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Nadie contesta.
Vuelvo a llamar, esta vez con más fuerza, y mientras espero me tomo un momento para observar el lugar en el que me encuentro.
El jardín está bastante descuidado, lo que encaja con lo que Connor me ha contado acerca de que la casa llevaba mucho tiempo deshabitada.
La hierba ha crecido de forma desigual, algunos arbustos han invadido parte del sendero y las ramas de un arce llegan casi hasta una de las ventanas del primer piso.
Imagino que el señor Frost se encargará de contratar a alguien para arreglar este desastre.
La casa, en cambio, se conserva bastante bien. Hay pintura desconchada en uno de los pilares del porche, dos baldosas de la entrada están agrietadas y una de las contraventanas cuelga ligeramente torcida, pero nada que no pueda solucionarse con algo de tiempo y dinero.
Por fin oigo pasos al otro lado de la puerta. Son rápidos, apresurados, y se detienen justo delante de mí.
La puerta se abre de golpe.
Una mujer de treinta y muchos años aparece al otro lado.
Es guapa, bastante más de lo que esperaba.
Supongo que me había hecho una idea preconcebida de encontrar a la típica paciente de un psiquiátrico con la mirada perdida y el cabello despeinado.
El suyo está perfectamente cuidado, es largo, rubio y le cae por encima de los hombros.
Tiene unos rasgos delicados que contrastan con la intensidad de su expresión.
Me observa con los ojos muy abiertos, clavados en mí de una manera que consigue que olvide durante un segundo el discurso que había preparado para presentarme.
—¿Quién eres? —pregunta con voz acelerada.
—Buenos días. Me llamo Avery Parker. He quedado con su marido, el señor Frost.
Ya he aprendido que en este barrio hay que presentarse con nombre y apellido.
Ella ladea la cabeza y me mira con incredulidad. Después da un paso hacia mí, sale al porche y estira el cuello para mirar hacia el camino por el que Connor ha desaparecido hace unos segundos.
—¿Quién era ese chico que ha venido contigo?
Vale. Creo que empiezo a entender lo que su marido quería decir cuando me advirtió que la señora Frost era complicada. Dando por hecho, claro, que la mujer que tengo delante sea Natalie Frost.
Supongo que el trabajo no podía ser tan perfecto.
—Era Connor Carcetti. Su vecino. Vive en la casa que está al otro lado del bosque.
Su mirada regresa a mí.
—Yo no tengo vecinos.
No sé qué responder a eso.
—¿Usted es Natalie Frost? —pregunto con toda la calma que soy capaz de reunir.
El señor Frost tiene que estar dentro. No puede haberla dejado sola. Al menos eso espero, porque llevo menos de un minuto hablando con esta mujer y ya tengo la desagradable sensación de estar manteniendo una conversación cuyas reglas solo conoce ella.
Natalie no responde. Me agarra de la mano.
—Ven conmigo.
Tira de mí hacia el interior antes de que pueda decir nada. Me dejo arrastrar, más por sorpresa que por voluntad propia, y cruzo el umbral de una casa mucho más grande de lo que parecía desde fuera.
El vestíbulo tiene el techo altísimo y una escalera ancha de madera asciende hasta una galería en la planta superior.
A la derecha distingo un salón enorme con una chimenea de piedra; a la izquierda, un comedor en el que podría sentarse una docena de personas sin estrecheces.
Sin embargo, ahora mismo resulta difícil apreciar el lujo de la casa.
Hay cajas de cartón por todas partes, algunas todavía cerradas y otras abiertas con ropa, libros y objetos asomando por encima.
Varios muebles permanecen cubiertos con mantas protectoras, hay cuadros apoyados contra las paredes y un enorme espejo descansa en el suelo a la espera de que alguien decida dónde colocarlo. Está claro que acaban de mudarse.
Obviando el desastre, miro a un lado y a otro en busca de Luke.
Lo necesito aquí. Ya.
No conozco a Natalie y habría preferido que nuestro primer encuentro estuviese supervisado.
Ella tampoco contribuye a tranquilizarme.
Se mueve de un lado a otro con nerviosismo, primero hacia el salón y después de nuevo hacia el vestíbulo, sin que parezca tener demasiado claro cuál será su siguiente movimiento. De pronto se detiene.
Se gira hacia mí y se acerca tanto que su cara queda a escasos centímetros de la mía.
Esta vez sí percibo su aliento. Es evidente que ha estado bebiendo.
Es fuerte. Whisky, vodka o cualquier otra cosa capaz de dejar ese rastro.
Natalie sigue moviéndose de un lado a otro. Llega hasta la chimenea y su mirada se detiene en el atizador de la chimenea.
Tal vez he visto demasiados programas de True Crime, pero estoy empezando a ponerme nerviosa.
—¿Alguien más te ha visto entrar aquí?
La pregunta me deja completamente descolocada.
—Yo...
Unos pasos me interrumpen.
Proceden de algún lugar situado detrás de la escalera principal y, cuando vuelvo la cabeza, descubro una segunda escalera más estrecha que conduce al sótano.
