Chapter 3
Baile de Máscaras y la Daga
El agua se movía bajo mis pies, era el ligero balanceo de una góndola que me deslizaba por los canales iluminados con antorchas de la ciudad flotante del Este, Riveria.
El dueño de las tierras del este, el señor de estado Neralto Potente había transformado la gran plaza central en un escenario digno de cuentos.
Con un tema muy original, un baile con el rostro oculto tras una máscara, la mía es de plata que imitaba las fases de la luna, con incrustaciones de diminutos zafiros que parpadeaban como estrellas atrapadas en la noche.
Mi vestido combina con mi mascara de un gris plata, con mangas acampanadas que caían hasta mis muñecas y un corpiño que definía mi figura y también me obligaba a mantener mi postura.
Supongo que en los bailes de máscaras, el rostro es lo de menos; lo que importa es lo que el cuerpo dice cuando la cara no puede hablar.
Pero mi cuerpo, en ese momento, solo decía que estaba muy apretado.
Hacía dos meses que no recibía una carta de mi padre que no estuviera llena de rodeos y optimismo forzado.
La revuelta en la frontera sur se había estancado en una guerra de desgaste, que los rumores describían como un pantano donde los soldados morían no por espadas, sino por fiebres y falta de provisiones.
Mi madre, en su última misiva, había escrito con letra temblorosa: "Elise, cuida de la mansión. Cuida de ti. No temas si las cartas tardan; el camino es largo y los mensajeros, pocos." Pero yo sí temía.
No podía evitar pensar lo peor.
Neralto Potente, me había enviado la invitación personalmente. Era la primera vez que la familia DeMonety recibía tal distinción de su parte.
Y la única información que me hizo llegar mi nuevo supuesto y ausente guardaespaldas, fue una carta que apareció en la almohada de mi cama ese mismo día, decía: "Acepta la invitación al baile"
Y allí estaba yo, pisando los adoquines de una plaza rodeada de ríos y transformada en un salón de baile, todos los invitados usando máscaras de todos los colores, de plumas y terciopelos, de destellos dorados que se reflejaban en el agua oscura de los canales artificiales que Neralto había mandado construir para la ocasión.
El señor del Este no era conocido por su extravagancia y su gusto por lo grandioso; decían que era una persona seria y solo enfocada en sus deberes.
Pero creo que los rumores se equivocan porque la idea de un baile de máscaras es muy extravagante.
Puestos de música flotaban sobre barcazas engalanadas con guirnaldas de flores blancas, y los músicos, ataviados con túnicas de seda, tocaban melodías que mezclaban el ritmo de nuestras tierras con cadencias extrañas y exóticas.
Puentes de piedra blanca cruzaban los canales, y bajo ellos, góndolas con pasajeros enmascarados se deslizaban como peces de colores.
Me detuve en el centro de la plaza, justo bajo la gigantesca lámpara de cristal que colgaba de un armazón de hierro forjado, y dejé que mis ojos recorrieran el gentío.
Máscaras de liebre, de zorro, de cuervo; máscaras simples de terciopelo negro y máscaras recargadas con pedrería.
Los vestidos eran un derroche de sedas, brocados y encajes; las capas, de terciopelo y de telas exóticas; las plumas, de avestruz y pavo real, se mecían con cada movimiento.
Pero no pasó mucho tiempo antes de que las máscaras comenzarán a girar hacia mí, y las miradas tras ellas se fijarán en mi figura con la intensidad de quienes saben exactamente quién soy, lo que es más importante, lo que representó: la fortuna no noble más grande del reino.
Allí están, pensé, mientras un grupo de señoras con máscaras de pavo real cuchicheaban detrás de abanicos de encaje. Los buitres han llegado al banquete.
-Señorita DeMonety - una voz grave y demasiado conocida me llegó por la izquierda, y sentí cómo mi estómago se encogía sin remedio.
Me giré.
Dista Nordeli se inclinaba ante mí con su reverencia que pretendía ser elegante, pero como lo conocía me resultaba casi obscena.
Llevaba una máscara de oro puro que le cubría la mitad superior del rostro, dejando al descubierto su sonrisa llena de interés y sus ojos marrones demasiado brillantes.
Su chaqueta, de terciopelo de burdeos, estaba tan ajustada que parecía pintada sobre su cuerpo, y el escudo bordado de los Nordeli en su solapa estaba tan reluciente como su evidente ambición.
-Lord Dista - respondí, ofreciéndole mi mano con la frialdad había practicado solo para el.
Tomó mis dedos y los rozó con sus labios, pero esta vez, en lugar de soltarme con la prontitud que la etiqueta exigía, los retuvo un segundo de más, y sus dedos acariciaron el dorso de mi mano con una familiaridad que me hizo querer arrancársela.
-Dos meses, señorita DeMonety - dijo, incorporándose y sin soltarme - muy largos meses desde que bailamos en su mansión. He de confesar que he contado los días. ¿Cómo ha sobrevivido mi corazón al frío del norte sin la calidez de su presencia?-
La sonrisa que me esbocé fue tan educada que dolía.
