La última casa de Water Mill (Turno de noche 2) 2
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Efectivamente, Connor vive muy cerca de la que va a ser mi nueva casa.

Demasiado cerca; rezo para que eso no sea un problema.

Soy de esa clase de personas que da por hecho que, si un hombre se acerca a mí, es porque quiere acostarse conmigo.

Sé que existe la posibilidad de que no sea así, por supuesto, pero es tan remota que he decidido no tenerla en cuenta.

Los sesgos están para algo. Así que, según mis principios y tras los aproximadamente veinte minutos que llevamos conociéndonos, mi nuevo vecino quiere meterme bajo sus sábanas.

Tampoco sería un calvario, la verdad.

Es guapo. Mucho. Y parece simpático, lo que siempre ayuda.

El problema es que no me interesa lo más mínimo empezar una relación con nadie.

Solo pensarlo me da una pereza terrible.

Ya salí suficientemente escarmentada de la última y no tengo intención de volver a pasar por esa fase en la que otra persona consigue meterse tanto en tu cabeza que termina convenciéndote de que tus recuerdos son incorrectos, tus opiniones exageradas y tus sentimientos un problema que deberías aprender a controlar.

Llega un momento en que dejas de discutir porque empiezas a preguntarte si quizá tiene razón.

Y eso ya no va conmigo.

Prefiero afrontar esta nueva aventura a mi aire. Tengo un trabajo nuevo, una casa nueva y tres novelas de Freida McFadden en la maleta que pienso devorar durante estos primeros días de adaptación. Para empezar de cero me parece un plan bastante decente.

Conseguí el trabajo la semana pasada y lo he gestionado absolutamente todo por internet, así que siento cierta curiosidad por descubrir qué me espera al final de este camino, en la última casa de Water Mill.

Hasta ahora solo tengo correos electrónicos, un par de videollamadas y fotografías de una casa tan espectacular que parece pertenecer a uno de esos anuncios inmobiliarios en los que el precio no aparece porque, si necesitas preguntarlo, significa que no puedes permitírtelo.

Yo, desde luego, no puedo.

Intento quedarme con la motivación que me aporta la curiosidad antes de que lleguen las dudas. Porque sé que van a llegar. En algún momento empezaré a preguntarme qué demonios hago en un rincón perdido de los Hamptons, rodeada de mansiones y jardines impecables.

Pues bien, Avery. No haberla cagado.

Me gradué en Enfermería el año pasado. No era la mejor alumna de la clase, pero tampoco la peor.

Aprobaba los exámenes, entregaba los trabajos a tiempo y conseguía sacar unos dólares extra sirviendo samosas y platos de biryani por las noches.

No era exactamente la vida que había imaginado para mis veintitantos, pero pagaba algunos gastos y me permitía no tener que pedir dinero a mis padres.

Cuando terminé la carrera y me gradué, pensé que mi vida cambiaría de inmediato.

De verdad lo creí. Había pasado años esperando ese momento, imaginando que el título sería una especie de puerta de salida.

Por fin tendría un sueldo decente. Por fin podría largarme de casa y buscar cualquier otro lugar donde vivir.

No tenía grandes exigencias. Solo quería irme.

Estaba cansada de Nueva York, del metro, de las prisas y del ruido a todas horas.

Quería cambiar de aires y empezar una aventura en algún sitio donde nadie supiera quién era.

California sonaba bien. Luisiana también.

En realidad, me daba bastante igual. Me hubiera ido a Alaska por un buen sueldo y un sillón cerca de una chimenea donde poder leer.

Pero había un pequeño inconveniente.

Para empezar una vida nueva necesitaba dinero.

Y ahí fue donde cometí el error de mi vida al elegir el camino más fácil.

He de decir en mi defensa que no fue del todo culpa mía.

Bueno, sí. ¿A quién quiero engañar?

Nunca debí fiarme de la desgraciada de Greta Richardson, la gerente de la residencia de Queens donde, según ella, nunca pasaba nada y podía trabajar realizando las funciones de una enfermera registrada, aunque todavía no hubiera hecho el NCLEX y, por tanto, no tuviera licencia para ejercer como tal.

Sobre el papel parecía una idea brillante. Turno de noche, yo sola, y un grupo de ancianos a los que sus médicos mantenían lo suficientemente medicados para que la residencia pareciera un cementerio entre las once de la noche y las seis de la mañana. ¿Qué podía salir mal?

El señor Newman.

El señor Newman decidió morirse durante mi segundo turno.

Una muerte natural, por cierto. Conviene aclararlo.

No le administré nada que no debiera ni lo empujé por las escaleras.

El hombre tenía ochenta y nueve años, varios problemas cardíacos y, por lo que pude averiguar después, llevaba meses empeñado en demostrar que cualquier desayuno podía mejorarse añadiéndole bacon.

Pero cuando una persona muere en una residencia, alguien hace preguntas.

Y cuando alguien hace preguntas y descubre que la enfermera que estaba a cargo de la planta no tiene licencia para ejercer, empieza una fiesta administrativa a la que nadie quiere estar invitado.

Greta Richardson, por supuesto, sufrió un repentino ataque de amnesia.

Según ella, yo le había asegurado que era enfermera registrada y había quedado en adjuntar mi licencia a la solicitud de empleo durante los días siguientes.

Maldita arpía.

El resultado fue que me inhabilitaron durante los dos años siguientes.

Dos años en los que no podría obtener la licencia y trabajar en un hospital, que era precisamente lo que llevaba media vida queriendo hacer.

