Chapter 2
La habitación para un intruso.
Al final de la noche, cuando los últimos carruajes partieron y los sirvientes comenzaron a limpiar la gran sala, subí a mi habitación con pasos pesados. Mi doncella, me ayudó a desvestirme, a deshacer el complicado peinado, a quitar el corsé que me había apretado durante toda la noche.
-¿La señorita disfrutó del baile?- preguntó ella, con su voz suave y familiar.
-Fue... interesante- respondí.
Ella sonrió, pero no preguntó más. Era una doncella discreta, y la discreción era una virtud.
Cuando me quedé sola en mi habitación, con la luz de las velas parpadeando en las paredes, me acerqué a la ventana. Desde allí, podía ver la extensión de los jardines, los caminos de piedra blanca que llevaban a la puerta principal, y más allá, la carretera que se perdía en la oscuridad.
El viento frio me hizo estremecer, haciendo sentir mas el peso de la ausencia de mis padres.
-¿Sabes, Elise? - una voz grave y burlona resonó detrás de mí - El aire frío te puede enfermar o ¿me estás buscando ahí afuera?-
Mi corazón dio un vuelco tan violento que casi puedo asegurar que se detuvo por un segundo completo. Me giré tan rápido que mi camisón de seda blanca se enredó en mis piernas y perdí el equilibrio.
Pero antes de que pudiera caer, unas manos firmes me atraparon por la cintura.
-Cuidad… Te lanzas a mis brazos …- Por un momento vi preocupación, que se transformó en esa sonrisa - No seas tan brusca, porque sería una lástima que la anfitriona más hermosa del baile terminara con la nariz rota-
-¡Usted! - exclamé, apartándome de su agarre como si sus manos me quemaran, sujete lo que tenía más a la mano, que fue un peine que tome como si fuera una daga - ¿Cómo se atreve a entrar en mis aposentos? ¡Esto es completamente inapropiado! ¡Puedo llamar a los guardias!-
Levantó ambas manos en un gesto de rendición, pero sus ojos rojizos brillaban con diversión.
Ya no llevaba el mismo chaleco con rombos que había usado durante el baile, su camisa estaba desabotonada por la mitad dejando sus pectorales se asomaran, y sus mangas dobladas dejando ver sus brazos marcados por músculos que no eran de noble.
-Podrías llamar a los guardias - dijo, inclinando la cabeza con esa reverencia burlona - Pero entonces tendrías que explicar por qué un hombre está en tu habitación a altas horas de la noche, medio desnudos los dos, y ya sabemos cómo estás noticias pícaras vuelan -
Mis mejillas se encendieron. Sabía que tenía razón. Si alguien descubría que un hombre había estado en mis aposentos, mi reputación quedaría arruinada.
Y en la alta sociedad, sin poseer un título de noble, mi reputación de mujer soltera… quedaría… sería manchado.
-¿Qué quieres? -pregunté, cruzando los brazos sobre el pecho en un intento de parecer firme, aunque por dentro temblaba más que la luz de las velas con el viento frío que entra por la ventana.
El dio un paso adelante, y luego otro, hasta que la distancia entre nosotros se redujo a algo inapropiado. No me moví. No podía. Sus ojos rojos retaban a retroceder y no le daría esa satisfacción.
-Lo que quiero - dijo, con su voz baja y sensual - es presentarme como se debe. Soy Rosso. Rosso Burlone. Pero también soy el hombre que tu padre envió para protegerte.-
El mundo se detuvo, el fuego de las velas dejó de bailar.
-¿Mi... mi padre? -
Rosso asintió, y por un momento, la burla desapareció de su rostro. En su lugar vi algo que me hizo el corazón palpitar con más fuerza:
Seriedad.
Preocupación.
-Tu padre, Ontero DeMonety, me contrató - explicó, dando un paso atrás para darme espacio - Sabía que la revuelta en la frontera no era solo una rebelión de campesinos, Elise. Hay conspiradores entre los nobles que quieren debilitar a tu familia. Y tú eres el blanco más fácil.-
-¿Yo? -mi voz sonó más aguda, el miedo apretó mi garganta - ¿Por qué yo?-
-Porque eres la hija, la heredera - dijo, paseándose por mi habitación con una familiaridad que me irritaba - o por todo tu dinero o para hacer que tu padre pierda la cabeza.
Y un comandante sin cabeza es un comandante que comete errores.
Errores que los conspiradores pueden aprovechar para derrotarlo en la frontera -
Me apoyé contra el marco de la ventana, sintiendo que las piernas me flaqueaban.
Todo esto era demasiado.
La revuelta, las responsabilidades, los bailes, los conspiradores... y ahora este hombre, este bufón de ojos rojos, diciendo que mi padre lo había enviado para protegerme.
