La Última Balada de Elise Chapter 5 #3
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Chapter 5 #3

-El reino. Y tu padre  han sobrevivido a cosas peores… - Su sonrisa era tan cálida que casi lograba tranquilizarme - … Y porque, pase lo que pase, no estará sola. Siempre habrá alguien dispuesto a ayudar.-

Sentí que las palabras del príncipe resonaban en mi pecho con un eco reconfortante.

No era un hombre malo, siento que solo es sincero. Y en medio de aquella noche llena de incertidumbre, su sinceridad me ayudaba.

-Gracias, Alteza - Le susurre.

-No me agradezca - Sus ojos ámbar brillaron con un destello de algo que podría haber sido afecto - Solo digo lo que siento.- Y escuché un ruido a nuestro lado.

Un mesero, con la torpeza de quien acaba de tropezar, se estrelló contra el príncipe, y una copa de vino tinto se derramó sobre la chaqueta blanca de Aurelio, tiñéndola de un rojo oscuro y escandaloso.

-¡Por el reino! - exclamó Aurelio, dando un salto atrás mientras el vino goteaba sobre su pecho. Su rostro, normalmente sereno, dejó escapar un atisbo de ira.

-¡Mil disculpas, mi señor! - dijo el mesero, y su voz era tan ingenua y servil que casi no la reconocí - Fue un accidente, no sé cómo ocurrió, estaba tan concentrado en servir que no vi por dónde iba…-

Miré al mesero, y mis ojos se encontraron con unos destellos rojos que a veces pienso que solo yo veo.

Rosso.

Mi corazón dio un vuelco, y sentí una mezcla de alivio y exasperación.

-No importa, no importa - Con la dignidad herida de quien acaba de ser manchado en público - Solo... solo necesito cambiarme. Señorita DeMonety, la ruego me disculpe.-

-Por supuesto, Alteza - Haciendo una reverencia mientras el príncipe se retiraba, seguido por un séquito de sirvientes que intentaban limpiar la mancha con paños de lino.

Y entonces, antes de que pudiera reaccionar, una mano firme me tomó por el brazo y me arrastró hacia un pasillo lateral, lejos de la multitud.

-¿Qué has hecho? - Susurré, mientras Rosso me conducía a través de un laberinto de corredores oscuros. Sentía que el corazón me latía con fuerza, y mis piernas apenas me sostenían - ¡Has manchado al príncipe! -

- He hecho lo que tenía que hacer para sacarte de ahí - Note un tono de apuro en su voz. Sus dedos se aferraban a mi brazo con una fuerza que dejaba claro que no iba a soltarme - ¿O preferías quedarte bailando con él mientras los conspiradores planeaban algo?-

-¡Pero Sotto me dijo que mis padres están bien! Eso era todo lo que necesitaba saber.-

-Perfecto, ya lo has oído. Ahora es hora de irse.-

Se detuvo en un pasillo de servicio, estrecho y mal iluminado, donde solo la luz de una vela parpadeaba en un nicho de la pared.

Me apoyé contra la piedra fría, sintiendo que el corazón me latía con fuerza y que las piernas me temblaban.

-Eres imposible - Dije, sin poder evitar que una sonrisa se dibujara en mis labios - ¿No podías haberme esperado unos minutos más?-

-Podía haber esperado - Sus ojos parecía que ardían más con esa poca luz - Pero no quise. No quería verlo tocar tu mano ni un segundo más.-

Parpadeé, sorprendida por la sinceridad de sus palabras. Sentí que mi corazón se aceleraba, el rubor invadía mis mejillas.

-¿Estás celoso?-

-¿Celoso? - repitió él, y por un momento, su sonrisa burlona titubeó.

Vi algo vulnerable en sus ojos, algo que nunca había visto antes - No sé lo que es eso.

Yo solo hago mi trabajo. Pero mi trabajo también incluye asegurarme de que no te encariñes con un príncipe que podría tener intereses ocultos. -

-¿Y tú? - Incline la cabeza. Sentía que cada palabra me costaba un esfuerzo - ¿Tú no tienes intereses ocultos?-

Rosso me miró fijamente, y en la penumbra, sus ojos me robaron el aliento.

Su mano se alzó para tocar mi mejilla, y el contacto de sus dedos, ásperos y cálidos, hizo que yo contuviera la respiración.

