La última casa de Water Mill (Turno de noche 2) 8 #2
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Termino cediendo. Agarro la caja y la cierro con sumo cuidado. Después me la guardo en el bolsillo.

—Lo cuidaré con mi vida.

Sonrío y me quedo pensando en lo que acaba de contarme.

—¿Cómo os conocisteis Luke y tú? —pregunto.

Natalie regresa junto a la encimera y comprueba la comida antes de responder.

—En una exposición. Yo presentaba una colección en una galería de Nueva Jersey. Hemos vivido allí siempre.

—¿Los dos?

—Sí. Luke trabajaba como asesor de un multimillonario bastante excéntrico que se encaprichó con dos de mis obras. Quería hacer una oferta por ellas y se llevó a Luke para que negociara el precio y las formas de pago.

—¿Compró los cuadros?

—Compró los dos por tres millones de dólares.

Abro mucho los ojos y se me escapa un silbido.

—Cuando terminamos de negociar, el comprador y varias personas de la galería se fueron a otra sala para preparar y firmar parte de la documentación.

Luke y yo nos quedamos solos unos minutos.

Entonces me dijo que no entendía absolutamente nada de arte, pero que, si había conseguido vender dos cuadros por esa cantidad de dinero, era una mujer a la que quería conocer.

No puedo evitar sonreír.

—¿Te dijo eso?

—Exactamente eso. Después me invitó a cenar y... —se encoge de hombros— supongo que surgió la magia.

Me gusta escucharla contar la historia. Hay algo en su manera de hablar de Luke que cambia su expresión. Durante unos instantes no pienso en Quinn, ni en la enfermedad, ni en todo lo extraño que ocurrió el primer día. Solo veo a una mujer recordando cómo conoció al hombre del que se enamoró.

Entonces recuerdo algo.

—Creía que utilizabas un pseudónimo para tus obras. ¿También exponías en galerías con tu nombre real?

Natalie me mira y sonríe. Por su expresión, debe de pensar que no tengo ni idea de cómo funciona ese mundo, y tendría toda la razón.

—No. La galería puede mantener tu anonimato si lo acuerdas por contrato. Cuando existe una negociación que requiere mi presencia, las partes implicadas firman una cláusula de confidencialidad y puedo intervenir personalmente sin que mi identidad se haga pública. No es tan misterioso como parece.

Natalie se ríe y vuelve a ocuparse de la comida. Un momento después levanta la cabeza.

—¿Puedes hacerme un favor? Ve a buscar a Luke. Está en el sótano terminando de arreglar el desastre. Dile que la comida ya está lista.

Me levanto de la silla y compruebo que la caja sigue bien guardada en mi bolsillo.

—Gracias otra vez por el collar.

—Deja de darme las gracias.

Natalie niega con la cabeza, divertida, mientras salgo de la cocina.

La puerta del sótano es de madera oscura y está al final del pasillo, bajando unas escaleras.

Comienzo a bajar y giro el pomo. Esta vez todo está en silencio.

No hay golpes, ni agua corriendo por las tuberías, ni herramientas eléctricas.

Al abrir la puerta y bajar las escaleras, encuentro a Luke de espaldas a mí, recogiendo algunos escombros del suelo bajo una tubería nueva que reluce junto a una pared sobre la que descansan unos cuadros envueltos en una sábana.

No lleva camiseta y tiene la piel cubierta por una fina capa de sudor.

Se vuelve al escucharme y parece sorprendido.

—Avery, ¿qué haces aquí?

Me quedo mirándolo un segundo más, perpleja.

No sé exactamente cuántos años tiene Luke, pero está claro que se conserva bastante mejor que la mayoría de los hombres de su edad.

Tiene los hombros anchos, los brazos fuertes y un abdomen que no parece compatible con alguien que se pasa buena parte del día sentado delante de un ordenador.

No lo he visto hacer deporte desde que llegué.

Debe de pertenecer a ese afortunado grupo de personas cuya genética ha decidido ser especialmente benevolente.

—Hola... Natalie me ha dicho que viniera a buscarte. La comida está lista.

Luke me mira y tengo un problema: es tan sumamente atractivo que no consigo distinguir si esa manera de mirar resulta seductora a propósito o si es simplemente la expresión que le viene de serie.

Se incorpora, se limpia una mano en el pantalón y saca un paquete de tabaco del bolsillo.

Se lleva un cigarrillo a los labios y lo enciende.

No estoy segura de que fumar en un sótano repleto de tuberías sea la mejor de las ideas, pero no digo nada.

Entre otras cosas porque sigo teniendo dificultades para apartar la vista de sus pectorales.

—¿Qué tal ha quedado? —pregunta.

Da un par de golpes con los nudillos sobre una zona del suelo que acaba de alisar.

—Creo que estupendo.

—Es increíble que lo hayas hecho tú solo. ¿Cómo sabes tanto de fontanería?

Luke se ríe y se acerca.

—Mi padre era un manitas. Sabía hacer de todo y me enseñó bastantes trucos. La verdad es que, viendo lo que cobran los que han venido estos días y lo mal que trabajan algunos, creo que lo mejor que he hecho ha sido arreglar esto por mi cuenta.

Miro la tubería nueva y después la pared.

—Ha quedado de maravilla.

—Sí —dice.

Pero ya no está mirando la pared.

Me mira a mí.

Nuestros ojos se encuentran y ninguno de los dos aparta la vista.

Al principio no le doy importancia, pero los segundos pasan y empiezo a sentirme incómoda.

O nerviosa. No estoy segura de cuál de las sensaciones se impone.

Luke se lleva el cigarrillo a los labios, da una calada y, cuando vuelve a bajarlo, se acerca un poco más.

Entonces levanta la mano libre y me acaricia la mejilla.

El gesto es completamente improcedente.

Y yo me quedo completamente quieta.