La Última Balada de Elise Chapter 7 #2
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Chapter 7 #2

-¿No me debes explicaciones? - Su tono era peligrosamente bajo susurro en mi oído - ¿Estás evitando me por lo que pasó en el patio, por el beso?-

El beso.

Se había atrevido a mencionarlo, y mi sangre hirvió de vergüenza y rabia.

-Eso fue un error - Aparte la mirada - No deberías dejar que hicieras eso. No deberías haber... robado algo que no te pertenece.-

-¿Robado? - Su risa fue corta, amarga - No te robé nada, Elise. Tú estabas allí, tus labios estaban allí, y no me apartaste. No me apartaste en ningún momento.-

-¡Porque no me diste tiempo! - Se me rompió un poco la voz - ¡Porque no pensé que fueras a hacer algo tan estúpido!-

El silencio se alargó entre nosotros, tenso como una cuerda a punto de romperse. Rosso me miraba con sus ojos rojos encendidos, y yo sentía que el suelo se abría bajo mis pies.

-Está bien - Palabras planas y frías - Si fue un error, lo olvidaremos. No volverá a pasar.-

-Rosso…- No era momento de tocar este tema, después de lo que averigue.

-No - Me interrumpió - Lo dices tú. Si fue un error, lo dejamos ahí. Yo no voy a rogarte nada, Elise. No voy a pedirte que me quieras, que me entiendas, que me dejes cuidarte. Si eso es lo que quieres, lo acepto. Pero no voy a fingir que no pasó. Yo no sé fingir contigo.-

Antes de que pudiera responder, él se giró y desapareció en la oscuridad del jardín, dejándome sola, el frío aire que hace un momento me agradaba, ahora me cala hasta los huesos.

Regresé al salón con las piernas temblorosas y la mente en llamas.

Necesitaba calmarme, necesitaba pensar, necesitaba alejarme de Rosso y del príncipe y de todos los hombres que parecían empeñados en volverme loca.

Me dirigí hacia una de las mesas laterales, donde las copas de vino centelleaban bajo la luz de los candelabros, y tomé la primera que encontré sin siquiera mirarla.

-Señorita DeMonety.-

Levanté la vista, y me encontré frente a dos figuras imponentes: Lord Potente y Lord Magno, otros dos con los que no quería tratar ahorita.

-Lord Potente, Lord Magno - Los saludé haciendo una reverencia con la copa aún en la mano - No esperaba verlos aquí.-

Potente, directo dijo - Hay asuntos de estado que requieren nuestra presencia.-

-Asuntos de estado - repetí, y mi voz sonó más interesada de lo que quería.

Los dos intercambiaron una mirada, y en ese breve instante supe que había dado en el blanco.

-Sí - dijo Magno, bajando la voz - Hemos recibido noticias de la revuelta. Y el rey nos solicitó enviar fuerzas, para solucionar ese problema de una vez por todas.-

El alivio que sentí fue tan intenso que casi se me doblan las rodillas.

-¿Seguros?- No supe qué más decir.

-Confirmo que hemos recibido órdenes de movilizar refuerzos.-

-¿Cuándo? -

-Después de lo ocurrido con Lord Sotto - dijo Magno - Su padre será el primero en recibir la ayuda que necesita.-

La noticia era tan buena que casi no la creía. Mis padres, a salvo.

Eso confirmo que ni Aurelio, ni Magno, ni Potente, están atrás de la conspiración y el asesinato de Sotto.

-No sabe cuánto me alegra oír esto - Sonreí genuinamente, la primera en días - Mis padres merecen volver a casa. Merecen estar a salvo.-

Potente asintió con seriedad.

-Y lo estarán. Se lo prometo. Su padre es un hombre valiente, y el rey lo sabe. No vamos a permitir que nada le suceda.-

Los tres conversamos un rato más, y  sentí que el peso en mi pecho se aliviaba realmente.

Había esperanza.

Había un plan.

