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Antes de darme más detalles sobre su mujer, Luke se levanta del sofá y se pasa una mano por el pelo.
—Esta va a ser una conversación larga —dice—. Y para una conversación larga necesito un trago.
Lo sigo con la mirada mientras desaparece en dirección a la cocina.
Me sorprende que haya pensado en algo así.
La casa está hecha un auténtico desastre.
Hay cajas sin abrir por todas partes y muebles todavía cubiertos con sábanas.
Sin embargo, entre todo ese caos, al bueno de Luke Frost sí le ha dado tiempo a encontrar un lugar seguro para una botella de Macallan.
Lo veo abrir uno de los armarios altos de la cocina y sacarla del fondo, junto con dos vasos bajos de cristal.
Cada uno tiene sus prioridades.
Regresa al salón con la botella en una mano y los vasos en la otra, pero no vuelve a sentarse. Inclina la cabeza hacia las puertas acristaladas del fondo.
—Ven. Fuera se está mejor.
Lo sigo hasta el jardín, aunque llamarlo así resulta bastante generoso.
Es más bien una extensión de terreno que en algún momento debió de ser espectacular y que ahora parece haber sido abandonada a su suerte.
Junto a la casa, varias plantas trepadoras avanzan por la fachada sin que nadie parezca dispuesto a detenerlas.
En medio de todo aquello hay una mesa de madera cubierta por una fina capa de polvo.
Luke arrastra dos sillas hasta ella y pasa la palma por una antes de sentarse. Yo hago lo mismo con la otra, aunque no sirve de mucho.
—Hay mucho trabajo pendiente con este jardín —dice mientras desenrosca la botella—. Tendremos que buscar un jardinero.
Se sirve una cantidad de whisky que yo no calificaría exactamente como prudente y acerca el otro vaso hacia mí.
—¿Quieres?
Niego con la cabeza.
No insiste. Deja el vaso vacío sobre la mesa y bebe un trago mientras yo observo el terreno.
Desde aquí, pese al abandono, entiendo por qué alguien querría vivir en esta casa.
Más allá de los árboles y de la vegetación asalvajada, se distingue el agua.
El sol se refleja sobre la bahía y, cuando sopla la brisa, las ramas se agitan y dejan al descubierto una vista todavía más amplia.
—Cuando esté arreglado será precioso —digo—. Se ve el mar.
Luke gira la cabeza hacia el agua.
—Sí. Eso fue una de las cosas que nos gustó de la casa.
Luke deja el vaso sobre la mesa, mete una mano en el bolsillo del pantalón y saca un paquete de cigarrillos. Extrae uno y, antes de llevárselo a la boca, me ofrece el paquete.
—¿Fumas?
—No.
No he fumado en mi vida y no pienso empezar ahora. Todavía no quiero morir.
Luke se encoge de hombros, guarda el paquete y enciende el cigarrillo. Da una calada, lo aparta de la cara y contempla el horizonte antes de empezar a hablar.
—Todo lo que voy a contarte es extremadamente confidencial —dice Luke.
Sostiene el cigarrillo entre los dedos mientras con la otra mano hace girar lentamente el vaso de Macallan.
—De hecho, ese fue uno de los motivos por los que decidí contratar a una enfermera. Sé que os regís por estrictos códigos de confidencialidad.
—Por supuesto. Soy muy consciente de lo que significa el secreto profesional.
Luke asiente y da otra calada. Durante unos segundos contempla la extensión de tierra que en otro tiempo fue un jardín.
—Natalie es una mujer increíble. Tiene un talento innato para el arte y durante años fue una de las artistas más respetadas de las galerías. Vendía cuadros por auténticas fortunas.
No sé demasiado de arte, pero sé que hay personas a las que les transmite ciertos sentimientos. Me parece que uno de ellos aflora en Luke en este momento.
—Nunca firmaba con su verdadero nombre —continúa—. Utilizaba un pseudónimo y le prometí que jamás desvelaría su secreto, así que no puedo decirte quién es. Antes de que todo se precipitase, Natalie tenía un futuro prometedor.
—Debe de ser muy duro verla así.
—Lo es.
Esta vez me mira. Sus ojos claros muestran un cansancio que hasta ahora había quedado oculto.
Jamás habría imaginado que alguien con el perfil de Luke Frost se abriría de esta forma en nuestra primera toma de contacto.
Ni siquiera tiene reparos en mostrarse tal y como es: sentado en el jardín, fumando y bebiendo whisky cuando todavía no hemos alcanzado el mediodía.
Por algún motivo, esa naturalidad me resulta extrañamente atractiva.
No intenta impresionarme. Tampoco parece importarle demasiado lo que pueda pensar de él. Somos muy parecidos en ese sentido.
—Todo iba bien hasta que Natalie dejó de ser Natalie.
La frase consigue que aparte la vista del vaso y vuelva a mirarlo.
—¿Qué sucedió?
Luke apaga parte de la ceniza en el cenicero que hay sobre la mesa.
—Los doctores me explicaron que se debía al estrés.
Ella se exigía muchísimo. Trabajaba jornadas interminables todos los días y muchas veces continuaba de madrugada.
