La Última Balada de Elise Chapter 4
47%

Chapter 4

Palabras serias en el carruaje.

Cuando la noche terminó y los primeros rayos del alba tiñeron de rosa los canales, subí a mi carruaje con el corazón en mi puño.

Mientras el carruaje se alejaba de la ciudad flotante, me dio miedo saber que la guerra no estaba solo en la frontera sur. Estaba aquí, entre las sedas y las sonrisas, entre las máscaras y los besos fingidos, como me advirtió Rosso.

Y sabía, con la certeza de quien ha bailado con la muerte, que realmente alguien quiere matarme.

No pude contener el miedo y las lágrimas, el cansancio, todo junto me agotó y los párpados los siento pesados.

-Despierta, princesa. Que dormir con ese vestido tan ajustado debe de ser más incómodo que una cama de piedras.-

El sobresalto fue tan violento que mi cuerpo se tensó entero, y mi mano, moviéndose por instinto, buscó algo para golpear.

Mi puño chocó contra un pecho sólido, y un resoplido de sorpresa y dolor me respondió.

-¡Ay! - exclamó la voz, y ahora reconocí el timbre, el acento y calidez peligrosa - Eso sí que no era parte de mi trabajo, señorita DeMonety. ¿Siempre recibes a tus salvadores a puñetazos?-

Parpadeé varias veces, tratando de enfocar la mirada en la penumbra del carruaje.

La luz de los faroles, filtrada a través de las cortinas, apenas iluminaba el interior.

Pero sus ojos burlones y imposiblemente rojos como brasas, fijos en mí.

-¡Rosso! - exclamé, con un grito agudo. El corazón me golpeaba las costillas como un pájaro enjaulado - ¿Cómo...? ¡No deberías estar aquí! El carruaje está en movimiento... quiero decir, estaba en movimiento. ¿Dónde estamos? ¿Qué has hecho con el cochero?-

Él se recostó en el asiento frente a mí, burlarse de las limitaciones del espacio.

Llevaba todavía la máscara de zorro plateado, pero la había empujado hacia arriba, resaltando más su actitud despreocupada.

-El cochero está bien - dijo, su tono era tan ligero, y con una provocadora sonrisa en sus labios - Solo le pedí que se detuviera un momento. Dijo que necesitaba... estirar las piernas. O algo así. Soy muy persuasivo -

-¿Le diste dinero? - pregunté, frotándome los ojos para terminar de despejar el sueño.

-Le pude haber dado una razón para alejarse. O una moneda de plata. O no sabe que estoy aquí. Es algo que nunca sabrás. Pero el caso es que estamos solos. Tú y yo. Y ese vestido tan bonito que casi me hace olvidar que casi te matan -

El ataque, recordar eso me devolvió a la realidad como una ducha de agua fría.

Mi mano buscó instintivamente el costado de mi vestido, donde la daga había rozado la tela, y encontré el desgarrón apenas perceptible.

Un escalofrío recorrió mi espalda.

-Ese asesino... - mi voz tembló - ¿Qué hiciste con él?-

Rosso inclinó la cabeza, y su sonrisa se ensanchó de una manera que no me gustó nada.

-Ah, sí. Ese. Bueno, verás, fue un accidente. Todo fue tan rápido... Le di un golpe para noquearlo, y... bueno. Se cayó. Y ya no se levantó.-

Parpadeé. Se me hizo un nudo en el estómago.

-¿Lo... lo mataste? - susurré.

-No era mi intención, por lo menos no en ese momento - por primera vez, un atisbo de seriedad cruzó sus ojos - Pero sí, está muerto. No hay forma de que hable, lo cual es una mierda, porque necesitaba saber quién lo envió. Pero bueno, un asesino menos en el reino-

Me quedé en silencio, procesando la información. La muerte, tan cercana, tan real. Había visto a mi padre liderar tropas, había oído historias de batallas, pero la muerte nunca había estado tan cerca de mí. Y ahora, un hombre había muerto por mí. Un asesino que enviaron por mi.

Todo es tan confuso.

-¿Te sientes mal? -  Inclinó su cabeza hacia adelante. - ¿Quieres que me disculpe por haberlo hecho? Porque no lo haré. Prefiero que él esté muerto a que tú lo estés.-

-No... no es eso - Aparte la mirada - Es solo que... todo esto es demasiado. Primero la revuelta, luego los bailes, luego los pretendientes, y ahora los asesinos…-

-Y yo - añadió él, y su voz recuperó el tono juguetón - No te olvides de mí. Soy parte del desastre.-

A pesar de todo, una risa se escapó de mis labios. Era una risa débil, casi histérica, pero genuina.