Los pasos ascienden con rapidez hasta que aparece un hombre alto y corpulento.
Lleva una camiseta gris pegada al pecho por el sudor, guantes de trabajo y unos pantalones cubiertos de polvo.
También es moreno y debe de rondar los cuarenta años.
Se detiene al vernos.
—¿Qué está pasando aquí?
Natalie se aparta de mí y extiende el brazo para señalarme con el índice.
—No sé quién es ella. Ha venido hasta aquí con un chico. Los he visto acercarse por la ventana. Ha llamado a la puerta y el chico se ha ido. Dice que es nuestro vecino... Connor Carletti.
—Carcetti —la corrijo.
Me arrepiento en el acto.
Natalie me mira. El hombre también.
Decido que lo mejor será explicar quién soy antes de empeorar todavía más una situación que ya resulta bastante incómoda.
—Me llamo Avery Parker. Usted debe de ser Luke Frost. Hablamos por teléfono hace unos días por la vacante de enfermera.
—¿Cómo? —exclama Natalie—. ¿Una enfermera? ¿De qué está hablando?
El hombre se quita los guantes rápidamente y se acerca a su mujer. Le coloca ambas manos sobre los hombros.
—Natalie, cálmate. Te lo explicaré todo. Ahora quiero hablar a solas con esta mujer. Voy a acompañarte a tu habitación.
Ella asiente varias veces, demasiado rápido. Tiene la respiración entrecortada y parece haberse puesto todavía más nerviosa. Yo, en cambio, agradezco profundamente que su marido haya aparecido.
El hombre se vuelve hacia mí y me tiende la mano.
—Soy Luke Frost. Puedes esperarme aquí. Te ruego que disculpes el desastre. Llegamos ayer y no hemos tenido tiempo de nada. Lo siento de verdad.
Obedezco. La situación ya es bastante incómoda para mí y no tengo ningún interés en empeorarla.
Esquivo un par de cajas de cartón y entro en el salón.
Hay un sofá y dos sillones dispuestos alrededor de una chimenea de piedra cubierta con una sábana blanca.
La casa resulta extrañamente impersonal.
Deben de haber pasado años desde la última vez que alguien vivió aquí.
No hay cuadros en las paredes, fotografías sobre los muebles ni objetos decorativos.
Nada que permita imaginar quiénes fueron las personas que ocuparon estas habitaciones antes de los Frost. Solo el suelo de madera, algún que otro mueble y cajas. Muchas cajas.
Escucho los pasos de Luke y Natalie subiendo por la escalera. Poco después, una puerta se cierra en la planta superior.
Espero.
Al principio permanezco de pie junto al sofá, convencida de que Luke regresará enseguida, pero los minutos empiezan a pasar y termino sacando el teléfono del bolsillo.
Le prometí a mi madre que le avisaría en cuanto llegase y, con todo lo que ha ocurrido desde que bajé del autobús, se me había olvidado por completo.
«Ya he llegado. Estoy en la casa.»
No tarda ni diez segundos en llamarme.
Le cuelgo y me apresuro a escribirle antes de que me llame por segunda vez.
«No puedo hablar ahora. Estoy con los Frost. Luego te llamo.»
Veo aparecer los tres puntos que indican que está escribiendo una respuesta y guardo el teléfono antes de recibirla.
Luke sigue sin bajar.
Empiezo a impacientarme y recorro el salón sin alejarme demasiado.
Lo primero que pienso es que necesitan contratar a alguien para limpiar urgentemente.
La sábana que cubre la chimenea tiene manchas de polvo, las esquinas del suelo están sucias y las ventanas llevan tanto tiempo sin limpiarse que el cristal parece cubierto por una película grisácea.
Me acerco a una de ellas y miro hacia el exterior.
La parte trasera de la casa da a otro porche, bastante más grande que el de la entrada.
Hay un Mercedes aparcado junto a él. No sabría decir qué modelo es —mis conocimientos sobre coches empiezan y terminan en distinguir uno grande de uno pequeño—, pero este parece caro.
Muy caro. La carrocería negra brilla bajo el sol y no tiene un solo rasguño.
Podría haber salido del concesionario esta misma mañana.
Me fijo en la matrícula; es de Kentucky.
Así que quizá sea de allí de donde se han mudado los Frost.
Saco otra vez el teléfono.
Entonces se me ocurre hacer algo que, pensándolo bien, debería haber hecho antes de aceptar venir hasta aquí. No me parecía relevante conocer a los Frost antes de aceptar el trabajo. Ahora, tras mi primer encuentro con Natalie, he cambiado de idea.
Abro Google y escribo:
«Luke Frost».
Si alguien puede permitirse una casa de este tamaño en Water Mill, imagino que debe de ser un empresario de éxito, un abogado importante, un inversor o alguna de esas profesiones que permiten comprar mansiones de este tipo. No debería resultar difícil averiguar algo sobre él.
Pero no encuentro nada.
Cambio la búsqueda.
«Natalie Frost».
Nada.
«Luke Frost. Water Mill».
Tampoco.