La última casa de Water Mill (Turno de noche 2) 8
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Han pasado tres días desde mi accidentada llegada a Water Mill y, teniendo en cuenta que el primero de ellos me encerraron en mi habitación, descubrí que la mujer a la que debía cuidar tenía otra personalidad y terminé pidiendo auxilio a gritos por la ventana, podría decirse que los siguientes han sido sorprendentemente tranquilos.

Eso no significa que no haya ocurrido nada. De hecho, hay bastantes novedades.

Lo primero fue la llegada de una empresa de jardinería.

Cuatro hombres desembarcaron a primera hora con una furgoneta y maquinaria suficiente para transformar una selva en un campo de golf.

Replantaron las zonas de césped que estaban secas, podaron los setos, retiraron ramas, limpiaron los caminos y pusieron orden en unos parterres hasta ahora abandonados.

Para el jueves por la tarde, el jardín era otro.

Ahora sí se parece al de una de esas mansiones ostentosas de Water Mill y es digno de este vecindario.

También ha pasado por aquí una empresa de reformas.

Han pintado varias habitaciones y han reparado algunos desperfectos en las paredes.

Luke, por su parte, se ha encargado personalmente del problema del sótano.

Ha trabajado allí abajo durante horas, entrando y saliendo con herramientas, piezas de tubería y gritando algún que otro exabrupto que no es necesario repetir.

No sé exactamente qué demonios estaba estropeado, pero parece haberlo solucionado.

Al menos, el olor ha desaparecido, y eso me basta para no tener que contener la respiración cada vez que paso cerca de la puerta.

Las cajas también han desaparecido. Natalie se ha ocupado de vaciarlas, colocar libros, vajillas, ropa y objetos personales, decidir qué muebles se quedaban y cuáles buscarían una segunda vida lejos de aquí, además de coordinar la llegada de algunos nuevos.

En apenas tres días ha conseguido que una casa que parecía deshabitada empiece a sentirse como un hogar.

Y lo más sorprendente es que prácticamente lo ha hecho todo ella sola mientras Luke trabajaba.

Lo más positivo de todo es que Natalie lleva tres días siendo ella misma.

Ni rastro de Quinn. Ni episodios extraños, ni cambios bruscos de comportamiento, ni carreras por la casa porque alguien viene a por ella.

Tengo que reconocer que esa mujer es increíblemente apañada.

Organiza, llama, compra, decide y resuelve con una eficacia que me hace preguntarme si realmente necesita que alguien esté pendiente de ella.

Además, es encantadora. Mantiene cierta distancia conmigo, eso sí.

No intenta convertirse en mi amiga ni parece especialmente interesada en conocerme, pero siempre es educada, agradable y considerada.

Me pregunta si necesito algo, me avisa cuando va a salir al jardín y hasta se preocupa por saber qué quiero comer.

Si no hubiera conocido a Quinn el primer día, probablemente la idolatraría.

También he averiguado algunas cosas sobre Luke.

Resulta que es asesor fiscal de grandes fortunas y, según Natalie, uno de los mejores del país.

Según ella, es un genio, aunque supongo que las esposas no son las fuentes más imparciales cuando se trata de valorar el talento de sus maridos. Al menos las de Water Mill.

Luke, quien supuestamente se había tomado unos días libres, ha estado trabajando desde su ordenador, lo que explica que pueda pasarse horas encerrado en su despacho sin necesidad de salir de casa.

Su plan, por lo visto, es mantener este ritmo unos cinco años más, invertir bien lo que gane y retirarse.

Sí, cinco años… Luke Frost tiene una edad en la que la mayoría de la gente todavía está intentando averiguar cómo pagar la hipoteca y él ya está calculando cuándo dejará de trabajar.

Este es un mundo muy diferente al mío.

Hoy, por fin, es viernes.

Connor y yo llevamos enviándonos mensajes durante toda la semana y esta noche vamos a ir al cine.

Mañana no trabajo, así que no tengo que preocuparme por la hora a la que vuelva.

Aunque debería hacer una aclaración respecto a eso de «trabajar», porque durante estos tres días mi empleo ha consistido básicamente en estar aquí, pendiente de Natalie por si Quinn decide hacer acto de presencia.

Como no ha ocurrido, he leído un libro, he ayudado con algunas cajas, he acompañado a Natalie mientras organizaba tareas y he cobrado dinero por todo ello.

Me encanta mi trabajo.

Ahora estamos en la cocina. Natalie prepara la comida mientras yo permanezco sentada a la mesa, terminando de sacar brillo a una cubertería que llevaba quién sabe cuánto tiempo guardada en una de las cajas.

Algunas piezas estaban bastante polvorientas y me he ofrecido a limpiarlas mientras ella se ocupa de cortar las verduras.

—He estado pensando en ti y en tu futuro —me dice de repente.

Levanto la vista de la cuchara que tengo entre las manos.

—¿Ah, sí? Ya es más de lo que he hecho yo en los últimos meses.

Natalie se ríe. Es plenamente consciente de su enfermedad cuando es ella misma, aunque yo intento no mencionar nunca el tema.

Tampoco sé muy bien hasta qué punto recuerda las cosas que hace Quinn, y no tengo ninguna intención de preguntárselo.