-Yo, Elise, solo tengo un interés: mantenerte viva. Y si eso significa manchar la chaqueta de un príncipe, o arruinar un baile, o tener que verte enfadada conmigo, lo haré.-

-¿Y por qué te importa tanto? - Repetí de nuevo esa misma pregunta con la voz temblorosa.

Él dio un paso hacia mí, y de repente, la distancia entre ambos se redujo a nada. Su aliento rozaba mi piel, y pude oler su aroma mezcla de pólvora y madera, aquel olor que ya me resultaba tan familiar y tan peligroso.

-Porque eres la única persona que me hace olvidar que soy un mercenario sin futuro - Susurró - La única que me hace sentir que merezco algo más que una bolsa de monedas. Y eso, Elise, es más peligroso que cualquier asesino.-

Sentí que el mundo se detenía.

Mis ojos se encontraron con los suyos. Solo vi deseo. Solo miedo. Solo... verdad. Mi corazón latía tan fuerte que sentí que podría oírse por todo el pasillo.

Rosso inclinó la cabeza hacia mí, y yo cerré los ojos, esperando el beso que sabía que estaba a punto de llegar. Sentía que mi cuerpo se inclinaba hacia él, que mis labios se entreabrían, que el deseo ardía en mi pecho como el fuego de sus ojos rojos...

Pero entonces, un grito desgarró el silencio del pasillo.

Un grito agudo, de mujer, que provenía del salón principal.

Y tras él, el ruido de una multitud en pánico: gritos, cristales rotos, sillas arrastradas.

Mi corazón se detuvo, y el miedo se apoderó de mí como un chapuzón en agua helada.

Rosso se apartó de mí como si hubiera recibido un latigazo.

-Tenemos que irnos - Su voz era de acero. Toda la ternura había desaparecido, reemplazada por una determinación fría -Ahora.-

No esperó respuesta. Tomó mi mano con fuerza y me arrastró por el pasillo, esquivando puertas, bajando escaleras, avanzando entre las sombras mientras los gritos se hacían más fuertes y el ruido del caos se extendía por toda la mansión.

-¿Qué está pasando? -

Casi sin aliento. Sentía que las piernas me fallaban, que el miedo me paralizaba.

-No lo sé, y no quiero averiguarlo -respondió, sin mirarme - Lo único que sé es que tenemos que salir de aquí antes de que sea demasiado tarde.-

Llegamos a una puerta de servicio que daba al exterior, y Rosso la abrió de una patada. La noche nos recibió con aire fresco, y vi, a lo lejos, mi carruaje esperando en la calle lateral.

La luna brillaba pálida sobre los tejados, y el viento mecía los árboles como si quisiera arrastrarnos lejos.

Corrimos hacia él, y el cochero, al vernos llegar, abrió la puerta sin preguntar.

Rosso me empujó dentro y saltó tras mí, cerrando la puerta con un golpe seco.

-¡Vámonos! - gritó al cochero - ¡Rápido!-

El carruaje se puso en movimiento, y yo me asomé por la ventana para ver cómo la mansión Bossofondo quedaba atrás.

Las luces de antorchas se movían frenéticamente, y los invitados, en tropel, salían por la puerta principal como si huyeran de un incendio.

-¿Crees que fue un ataque? - Con la voz entrecortada.

Mis manos seguían temblando, y me dolía el pecho.

-No lo sé - Su rostro estaba tenso, serio, sin rastro de su habitual burla. -Pero por eso te dije que no vinieras. Por esto. Porque cada vez que te expones, el peligro te sigue.-

Lo miré, y a pesar de todo, a pesar del miedo, a pesar de la confusión, sentí una oleada de gratitud tan inmensa que me hizo temblar.

Él estaba allí. Siempre estaba allí. Incluso cuando yo me empeñaba en poner mi vida en peligro.

-Gracias - Mi voz se rompió -Por salvarme. Otra vez.-

Rosso me miró, y por un momento, su sonrisa volvió a asomarse. Pero era una sonrisa cansada, casi triste.

-No me agradezcas, Elise. Todavía no hemos llegado a casa. Y no sabemos quién te quiere muerta.-

No respondí.

Solo me recosté en el asiento de terciopelo, cerré los ojos, y sentí que, al menos por ahora, estaba a salvo.

-Eres un idiota - murmuré, con una sonrisa cansada.

-Ya lo sé -respondió, y su voz, aunque grave, tenía un deje de ternura que me hizo sentir que todo iba a estar bien - Pero soy tu idiota.-