8 #3
—Te agradezco mucho que cuides así de bien de mi mujer —dice—. Han sido tres días geniales y todo ha sido gracias a ti.
Estamos demasiado cerca. Eso es lo primero que pienso.
Demasiado cerca y demasiado solos en este sótano para que esta conversación siga resultando cómoda.
El humo del cigarrillo se mezcla con el sudor de su piel y, contra toda lógica, la combinación tiene algo extrañamente embriagador.
No debería estar fijándome. Mucho menos cuando el hombre que tengo delante acaba de darme las gracias por cuidar de su esposa.
—Yo no he hecho nada, señor Frost. Pero me alegro de que esté contento conmigo.
Su mano vuelve a rozarme la mejilla. Esta vez lo hace más despacio y sin apartar los ojos de los míos. Sonríe.
—Luke. Llámame Luke.
Un golpe seco retumba en algún lugar de la casa.
Los dos alzamos la cabeza.
Ha venido de arriba. No de la planta baja. Diría que del piso donde están las habitaciones.
La expresión de Luke cambia al instante.
Tira el cigarrillo al suelo, lo aplasta con la bota y sale del sótano a toda prisa.
Yo voy detrás.
No hemos llegado al final del pasillo cuando escuchamos otro golpe. Después otro. Esta vez identifico perfectamente el sonido: cajones que se abren y se cierran con violencia en la planta de arriba.
—¿Natalie? —grita Luke mientras sube las escaleras a paso ligero—. ¡Natalie! ¿Estás bien?
Lo sigo. Al llegar al segundo piso, un nuevo golpe nos conduce hasta mi dormitorio. Luke entra primero y yo aparezco detrás de él unos segundos después.
Natalie está de espaldas a nosotros, revolviendo el interior de mi armario. Hay ropa tirada sobre el suelo y varios cajones abiertos con todo su contenido desperdigado alrededor.
—Natalie, ¿qué sucede?
Luke se acerca y la agarra por los hombros. Ella se revuelve de inmediato.
—¡Suéltame!
Cuando se gira comprendo que algo ha cambiado. La dulzura y la serenidad que mostraba hace unos minutos en la cocina han desaparecido. Ahora tiene los ojos muy abiertos, la respiración acelerada y una expresión de angustia que ya conozco.
Natalie se ha ido.
Ahora es Quinn quien tiene el control.
He estado leyendo bastante sobre el trastorno estos últimos días. No es que tres noches buscando información en internet me conviertan en una experta, pero he aprendido algunas pautas y decido recurrir a una de ellas.
—Quinn —digo con calma—. ¿Qué estás haciendo?
Se vuelve hacia mí con el rostro desencajado. Durante un instante parece desconcertada al escuchar su nombre. Después mira a Luke, que sigue sin camiseta, sudoroso por el trabajo del sótano, y vuelve a mirarme.
—¿Estáis liados?
Abro los ojos. Luke levanta las manos inmediatamente.
—¿Qué? No. En absoluto. Estaba en el sótano y he oído golpes. Avery ha bajado a avisarme de que la comida estaba lista. ¿Se puede saber qué pasa?
Quinn señala el joyero abierto sobre la cama.
—He perdido el collar de mi madre.
Y entonces recuerdo algo que leí en la página de Medline dedicada al trastorno de identidad disociativo. Una de las características de la enfermedad es la capacidad de los sujetos para distorsionar los elementos de la realidad en aquello que su propia percepción considera oportuno.
En otras palabras, son pacientes que inventan su propio mundo. Quinn es una creación de la mente de Natalie. Por lo tanto, no tiene una madre que le regalase un collar.
Empiezo a tener un mal presentimiento.
—Lo ha cogido ella —dice Quinn, señalándome.
El corazón me da un vuelco.
—Eso es imposible —responde Luke—. No digas tonterías. Avery está aquí para ayudarnos.
Quinn no aparta los ojos de mí.
—Ha sido ella.
No digo nada porque no me salen las palabras.
—Quinn, estás siendo maleducada con Avery.
—¡Lo ha cogido ella! —insiste—. ¡Que se vacíe los bolsillos!
Luke intenta calmarla, pero Quinn no cede. Me señala una y otra vez mientras repite que el collar estaba allí, que alguien ha entrado en su habitación y que no piensa dejar que una ladrona se quede en su casa.
Yo sigo inmóvil.
—De acuerdo —dice Luke finalmente.
Lo miro.
—Avery, vacíate los bolsillos. Así podrá comprobar que se está equivocando.
No me muevo.
Una gota de sudor me baja desde la frente hasta la sien.
—¿Avery?
Podría explicarlo ahora. Debería hacerlo. Podría decirle que Natalie me ha prestado un collar hace menos de cinco minutos, que me ha dicho que Luke se lo regaló en su primer aniversario y que prácticamente me ha obligado a aceptarlo.
Pero ya sé cómo va a sonar.
La mujer que supuestamente puede confirmar mi versión ya no está aquí.
—Avery —repite Luke.
No tengo escapatoria.
Meto lentamente la mano en el bolsillo y cierro los dedos alrededor de la caja de terciopelo negro. Cuando la saco, la expresión de Luke cambia. Bajo la cabeza y se la entrego sin atreverme a mirarlo.
—¡Ahí lo tienes! —grita Quinn—. ¡Es una ladrona!
Luke permanece en silencio.
Abre la caja.
No soy capaz de alzar la vista, pero no necesito hacerlo para saber qué acaba de encontrar. Veo su reacción de reojo: la mandíbula se le desencaja y durante unos segundos se queda contemplando el collar de diamantes sin decir una sola palabra.