Inale profundo para recuperarme un poco -¿Cómo sé que no mientes? - pregunté, buscando en mi voz un tono de autoridad que no sentía - Cualquiera podría decir que mi padre lo envió -
Rosso se detuvo y me miró. Luego, me mostró sus manos básicas y con un movimiento que no percibí sostenía un objeto que brilló bajo con la luz.
Un anillo. El anillo de mi padre.
Lo reconocí al instante, por todos los rayones y golpes que tenía junto a la “M” de los DeMonety, Mi padre nunca se separaba de él. Nunca.
-¿Cómo... cómo tienes eso? - susurré.
-Tu padre pidió discreción - respondió, colocando el anillo sobre la mesa junto a mi cama - y él sabe que lo reconocerías. Que sabrías que solo él podía entregarlo.-
Me acerqué lentamente y tomé el anillo. Era pesado, como siempre lo había recordado. El metal aún conservaba un leve calor, como si hubiera estado cerca de un cuerpo vivo. Lo apreté contra mi pecho y cerré los ojos.
Mi padre. Mi querido padre.
-¿Está... está bien? - pregunté, mi voz quebrada - Mi madre, ¿está bien? -
-Sí - dijo Rosso, y su tono era extrañamente suave - Cuando partí, ambos estaban bien. Cansados, preocupados por ti, pero vivos y luchando. Tu padre me pidió que te dijera que te quiere, que no temas, y que confíes en mí.-
Abrí los ojos y lo miré. Allí, bajo la luz parpadeante de las velas, Rosso no parecía el hombre burlón que había bailado conmigo. Parecía... más real, y a su vez más peligroso.
-¿Por qué tú? - pregunté - ¿Por qué mi padre te eligió a ti? ¿Por qué no mandó a más guardias a protegerme? -
Rosso sonrió, pero sin la burla habitual.
-Ya te lo había dicho, porque pidió discreción y a mi nadie me conoce entre estos cerdos que se hacen llamar nobleza, con los que te juntas - dijo - y porque me pagó demasiado muy bien por protegerte y descubrir quién está detrás de todos los rumores de intentar asesinarte, que lo aquejan-
Hubo un silencio entre nosotros. Un silencio cargado de preguntas no hechas, y siento que de mentiras también.
-Entonces... ¿estás aquí para protegerme? - pregunté finalmente.
-Sí - Dijo, dando un paso hacia mí - Pero no solo para eso-
-¿Qué más?-
Rosso se detuvo a un palmo de mí. Tan cerca que podía sentir su calor, podía oler ese aroma mezcla de pólvora algo que no sabía identificar.
-Y para protegerte ocupas hacer algo más - dijo, y su voz era un susurro - ocupó observarte. Ocupó conocerte. Ver más allá de la señorita DeMonety, de la anfitriona perfecta, de la hija obediente. Quiero saber quién eres realmente, Elise.-
-¿Y por qué querrías saber eso? - pregunté, sintiendo que mi corazón latía demasiado rápido.
-Porque sabemos que los bailes que se aproximan son para que te busque un prometido noble, preferentemente de una de las cuatro casas de los señores de estado y así por fin los DeMonety tenga su añorado título de nobleza - Me sentí sumamente ofendida, era totalmente verdad lo que dijo y eso bloqueó mi respuesta, el levanto una mano para tocar un mechón de mi cabello pelirrojo - Y tus padres quieren asegurarse de que cuando regresen, su hija siga siendo su hija. No una marioneta de los nobles.-
Una impotencia que nunca había sentido hizo que apretara mi blusa.
Su contacto ligero, casi imperceptible, me hizo volver con un escalofrío que recorrió mi espalda. Mis ojos se encontraron con los suyos, solo por un momento y aparte la mirada.
-Eres muy… grosero y directo -dije, intentando recuperar el control - Para ser un guardaespaldas.-
-No soy un guardaespaldas común - respondió, y esa sonrisa burlona volvió a aparecer - Soy un investigador. Un espía, si quieres llamarlo así. Sabré más de los nobles que ellos mismos saben de sí. Y sé que tú, Elise DeMonety, no eres como ellos.-
-¿Ah, no? - dije, levantando una ceja - ¿Y qué soy yo?-
Rosso dio un paso atrás y me estudió con sus ojos rojos. El color, ahora lo notaba, no era un rojo brillante como el fuego, sino un rojo más profundo, como el vino tinto envejecido. Cálido. Peligroso.
- Eres una mujer que se preocupa más por sus padres que por su vestido - dijo - Que mira por la ventana buscando a los que ama, no buscando la admiración de los demás. Que baila con un extraño porque, por un momento, la música la hace olvidar sus miedos.-
-Eso no es nada especial - dije, retandolo con mi mirada.
