Chapter 7
El baile de mentiras y verdades
El Palacio Real es realmente intimidante, se alza sobre la colina como una bestia de mármol y oro, sus torres perforan el cielo con la arrogancia de… de la sonrisa de Rosso, no, no pienses en él… cualquier mansión de los señores de estado se ve pequeña y simple, comparadolas.
El carruaje se detuvo frente a la gran escalinata, y el bullicio y murmullo de los invitados que ya ascendían los escalones, se hizo notar.
Es extraño sentirme fuera de lugar, y me sentía más fuera de lugar que nunca entre sus paredes revestidas de tapices que contaban batallas ganadas hace siglos.
- Señorita DeMonety - Se anunció mi llegada con una voz que parecía hecha para llevarse bien con el eco del vestíbulo - Casa DeMonety.-
Como desearia que mi padre estuviera aqui para respaldar el nombre.
Y quisiera que mi madre apareciera en cualquier momento con su sonrisa tranquilizadora y sentir sus manos frías sobre las mías.
Pero no.
Estoy aquí, en el palacio del rey, con un vestido blanco de noche que me había hecho coser desde el momento que llegó la invitación, como si el destino quisiera que investigará al Príncipe.
Siento que esta misión pesa más que todo el oro de mi familia.
Solté una respiración que no sabía que estaba conteniendo y avancé.
El Gran Salón del Palacio era exactamente como lo describen los libros, leí todo lo que pude sobre el castillo para que nada me tomara desapercibida.
Las columnas de mármol rosa se alzaban hacia un techo pintado con escenas mitológicas, y las arañas de cristal colgaban como estalactitas de luz, derramando destellos sobre las cabezas de los asistentes.
El príncipe Aurelio, está sentado en su trono elevado, parecía un pájaro cansado en una jaula dorada, pero su sonrisa era generosa y su saludo, cálido.
Sentí su mirada y alzó una copa hacía mi desde la distancia.
Se levantó ágil y lo vi esquivar a todos los invitados dirigiendose hacia mi.
-La señorita DeMonety - En menos de un segundo recorrido todo el salon y estaba a mi lado sin derramar una gota de sudor - Qué alegría verla entre nosotros. Su padre nos ha honrado con su servicio, y espero que usted me honre bailando conmigo está noche-
Incliné la cabeza en una reverencia, paace que todo está acomodándose para mí.
-Su Majestad es demasiado amable - No puedo dejar pasar esa oportunidad - Es un honor estar aquí.-
El Príncipe asintió, satisfecho, y volvió su atención a la corte que lo rodeaba.
Yo, por mi parte, me dejé absorber por la multitud, avanzando entre los invitados con la sonrisa adecuada y la mirada alerta.
Ya solo toca esperar para hablar con él.
Necesitaba saber qué sabía sobre la muerte de Sotto… interrogarlo para saber que paso aquella noche maldita.
Quiero parecer tranquila, pero por momentos creo que se me olvida respirar.
Me deslicé hacia una de las columnas laterales, donde las sombras eran más generosas y el ruido de la música se amortiguaba un poco.
Inale.
Apoyé la espalda contra el mármol frío y cerré los ojos.
Cada momento que pasa me siento menos cómoda.
Cada pensamiento se separa de mi como unos hilos sueltos que no lograba anudar.
Sotto hablando de enemigos internos.
El príncipe acercándose.
La copa de vino.
La daga en el mantel.
La mano de Rosso apartándome.
El beso en el patio.
Abrí los ojos de golpe.
No. No podía pensar en eso ahora.
Rosso era una distracción, un peligro, un problema para el que no tenía solución. Y además, estaba en algún lugar del salón, seguramente vigilándome desde las sombras como hacía siempre, con esa mezcla de protección y desafío.
-Señorita DeMonety.-
La voz llegó de sorpresa, y casi salté.
Era el príncipe, lo primero que note fueron sus ojos, de un dorado que parecía absorber la luz, todo lo contrario de los ojos de Rosso que brillan en la oscuridad.
Aurelio me miraban con una intensidad que me hizo olvidar por un segundo por qué estaba allí.
-Su Alteza - Le volví a dedicar una reverencia, esta vez menos ensayada y más mecánica - Que bueno verlo un poco más relajado.-
Él sonrió, pero era una sonrisa cansada, como la de alguien que esconde algo.
-Mi padre siempre insiste que los bailes deben de realizarse…
es un sinónimo de poder… o eso podría decirse - Su tono sugería que él no estaba de acuerdo - Yo le insistí que deberían de cancelarse después…
después de lo ocurrido... - De nuevo su tono cambió y regresó a su calidez y confianza normal -Perdón, hablé de más sin saber si usted estaba interesada en discutir ese tema - hizo una pausa - ¿Me permite un momento de su tiempo? -
Mi corazón se aceleró. Esto era exactamente lo que necesitaba. Una oportunidad para hablar con él, y él ya parece interesado en el tema, es momento para sonsacarle información, para descubrir si detrás de esa fachada de príncipe preocupado se escondía un asesino.
-Por supuesto, Su Alteza - respondí, y lo seguí hacia un rincón más apartado, donde un balcón se abría al jardín.
El aire es fresco y contrasta con lo denso que es adentro.
El príncipe apoyó los brazos en la barandilla de piedra y el viento jugó con sus cabellos.
