La última casa de Water Mill (Turno de noche 2) 6
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Mi sorpresa inicial se convierte en angustia en cuestión de segundos.

Vuelvo a bajar el picaporte, esta vez con más fuerza.

Tiene que haberse atascado. Es imposible que me hayan encerrado aquí.

Empujo con el hombro mientras tiro de la manilla, pero la puerta no se mueve ni un centímetro.

Lo intento de nuevo y vuelco todo mi peso contra ella.

El golpe me sacude el brazo y me obliga a retroceder.

Me quedo paralizada.

Está cerrada de verdad.

No es un error.

Los golpes que llegaban desde el sótano han cesado. Durante unos segundos no escucho nada y mi respiración empieza a acelerarse. Entonces llega otro sonido desde el pasillo.

Es una risa.

Al principio creo que me he confundido. Que son los nervios, la madera crujiendo, cualquier cosa que mi cabeza está convirtiendo en algo distinto. Pero vuelve a escucharse. Es una risa de mujer, baja y entrecortada, justo al otro lado de la puerta.

—Abre la puerta, por favor —suplico.

No obtengo respuesta. Acerco la oreja a la madera y la risa vuelve a sonar, esta vez más clara.

Hay algo profundamente perturbador en ella.

No es una carcajada normal, ni siquiera parece una risa provocada por algo divertido.

Empieza con pequeños jadeos agudos, se interrumpe durante un instante y regresa más fuerte, descontrolada, hasta llenar el pasillo.

—¡Abre la puerta! —grito.

Golpeo con los puños. Una vez. Otra. Otra más.

—¡Natalie! ¡Abre!

La risa aumenta.

—¡Quinn! Por favor.

Retrocedo con el corazón desbocado. Tengo miedo.

Miedo de verdad. La puerta continúa cerrada y cada vez me cuesta más respirar.

Miro alrededor buscando algo con lo que forzarla, pero no hay nada que pueda servirme.

No soy lo bastante fuerte para derribar una puerta y, si Luke está realmente en el sótano, puede que ni siquiera me oiga desde aquí.

Siento que las paredes se han acercado un poco y me estoy poniendo muy nerviosa.

Necesito salir.

Corro hacia la ventana y la abro de golpe.

Una corriente de aire me da en la cara y saco medio cuerpo al exterior.

Hay demasiada altura para saltar. Desde aquí hasta el suelo hay una caída suficiente como para romperme una pierna, quizá algo peor.

Miro hacia la propiedad de los Carcetti.

Está lejos y el bosque que separa ambas casas convierte la distancia en algo todavía mayor, pero no tengo otra opción.

—¡Socorro! —grito con todas mis fuerzas—. ¡Ayuda! ¡Que alguien me ayude!

Me desgañito. Grito hasta que me arde la garganta, agarrada al marco de la ventana, intentando proyectar la voz por encima de los árboles.

No es exactamente el comienzo que había imaginado para mi nueva vida en Water Mill: encerrada en la habitación de una casa que no conozco, pidiendo auxilio por una ventana.

Detrás de mí, al otro lado de la puerta, la risa continúa.

Empiezo a hacerme daño en la garganta. El último grito se queda a medio camino y termino tosiendo, obligada a apartarme de la ventana para coger aire.

Me arde al tragar y tengo la sensación de que, aunque quisiera seguir pidiendo ayuda, ya no conseguiría que mi voz llegara mucho más allá del jardín.

Entonces veo movimiento.

Una silueta corre por la carretera que comunica la propiedad de los Frost con el resto de las casas del barrio.

Durante un instante no distingo quién es, solo veo a alguien avanzando a toda velocidad hacia aquí, y eso ya es suficiente para aliviar parte del pánico. Alguien me ha oído. Alguien viene.

Cuando se acerca lo suficiente para reconocerlo, casi podría echarme a llorar.

Es Connor.

Y nunca me había alegrado tanto de que fuera un atleta de élite.

Corre muy rápido. Muchísimo. Lo veo acercarse mientras intento recuperar el aliento y es entonces, al dejar de gritar, cuando reparo en algo que hasta ese momento había pasado por alto.

La risa ha cesado.

Me giro hacia la puerta.

Un sonido metálico me deja clavada en el sitio.

Una llave acaba de entrar en la cerradura.

El corazón me da un vuelco. Me separo de la ventana y retrocedo hasta que mi espalda toca la pared del fondo.

La llave gira despacio. Escucho el mecanismo de la cerradura y durante esos dos segundos no puedo pensar en otra cosa que en la persona que hay al otro lado.

La misma que me ha encerrado. La misma que se ha estado riendo mientras yo golpeaba la puerta y gritaba pidiendo ayuda.

El picaporte baja y la puerta se abre.

Es Quinn.

Pero ya no es la mujer que vi al llegar a esta casa, asustada y temerosa.

Su expresión ha cambiado por completo. No hay rastro de aquella mirada extraña. Me observa desde el umbral con el rostro sereno y, cuando nuestros ojos se encuentran, me dedica una sonrisa que incluso podría parecer dulce.

—Hola, soy Natalie. ¿Estás bien? He escuchado gritos.

No respondo.

Sigo pegada a la pared y miro rápidamente alrededor en busca de cualquier objeto contundente que pueda utilizar para defenderme si se acerca.

Un momento… ¿Ha dicho Natalie?

Joder, ya no es Quinn.