-Eres especial, Elise - insistió él - En un mundo de nobles que solo piensan en dinero y poder, el hecho de que seas humana, es algo único -
No supe qué decir a eso. Mis dedos jugueteaban con el anillo de mi padre, girándolo entre mis manos como si fuera un talismán.
-Te vez hermosa cuando te preocupas -
Mis mejillas se encendieron. ¿Que clase de comentario es ese? ¿Me estaba coqueteando? ¿O solo cumpliendo su misión de conocerme?
-Eso no parece propio de un guardaespaldas - dije, intentando sonar firme, aunque mi voz temblaba.
-No soy solo un guardaespaldas - dijo él, dando un paso más - Soy un investigador. Y mi investigación me dice que hay algo más en ti, Elise. Algo que los demás no ven.-
-¿Y qué es eso?-
Rosso levantó una mano y, con una lentitud que me hizo contener la respiración, tocó mi mejilla. Su mano era cálida, áspera, con cicatrices de batallas pasadas.
-Eres valiente - susurró - No porque no tengas miedo, sino porque a pesar de él, sigues adelante. Bailas. Sonríes. Cumples con tu deber. Y todo mientras el mundo se desmorona a tu alrededor…-
Sus palabras me llegaron más profundo de lo que esperaba.
-... Se puede decir que es fácil ser valiente cuando eres la niña más rica de todo el reino-
¿Ese comentario fue para criticarme?… No entiendo qué pretende.
-Eres un idiota - y retire su mano con un golpe.
Él ignoró mi ofensa y continuó - El miedo es el combustible de los valientes. Los tontos no tienen miedo. Los valientes lo sienten y actúan de todas formas.-
-¿Y tú? -pregunté - No sientes ningún miedo porque eres muy tonto… idiota -
Rosso rió, pero era una risa sin alegría.
- ¿Tienes alguna expresión que no te haga ver hermosa? -
Hubo un momento de silencio.
El viento nocturno movió las cortinas, y el aroma de las rosas entró en la habitación.
La vela parpadeó, haciendo que las sombras bailaran en las paredes.
Se le notó en la cara la decepción de no lograr la reacción que buscaba en mi.
-¿Y ahora qué? - pregunté - ¿Qué hago?-
-Ahora - dijo, recuperando su sonrisa burlona - tienes que confiar en mí. Vamos a descubrir quién quiere asesinarte, vamos a detenerlo, y vamos a hacer que tu padre pueda volver a casa sin preocuparse por ti.-
-¿Y cómo vamos a hacer eso?-
Rosso se acercó a la mesa y tomó el anillo de mi padre. Lo giró entre sus dedos, observando cómo la luz de las velas se reflejaba en el oro.
-Primero - dijo - vas a hacer como si nunca hubiéramos tenido esta plática y continuarás tu vida normal, aceptando y asistiendo a todos los eventos que te inviten. -
Asientì con la cabeza.
-Bien - dijo, devolviéndome el anillo.
El silencio se instaló entre nosotros.
-Rosso - dije, usando su nombre por primera vez - ¿Qué harás si me pasa algo? Si los conspiradores me encuentran antes de que nosotros los encontremos a ellos?-
Él se acercó a mí, tan cerca que podía sentir su aliento en mi rostro.
-La princesa tiene miedo… No te preocupes no va a pasar - dijo - Te lo prometo. Ningún hombre te tocará mientras yo esté aquí.-
-¿Cómo puedes estar tan seguro?- De nuevo su rostro cerca del mío, hizo que me sonrojara.
-Porque - dijo, con esa sonrisa provocativa - nadie supera a Rosso Burlone. He esquivado espadas, flechas y esposos celosos. Un par de conspiradores no serán un problema-
Reí.
Fue una risa pequeña, casi ahogada por la sorpresa de sentirme aliviada.
- Idiota - dije.
-Lo sé - respondió él - Pero también soy muy bueno en mi trabajo y tu papá me pagó muy bien -
Rosso se apartó y caminó hacia la ventana. Desde allí, miró hacia los jardines, hacia la oscuridad que se extendía más allá.
-Necesito irme - Rosso se giró y me miró. Su sonrisa era suave, casi tierna. Y antes de que pudiera responder, ya había saltado por la ventana.
Corrí hacia ella, asomándome. Eran como mínimo 10 metros de caída.
Pero ya no estaba.
Como una ilusión.
Y sin embargo, el anillo de mi padre seguía ahí.
Me senté en el borde de la cama, acariciando el anillo con los dedos. Mi padre. Mi madre. La guerra y ahora tengo un guardaespaldas.
Las velas parpadearon, y la penumbra llegó a mi habitación.
Y alguien intenta asesinarme.