La última casa de Water Mill (Turno de noche 2) 1 #2
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—Bueno, no soy atleta. Creo que la última vez que corrí fue cuando mi amiga Scarlett robó una botella de vodka de una tienda en Queens Boulevard. El dueño la pilló cuando salíamos y empezó a gritarnos. La muy desgraciada me agarró de la mano y me obligó a correr calle abajo con ella.

Connor abre mucho los ojos, echa el cuerpo hacia atrás y niega con la cabeza, sonriendo.

—No es verdad.

Sí, Connor. Claro que es verdad.

Pero me limito a encogerme de hombros y hago una pequeña mueca con los labios.

Quizá debería respirar hondo y esforzarme por no ser tan tajante con la gente solo porque ha crecido en un mundo diferente al mío.

El chico no tiene la culpa de que probablemente sus padres jamás hayan tenido que decidir qué factura podían retrasar hasta el mes siguiente.

—¿Y has venido hasta aquí para continuar con tus robos o tienes algún otro oficio?

Bien jugado.

La pregunta me pilla tan desprevenida que se me escapa una risotada. Una de verdad. Giro la cabeza para mirarlo y noto calor en las mejillas, lo que me molesta bastante más de lo que debería.

Resulta que Connor Carcetti tiene sentido del humor.

El autobús comienza a reducir la velocidad. Miro por la ventanilla y reconozco en el teléfono el cruce que aparece frente a nosotros. Guardo el móvil y me levanto.

—Esta es mi parada. Un placer conocerte, Connor.

Él se levanta. Creo que lo hace para dejarme pasar, pero en lugar de apartarse estira los brazos hacia el compartimento superior, agarra mi maleta y la baja sin esfuerzo.

Es un gesto de caballero que reconozco que no me disgusta del todo.

La verdad es que la maleta pesa una barbaridad y agradezco no tener que bajarla yo misma.

Cuando intento cogerla del asa, Connor se adelanta y comienza a caminar con ella por el pasillo.

—Gracias, pero no hace falta —le digo.

Llega hasta la puerta y me mira.

—También es mi parada.

El autobús se detiene en el cruce de Flying Point Road con Wickapogue y bajamos. Nada más poner un pie en Water Mill entiendo por qué alguien pagaría una cantidad descomunal de dinero por vivir aquí.

Hay paz.

El verde lo invade todo. Hay árboles enormes a ambos lados de la carretera, setos perfectamente recortados y extensiones de césped que parecen no terminar nunca.

Una brisa fresca llega desde la bahía y agita las copas de los árboles.

Las casas están tan separadas que algunas solo se intuyen detrás de largos caminos privados, pero las que alcanzo a ver son enormes.

Mansiones de madera, piedra y cristal rodeadas de terrenos que parecen competir entre sí por ver cuál consigue ser el más espectacular.

Jardines impecables, piscinas, pistas de tenis y coches que cuestan más de lo que mis padres han ganado en varios años.

En una de las esquinas hay un pequeño cementerio que desentona con tanta perfección.

Una sencilla valla blanca rodea las lápidas, algunas inclinadas y oscurecidas. Salvo eso, todo lo demás es precioso.

Miro a Connor. Estamos los dos solos en mitad de una zona residencial tan tranquila que no sé si tengo que pedir permiso para hablar. Supongo que no debería preocuparme. Acabo de conocerlo, pero no parece peligroso. Aunque mi instinto me impulsa a desconfiar de todo el mundo.

—Llevo un espray de pimienta en el bolsillo —le advierto—. Si hace falta utilizarlo, lo haré. Y después te patearé el bíceps femoral para asegurarme de que jamás llegues al equipo olímpico.

Connor se queda mirándome un instante y después sonríe de verdad.

No la sonrisa educada que me ha dedicado en el autobús, sino una que le cambia por completo la expresión.

Supongo que no se encuentra a menudo con alguien como yo.

Estará acostumbrado a otro tipo de mujeres, seguramente a las que han crecido en casas como estas y no amenazan con rociarlo con espray de pimienta cinco minutos después de conocerlo.

Yo tengo mi personalidad y no puedo cambiarla. Eso lo descubrí hace mucho tiempo.

—Y bien, Avery de Queens, ¿hacia dónde te diriges?

Lo miro con recelo.

—Dime tú primero adónde vas.

Vuelve a reír.

—De acuerdo. Yo voy en esa dirección —dice señalando hacia el final de Flying Point Road.

Me quedo callada, con los labios apretados.

—¿Y tú?

—Pues resulta que también. Voy hasta la última casa, al final de la calle.

La sonrisa desaparece de su rostro.

Connor se detiene.

—¿En serio? ¿La mansión junto al mar? ¿La de tejas de cedro gris?

No tengo ni idea de lo que es una teja de cedro, pero no quiero parecer idiota.

—Supongo que sí. Solo la he visto en fotos.

—Yo vivo justo detrás. Bueno, mis padres viven allí.

Yo solo paso con ellos unos meses al año, pero es la casa donde me he criado.

—Mira hacia el camino y después vuelve a mirarme—.

Esa casa lleva vacía muchos años. Es cierto que ayer vi un coche y una pareja descargando cajas.

Eso me sorprendió bastante. ¿Es tuya? ¿De tu familia?

No puedo evitar soltar una pequeña risa.

—No, qué va. Yo no podría pagar ni una baldosa de esa casa. La realidad es que hoy empiezo a trabajar allí.

—Ah. —Connor parece procesar la información—. Qué bien. ¿Y a qué te dedicas exactamente?

—Soy enfermera —respondo de manera instintiva.

Lo digo con tal seguridad que incluso resulta convincente.

Aunque solo yo sé que eso no es del todo cierto.