Me parece suficiente castigo tener que convivir con la certeza de que, en cualquier momento, puedes dejar de ser tú.

—No creo que debas quedarte mucho tiempo aquí cuidando de mí —dice.

Dejo de frotar la cuchara.

—No me malinterpretes —continúa—. Estoy a gusto contigo y no quiero que te vayas, pero tienes que pensar en tus aspiraciones. Creo que puedes dar mucho más que estar sentada limpiando una cuchara mientras esperas a ver si se me cruza un cable.

Le sostengo la mirada. Que se preocupe por mí me hace sentir bien y, al mismo tiempo, esa última frase me provoca una punzada de tristeza.

Natalie lo ha dicho con naturalidad, incluso con cierta ironía, pero no consigo imaginar lo que debe de ser hablar así de una misma.

Saber que hay una parte de tu mente sobre la que no tienes ningún control.

—Es cierto que me gustaría trabajar en un hospital, pero todavía soy joven, Natalie.

—Por cierto... —dice Natalie, aunque enseguida hace una mueca y deja el cuchillo sobre la encimera—. Bueno, la verdad es que no sé si debería decirte esto.

—¿Qué sucede?

Se forma un silencio en el que parece pensar si es buena idea abrir la boca o no.

—De acuerdo, pero no quiero que te siente mal. Quizá me estoy metiendo donde no me llaman. Prométeme que no te enfadarás.

Asiento con la cabeza. Entonces se seca las manos con rapidez y toma asiento frente a mí.

De pronto me pongo nerviosa. Repaso mentalmente estos tres últimos días intentando descubrir qué he podido hacer mal.

Quizá he invadido demasiado su espacio, he tocado algo que no debía o he dicho alguna estupidez sin darme cuenta.

—Te escuché hablando por teléfono el otro día con un chico —dice.

Parpadeo.

—¿Qué?

Su expresión cambia por completo. Sonríe con un entusiasmo que no esperaba y se inclina un poco sobre la mesa.

—Es ese tal Connor, ¿verdad? El vecino. El que vino el otro día.

—Sí.

Noto que me sube el calor a las mejillas y bajo la vista hacia la cuchara. Genial. Tengo veintidós años y todavía me pongo roja cuando alguien menciona al chico que me gusta. Aunque Connor no me gusta. O no sé si me gusta. En cualquier caso, no me gusta hablar de ello.

—Es guapísimo —dice Natalie.

No puedo evitar reírme.

—Natalie...

—¿Qué? Solo digo que el chico está bien.

La conversación se relaja de inmediato. Hace un momento estaba convencida de que iba a reprocharme algo y ahora resulta que quiere hablar de Connor.

—Además, me he estado fijando en una cosa —continúa—. No tienes demasiada ropa.

La sonrisa desaparece de mi cara.

—Gracias.

—No lo digo como algo malo. Bueno, quizá un poco. —Se ríe—. Me refiero a que esta noche tienes tu primera cita con Connor y prácticamente no tienes ropa ni complementos.

—¡No es una cita!

—Por supuesto que lo es.

—Solo vamos a ir al cine.

—Un viernes por la noche. Los dos solos.

Me dispongo a discutirlo, pero Natalie se levanta antes de darme oportunidad. Sale de la cocina y regresa menos de un minuto después con una pequeña caja forrada de terciopelo oscuro. La coloca delante de mí y la abre.

Es un collar.

Durante unos segundos me olvido de Connor.

Es precioso. Una fina cadena de oro blanco sostiene una hilera de pequeños diamantes que converge en una piedra central algo mayor, tallada en forma de lágrima.

La luz que entra por las ventanas de la cocina se refleja en las facetas y proyecta destellos sobre el interior de la caja.

No sé cuánto puede costar algo así, pero mucho, eso desde luego.

Hace un gesto con la caja, ofreciéndomelo.

—Ni hablar.

Natalie pone cara de ofendida.

—¿Por qué?

—Porque cuesta más que mi salario de un año.

—Eso no es una razón.

—Para mí sí.

—Te quedará perfecto con el vestido negro que tienes en el armario.

La miro.

—¿Has estado mirando en mi armario?

—No estaba buscando nada —se defiende enseguida—. Solo quería comprobar si necesitabas que limpiaran también tu habitación. Nos hemos gastado una fortuna en una empresa de limpieza, qué menos que preocuparme por la tuya.

No sé si agradecerle el gesto o enfadarme porque haya abierto mi armario. Supongo que ambas cosas son compatibles.

—Además —añade—, ese vestido es lo único salvable que tienes para esta noche.

—Gracias otra vez, pero no puedo aceptar esto.

—No te lo estoy regalando, Avery. Te lo estoy prestando.

—¿Y si lo pierdo?

—No lo perderás.

—¿Y si me lo roban?

—Entonces Connor tendrá la oportunidad de demostrar si además de guapo es valiente.

Me río y vuelvo a mirar el collar. La verdad es que ya me estoy imaginando cómo quedará con el vestido negro.

—Me lo regaló Luke en nuestro primer aniversario —dice Natalie—. Quiero que te lo pongas. En serio. Me hará ilusión.