¡PASTELITOS Y DESASTRES!
Ferrara Bakery me entran ganas de lamer primero la nata y después morderlo por todas partes.
Está tan guapo en medio de su desastre.
—Yo asumiré la responsabilidad —dice él, temblando pero serio.
El siciliano lo observa. Después mira el escaparate roto.
—¿Sabes cuánto cuesta eso?
Barnaby traga saliva.
—No, pero...
—VEINTE. MIL. DÓLARES.
Siento que algo se rompe. Barnaby palidece. Da un paso atrás. Después uno hacia delante.
—Pagaré.
Incluso a plazos. El dueño sonríe. Esa sonrisa siciliana que promete una ejecución educada.
—Y los dulces.
—Y la mesa.
—Y la limpieza.
—Y el trauma psicológico.
Estoy a punto de levantarme.
La magia me presiona en la garganta, palpita como una taquicardia.
Podría.
Podría borrarlo todo.
Pero miro a Barnaby.
Está ahí, desastroso, amable, condenadamente guapo.
Dispuesto a arruinarse por dos perros y una cita fallida.
Resisto.
Como una adicta a la cafeína con migraña en un campo de granos tostados.
—Está bien —digo suavemente.
El dueño me mira.
—¿Está bien?
—Pagaremos todo.
Barnaby me mira como si fuera un milagro o una loca de remate.
Salimos de Ferrara con Nietzsche girándose esperanzado, buscando a su amigo maremmano cubierto de ricotta.
Caminamos en silencio.
Después Barnaby murmura:
—Lo siento.
Me río.
Una risa de verdad.
—No te preocupes. ¡Ha sido la cita más divertida de mi vida!
Y mientras lo miro, entiendo que la deuda de veinte mil dólares no es nada comparada con lo que me costará, en términos de salud mental, no lanzarme sobre él ahora mismo.