7
Connor sigue riéndose al otro lado de la mesa cuando el camarero nos sirve el primer plato.
Estamos en la terraza de El Verano, un restaurante mexicano de Southampton, a pocos minutos del lago Agawam, y frente a nosotros acaba de aterrizar un plato de quesadillas de pollo que tiene un aspecto espectacular.
Connor asegura que las pide siempre que tiene ocasión y yo no estoy en condiciones de rechazar nada.
No he desayunado y la margarita que llevo bebiendo desde que nos sentamos empieza a subírseme a la cabeza.
Quizá por eso su risa se me ha contagiado y ahora también me río cada vez que recuerdo su cara al verme salir de la casa.
Le ha pedido prestado el coche a su padre, un Lexus negro con el interior de cuero y acabados de madera que todavía olía a nuevo. Empiezo a sospechar que todo el mundo tiene dinero en este barrio. Mucho dinero.
Hace solo una hora, tras el desagradable incidente de la puerta, he bajado corriendo y he abierto la puerta principal de la mansión de los Frost para encontrar a Connor con la mandíbula desencajada y una expresión que habría resultado graciosa de no ser porque estaba realmente asustado.
Había escuchado mis gritos desde su casa.
—La verdad es que creo que estoy listo para volver a la competición —dice mientras se lleva una quesadilla al plato—. He recorrido la distancia hasta tu nueva casa en tiempo récord.
Vuelvo a sorber de la pajita y me entra otra vez la risa. Todavía hace buen tiempo para disfrutar de la terraza. El sol cae sobre Southampton con una temperatura agradable y reconozco que estoy muy a gusto. Demasiado, teniendo en cuenta el día que llevo.
El viaje, la llegada a la casa, Luke, Natalie, Quinn, quedarme encerrada en aquella habitación y terminar gritando como una loca mientras mi nuevo vecino se preparaba para acudir al rescate.
Han pasado tantas cosas en unas horas que parece imposible que a primera hora de esta mañana estuviera sentada tranquilamente en un autobús.
—Entonces... —Connor baja un poco la voz—, ¿dices que esa mujer tiene doble personalidad?
Me llevo un dedo a los labios y me inclino hacia delante.
—No puedes decir nada de eso. No debería habértelo contado.
Hace solo un par de horas le he prometido a Luke Frost que respetaría la confidencialidad de su mujer y ya estoy aquí, tomando margaritas con el vecino y contándole lo que ocurre dentro de la casa. Excelente comienzo, Avery.
—Tranquila. No voy a decir nada.
—Lo digo en serio, Connor. Podría perder el trabajo si se enteran. Te lo he contado porque has escuchado los gritos y porque has aparecido allí pensando que me estaban asesinando. Necesitaba explicarte qué había pasado para que no llamaras a la policía ni hicieras alguna locura.
—Alguna locura como rescatarte.
No puedo evitar sonreír. Sé cuando intentan ligar conmigo. Cualquier chica lo sabe, en realidad, aunque la mayoría de las veces nos hagamos las tontas. Tengo que admitir que a Connor se le da muy bien.
—Solo prométeme que esto se queda entre nosotros.
—Te lo prometo. —Levanta una mano con solemnidad—. Además, la verdad es que no los conocemos. Le he preguntado a mi padre si sabía algo de los nuevos vecinos. Él conoce a todo el mundo por aquí y me ha dicho que no tenía ni idea de que alguien hubiera comprado esa casa. Le ha sorprendido, de hecho.
—¿Cómo sabes que la han comprado y no la han alquilado?
Connor mastica antes de responder.
—Porque lleva más de cinco años en venta.
Pertenecía al cantante de uno de esos grupos que estuvieron de moda en los cincuenta.
Los Red Comets, creo que se llamaban. Cuando murió, la heredó su hijo.
Nunca tuvo interés en vivir allí, pero tampoco quiso alquilarla.
Le han hecho ofertas muchas veces porque podría sacar una fortuna con un alquiler en verano, pero siempre ha mantenido la misma postura: o alguien compra la casa o se queda cerrada.
