La última bruja DIECISIETE DÍAS SIN MAGIA
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DIECISIETE DÍAS SIN MAGIA

(PERO NO SIN TENTACIONES)

Mi casa, 20:47

Diecisiete días.

D-I-E-C-I-S-I-E-T-E.

En la pizarra de la cocina, el rojo grita:

DÍA 17 – CERO MAGIA.

Debajo, he añadido a lápiz:

«Y cero orgasmos, por si nos faltaba algo».

Me siento como una fumadora que ha dejado de fumar en Año Nuevo y el día dos ya está buscando grupos de fumadores para aprovechar el humo pasivo.

Solo que mi nicotina es la magia.

Lo he probado todo: infusiones, respiración de yoga, caminar alrededor de la mesa.

He leído que cuando sientes ganas de fumar debes beber agua.

¿Resultado?

Solo tengo ganas de lanzar hechizos y hacer pis.

Estoy doblando la ropa en el sofá, vestida con unos leggings galácticos y mi nueva camiseta favorita:

«MI APP DICE QUE TÚ ERES EL SIGUIENTE».

Es una provocación pura, dedicada a cualquiera que llame a mi puerta.

Dling-dlong.

El timbre.

Abro.

Y durante un segundo creo haber acabado en el casting de una película para adultos.

El repartidor es alto, tiene músculos esculpidos en mármol y unos brazos que son una galería de arte: geometrías negras que desaparecen bajo la manga y un dragón tatuado en el antebrazo que se flexiona cada vez que mueve los dedos.

Ya me imagino a ese dragón enrollado alrededor de otra cosa.

Esta noche tengo varias abstinencias que gestionar.

—Entrega para... Trilly.

Su voz es un bajo profundo, áspero, decididamente embriagador.

—Soy yo —murmuro.

Uso el tono de una línea erótica nocturna; alguien en los pisos inferiores acaba de despertarse con un escalofrío.

Ser una bruja ninfómana y cachonda es un castigo bíblico.

Él deja un paquete anónimo sobre el felpudo.

Mi muñeca vibra.

La magia se estira dentro de mí como un gato que huele el atún.

—Firma aquí, por favor.

Me tiende el dispositivo.

Nuestros dedos se rozan.

Una descarga hormonal me atraviesa, como un chute de popper.

Barnaby es fantástico, claro, pero el mundo está lleno de bufés gratis, ¿no?

Prueba esto, tenemos la mejor oliva ascolana, o prueba el mejor café de la ciudad...

El repartidor mira mi camiseta, lee lo que pone y se ríe con un destello depredador en los ojos.

Casi parece que puedo leerle los pensamientos.

Casi peor que los míos.

—Interesante —dice, acortando las distancias—. ¿Tu app también dice la hora o tenemos que improvisar?

Lo sabía.

Lucy ha metido sus pezuñas en esta historia.

No sé si tirármelo en el rellano o arrollarlo en el sofá.

La abstinencia de sexo está ganándole a la de magia diez a cero.

Estoy a punto de responder cuando oigo unos pasos.

Barnaby.

Está en las escaleras con Nietzsche, el pelo despeinado y esa sonrisa de cachorro que está a punto de recibir una patada.

Ve al repartidor.

Ve mi paquete.

Ve mi cara en llamas.

Su sonrisa se congela.

Nietzsche gruñe, percibiendo la tensión emocional.

—Ah —dice Barnaby—. Tienes visita.

El repartidor lo mira con el aire de quien se come a tipos como él para desayunar.

—Solo está firmando, abuelo.

—Es un paquete —intervengo yo—. Probablemente maldito. Nada del otro mundo.

Barnaby da un paso adelante, con la mandíbula apretada.

El repartidor levanta la barbilla.

—¿Todo bien, señorita?

Ese «señorita» me hace desear convertirlo en un caballo de rodeo para montarlo hasta el amanecer.

¡Trilly, sé seria!

—Todo bien —respondo.

Pero Barnaby está rígido como un poste.

—El señor ya ha terminado —dice con una cortesía que corta como una navaja.

—Tranquilo, cowboy —se ríe el repartidor.

Apoya una mano en el marco de la puerta, por encima de mi cabeza, dejándome acorralada contra la puerta.

Un movimiento de macho alfa de los años noventa.

Barnaby salta.

Se coloca entre el repartidor y yo como un muro.

—Ya has entregado. Ahora desaparece.

La voz es baja, firme.

Hasta Nietzsche se sienta, conmocionado.

—¿Y tú quién eres? —gruñe el repartidor.

—¿El novio celoso?

—Soy el que no quiere que su... —vacila un instante— ...chica se sienta incómoda.

Chica.

Mi cerebro entra en cortocircuito.

Mis animadoras interiores empiezan a gritar y alguien activa el sistema de riego.

El repartidor se ríe nervioso.

—Cálmate.

Le da una palmada en el hombro.

Pero la palmada es fuerte, Barnaby tropieza con el felpudo y rebota contra la esquina del zapatero.

El repartidor lo agarra, pero parece que está tirando de él.

Nietzsche explota.

Barnaby empuja, el repartidor reacciona.

Veo salir el puño.

Directo hacia la nariz de Barnaby.

Si la abstinencia fuera un tipo, estaría en mi sofá comiendo palomitas.

Siete días bebiendo agua y comiendo zanahorias para resistir la tentación de «arreglar el mundo».

Pero esto no es una ola.

Es un tsunami.

—B A S T A.

La magia explota.

El tiempo se convierte en miel.

El puño se ralentiza hasta volverse ridículo.

Doy un paso, toco el aire y lo doblo.

El golpe se desvía y se estrella contra la pared con un sonido sordo.

El tiempo vuelve a arrancar.

—¡Ay! ¡Puta pared!

El repartidor se aprieta los nudillos, confundido.

Barnaby se tambalea, pero está ileso.

—¡Perdón! —sonrío con mi peor cara de actriz—. Hay una corriente de aire tremenda esta noche.

Acabas de cargarte las leyes de la física, Trilly.

Felicidades.

El repartidor se marcha maldiciendo a Brooklyn.

Nietzsche le ladra hasta la puerta del edificio.

Barnaby me mira, conmocionado.

—Creo que no les gusto a los repartidores —murmura.

Lo mando a descansar antes de que destruya el vestíbulo y entro en casa.

La pizarra me mira fijamente.

Cojo el rotulador rojo.

Borro el 17.

DÍA 0 – OTRA VEZ.

El craving ha ganado.

La magia ha ganado.

Y mi sed todavía no ha sido saciada.