo su opinión sobre mí de haberla conocido antes y yo sonrío, aunque mi mente no esté del todo presente.

Poco a poco dejamos atrás las calles más transitadas y volvemos a la tranquilidad de Water Mill.

A través de la ventanilla aparecen las entradas de las grandes propiedades, los setos perfectamente recortados y las casas escondidas tras extensiones de terreno que de noche parecen todavía mayores.

Reconozco el cruce de Flying Point Road con Wickapogue y, unos minutos después, ya estamos cerca de la propiedad de los Frost.

Connor reduce la velocidad, pero en lugar de avanzar hasta la entrada de la casa se detiene unos metros antes.

—¿Qué pasa? —pregunto.

No responde enseguida. Apaga el motor y se gira hacia mí.

—He estado pensando algo.

—No se te da bien, Connor.

—Es verdad. —Sonríe, aunque esta vez hay algo distinto en su expresión—. Pero por si acaso mañana resulta que tenías razón y finalmente tienes que irte... me gustaría que te llevaras un buen recuerdo de mí.

Sé lo que va a hacer antes de que lo haga. Lo sé por la manera en que me mira, por cómo sus ojos bajan un instante hasta mi boca y por ese segundo extraño en el que tengo tiempo suficiente para apartarme.

No lo hago.

Connor se inclina hacia mí y me besa.

El primer contacto de sus labios es suave y prudente, dejándome la oportunidad de decidir.

Mi respuesta parece darle la seguridad que necesita porque acerca una mano a mi rostro y el beso cambia.

Cierro los ojos y me dejo llevar. Me sorprende lo bien que besa.

Mucho. Lo suficiente para que durante unos instantes desaparezca todo lo demás y me concentre únicamente en su boca, en su mano junto a mi cuello y en el calor que me sube por el pecho, justo donde me encantaría que bajase su mano.