Miro hacia la calle mientras proceso la información. No sé por qué, pero me resulta extraño imaginar esa casa vacía durante cinco años. Quizá porque ahora mismo cuesta pensar en ella sin Natalie recorriendo sus habitaciones.
—¿Y a qué se dedica tu padre?
Connor abre mucho los ojos. Por su expresión, cualquiera diría que acabo de cometer un sacrilegio haciéndole una pregunta semejante.
—Mi padre es senador estatal por el primer distrito de Nueva York.
—Ah, ya veo... —asiento lentamente—. Aquí todos sois importantes.
—Yo no soy importante.
—Claro. Solo eres el universitario que quiere ir a los Juegos Olímpicos y conduce el Lexus de su padre, el senador Carcetti.
—Cuando lo dices así, parezco insoportable.
—Un poco.
Connor se ríe y levanta una mano para llamar al camarero.
—Dos margaritas más, por favor.
Lo miro con incredulidad.
—Tú quieres emborracharme. ¿No se supone que los deportistas de élite no bebéis?
—También soy universitario. Una cosa compensa la otra. —Se recuesta en la silla y me dedica una sonrisa—. Además, hoy ha sido un día tenso. Nos lo merecemos.
El camarero regresa con las dos margaritas y deja una delante de cada uno.
Connor aparta la suya para hacer sitio al plato y yo miro la mía con cierta prudencia.
La primera ya ha conseguido que me ría más de la cuenta con alguien a quien conocí esta mañana.
No quiero imaginar qué puede conseguir la segunda.
—Por cierto, antes he visto a alguien desde una de las ventanas de la casa.
Connor deja de comer.
—¿A alguien?
—Un hombre. Estaba junto al bosque, dentro de la propiedad de los Frost. Al menos eso creo. Llevaba un traje oscuro y un sombrero negro. Un fedora o algo parecido. —Lo observo durante un instante—. Pensé que quizá podía ser tu padre.
Connor arquea las cejas.
—Mi padre es senador, no Al Capone.
Me echo a reír y él aprovecha para coger su margarita.
—No sé quién puede ser —añade—. Es raro. ¿Estás segura de que estaba dentro de la propiedad?
—Estaba al borde del bosque, mirando directamente hacia la casa. Después se perdió entre los árboles.
Connor arruga la frente. Esta vez no hace ninguna broma.
—Puede que fuera algún curioso. De vez en cuando aparece gente por allí pensando que ese terreno está en venta y que podrían comprarlo para construir. Con el precio que tiene el suelo en Water Mill, supongo que algunos ven árboles y empiezan a imaginar mansiones.
—¿Y no se puede?
—No. Ese bosque está dividido. Una mitad pertenece a mi familia y la otra supongo que ahora es de los Frost. No hay ningún terreno independiente en venta.
Doy otro sorbo. La explicación tiene sentido, aunque no consigue quitarme de la cabeza la imagen del hombre quieto entre los árboles. No parecía estar estudiando un terreno. Ni siquiera recuerdo que mirara a su alrededor. Miraba la casa.
—De todas formas, no te recomiendo que salgas a pasear por esa zona —continúa Connor.
—¿Por qué?
—Mi padre tiene pavos reales.
Intento comprender qué relación existe entre los pavos reales y el hecho de que yo deba mantenerme alejada del bosque.
—¿Son peligrosos?
Connor suelta una carcajada.
—Los pavos reales no. Mi padre sí, si les pasa algo.
Está obsesionado con ellos. Hace un par de meses unos zorros se comieron a uno de los más pequeños y casi declara el estado de emergencia en Water Mill.
Les tiene un amor incondicional. Acabó poniendo cepos por la zona del bosque que utilizan los zorros para entrar en nuestra propiedad.
Dejo la copa sobre la mesa.
—¿Eso es legal?
Connor se encoge de hombros y muerde otra quesadilla.
—Mi padre es el senador. Creo que puede hacer lo que le dé la gana.
—Muy democrático.
Connor sonríe por encima de su margarita.
—Bienvenida a los Hamptons.
