Chapter 3 #2
Mientras caminábamos hacia el embarcadero más cercano, sentí que algo cambiaba en el ambiente. Las miradas se volvieron hacia nosotros -Es la hija de los DeMonety- se escuchó -¿Quien es ese nomo...?- -...Callate! Es el hijo del señor…- y los murmullos se intensificaron.
Magno, a mi lado, se tensó.
-Lo siento - dijo en voz baja - Soy... no soy bueno con las miradas. Siempre pienso que están riéndose.-
-Quizá lo están - respondí, con un tono ligero que pretendía aliviar su tensión - Pero ¿qué importa? -
Parpadeó. Por primera vez, sus labios se curvaron en una sonrisa tímida.
-Eso... eso no lo había pensado.-
Llegamos al embarcadero, y un gondolero enmascarado nos ayudó a subir a una góndola adornada con farolillos de papel.
Nos sentamos en el asiento de terciopelo, y el barco se deslizó suavemente sobre el agua oscura.
Magno se aferró a los bordes como si temiera caerse, pero su respiración se fue calmando a medida que nos alejábamos de la multitud.
-Las tierras del oeste - dije - son hermosas, según he oído. Bosques interminables -
- Sí - dijo él, y su voz se volvió más firme - Sí, lo son.
Tenemos madera, mucha madera. Y minerales.
Mi padre dice que podríamos construir la flota más grande del reino si quisiéramos.
Pero... pero no tenemos dinero para pagar a los carpinteros.
Ni a los mineros. Por eso... por eso mi padre me envió. -
Ahí estaba.
No había pasado ni cinco minutos y ya estaba hablando de dinero. De la necesidad del oeste. De lo que los DeMonety podíamos ofrecer.
No me sentí ofendida. Estaba acostumbrada. Pero sí sentí un profundo pesar por aquel joven frágil que, sin duda, preferiría estar en su biblioteca leyendo libros de historia a tener que cortejar a una mujer que no conocía solo por su dote.
-Lord Magno - dije - si alguna vez necesita un aliado en el sur, sepa que mi padre valora la lealtad y la honradez por encima de todo. No tiene que pretender nada esta noche. Solo disfrute del baile.-
Me miró con sus ojos desconfiados, y la desconfianza se suavizó.
-Gracias, señorita DeMonety. Es usted... es usted amable. No como los demás.-
La góndola dio la vuelta y comenzó a regresar a la plaza. En la orilla, vi una figura alta y poderosa que nos esperaba, con los brazos cruzados y una postura que no dejaba lugar a dudas: era el anfitrión, el Duque Neralto Potente.
Cuando el barco tocó el embarcadero, Neralto se inclinó en una reverencia que, en él, parecía el saludo de un general antes de la batalla.
Era alto, de hombros tan anchos que su chaqueta de terciopelo negro parecía a punto de estallar con cada movimiento.
Su piel, bronceada por el sol de las llanuras del este, contrastaba con el blanco inmaculado de su camisa, y su cabello, negro y espeso, corto sobre su cabeza con la precisión de un militar hijo de militares, Una barba corta, cuidadosamente recortada, enmarcaba su mandíbula de guerrero, y sus ojos, tan oscuros como el carbón, me examinaron con la intensidad de quien evalúa a un soldado enemigo.
-Señorita DeMonety - dijo, y su voz era grave, profunda, el tipo de voz que se escucha en las órdenes militares - Bienvenida a mis tierras. Espero que el viaje no haya sido demasiado incómodo.-
Le ofrecí mi mano, y él la tomó con firmeza, sin la repugnante caricia de Dista ni la mano temblorosa de Magno. Su roce era seco, directo, como todo lo que se percibía en él.
-El viaje fue largo, señor Potente -respondí - pero la vista de su ciudad al llegar valió cada hora de camino. Nunca había visto nada igual.-
Una sonrisa se dibujó en sus labios, pero era una sonrisa medida, calculada. No la de un cortesano adulador, sino la de un hombre que sabe exactamente lo que vale y no necesita demostrarlo.
-He viajado mucho -dijo - y he traído lo mejor de cada lugar a mi hogar. Esta noche, el Este es fiesta. Mañana, puede que sea otra cosa. La grandeza, señorita DeMonety, está en saber cambiar de piel cuando la ocasión lo requiere.-
-Un consejo que los DeMonety conocemos bien - respondí, devolviéndole la sonrisa con la misma cortesía calculada.
Neralto me ofreció el brazo, y lo acepté. Mientras caminábamos de vuelta hacia la plaza, pude sentir las miradas de los invitados sobre nosotros. El señor del Este, escoltando a la heredera más rica.
Los rumores empezarían a volar antes de que la noche terminara.
-He oído que la revuelta en el sur no termina - dijo Neralto, sin rodeos, mientras avanzábamos entre las máscaras que se apartaban a nuestro paso - Y que su padre y su madre siguen en la frontera. Debe ser difícil para usted, llevar el peso de la mansión en soledad.-
Su tono era directo, casi incomodaba, y no había en él una pizca de la falsa compasión que otros usaban para sonsacar información.