-Eres un idiota.-

-Lo sé - respondió, y su sonrisa era tan amplia que sus ojos rojos se entrecerraron - Pero soy el idiota que te salvó la vida dos veces en una noche. Eso tiene que contar para algo.-

-¿Dos veces? - levanté una ceja

-¿Quién las está contando? - Su voz se volvió un susurro - Que mal agradecidas son las niñas de la alta sociedad -

Su comentario me dejó sin aliento. Había algo en su tono, que parecía que nunca se toma nada en serio, me empezó a molestar.

-Eres un idiota - le repetí.

-Oh, yo me divierto mucho contigo - su sonrisa era pura provocación - Pero también me preocupé. No es fácil ser tu guardaespaldas, Elise. Tienes una habilidad especial para atraer peligro. Y para atraer a hombres que quieren casarse contigo. Y para atraer a asesinos. Y para fascinarme…-

Se detuvo. Sus ojos se encontraron con los míos, y el silencio se llenó de algo que no sabía nombrar.

-¿Para  qué? - Y me arrepienti al momento, porque mi corazón empezó a latir tan fuerte que estaba segura de que podía oírlo.

-Nada - dijo él, y la burla volvió a su rostro como una máscara que se ajusta - Solo estaba pensando en voz alta. No le des importancia.-

Pero yo sí le di importancia. Y sabía que él sabía que yo se la daba.

-Rosso -  Voy a cambiar de tema con la esperanza de recuperar el control - ¿por qué desapareciste dos meses? Dos meses sin una palabra, sin una señal. Solo una carta en mi almohada. ¿Crees que eso es lo que hace alguien que supuestamente debe protegerte?-

Él suspiró.

- No fue fácil, Elise. Tuve que seguir pistas, investigar, moverme entre las sombras. La gente que quiere hacerte daño no es tonta.-

-Pero podría haberme escrito - Insistí, y sentí que la ira comenzaba a arder en mi pecho - Podrías haberme enviado un mensaje, una señal, cualquier cosa. Estuve dos meses pensando que te habías ido, que todo había sido una broma -

-Lo que entendí es que ¿Me extrañaste? - Su voz era un susurro que parecía atravesar las paredes del carruaje - Dime la verdad, Elise. ¿Me extrañaste?-

La pregunta me tomó por sorpresa. Mis mejillas se encendieron, y agradecí al maquillaje y a la penumbra que ocultaba mi rubor.

-Eso no viene al caso - Y aparte la mirada.

-Viene al caso, y mucho - dijo él, inclinándose aún más hacia mí.

Su rostro estaba tan cerca que podía sentir su aliento, cálido - Porque si me extrañaste, entonces te importo.

Y si te importo, entonces esta noche de locos tiene un significado.

Si no... bueno, solo soy un guardaespaldas que hace su trabajo. -

Mis dedos se aferraron al borde de mi vestido.

Las palabras no salían.

No podía admitir que había contado los días, que había mirado por la ventana cada noche esperando ver un destello rojo en la oscuridad.

-Eres un desgraciado - dije finalmente, el temblor de mi voz me traicionó, y decidí ser sincera - Sabes que sí. Sabes que te extrañé. Y te aprovechas de eso como un bufón que se ríe del rey.-

Rosso rió, pero era una risa suave, casi tierna.

-No me aprovecho, Elise. Solo quería oírlo. Porque yo también te extrañé. Más de lo que debería. Más de lo que me permite mi trabajo.-

El silencio volvió a instalarse, pero ahora era diferente. Más pesado. Más íntimo.

-Hablemos de los señores de estado, que se mueren por ti - Rompio el momento con la habilidad de quien sabe que está tocando un tema demasiado peligroso - ¿Alguno de ellos te pareció sospechoso esta noche?

¿Alguien que actuara de forma extraña, que te mirara con demasiado interés?

Necesito pistas, Elise. El asesino está muerto, y con él, la única conexión que tenía con el conspirador. -

Respiré hondo, agradecida por el cambio de tema aunque mi mente seguía en sus palabras.

-Dista es el más obvio - Tal vez con demasiada firmeza - Está desesperado por mi dinero, y su desesperación lo hace predecible. Pero también es demasiado evidente. Si estuviera detrás de todo, no sería tan descarado.-

-¿Y Neralto?-

-Neralto es un estratega. No creo que quiera matarme; quiere aliarse conmigo. Su oferta fue directa y honesta, lo cual es más de lo que puedo decir de los otros. Pero no descarto nada.-

-¿El príncipe?-

- El príncipe... - Hice una pausa, y la imagen de Aurelio, con sus ojos ámbar y su sonrisa serena, apareció en mi mente - Es difícil leerlo.