¿Así de rápido cambia de personalidad? ¿Puede pasar de encerrarme en una habitación y reírse al otro lado de la puerta a presentarse educadamente como si acabara de conocerme?

¿Es así como va a ser este trabajo? Porque no sé si voy a ser capaz de aguantarlo.

Escucho unos pasos acelerados procedentes de la escalera y Natalie gira la cabeza. Luke aparece a toda prisa. Lleva la camiseta todavía más empapada de sudor que antes y alrededor de los ojos tiene unas marcas rojizas que deben de ser de las gafas protectoras que utilizaba en el sótano.

—¿Qué ha pasado? He oído gritos.

Natalie sonríe al verlo.

—Hola, cariño. ¿Cómo estás?

Luke se detiene frente a la puerta y alterna la mirada entre su mujer y yo.

—¡Me ha encerrado! Yo… He intentado salir y no podía.

Natalie se lleva una mano al pecho, boquiabierta.

—Yo no he encerrado a nadie. He escuchado gritos, me he asustado y he venido a ayudar, la puerta estaba abierta.

Maldita zorra mentirosa.

¿En serio?

¿De verdad soy yo la que te ha asustado, Natalie?

¿Podemos hablar de tu risa después de encerrarme?

Trago saliva y la garganta protesta de inmediato.

—Acabas de abrir la puerta con la llave —digo.

Luke se fija en el pomo.

—Ni siqueira sabemos dónde están las llaves de esta puerta. ¿No puede ser que simplemente se haya atascado? —pregunta en tono conciliador.

A mí no me salen las palabras. La que está loca es su mujer, no yo. Solo que omito mencionar esa parte.

Luke, de repente, mira fijamente a su mujer.

Natalie continúa en el umbral, pendiente de mí, con una expresión de preocupación tan convincente que, si no hubiera pasado los últimos minutos encerrada en esta habitación escuchando su risa al otro lado de la puerta, pensaría que está realmente preocupada por lo que me ocurre.

—¿Natalie? —pregunta él.

Ella aparta por fin los ojos de mí.

—Sí, cariño. ¿Estás bien?

Luke se queda mirándola unos segundos y sus rasgos se enternecen.

—Mi amor, ven aquí.

Se acerca y la abraza.

No sé si reírme o llorar. Estoy a punto de volver a gritar, aunque esta vez sería por pura desesperación. Se me escapa una sonrisa que creo que tiene más que ver con el alivio que siento, porque en realidad la situación no me hace ninguna gracia.

Esto es una locura. Natalie está como un cencerro.

Luke me mira por encima del hombro de su mujer, levanta un pulgar y me guiña un ojo.

Me va a dar algo.

¿Puedo dimitir y volver a Queens?

Lamentablemente, necesito el trabajo.

De repente, alguien aporrea la puerta de la entrada.

Luke se tensa y Natalie se separa un poco de él, mirando hacia el pasillo con desconcierto, como si no entendiera qué está ocurriendo y ella no tuviera absolutamente nada que ver con todo este caos.

Pero no soy idiota. Solo ella ha podido encerrarme y después abrir la puerta con una llave.

Ella o Quinn, que, por mucho que Luke se empeñe en diferenciarlas, siguen compartiendo el mismo cuerpo y las mismas manos.

Quizá estoy siendo demasiado borde y poco empática con una mujer enferma, pero hace cinco minutos estaba golpeando una puerta y pidiendo auxilio por una ventana.

Creo que puedo concederme un pequeño margen para estar cabreada.

Los golpes vuelven a sonar.

—¿Esperas a alguien? —pregunta Luke.

—No. Es Connor. Creo que ha escuchado los gritos y se ha preocupado.

Luke frunce el ceño.

—Pero pensaba que no era tu novio.

—Y no lo es... Yo solo... —Miro hacia las escaleras—. ¿Puedo abrir la puerta?

Luke vuelve la vista hacia Natalie y le sonríe.

—¡Qué cariñoso estás! —dice ella—. ¿Qué te pasa?

Se supone que debería alegrarme. Luke acaba de recuperar a su mujer, o al menos esa parte de ella a la que lleva tanto tiempo esperando, y parece genuinamente feliz. Pero yo estoy demasiado desquiciada para apreciar el momento.

¿Puede alguien poner un poco de cordura en esta situación?

—Sí, claro. Pero espera, toma esto —dice Luke cuando vuelve a prestarme atención.

Se mete una mano en el bolsillo y saca un fajo de billetes de cien dólares enrollados con una goma. Me quedo mirándolo mientras separa tres y me los tiende.

Trescientos dólares.

—Aquí tienes una propina por lo que has conseguido. Ve con tu novio a comer. Me gustaría pasar un rato a solas con mi mujer.

Miro los billetes y después a Luke. No tengo muy claro qué he conseguido, aparte de sobrevivir a mi primera hora de trabajo, pero cojo el dinero.

Ahora que lo pienso, tampoco ha sido tan malo.

Bueno, ha sido horrible. Pero son trescientos dólares.

Y, por trescientos dólares, no me importaría que volviera a suceder.

Es prácticamente lo mismo que ganaba trabajando quince horas en el restaurante hindú. Aquí solo he tenido que conseguir que una mujer con dos personalidades recupere la que está enamorada de su marido, dejar que me encierre en una habitación y soportar una risa psicótica al otro lado de la puerta.

Quizá este trabajo no esté tan mal.