-Aun no puedo creer lo de Sotto Sendi -dijo, sin preámbulos, y su voz perdió toda su cortesía - Lamento mucho lo ocurrido. Debió ser terrible.-
Tragué saliva.
No esperaba que él sacara el tema tan bruscamente.
-Fue... - No pude terminar la frase y los ojos se me humedecieron- No dormí bien esa noche.-
Él asintió lentamente.
-Yo tampoco. Sotto era un buen hombre. Leal. Honesto. Quizás demasiado honesto para su propio bien.-
No puedo desaprovechar esta oportunidad -¿Por qué dice eso? -
El príncipe se volvió hacia mí, y sus ojos dorados brillaron como el sol.
-Porque Sotto sabía cosas que no debería saber. Y estaba investigando la revuelta, sobre quién está realmente detrás de todo esto. Y si alguien lo envenenó, fue porque esas cosas eran demasiado peligrosas para que las dijera en voz alta.-
Al escuchar eso, los golpes de mi corazón en mi pecho, dolían.
-¿Y usted sabe esas cosas, Su Alteza?-
Silencio.
El príncipe me miró durante un largo momento, y en sus ojos se reflejó algo que no esperaba: miedo.
Miedo genuino, crudo, de hombre que sabe que su vida está en peligro.
-Sé algunas cosas - Su voz es tan baja que apenas la oí sobre el murmullo de la fiesta - Y sé que no debería decírselas a usted, señorita.
Pero también sé que su padre es uno de los pocos hombres en los que confío, y que usted, con su permiso o sin él, va a seguir investigando esto hasta que encuentre respuestas. -
No negué nada. No podía. Él tenía razón.
-Entonces, ¿por qué no me dice lo que sabe? - Sentí que rogaba por un poco de claridad en esta guerra llena de incertidumbre - ¿Por qué no me ayuda a entender qué está pasando?-
El príncipe suspiró, pasándose una mano por el rostro.
-Porque si se lo digo, usted va a estar en peligro. ¿Y no debería ser mi trabajo evitarle el peligro a mi reino?…-
-Ya estoy en peligro - respondí, y mi voz tembló un poco, pero seguí firme.
No diré más, debo de ser precavida por mi y por Rosso.
Él me miró largamente, y por un momento, el príncipe dorado y cansado que tenía delante me pareció más humano que cualquier otra persona en ese salón. Más humano, y más asustado.
-Sotto creía.. —dijo al fin, bajando aún más la voz—... Creía que había alguien detrás, manipulándola, usándola como tapadera para algo más grande. Algo que amenaza directamente al trono.-
-¿A quién? ¿A mí? - Susurré - ¿Quién está detrás?
El príncipe negó con la cabeza.
-Es lo que investigaba, antes de…-
La noticia cayó sobre mí como un cubo de agua helada.
-¿Y ahora? ¿Usted sigue investigando?-
-No puedo - La derrota se reflejó en su cara - El rey me ha ordenado que me mantenga al margen. Dice que el heredero al trono no debe arriesgar su vida, que no debo involucrarme. -
Eso era más de lo que había esperado.
Mucho más.
El príncipe no era el asesino. El príncipe era otro peón en el tablero, tan perdido como yo, tan atrapado en una red que no había tejido.
-Gracias - Se me quiero un peso del pecho, por un segundo, porque otro ocupó su lugar - Gracias por confiar en mí.-
Él asintió, y sus dedos rozaron los míos sobre la barandilla. Fue un gesto breve, casi insignificante, pero en él había una promesa tácita de alianza, de apoyo en medio de la tormenta.
-Cuídese, señorita DeMonety - Dijo, y se alejó hacia el interior del salón.
Me quedé allí, en el balcón, con el viento nocturno acariciando mi rostro y una sensación de ahogo creciendo en mi pecho.
Sabía más que antes, pero también sabía que lo que sabía era solo un fragmento minúsculo de una verdad mucho más grande y mucho más aterradora.
Necesitaba pensar.
Necesitaba ordenar todo lo que acababa de escuchar. Necesitaba...
-¿Elise?-
La voz llegó desde atrás, y supe quién era antes de volverme. La reconocería entre mil voces, entre mil multitudes, entre mil años de silencio.
-Rosso - Hablé con la indiferencia y la frialdad que podría aparentar - ¿Qué haces aquí?-
Él se acercó lentamente, sus pasos casi silenciosos sobre la piedra del balcón.
Vestía su chaqueta de cuero oscuro, la que usaba siempre cuando quería pasar desapercibido, y su ojos rojos que parecía que se podrían ver a kilómetros de distancia, el si era todo un contraste.
-Te he estado buscando por todo el salón - Su voz tenía un filo que no reconocí - ¿Desde cuándo te escondes en los balcones con el príncipe?-
-No me escondo con nadie - Me gire para enfrentarlo, necesitaba enfrentarlo por lo del beso y por desaparecer y por todo, pero no se cómo hacerlo - Estaba hablando con él. Nada más.-
-Hablando - Repitió, y la palabra sonó casi como una acusación - Claro. Porque los príncipes suelen buscar a las señoritas en los balcones para hablar de política.-
-Rosso, no voy a discutir esto contigo - Grite un poco más de lo que quería - Es un asunto importante. No tengo que darte explicaciones.-
Él dio un paso adelante, y de repente estaba demasiado cerca, tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo a pesar de la noche.