Chapter 8
El primer baile …
La carta de que mis padres ya regresaban a casa llegó días antes, días que parecieron meses.
El sonido de los cascos de los caballos golpeando la grava del camino de entrada, un sonido que había estado esperando desde su partida.
Corrí.
Corrí sin importarme nada, sin importarme que mis zapatillas de seda no estaban hechas para correr, sin importarme que mi cabello, recién peinado, se deshacía en mechones sueltos alrededor de mi rostro.
Y ahí estaban.
Mi madre, Dora, bajaba del carruaje con el porte firme que siempre la había caracterizado, aunque más delgada, con la piel curtida por el sol de la frontera y unas líneas nuevas alrededor de los ojos que no recordaba.
Y mi padre, Ontero.
El hombre que siempre pareció hecho de la misma piedra que los cimientos de nuestra mansión, bajó del carruaje con un movimiento distinto, más lento, con dolor, uno tan grande que no pudo ocultar.
-¡Padre!-
No me importó que las lágrimas rodaran por mis mejillas, ni que un grupo de sirvientes nos observara desde las puertas.
Corrí hacia él y lo abracé con toda la fuerza que tenían mis brazos, sintiendo bajo la tela áspera los huesos de su espalda, más pronunciados que antes.
-Elise. - Su voz sonó rota, como si llevara mucho tiempo sin pronunciar mi nombre en voz alta. - Mi Elise.-
Fue entonces, al aferrarme a él, cuando sentí algo extraño bajo mis dedos. Su mano derecha, la que siempre había llevado el anillo de sello de los DeMonety, se sentía distinta.
Incompleta.
Me aparté solo lo suficiente para mirarla.
Le faltaban dos dedos.
El meñique y el anular, cortados a la altura del segundo nudillo, la piel cicatrizada en un tono rosado y brillante que contrastaba con el resto de su mano curtida.
El anillo.
El mismo que Rosso me había mostrado meses atrás, jurando que era la prueba de que venía en nombre de mi padre.
-Padre… tu mano…-
Él siguió mi mirada hacia sus dedos ausentes, y por un instante, algo cruzó su rostro que nunca había visto en él.
Vergüenza.
O quizás solo cansancio, me pareció que mi padre había envejecido varios años en estos meses.
-Es solo un recuerdo de la guerra, hija. Nada de qué preocuparse ahora que estoy en casa - Intentó sonreír, una muy pequeña sonrisa. - Entremos. Necesito sentarme en algo que no se mueva con cada bache del camino, y tu madre necesita un baño que no sea en un río helado.-
Mi madre rió, un sonido cansado pero genuino, y me tomó del brazo mientras entrábamos.
Ordené que trajeran vino, pan recién horneado, queso, todo lo que la cocina pudiera reunir con tan poco aviso.
Nos sentamos los tres en el salón pequeño, el que usábamos solo en familia, lejos de los frescos ostentosos y los candelabros de cristal del salón de baile.
Fue mi madre quien habló primero de la guerra, en términos generales, de las tropas, de la victoria que finalmente había llegado gracias a los refuerzos del rey.
Pero yo no podía dejar de mirar la mano de mi padre, intentando tomar una copa de vino con una torpeza que antes no existía.
-Padre - No pude contenerme más.
-Necesito preguntarte algo, y necesito que me digas la verdad.-
Él levantó la vista, y algo en mi tono debió alertarlo, porque dejó la copa sobre la mesa con cuidado.
-Dime.-
-El anillo. El que llevabas siempre en esa mano - Señalé los dedos ausentes.
-¿A quién se lo diste? ¿A quién le encargaste que lo llevara como prueba de que venía de tu parte? - Mi padre frunció el ceño, genuinamente confundido.
-A nadie, Elise. Ese anillo lo perdí junto con los dedos, en el mismo golpe de espada que casi me cuesta el brazo entero. Nunca se lo di a nadie. ¿Por qué preguntas eso?-
El suelo parecía moverse bajo mis pies.
-Porque alguien se presentó ante mí, hace meses, con un anillo idéntico al tuyo, jurando que venía en tu nombre. Que tú lo habías enviado para protegerme.-
-Eso es imposible - Mi padre negó con la cabeza, y su voz se volvió más grave, más alerta, la voz del comandante que había sido en el frente y no la del padre cansado que acababa de llegar a casa.
-Elise, escúchame bien. Yo nunca envié a nadie.
Nunca contraté a ningún guardaespaldas, ni pedí a nadie que velara por ti en mi nombre.
Estuve luchando en la frontera desde el día en que partí, y no tuve tiempo ni medios para hacer arreglos de esa naturaleza, mucho menos enviar a un extraño con un anillo robado o falsificado a mi propia casa. -
Sentí que algo dentro de mí se quebraba y se rehacía a la vez, todas las certezas de los últimos meses desmoronándose como un castillo de naipes.
Rosso había mentido.
Desde el principio.
-Pero entonces… - mi voz apenas era un susurro - ¿quién es?-
Mi padre y mi madre intercambiaron una mirada, una de esas miradas silenciosas que solo los matrimonios de muchos años pueden compartir, cargada de preocupación.
