Chapter 1 #3
Él rió. Su risa era áspera, genuina, nada que ver con las risas educadas de los nobles. -Claro que no- dijo, con ironía. -¿Por qué la niña más rica de todo el reino pasaría la tierra sucia sin sus tacones de oro y perlas?-
Giré los ojos con un gesto que no era propio de una anfitriona, pero que él no pareció notar como una falta. Al contrario, su sonrisa se hizo más amplia.
-¿Y el sonido?- preguntó, mientras la música se aceleraba aún más. -¿Qué te parece el sonido?-
Escuché. Los violines tocaban con frenesí, los laúdes acompañaban con alegría, y un tamborilero marcaba el ritmo con energía.
Olvidé mis preocupaciones otra vez.
Olvidé que estaba en la mansión DeMonety, rodeada de la élite del reino, que mi vestido costaba una fortuna y que mi peinado era una obra de arte.
Solo era la música. Y yo. Y él.
-Me recuerda a casa- dije, sin querer. Y me mordí el labio. No debería haber dicho eso. Casa era un concepto complicado cuando tus padres estaban en la guerra.
Me miró con sus ojos rojos, y por un momento, la burla desapareció. En su lugar, vi algo parecido a la comprensión. A la solidaridad.
-La guerra no es solo de los soldados- dijo, en voz baja, mientras la música nos llevaba en otro giro. -También es de los que esperan en casa. De los que se preocupan. De los que bailan para olvidar.-
Tragué saliva. ¿Cómo sabía él? ¿Cómo podía un desconocido, un intruso, un bufón de ojos rojos, saber exactamente lo que sentía?
-¿Quién eres?- pregunté, mi voz apenas un susurro.
- No te lo diré …- respondió él, con una sonrisa que era todo menos respuesta. -...Y no importa... Y he venido a bailar.-
Y bailamos.
La música se hizo más rápida, y las parejas a nuestro alrededor se movían en un torbellino de colores y risas. Los nobles más serios se habían retirado de la pista, dejando solo a los jóvenes y a los atrevidos. O a los que no seguían las reglas.
En algún momento, mientras girábamos, se inclinó hacia mi oído.
-La Marquesa nariz estirada está apopléjica- susurró. -Cree que estás cayendo en la perdición. Me encanta-
Reí. La risa se escapó de mi garganta como un pájaro en libertad, y no pude detenerla. Era tan absurdo, tan ridículo, tan perfecto. Bailar con un desconocido que había entrado sin invitación mientras la sociedad se escandalizaba.
-¿No te importa?- pregunté, mientras él me levantaba de nuevo, haciéndome girar sobre su cabeza. -¿No te importa lo que piensen?-
-Solo me importa termine este baile-, dijo él, y cuando me dejó en el suelo, sus manos se demoraron en mi cintura más de lo necesario. -Y tú, Elise DeMonety, piensas demasiado-
Respiré hondo. -Es difícil no pensar cuando todo el mundo te observa.-
-¿Y ahora?- preguntó él, moviendo su cabeza hacia los lados. -¿Quién te observa ahora?-
Miré. La pista era un torbellino de movimiento. Nadie miraba fijamente a una pareja en concreto. Todos bailaban, reían, se dejaban llevar.
-Tienes razón- admití. -Nadie me observa.-
-Exacto- dijo -Entonces, ¿por qué no te olvidas de ser la señorita DeMonety por un momento y solo eres Elise?-
Y por primera vez en toda la noche, dejé de pensar.
La música me llevó, él me llevó. Mis pies se movían con la alegría de los bailes de campamento, mis brazos se alzaban con la libertad de aquellos que no tienen nada que perder, y mi risa se mezclaba con el sonido de los violines.
Bailamos así, sin preocupaciones, durante lo que pudo haber sido una hora o un minuto. El tiempo en la danza es diferente; se mide en latidos, no en compases.
Cuando la música finalmente se desvaneció en un último acorde, nos detuvimos en el centro de la pista. Estábamos sin aliento, nuestros pechos subiendo y bajando con la respiración agitada. Los demás bailarines, también exhaustos, se reían y se felicitaban.
Me miró, y en sus ojos rojos vi un destello de... ¿aprobación? ¿Sorpresa?
-No está mal para una señorita de sociedad- dijo, con su sonrisa burlona. -Tienes más ritmo en los pies que en la cabeza.-
Puse los ojos en blanco, pero no pude evitar reír. -¿Eso fue un cumplido?-
-Fue lo que fue, y nunca dejará de ser- respondió él, inclinándose en una reverencia exagerada. -Ahora, si me disculpas, Elise DeMonety, tengo otros bailes a los que asistir. Otras puertas que abrir.-
Esperaba que siguiera bromeando, que se quedara para el siguiente baile, para el siguiente giro. Pero en lugar de eso, me soltó y se perdió entre la multitud que comenzaba a retirarse hacia los mesas y las conversaciones.
"¡Espera!" quise decir, pero mi voz se perdió en el murmullo de la gente. Lo busqué con la mirada, pero ya había desaparecido, como si nunca hubiera estado allí. Como si hubiera sido una ilusión.
Me quedé allí, en medio de la pista vacía, mientras los sirvientes comenzaban a recoger las copas y a preparar la siguiente ronda de música. Los nobles se agrupaban alrededor de las mesas de refrescos, riendo y conversando.
El baile continuó durante horas. Bailé con muchos caballeros, sonreí con educación, cumplí con mis deberes como anfitriona. Pero mi mente estaba en otra parte, en un hombre que había aparecido de la nada para recordármelo.