Terminamos de comer sin demasiada prisa y la conversación acaba alejándose de los Frost, de Natalie y de cualquier otra cosa extraña relacionada con mi nuevo trabajo.
Connor me habla de la universidad, de sus entrenamientos y de lo difícil que resulta compaginar las clases con las horas que dedica al deporte.
Descubro que tiene veintiún años, uno menos que yo, aunque por la seguridad con la que habla habría apostado por lo contrario.
También terminamos hablando de lo que queremos hacer con nuestras vidas, de sus aspiraciones deportivas y de las mías como enfermera, aunque me guardo cuidadosamente la parte en la que mi carrera profesional se encuentra en pausa forzosa.
Me cuenta algunas historias sobre las hermandades de su universidad y consigue hacerme reír varias veces.
Cuando salimos de El Verano tengo que admitir que Connor no me parece tan capullo como pensé cuando lo conocí esta mañana.
De hecho, me lo estoy pasando bien con él.
Intercambiamos nuestros números de teléfono antes de subir al Lexus y, en lugar de regresar directamente a Water Mill, terminamos pasando buena parte de la tarde paseando por Southampton.
Recorremos Main Street sin ningún propósito concreto, entramos en un par de tiendas que están completamente fuera de mi presupuesto y acabamos tomando un helado cerca del parque, sentados con vistas al lago mientras Connor intenta convencerme de que mi opinión sobre los Hamptons está condicionada por haber conocido a demasiados ricos en demasiado poco tiempo.
Cuando finalmente miramos la hora, ninguno de los dos parece haberse dado cuenta de que llevamos toda la tarde juntos.
El sol ya ha desaparecido cuando Connor detiene el Lexus frente a la casa de los Frost. Me despido de él, recorro el camino hasta el porche y saco el juego de llaves que Luke me ha dado esta mañana.
El llavero me sigue pareciendo una elección curiosa: un pequeño lienzo rectangular con una reproducción de la Mona Lisa.
Introduzco la llave en la cerradura y, en cuanto abro, compruebo que la casa está completamente a oscuras.
—¿Hola?
Nadie responde.
Entro y cierro detrás de mí. Entonces me golpea un olor fuerte y desagradable que parece proceder de algún punto bajo mis pies.
Debe proceder del sótano. Luke mencionó que estaban teniendo problemas con las cañerías, pero empiezo a pensar que se quedó corto. Si eso viene del sistema de desagüe, tendrán que llamar a alguien cuanto antes.
Enciendo una de las lámparas del recibidor y comienzo a subir.
La casa parece mucho más grande de noche.
También más extraña. Quizá sea porque todavía no me he acostumbrado a ella o porque esta mañana he pasado demasiado tiempo encerrada en una habitación mientras una mujer que se hacía llamar Quinn me ignoraba al otro lado de la puerta.
Sea cual sea el motivo, sujeto con fuerza la barandilla mientras alcanzo el piso superior.
Entonces escucho unos sollozos.
Me detengo.
Al menos eso me parece al principio. Vienen del pasillo. Avanzo despacio, intentando localizar el sonido. Cuando doy unos pasos comprendo que los ruidos proceden de la habitación de Luke y Natalie.
Otro gemido atraviesa la puerta.
Me quedo inmóvil.
Hay otro sonido, esta vez acompañado por la voz ahogada de Luke, y necesito un par de segundos para comprender lo que estoy escuchando. Cuando lo hago, toda la preocupación desaparece de golpe.
Oh.
Definitivamente, Natalie no está llorando.
Me tapo la boca para contener una risa y retrocedo con todo el cuidado que puedo. Por lo que parece, la señora Frost se encuentra perfectamente y ella y su marido están aprovechando muy bien la noche.
Estupendo.
Primer día de trabajo y ya me han encerrado en una habitación, he descubierto que mi jefa tiene otra personalidad, he visto a un desconocido merodeando por el bosque y ahora sé demasiado sobre la vida sexual de los Frost.
Solo quiero llegar a mi habitación sin descubrir nada más sobre esta familia.