-Mis padres son comandantes capaces - respondí, repitiendo el mantra que me había repetido a mí misma cientos de veces - Tienen bajo su mando a las mejores tropas del reino. La revuelta terminará, como terminan todas.-
Neralto me miró de reojo, y sus ojos oscuros brillaron con algo que podría haber sido respeto.
-Sí - dijo - pero las guerras no se ganan solo con tropas. Se ganan con suministros, con alianzas, con dinero. Y su familia, señorita DeMonety, tiene más de lo último que cualquier otro en el reino. Por eso todos los que la rodean esta noche la miran como miran al pan en tiempos de hambruna.-
La crudeza de sus palabras me dejó sin aliento. No estaba acostumbrada a que los hombres fueran tan directos, tan... honestos.
-Y usted, señor Potente - pregunté, alzando la barbilla - ¿cómo me mira a mí?-
Se detuvo. Me giró para encararme, y por un momento, el ruido de la fiesta se desvaneció. Sus ojos, negros y profundos, se clavaron en los míos con la intensidad de un puñal.
-Yo la miro como un estratega mira un tablero de ajedrez - dijo, y su voz era tan baja que casi no la escuché - No por su dinero, señorita DeMonety, sino por lo que representa.
Una alianza con el sur sería la llave para dominar el comercio del este.
Usted y yo podríamos construir algo más grande que cualquier revuelta. -
-¿Un imperio? - pregunté, y mi corazón latía más rápido de lo que quería admitir.
-Un reino dentro del reino - corrigió él - Pero no le pido una respuesta esta noche. Solo quiero que sepa que mis puertas están abiertas para usted, con o sin su fortuna. Una mujer que viene de una familia que creó una fortuna en solo dos generaciones, merece la honestidad de un hombre -
Su rara honestidad me desarmó. No supe qué responder. Solo asentí, y él me guió de vuelta hacia el centro de la fiesta, donde los músicos en las barcazas comenzaban a tocar una melodía más animada.
Fue entonces cuando lo vi.
No a él.
A otro.
Una figura entre la multitud, apoyada en una columna de mármol con la misma elegancia insolente que recordaba de aquel baile en mi mansión. Llevaba una máscara que no cubría sus ojos, y aquellos ojos... aquellos ojos eran rojos. Como brasas. Como llamas en una noche sin luna.
Mi corazón dio un vuelco.
Rosso.
Pero cuando parpadeé, la figura había desaparecido. Solo la columna vacía, y el reflejo de las antorchas en el agua.
-¿Se encuentra bien, señorita? - preguntó Neralto, notando mi distracción.
-Sí -mentí - Solo... solo el calor. He visto demasiadas máscaras, creo.-
No lo vi en dos meses, solo una carta con las palabras contadas y allí estaba, o al menos creí verlo, entre las sombras y las máscaras, burlándose de mí, de la etiqueta, de todo. Como aquella noche.
Neralto me condujo a una de las mesas de bebidas y me ofreció una copa de vino dorado. Lo acepté con gratitud, y mientras bebía, mis ojos no dejaban de recorrer el gentío en busca de aquel destello rojo.
-La noche es joven - dijo Neralto, inclinándose hacia mí - Más tarde, habrá un baile de antorchas en la isla de los cisnes. Es un lugar privado, solo para unos pocos. Me encantaría que me acompañara.-
-Será un honor, señor Potente -respondí, aunque mi mente estaba en otro lugar.
Magno Savieri, que se había acercado tímidamente, se aclaró la garganta.
-Yo... yo también iré - dijo, con la voz temblorosa - Mi padre dijo que debía ver la isla. Dice que es importante.-
Neralto le dedicó una sonrisa fría y cortés. - Por supuesto, Lord Magno. Todos los herederos son bienvenidos.-
Fue en ese momento cuando una nueva presencia eclipsó la mesa. La multitud se apartó como el mar ante la proa de un barco, y por el pasillo que se abrió, avanzó una figura que no necesitaba máscara para ser reconocida.
El Príncipe Aurelio Deloro.
Su cabello, largo y sedoso, brillaba con un tono dorado que parecía capturar la luz de las antorchas y devolverla multiplicada.
Sus ojos, de un ámbar tan claro que casi parecían miel, recorrieron la escena con la serenidad de quien sabe que el mundo entero es su reino.
Sus facciones eran finas, perfectas, su mandíbula marcada y su porte demasiado elegante; caminaba con la seguridad de quien ha nacido para gobernar, y su sonrisa, cuando me vio, era cautivadora, casi hipnótica.
-Señorita DeMonety - dijo, y su voz era como la seda, serena y envolvente - Qué placer verla aquí. Sabía que no podía perderme este baile si usted estaría presente.-
Se inclinó y tomó mi mano, y al hacerlo, el roce de sus labios en mis nudillos fue tan suave como el batir de alas de una mariposa.
-Príncipe Aurelio - respondí, y mi voz sonó más temblorosa de lo que quería.
No era miedo, no exactamente. Era el peso de la presencia real. Su padre, el rey, era el soberano de todo el reino, y aunque el príncipe no gobernaba aún, su cercanía siempre traía consigo el peso del trono.
-Por favor - dijo, levantándose y sin soltarme la mano - no me llame príncipe. Solo soy un invitado más, un hombre que ha viajado desde la capital para ver el esplendor del Este. Y para verla a usted, por supuesto.-