-Sobrevive, Lord Dista, como sobreviven todos…- Me detuve antes de terminar mi insulto, y cambie de tema - Pero dígame, ¿qué la trae a las tierras del este? ¿No es su padre, el Duque Nordeli, quien desconfía de los Potente?-
La sonrisa de él se torció apenas un segundo. Las enemistades entre los señores de estado de las cuatro fronteras, eran una realidad, una disputa territorial que había durado años y parecía que el rey la incitaba más para tenerlos ocupados peleando entre ellos.
-Ah, las viejas rencillas - dijo con un gesto de la mano que pretendía ser despreocupado - Mi padre es un hombre de costumbres antiguas, pero yo soy joven y de mente abierta.
El señor Potente ha organizado un evento magnífico, y no iba a perdérmelo por una tontería de antaño.
Además - se inclinó hacia mí, y su aliento olía a vino especiado - sabía que usted estaría aquí, Elise.
No podía dejar que otros se llevaran el premio sin siquiera competir. -
Premio. Me llamó premio. Como si fuera una copa de plata en un torneo.
-Es usted muy directo, Lord Dista - respondí, retirando mi mano con suavidad pero con firmeza - Casi tanto como un comerciante regateando en el mercado.-
Él rió, una risa hueca y sin gracia.
- Los DeMonety entienden de comercio mejor que nadie. Por eso me gusta usted, señorita. No juega a la inocente como otras damas. Sabe lo que vale y lo que cuesta.-
Lo que cuesta. Sí. Mi dote costaba más que toda la flota mercante del norte.
Y él lo sabía.
-Lord Dista - dije, alzando una ceja por encima de mi máscara - si me permite, tengo que saludar a nuestros anfitriones. Ha sido un placer, como siempre.-
No esperé su respuesta. Me giré sobre mis talones y me adentré en la multitud, sintiendo su mirada perforándome la espalda como una daga.
Me abrí paso entre las máscaras, esquivando parejas que bailaban una danza lenta al borde de los canales, y traté de orientarme en el laberinto de la plaza.
Las antorchas parpadeaban en sus soportes de hierro, y las sombras bailaban en las fachadas de los edificios que rodeaban el espacio abierto.
Los gritos de alegría y las risas se mezclaban con el chapoteo de los remos en el agua.
Fue entonces cuando una figura delgada y de porte encorvado se interpuso en mi camino.
Llevaba una máscara de cuervo que le cubría por completo el rostro, y su capa, de un gris polvoriento, le colgaba de los hombros como si estuviera hecha de jirones.
Su voz, cuando habló, era un murmullo apenas audible.
-Señorita DeMonety - dijo, y su tono era tan cauteloso como el de un ratón al cruzar una cocina - Lord Magno Savieri, heredero de las tierras del oeste, a su servicio.-
Me detuve. Magno Savieri. Lo había visto en retratos y en alguna que otra ceremonia, pero nunca me había dirigido la palabra directamente.
Se decía que era tímido, o quizá huraño; algunos rumores más crueles susurraban que su padre lo mantenía encerrado para que no hiciera el ridículo en sociedad.
Le tendí la mano, y él la tomó con dedos temblorosos y fríos. Su reverencia fue tan profunda que casi rozó el suelo con su máscara.
-Lord Magno - dije, esforzándome por sonar amable - Es un honor. No esperaba encontrarle aquí.-
-Mi padre... mi padre me envió - respondió él, y su voz chirrió como una puerta oxidada - Dijo que debía ser diplomáticos con al señor del Este y... y con usted, señorita DeMonety. Dijo que era... importante.-
Pobrecillo. Parecía un cervatillo asustado entre una manada de lobos.
-Es usted muy amable - respondí, tratando de poner mi tono más cálido - ¿Qué le parece el baile?-
Magno levantó la cabeza con una lentitud casi dolorosa, y por el hueco de la máscara pude ver sus ojos castaños, oscuros llenos de desconfianza, recorriendo el gentío con el temor de quien espera un ataque en cualquier momento.
-Es... es mucho - dijo- Mucha gente. Mucho ruido. El agua... no me gusta el agua, señorita DeMonety. Nunca se sabe lo que esconde.-
-La verdad es que el agua es transparente aquí - dije, señalando los canales iluminados por antorchas que dejaban ver el fondo de piedra - No hay nada que ocultar, Lord Magno.-
-Siempre hay algo que ocultar -murmuró él, casi para sí mismo - Siempre. Mi padre dice que las apariencias engañan. Que los DeMonety son ricos pero... pero no se fíe de los que sonríen mucho. Todos quieren algo.-
El pobre muchacho estaba repitiendo las lecciones de su padre como un loro.
Y sin embargo, había una tristeza genuina en su tono que me hizo sentir una punzada de compasión.
-Lord Magno - dije - ¿Le gustaría un paseo por el canal? Es más tranquilo que la plaza. Podríamos hablar de las tierras del oeste, que tan poco conozco.-
Sus ojos se abrieron con sorpresa, y por un momento, la desconfianza dio paso a un destello de algo parecido a la gratitud.
-¿De verdad? - preguntó, y su voz se elevó un tono - Quiero decir... sería un honor, señorita.-