Siempre estaba intentando perfeccionar su técnica, aprender de otros artistas, llegar un poco más lejos.
Le aterraba fracasar. Nunca estaba satisfecha con el resultado de un cuadro porque siempre pensaba que podía hacerlo mejor.
Y cuando conseguía algo que llevaba meses persiguiendo, en lugar de disfrutarlo, se marcaba otro objetivo todavía más difícil.
Da un trago al whisky antes de continuar.
—Llegó un momento en que su cerebro no pudo resistirlo más. Los médicos dicen que encontró una forma de defenderse de toda aquella presión creando una nueva personalidad.
Intento asimilar lo que acaba de decir. He oído hablar de casos parecidos, pero jamás lo he visto con mis propios ojos, solo en las películas.
—¿Natalie tiene doble personalidad?
—Sufre un trastorno de identidad disociativo. Lo que mucha gente sigue llamando trastorno de personalidad múltiple. Sí.
Luke deja el vaso sobre la mesa.
—La mayor parte del tiempo, Natalie no es Natalie. Es Quinn —añade.
—¿Quinn?
—Su otra personalidad. Una mujer que desconfía de todo el mundo —responde—. Y que está obsesionada con que hay alguien que quiere matarla.
Tengo muchas preguntas. Demasiadas, en realidad, pero creo que lo mejor es guardar silencio y dejar que termine de contarme.
—Quinn es impredecible —continúa Luke—. Puede mantener una conversación completamente normal contigo y, cinco minutos después, levantarse y echar a correr porque está convencida de que alguien viene a por ella.
Hasta ahora nunca ha sido agresiva, pero sí se ha puesto en peligro varias veces.
Ese es el principal motivo por el que estás aquí.
Intento apartar por un momento todo lo demás y adoptar mi lado más profesional.
—¿Responde bien al diálogo? —pregunto.
—Conmigo sí. Con desconocidos le cuesta mucho más. Por eso buscamos a alguien que pueda quedarse con nosotros el mayor tiempo posible. No queremos estar presentándole a una persona nueva cada pocos meses.
—¿Toma medicación? Si es así, ¿podrías facilitarme su historial clínico? Me gustaría conocer el tratamiento y tenerlo en cuenta.
Él niega con la cabeza.
—No toma medicación. Ya no.
Luke da una calada al cigarrillo y deja escapar el humo antes de continuar.
—Lo único que conseguíamos atiborrándola a pastillas era convertirla en un zombi, pero Quinn se resistía a marcharse.
Ahora, sin medicación, hay ocasiones en las que Natalie consigue emerger.
A veces son unas horas, otras mucho menos.
—Baja la mirada hacia su vaso—. Pero merece la pena.
Aunque solo sean unas horas, me reconforta volver a sentir que está aquí conmigo.
Creo que es una de las cosas más bonitas que he oído decir a un hombre sobre su mujer.
Me enternece pensar que Luke, el mismo hombre que ahora sostiene una copa de whisky y se termina lo que queda de un trago, pueda albergar unos sentimientos tan profundos por alguien que, por culpa de su enfermedad, la mayor parte del tiempo ni siquiera puede corresponderlos.
—¿Tienes alguna directriz para que empecemos a conocernos? ¿Alguna pauta que deba seguir con ella?
—Iremos poco a poco. Me tomaré unos días libres en el trabajo. La semana que viene tendré que volver, aunque la mayor parte del tiempo trabajo desde casa.
Siento curiosidad por preguntarle a qué se dedica. Una casa como esta, un Mercedes en el garaje y un Macallan de dieciocho años auguran un trabajo bien retribuido, pero prefiero no parecer una cotilla durante mi primera mañana.
—Entonces, ¿las primeras veces estarás presente?
—Sí. Creo que es lo mejor. Conviviremos los tres durante unos días y poco a poco irás quedándote a solas con Natalie.
De lunes a viernes necesitaré que cuides de ella hasta las cinco, más o menos.
Los fines de semana eres libre de hacer lo que quieras.
Puedes quedarte aquí o volver a Nueva York a ver a tus padres si te apetece.
Pero hay algo que sí debo pedirte. —Hace una pequeña pausa—.
En esta casa no admitimos invitados por la situación de Natalie.
—Claro. Por supuesto.
No tengo la más mínima intención de traer invitados a esta casa. Ni siquiera tengo a quién traer, aunque ese detalle decido guardármelo.
—Ese chico que te ha acompañado antes... ¿es tu novio?
La pregunta me sorprende.
—¿Connor? No. No, en absoluto. Es solo un chico al que he conocido en el autobús.
—¿Y dices que vive por aquí?
—Sí, eso me ha dicho. La realidad es que no sé mucho sobre él. Se llama Connor Carcetti y vive justo en la casa que está al otro lado del bosque.
Luke mantiene la mirada sobre mí durante un instante.
—De acuerdo.
Se levanta y recoge el vaso de la mesa.
—Si te parece bien, tengo que terminar de arreglar una fuga de agua en el sótano que está acabando con mi paciencia. Natalie se ha quedado dormida, así que tenemos algo de tiempo. ¿Qué tal si te enseño tu habitación y aprovechas para instalarte?