Y debo dar gracias a que el señor Newman había muerto por causas naturales.

Si la autopsia hubiera encontrado algo extraño, quizá ahora estaría en prisión compartiendo celda con Pamela Smart, la mujer que convenció a su amante adolescente para que asesinara a su marido allá por los noventa.

Aunque creo que Pamela está en una prisión de New Hampshire.

Da igual. Se entiende la idea.

Después de aquello pasé casi un año en casa de mis padres intentando que mi salud mental no se deteriorara hasta el punto de cometer un doble homicidio que me hiciera bastante más famosa que Pamela.

Quiero a mis padres, supongo. Pero hay una edad a partir de la cual despertarte cada mañana bajo el mismo techo que las dos personas que mejor conocen tus defectos y que, además, consideran su obligación recordártelos empieza a convertirse en una forma horrible de tortura.

Necesitaba marcharme.

Así que busqué cualquier trabajo que me ofreciera esa posibilidad.

Y entonces encontré el anuncio.

Era sorprendentemente sencillo. Una familia buscaba a alguien con formación sanitaria para cuidar a tiempo completo de una mujer cuya salud describían únicamente como «delicada».

Alojamiento incluido. Incorporación inmediata.

No especificaban demasiado sobre sus circunstancias ni sobre las funciones concretas, pero envié mi currículum aquella misma noche.

Esta vez decidí decir la verdad.

Bueno, una parte.

Escribí que había terminado mis estudios de Enfermería, pero que todavía no había obtenido la licencia como enfermera registrada.

Omití el pequeño detalle de que no se debía a que no hubiera encontrado tiempo para presentarme al NCLEX, sino a que el estado de Nueva York me había impedido hacerlo durante dos años.

Supuse que ya habría tiempo de abordar ese insignificante malentendido si llegábamos a conocernos.

Pasaron varios días sin respuesta. Para entonces ya había perdido la esperanza y estaba buscando alternativas, la mayoría bastante deprimentes, cuando recibí el correo de un hombre que se presentó como Luke Frost. Marido de Natalie Frost.

Intercambiamos varios correos en los que Luke me pareció un hombre bastante amable. Quiso saber dónde había estudiado, por qué había elegido Enfermería y, sobre todo, cuál era mi experiencia con pacientes que padecían problemas de salud mental.

Volví a mentir descaradamente.

No estoy orgullosa, pero tampoco voy a fingir que tuve una crisis moral después de colgar.

Las ganas de largarme de Queens y dejar atrás la toxicidad de la casa de mis padres pesaban mucho más que mi conciencia.

Así que le hablé de mi especial sensibilidad hacia las enfermedades mentales, de mi interés por ese campo y de una supuesta colaboración con una institución especializada en salud mental.

También apareció mi difunta abuela.

Pobre mujer.

En mi versión de los hechos había sufrido una demencia terrible que despertó en mí una vocación temprana por ayudar a personas con trastornos de ese tipo. En la realidad, mi abuela murió en algún pueblo perdido de Alabama cuando yo tenía nueve años y no llegué a conocerla nunca.

A veces pienso que existe un lugar reservado en el infierno para la gente como yo.

La oferta merecía el riesgo. Era perfecta, no tendría que pagar alquiler porque dispondría de una habitación dentro de la propiedad.

Más tarde, descubrí que esa propiedad estaba en los Hamptons y que la vivienda contaba con más comodidades de las que había tenido en toda mi vida.

El sueldo no era extraordinario para alguien con formación sanitaria, pero superaba ampliamente lo que podía ganar sirviendo mesas y, además, el trabajo parecía cómodo.

Por lo poco que Luke me contó de su mujer, Natalie necesitaba compañía y supervisión.

Solo eso y acompañarla a terapia y a sus revisiones médicas.

Un verdadero chollo.

O eso decía el anuncio.

Luke me explicó antes de colgar que lo meditaría y que volvería a escribirme cuando hubiera tomado una decisión.

La confirmación llegó dos días después.

Me contó que Natalie había estado al cuidado de la misma persona durante los últimos dos años, cuando vivían en otro estado, pero que ahora debían mudarse y aquella mujer no podía acompañarlos.

Reconoció que Natalie era una mujer un tanto complicada y que necesitaban encontrar a alguien que encajara en un perfil muy concreto.

Responsable, paciente y discreto. Alguien capaz de convivir con una persona vulnerable sin hacerla sentir constantemente vigilada.

Y, por alguna razón, había decidido que esa persona podía ser yo.

También me confesó que la historia sobre mi abuela lo había conmovido.

Eso me hizo sentir bastante mal durante unos diez segundos.

Después me dijo que el puesto era mío.

Y ahora estoy aquí.

Connor me ha acompañado casi hasta la puerta y acaba de despedirse. Su casa está al otro lado del bosque que nace donde termina el descuidado jardín de mi nueva casa. Mi nueva mansión, mejor dicho.

Levanto la mirada y todavía me cuesta aceptar que este lugar vaya a formar parte de mi vida.

Hasta hace unas horas dormía en la misma habitación en la que hice los deberes del instituto.

Ahora estoy en Water Mill, con una maleta que contiene prácticamente todo lo que considero imprescindible ante mi inminente nuevo comienzo.

Lo he deseado más que cualquier otra cosa en el mundo.

Necesito que esto salga bien.

Me acerco a la puerta principal y llamo tres veces con los nudillos.