Es amable, cortés, es el único que no creo que le interese mi dote y sus palabras parecen sinceras.

Pero también es un político, y los políticos nunca dicen todo lo que piensan. -

-¿Y el tembloroso Magno?-

-Magno es... - sonreí a pesar de todo - Es un pobre muchacho que está aquí porque su padre lo envió. No creo que tenga la determinación para planear un asesinato. Pero su padre... el viejo Savieri, ese sí podría ser peligroso.-

Rosso asintió, y por un momento, su rostro se oscureció.

-Esa es la parte más jodida del asunto. No tengo pistas sólidas. Y eso me preocupa, Elise. Me preocupa mucho.-

-¿Por qué? -

-Porque podría ser alguien que no hemos considerado. Alguien que no está en los bailes, pero que mueve los hilos desde las sombras.-

-¿Como quién? -insistí.

Rosso me miró fijamente, y sus ojos rojos parecían arder con más intensidad en la penumbra.

Su silencio fue una dura respuesta.

-¿Y qué puedo hacer yo? - pregunté, y el miedo comenzó a apretar mi garganta - ¿Cómo puedo ayudarte?-

-Puedes mantenerte a salvo - Su tono era serio, sin rastro de burla - No aceptes visitas de nadie en la mansión.

Ni de Dista, ni de Neralto, ni del príncipe, ni de Magno.

Nadie. ¿Entiendes? Si alguien se presenta diciendo que viene en nombre de tu padre, o que tiene un mensaje urgente, no lo recibas.

Envíalos a la mierda. O mejor aún, no los dejes entrar. -

-Pero si es un mensaje de mis padres…-

-Si es un mensaje de tus padres, vendrá a través de mí - Me interrumpió, su voz era cortante - Yo soy el único que puede comunicarse con ellos. Cualquier otro que diga lo contrario está mintiendo. Y las mentiras, en esta situación, pueden ser mortales.-

Asentí, sintiendo que el peso de sus palabras me calaba sobre mis hombros.

-También debes evitar salir lo menos posible - continuó él - No vayas a la ciudad, no hagas visitas. La mansión DeMonety es una fortaleza, y mientras estés dentro de sus muros, estás a salvo. Pero en cuanto salgas... eres vulnerable. Y yo no puedo estar en todas partes a la vez.-

-Pero tengo deberes... compromisos... - Protesté débilmente.

-Que pueden esperar - Puso su mano sobre la mía. Su contacto fue cálido, firme, y mi corazón dio un vuelco - Tu Elise. Eres más importante que todo eso. ¿Entendido?-

Solo pude asentir. Sus dedos se enredaron con los míos, y por un momento sentí que mi corazón se detuvo.

Solo quedaba mi mano y la suya, y la certeza de que, al menos por ahora, estaba a salvo.

-Ahora - Su sonrisa burlona volvió a aparecer - ¿quieres decirme por qué tienes las manos tan frías, Elise? ¿Es el miedo, o es que te he dejado sin palabras con mi encanto?-

De nuevo volvió a romper el momento, y una risa escapó de mis labios.

-Eres un idiota. Un complemento Idiota -

-Lo sé - Sus dedos apretaron los míos con suavidad - Y me gusta ser tu idiota… Y mientras puedas llamarme así, voy a asegurarme de que nadie te haga daño.-

El carruaje fue el que rompió el momento está vez, dando un salto al pasar por una roca, y el cochero chasqueó las riendas.

-No te duermas otra vez, princesa - Su voz era un susurro - Que aún tenemos que llegar a la mansión, y no pienso cargarte hasta tu habitación.-

-¿Por qué no? - Está vez me tocaba provocarlo a él - ¿Acaso no es parte de tu trabajo?-

Él rió, y su risa llenó el carruaje como una melodía.

-No, Elise. Mi trabajo es protegerte. Cargarte es un extra que solo ofrezco a clientes muy especiales.-

-¿Y qué me dices? - No me vas a ganar y  añadí un  coqueteo a mi tono de voz - ¿Soy especial?-

Rosso inclinó la cabeza, y en la penumbra, sus ojos rojos brillaron con una intensidad que me hizo contener la respiración.

-Eres la cosa más especial que he encontrado en todo el reino, Elise DeMonety. Y eso, viniendo de alguien que ha visto cosas que no te puedes imaginar, es mucho decir.-