-Elise, hay algo que debes saber sobre la guerra. - Mi madre se inclinó hacia adelante, tomando mi mano entre las suyas. - Algo que tu padre y yo descubrimos demasiado tarde.-
-La revuelta nunca fue solo una revuelta de campesinos - Mi padre bajó la voz, aunque no había nadie más en la habitación - Durante meses no pudimos entender por qué los rebeldes tenían armamento tan sofisticado, por qué conocían nuestros movimientos antes de que los ejecutáramos, por qué la guerra se alargaba una y otra vez cuando debería haber terminado en semanas. -
- Y descubrimos la respuesta hace apenas un mes - Continuó mi madre, apretando mi mano.
- El reino vecino, Montelys. Han estado financiando la revuelta desde el principio, enviando armas disfrazadas de suministros comerciales, y lo peor de todo: alimentando a nuestros generales con información falsa a través de espías infiltrados en nuestras propias filas.
Nos hicieron perseguir fantasmas, atacar posiciones vacías, mientras los verdaderos cabecillas se reagrupaban en otro lugar. -
-Fue una guerra diseñada para durar - La voz de mi padre se endureció.
- Diseñada para desangrarnos, para debilitar al reino desde dentro - Pensé en Sotto. En sus palabras. En el príncipe Aurelio, con miedo genuino en sus ojos. En Rosso, insistiendo en que alguien movía los hilos desde las sombras, alguien que no estaba en los bailes.
Todo empezaba a encajar, y al mismo tiempo, nada tenía sentido.
-¿Y el complot contra mí? - pregunté, con la garganta seca. - ¿El intento de asesinato en el baile de los Potente? ¿La muerte de Sotto?-
Mi padre negó lentamente con la cabeza.
-Estabamos enterados del triste fallecimiento del pequeño Sotto, pero no sabemos nada sobre ese intento de asesinato - Su mandíbula se tensó - Y te prometo, Elise, que averiguaremos quién estuvo detrás de eso.
Pero esta noche no. Esta noche, ambos necesitamos dormir en una cama que no se mueva, y tú necesitas descansar la mente de todo este peso que has cargado sola. -
Quise protestar, quise seguir preguntando, seguir tirando del hilo hasta desenredarlo por completo.
Pero al mirar a mis padres, el cansancio grabado en cada línea de sus rostros, las heridas visibles e invisibles que la guerra les había dejado, no tuve corazón para insistir.
-Está bien - Bajé la mirada hacia la mano herida de mi padre, y sin poder contenerme, la tomé entre las mías con todo el cuidado del mundo, besando los nudillos donde antes había dedos.
-Me alegra tanto que estén en casa. No saben cuánto recé por esto.-
Mi padre me atrajo hacia él en otro abrazo, y por un momento, volví a sentirme como una niña pequeña, protegida entre sus brazos de cualquier mal del mundo.
-Y yo agradezco al todopoderoso que sigas con vida, hija mía - Su voz se quebró, apenas - Mañana hablaremos con más calma de todo esto.
Mañana buscaremos respuestas juntos, como familia.
Pero esta noche, solo quiero cenar contigo, escuchar tu voz, y saber que todo esto - Señaló la mansión a su alrededor, las paredes, el techo, la vida entera que representaba - sigue en pie porque tú lo mantuviste en pie -
Cenamos los tres, hablando de cosas ligeras, de recuerdos de infancia, de todo menos de la guerra y de las sombras que se cernían sobre nosotros.
Mi madre reía con más frecuencia de la que esperaba, y mi padre, a pesar del cansancio evidente en su rostro, no dejó de mirarme con un orgullo silencioso que valía más que cualquier palabra.
Cuando el reloj de pie marcó las horas avanzadas de la noche, mi madre bostezó sin disimulo y mi padre se frotó los ojos con su mano herida.
-Creo que es hora de que todos descansemos - Mi madre se puso de pie, y besó mi frente con la ternura que solo una madre puede ofrecer.
-Mañana será un día largo, con muchas conversaciones pendientes. Pero esta noche, duerme tranquila, mi niña. Estamos en casa.-
Mi padre se levantó también, y antes de retirarse, se detuvo frente a mí y sostuvo mi rostro entre sus manos, la mano herida y la sana, ambas igual de cálidas.
-Eres más fuerte de lo que yo mismo fui a tu edad, Elise. Y mañana, te prometo, empezaremos a desenredar esta madeja de mentiras juntos. Descansa.-
Los vi alejarse por el pasillo hacia sus habitaciones, sus pasos lentos y cansados, apoyándose el uno en el otro de una forma que hablaba de años de amor silencioso.
Yo me quedé un momento más en el salón pequeño, con la copa de vino sin terminar frente a mí, y el peso de la revelación asentándose lentamente en mi pecho.
Rosso había mentido sobre quién lo enviaba.
Pero no sobre el peligro.
No sobre el asesino.
No sobre el beso que me robo, ni sobre la forma en que sus ojos rojos me buscaban entre la multitud como si yo fuera la única persona real en un salón lleno de falsedades.
Subí las escaleras hacia mi propia habitación, con la mente llena de preguntas que no tenían respuesta todavía, y con un nombre repitiéndose en mi cabeza como un latido constante.
Rosso…