Chapter 5
Viejos amigos y manchas de vino
La mansión de los Bossofondo se alzaba ante mí, cómo la recuerdo desde niña.
Los cipreses y olivos que bordeaban el camino de entrada se mecían con la brisa del atardecer, como siempre.
No era una construcción tan imponente como la nuestra, ni tan extravagante como la de los Potente, pero poseía una elegancia serena, casi melancólica, que encajaba a la perfección con la personalidad de sus dueños.
Yo lo sabía bien; había crecido visitando aquella mansión, correteando por sus pasillos de mármol pulido mientras Sotto Bossofondo, el heredero de las tierras del sur, intentaba enseñarme a dibujar paisajes con carboncillo.
Pero aquella noche, la mansión no me traía recuerdos de juegos infantiles. Me traía la promesa de noticias, de respuestas, de saber si mi padre y mi madre seguían con vida.
Y ese pensamiento hacía que mi estómago se retorciera.
El carruaje se detuvo frente a la entrada principal, y el nudo en mi estómago se apretó un poco más.
No era el baile en sí lo que me preocupaba, ya estaba más que acostumbrada a las sonrisas falsas y los cumplidos vacíos, sino la posibilidad de obtener, por fin, noticias frescas de mis padres.
Sus cartas cada vez son menos frecuentes.
Sotto había regresado de la frontera sur hacía apenas una semana.
Él estaba con mi padres y el suyo combatiendo, ¿Porque él pudo regresar antes?, ¿Porque está dando un baile, cuando su frontera está en pleno conflicto?.
Y por otro lado estaba Rosso, el muy obstinado, se había negado a dejarme asistir.
Apreté los dedos contra la seda de mi vestido, un beige calor que había elegido, note las pequeñas manchas de sudor, estoy muy alterada.
Respiré hondo.
El recuerdo de nuestra discusión, tres días atrás, todavía ardía en mi pecho como una brasa mal apagada.
*
Había aparecido en la biblioteca de la mansión, después de ausentarse varios días.
Yo estaba de pie junto a la ventana, mirando el jardín, no quería verlo realmente, mientras Rosso se apoyaba contra la chimenea con los brazos cruzados y no quería ver esa expresión que alternaba entre la burla y la autoridad.
Sus ojos rojos, siempre tan difíciles de leer, me taladraban con una intensidad que me hacía sentir incómoda.
- No pienso discutirlo más, Elise - había dicho, y su tono era cortante - La última vez que fuiste a un baile, alguien intentó matarte. ¿No te parece que un intento de asesinato es suficiente emoción para un solo año?-
-Sotto es amigo mío - Odiaba ese sentimiento de que me tratara como si fuera una niña, del enojo sentía que la sangre me hervía en las venas, y mis manos temblaban ligeramente - Lo conozco desde que éramos niños.
Su familia y la mía han sido aliadas durante décadas.
No voy a dejar que el miedo me impida ver a alguien que podría traerme noticias de mis padres. -
-¿Noticias? - Rosso había alzado una ceja, y sus ojos rojos habían brillado con ese destello de ironía que me exaspero - ¿O excusas para volver a ponerte uno de esos vestidos imposibles y que media docena de nobles cerdos te rodeen como moscas?
Porque, seamos sinceros, Elise, a ti te encanta ser el centro de atención. -
Esas palabras resonaron en mi como una explosión. Sentí que mi cara se encendía, que la ira me quemaba por dentro.
-¿Cómo te atreves? - Dije casi gritando, di un paso hacia él con el puño apretado.
Mi voz temblaba de rabia, y mis ojos picaban por las lágrimas que me negaba a derramar - ¿Crees que me divierto bailando con hombres que solo ven mi dote?
¿Crees que disfruto sonriendo mientras dentro de mí me estoy muriendo de miedo por mi padre y mi madre?
¡No tienes ni idea de lo que es llevar este peso! -
Rosso había mantenido la mirada fija en la mía, y por un momento, el brillo burlón se había atenuado. Pero solo por un momento.
-Entonces, ¿por qué insistes en ir? - preguntó, su voz fue más baja - Si tanto odias todo eso, quédate aquí. Envía un mensajero. Pero no te expongas innecesariamente.-
-Porque Sotto…— Sentí que las lágrimas de frustración se me salían de mis ojos.
Mi voz se quebró, y odié ese sonido débil y tembloroso -...
es un amigo. Y necesita verme a mí, no a una criada con una carta.
Además, él estuvo en la frontera. Vio a mi padre.
Tal vez pueda decirme si está herido, si mi madre sigue bien...
cosas que ninguna carta puede transmitir. -
-Entonces has lo que quieras - había dicho Rosso, y su tono se había vuelto cortante, casi cruel - Ve y arriésgate a que otro asesino intente clavarte una daga entre las costillas.-
-¿Por qué te importa tanto? - había soltado eso sin pensarlo, sin poder contenerme. Sentía que el pecho se me oprimía - Eres mi guardaespaldas, no mi padre. No tienes derecho a decidir por mí.-
Rosso había dado un paso hacia mí, y de repente la distancia entre nosotros se había reducido a nada.
Su rostro, tan cerca del mío, había perdido toda burla. Sus ojos rojos ardían con una intensidad que me robó el aliento.
