Chapter 3 #3
Neralto, a mi lado, se tensó casi imperceptiblemente. La rivalidad entre la corona y los señores de estado se hizo relucir; el rey toleraba las autonomías regionales, pero siempre miraba con recelo a aquellos que acumulaban demasiado poder.
-Su Alteza - dijo Neralto, inclinando la cabeza con la cortesía mínima que la etiqueta exigía - es un honor que mis humildes tierras hayan atraído su atención.-
-Humildes, señor Potente - repitió Aurelio, con una sonrisa que era todo menos ingenua - sus tierras no tienen nada de humildes.
La ciudad flotante, los canales, las máscaras...
ha superado todas mis expectativas. Pero, dime - se volvió hacia mí, y su tono se suavizó - ¿cómo lleva usted la ausencia de sus padres, Elise?
Mi padre me envió una carta diciendo que la situación en el sur es preocupante. -
El uso de mi nombre de pila, sin título, sin cortesía, me sorprendió. Pero en sus labios sonaba natural, casi íntimo.
-La situación es complicada, Alteza - respondí, eligiendo mis palabras con cuidado - pero mi familia es fuerte. Confiamos en que la paz llegará pronto.-
-La paz siempre llega tarde - dijo él, y sus ojos ámbar se oscurecieron con una sombra de preocupación genuina - Pero mientras llega, debemos recordar cómo vivir, cómo bailar, cómo sentir.
¿Me concedería el honor de un baile, señorita DeMonety?
He oído que baila usted como ninguna otra dama en el reino. -
¿Cómo ninguna otra? ¿Quién le había contado eso? Solo había bailado de verdad una vez, y fue con Rosso, en mi mansión, hace dos meses.
-Sería un honor, Alteza - dije, y acepté su mano extendida.
La orquesta, como si hubiera recibido una señal, comenzó a tocar una pavana.
Los bailarines se apartaron, formando un círculo alrededor de nosotros, y yo me encontré en el centro del escenario, con el príncipe del reino como pareja.
Bailar con el príncipe era diferente a bailar con Dista, o con el marqués, o con cualquier otro. Sus movimientos eran precisos, elegantes, y me guiaba con una firmeza que no dejaba espacio para dudas.
Pero sus ojos, esos ojos ámbar, no miraban mi fortuna; me miraban a mí, y eso era, quizá, lo más desconcertante de todo.
-No sabe cuánto he deseado conocerla - murmuró, mientras girábamos al compás de la música - Mi padre habla a menudo de los DeMonety. Dice que son el pilar del sur, la columna vertebral del comercio. Pero los retratos no le hacen justicia, Elise. Usted es... más.-
-Alteza - susurré, interrumpiendolo, y sintiendo el calor de su mano en mi espalda - me halaga, pero no sé si merezco tales elogios.-
-No es halago - respondió él, y su tono era serio - Es observación. Y también es un deseo. Usted necesita aliados, Elise, y yo ofrezco la corona. No como una transacción, sino como una promesa. Un día, el reino será mío. Y me gustaría tener a una mujer como usted de consorte-
Su oferta era directa, y sin embargo, tan oculta la función de una máscara.
No estaba pidiendo mi mano, no aún, pero estaba plantando la semilla. Y yo no podía evitar preguntarme si, bajo esa fachada de príncipe encantador, había un estratega tan calculador como Neralto o un ambicioso tan descarado como Dista.
La música cesó. El príncipe se inclinó, y su aliento rozó mi oído.
-Piénselo, Elise. No hay prisa. La noche es larga y las máscaras, muchas.-
Cuando me separé de él, mi corazón latía con fuerza.
Sentí la necesidad de buscar la figura de ojos rojos entre la multitud, pero no la encontré. Sin embargo, sentí su presencia, como un hormigueo en la nuca, como si me observara desde algún lugar invisible.
La noche continuó.
Más bailes, más conversaciones, más sonrisas falsas y promesas vacías.
Dista Nordeli se acercó varias veces, siempre con su interesada sonrisa y sus comentarios sobre el dinero.
Magno Savieri me siguió como un cachorro perdido, y Neralto Potente, con su presencia imponente, se mantuvo cerca, como un guardián silencioso.
Y luego, cuando la fiesta alcanzó su punto álgido y el baile de antorchas se anunció en la isla de los cisnes, sentí que algo cambiaba.
La multitud comenzó a moverse hacia los puentes que llevaban a la isla, y yo, rodeada de caballeros que me ofrecían el brazo, sentí un tirón en mi vientre. Una advertencia. Un presentimiento.
El puente de piedra que llevaba a la isla estaba poco iluminado, y los farolillos de papel, mecidos por el viento, proyectaban sombras danzantes.
Me separé de mi grupo con la excusa de ajustarme la máscara, y me detuve en el arco del puente, observando el agua oscura.
Fue entonces cuando lo sentí.
Un roce.
Un movimiento.
La punta de una daga rozó el costado de mi vestido.
El terror me paralizó.
Mis pies se negaron a moverse, mi garganta se cerró. El hombre era más alto que yo, llevaba una máscara de cuervo y una capa negra que lo camuflaba con la noche.
Cerré los ojos. Mi padre, mi madre, la mansión, todo pasó por mi mente en un destello.
Y entonces, ocurrió.
El cuerpo del hombre se tensó contra el mío y luego se desplomó.
Abrí los ojos y vi, en la penumbra, una figura alta y delgada, con una máscara de zorro plateado que no ocultaba sus ojos.
Ojos rojos.
-No te quedes atras, Elise - dijo Rosso, y su voz era un susurro burlón que me hizo llorar de alivio - Casi dejas que este desgraciado te arruine el vestido.-
El asesino yacía en el suelo, inconsciente, con un golpe en la nuca. Rosso lo levantó como si no pesara nada y lo arrojó sobre su hombro.
-¿Qué... qué haces? - pregunté, con la voz temblorosa.
-Lo que prometí - dijo él, y sus ojos rojos brillaron en la oscuridad - Cuidar de ti. Ahora, vuelve a la fiesta, sonríe, baila. Finje que no ha pasado nada. Este tipo y yo vamos a tener una conversación muy... interesante.-
-¡Espera! - exclamé, pero él ya se alejaba, llevando al asesino como si fuera un saco de harina.
Se detuvo un momento y se giró. Su sonrisa, bajo la máscara de zorro, era la misma de aquella noche en mi mansión: burlona, libre, peligrosa.
-Elise… - dijo, y su voz era apenas un soplo - Ahora baila. Y no me busques. Yo te encontraré.-
Y desapareció. El asesino, Rosso, las sombras... todo se desvaneció. Solo el viento, el agua oscura, y mi corazón latiendo con fuerza.
Me enderecé el vestido, me ajusté la máscara, y caminé de vuelta hacia el puente. Los invitados seguían riendo, bailando, ajenos al drama que acababa de ocurrir.
Nadie había notado nada. Como aquella noche en la mansión, como si Rosso fuera un fantasma que solo yo podía ver.
Volví a la fiesta, sonreí, bailé con el príncipe Aurelio, con Neralto, con Dista, con Magno. Pero mi mente estaba lejos y mis manos aún temblaban.