Había alguien que cuidaba de mis padres, aunque yo no pudiera.

Pero entonces, desde el otro lado del salón, vi su roja mirada moviéndose entre la multitud, y supe que Rosso estaba buscándome de nuevo.

Me despedí de ellos con la excusa de que necesitaba aire, y me deslicé hacia un pasillo lateral, donde los sirvientes iban y venían con bandejas de plata.

No podía enfrentarlo ahora.

Pero quería darle las buenas noticias.

No podía verlo sin que todo mi cuerpo se desarmara y mis palabras se enredaran en mi garganta.

Aún sabiendo eso, necesitaba verlo.

-Elise - su voz me alcanzó antes de prepararme - Necesito hablarte.-

Me detuve.

Por supuesto que me detuve.

Me enoje con mi corazón porque siempre se emocionaba cuando él me hablaba.

-¿Qué quieres, Rosso? - Quise ser indiferente, aún no estoy lista para perdonarlo.

Él se acercó, sus ojos rojos me empujaron y me hicieron retroceder hasta toparme contra la pared.

-Necesito que me escuches - Se escucho urgente, casi desesperado - Lo que escuchaste de ellos… lo de los refuerzos... no es tan simple como parece.-

-¿Qué quieres decir? - El miedo empezó a trepar de nuevo adentro de mi.

-El rey envía refuerzos, sí - dijo, bajando la voz - Pero no solo para proteger a tu padre. Hay algo más detrás de esto. Algo que los generales no te dijeron.-

-¿Y tú cómo sabes eso?-

Su sonrisa fue amarga.

-Porque yo escucho lo que los demás no escuchan. Y porque sé que confiar en las apariencias es el error más común que cometes, princesa.-

No supe si era el miedo o la rabia lo que me hizo responder así.

-¿Ah, sí? ¿Y qué se supone que debo hacer, Rosso? ¿Confiar en ti en lugar de en los señores de estado que mi padre respeta? ¿Creerte a ti, que siempre ocultas más de lo que dices, antes que a ellos que acaban de darme la mejor noticia que he tenido en meses?-

Él dio un paso más, y de repente estaba tan cerca que sentí su aliento contra mi mejilla.

Me encogí.

-Confía en mí - Su voz reflejaba tristeza - Solo una vez más, Elise. Confía en mí y déjame sacarte de aquí. Ahora.-

-No - Quería parecer más firme de lo que sentía - No voy a huir de nada. No voy a esconderme. Mis padres están en peligro… Si tú crees que voy a quedarme de brazos cruzados esperando a que otro me dé respuestas, estás muy equivocado.-

-¡Elise!-

Su mano se cerró sobre mi muñeca, y el gesto fue brusco.

Sentí el dolor agudo de sus dedos apretando mi piel, y el miedo se mezcló con la rabia, eso me hizo arder por dentro.

-Suéltame -

Él no lo hizo. En cambio, sus ojos ardieron de un rojo tan intenso que quemaba.

-No voy a dejarte hacer esto sola. No voy a permitir que te metas en algo que no entiendes.-

-Suéltame ahora - Repetí, y esta vez mi voz se elevó - O juro que haré un escándalo aquí mismo.-

Su mandíbula se tensó. Sus dedos se aflojaron lentamente, y en sus ojos vi algo que me hizo daño: decepción.

-Está bien - Su voz era tan fría como el mármol del palacio - Si eso es lo que quieres, no te detendré.-

Se giró y se alejó, y esta vez no volvió la vista atrás.

Me quedé allí, en el pasillo oscuro, con la muñeca ardiendo y el corazón hecho pedazos.

En algún lugar del salón, la música seguía sonando, la gente seguía riendo, el rey seguía sonriendo desde su trono.

Me sentí sola … más sola que nunca.

Me aferraba a la noticia de que mis padres recibirán ayuda.

Quería olvidar las palabras de Rosso de que todo lo que creía saber era mentira.