-¿Que por qué me importa? - había repetido - Porque, aunque me cueste admitirlo, no soportaría ver tus ojos cerrados para siempre. ¿Eso responde tu pregunta?-
Durante un instante eterno, solo había existido la cercanía de su cuerpo, el calor de su aliento, la intensidad de sus ojos rojos fijos en los míos y…
…Y luego, como siempre, él había arruinado el momento.
-Además - había añadido, recuperando su sonrisa burlona - si mueres, ¿quién me va a pagar el resto de mi contrato? No pienso trabajar gratis. Creo que cobre muy poco por aguantar tus berrinches.-
Lo había visto tan furiosa que había estado a punto de arrojarle lo que tenía más cerca, que era un libro o un jarrón.
-Eres un idiota. Un completo idiota.-
-Ya lo sé - había respondido él, con esa desfachatez que me volvía loca—. Pero soy tu idiota.-
Luego, antes de que yo pudiera replicar, él había añadido.
-Y si te empeñas en ir a ese baile, al menos hazme caso en una cosa: no te separes de la multitud. No vayas a ningún rincón oscuro. ¿Entendido? Porque no pienso tener que explicarle a tu padre por qué su hija murió en medio del baile llevándose todo el protagonismo-
-¿Y no acaba de decir que a mí me gusta ser la protagonista de los bailes?-
-Pues tu…- No pudo terminar de decir, fue raro ver qué se quedará sin una respuesta.
Y eso me había hecho sonreír a pesar de que intenté no hacerlo, y esa sonrisa había sido mi perdición.
Porque Rosso, al verme, había sonreído de vuelta, y por un instante, todo había parecido casi... Cómo una pelea de unos prometidos y ese estúpido pensamiento me hizo sonrojar.
-Está bien - había dicho finalmente, con un suspiro - Iré. Pero prometo tener cuidado.-
-Eso espero - había respondido él, y sus dedos habían rozado los míos con una suavidad que no encajaba con su carácter - Porque no pienso permitir que nadie te quite de mi lado, Elise DeMonety. Al menos no hasta que me hayas pagado lo que me debes.-
*
Y ahora, tres días después, estaba entrando en la mansión Bossofondo con tantas preguntas como mortificaciones y la sensación de que Rosso me observaba desde algún lugar oculto entre las sombras.
No sabía si esa sensación me daba seguridad o me ponía más nerviosa.
Probablemente ambas.
El salón principal de los Bossofondo me recibió con su calidez característica.
Los techos, adornados con frescos de paisajes, se alzaban con una elegancia discreta; las paredes, cubiertas de tapices que representaban escenas de caza y cosechas, transmitían una serenidad que contrastaba con la frialdad de otros palacios.
Las flores, en su mayoría blancas y violetas, adornaban las mesas y los rincones.
Me detuve en la entrada, permitiendo que mis ojos se acostumbraran a la penumbra iluminada por cientos de velas.
La orquesta, situada en un balcón de madera tallada, afinaba sus instrumentos con suavidad, y los invitados comenzaban a dispersarse por la sala en pequeños grupos.
Mi corazón latía con fuerza, y mis manos, ocultas entre los pliegues de mi vestido, estaban sudadas, frías y ligeramente temblorosas.
Cada vez que veía a un grupo de nobles cuchichear, imaginaba que hablaban de mí, de mi familia, de la guerra. ¿Sabían algo que yo no sabía? ¿Ocultaban información que podría salvarme? La paranoia se enroscaba en mi pecho.
Magno Savieri se acercaba a mí con pasos vacilantes. Llevaba un traje verde oscuro que, aunque elegante, parecía que no lo eligió él.
Sus ojos se iluminaron al reconocerme, y una sonrisa tímida se dibujó en sus labios. Sentí una punzada de compasión por él, pero también un leve fastidio.
No tenía tiempo para cortesías vacías.
-Señorita DeMonety - Se inclinó en una reverencia tan profunda que casi perdió el equilibrio - Qué... qué grata sorpresa verla aquí. No sabía que vendría… porque no respondió ninguna de mis invitació…-
Lo interrumpí.
-Lord Magno - Le ofrecí mi mano con la cortesía que la etiqueta exigía, aunque mi mente ya estaba en otra parte - Es un placer encontrarlo de nuevo. ¿Cómo está su padre?-
Magno tomó mi mano con dedos temblorosos y rozó mis nudillos con la torpeza de quien no está acostumbrado a esos gestos.
Su piel era fría, y su contacto me hizo estremecer, pero no de la manera agradable.
-Mi padre... mi padre está bien, gracias. Ocupado, como siempre.-
-Su padre es un hombre muy dedicado - Esforzándome por mantener un tono amable mientras mis ojos recorrían la sala en busca de Sotto.
Sentía que cada segundo que perdía con Magno era un segundo menos para obtener respuestas - Seguro que sus tierras prosperan bajo su cuidado.-
-Sí, prosperan - respondió Magno, y por un momento, un destello de orgullo genuino cruzó su rostro - Pero él quiere más. Siempre quiere más. Por eso me envió aquí, para... por usted-
Asentí con la cabeza, no entendí bien lo que dijo porque mi mente ya estaba en otra parte.
Sabía que Magno no era malo, solo un peón en el tablero de su padre, y sentía una punzada de compasión por él.