La Última Balada de Elise Chapter 1 #2
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Chapter 1 #2

El baile terminó y el Marqués me escoltó de vuelta a mi posición. Inmediatamente, otro caballero se presentó: el Conde de… de algo, no preste atención, un hombre mayor pero de buena familia. Acepté su invitación con la sonrisa educada que hacía que me empezara a doler las mejillas.

Mientras bailábamos, lentamente, porque el conde tenía problemas en las rodillas, busqué otra vez aquellos ojos rojos. Y los encontré, más cerca ahora, en el borde de la pista de baile.

La figura era alta y delgada, vestida con chaleco con rombos que me rerodaban a la ropa de un buffon pero demasiado elegante, rivalizando con la ropa de los nobles.

No podía distinguir su rostro con claridad, solo la sonrisa que se dibujaba en sus labios. Una sonrisa burlona, provocativa, como si estuviera riéndose de todo aquel espectáculo.

O como si estuviera riéndose de mí.

El conde me decía algo sobre el clima, sobre las lluvias que habían arruinado sus cosechas. Asentí sin escuchar. Mis ojos no podían apartarse de aquella figura que se movía entre la multitud con una facilidad casi fantasmal.

Cuando la música se detuvo, busqué al hombre de los ojos rojos entre los invitados que se retiraban a tomar vino y demás bebidas.

Pero no lo encontré.

Había desaparecido de su posición, como si nunca hubiera estado allí.

Comencé a preguntarme si lo había imaginado. La tensión de la noche, el cansancio, la preocupación por mis padres... quizá mi mente estaba jugándome malas pasadas.

-Señorita DeMonety.- El corazón me golpeó duro el pecho.

Me giré.

Era un caballero que no reconocí, de rostro afable y sonrisa amable. Me pidió el siguiente baile, una danza de grupo que se estaba organizando.

Acepté.

El baile de grupo comenzó. Era una danza alegre, donde las parejas se formaban y se separaban siguiendo un patrón complejo. Los músicos, desde el balcón, tocaban con entusiasmo, y los invitados reían y se movían con energía.

Y entonces, mientras giraba y me separaba de mi pareja momentánea para unirme a otra, sentí una mano en la mía.

Era una mano cálida, de dedos largos y firmes. No era la mano blanda y enguantada de los nobles que me habían cortejado esa noche. Era una mano que conocía el trabajo, que sabía de esfuerzo.

Cuando alcé la vista, me encontré cara a cara con aquellos ojos rojos.

El dueño de aquellos ojos era... impresionante. Su tez clara, como la de alguien que había pasado tiempo al sol pero que no había nacido bajo él. Su cabello de un café oscuro como madera curtida, caía con descuido sobre su frente. Y su sonrisa... su sonrisa era una provocación en sí misma.

-Por fin- dijo, su voz grave y burlona. -Pensé que nunca dejarías de bailar con esos aburridos colitas de cerdo.-

Estaba tan sorprendida que no supe qué decir. Mis dedos se tensaron contra los suyos mientras la danza nos llevaba a girar juntos.

-¿Usted es...?- Él me interrumpió.

-Soy el que está bailando con usted- dijo inclinando la cabeza con una reverencia que era todo menos respetuosa. - y puedo estar a su servicio, señorita DeMonety-

-A mi servicio- repetí imitando su tono de burla.

Rojo El Burlón.

No era un noble. No era un hombre que hubiera escuchado en las listas de invitados que me habían presentado esa mañana. -No recuerdo haberle enviado una invitación.-

-Ah, pero las invitaciones son tan formales-, dijo él girándome con una fuerza suave que me hizo perder el equilibrio. Sus brazos me atraparon antes de que cayera, y me encontré más cerca de lo que era apropiado. -Y los bailes como este siempre necesitan un poco de... chispa.-

-¿Cómo entró?- insistí, tratando de recuperar mi compostura. A mi alrededor, las otras parejas seguían bailando, ajenas a nuestra conversación. O quizá, pensé con horror, demasiado pendientes de ella.

-¿Por una puerta?-  sugirió él, con esa sonrisa que parecía querer decir -por una ventana, por el techo, por donde me vino en gana… No se preocupe por los detalles. Estoy aquí para bailar, no para robar su oro, sus joyas o su vida-

Eso no era precisamente tranquilizador, pero antes de que pudiera protestar, la música cambió.

El ritmo se aceleró, las notas se volvieron más alegres y rápidas. Era una de esas danzas campesinas que nunca se interpretaban en los bailes nobles.

Me preocupe por la multitud pero para mí sorpresa los nobles se alborotaron, y las parejas se separaron para luego reunirse en un remolino de movimientos.

-De nada, por animar tu aburrida fiesta- Dijo tomándose todo el crédito y guiñaba un ojo a la orquesta.

Me soltó, y por un momento me encontré bailando con un joven de rostro rubicundo que no conocía. Pero apenas un compás después, el remolino de la música me devolvió a sus brazos.

-¿Te sabes mover bien?- me preguntó, usando el "tú" informal sin ningún respeto. -¿O solo te mueves al ritmo de lo que esperan de ti?-

-Por supuesto que sé bailar- respondí, ofendida. -He recibido clases desde hace años-

-Clases- repitió él, con una risa baja que vibraba en su pecho. -Clases para aprender a moverte como estos cerditos en su chiquero. Eso no es bailar. Esto es bailar.-

Y me giró.

Me giró como ninguna de mis clases de danza había hecho. Me levantó, casi, y me hizo girar en el aire hasta que mi falda se extendió como un abanico de seda. Mis pechos, casi liberados del corsé por el movimiento, se apretaron contra su pecho al aterrizar.

Olvidé las preocupaciones, el protocolo, la nobleza chismosa y los pretendientes aburridos. Olvidé que era la anfitriona, solo me sentí bailando con un extraño de ojos rojos que olía a... ¿pólvora? ¿A humo de leña? ¿A algo lejano? ¿A guerra?.

-¡Espera!- exclamé, riendo a pesar de mí misma. -¡Eso no es un baile de salón!-

-Por supuesto que no- dijo él, su sonrisa burlona más amplia ahora. -Es un baile de verdad. De esos que hacen en los campamentos, donde la gente no tiene que preocuparse por pisar los pies del vecino.-

Parpadeé. ¿Cómo sabía él eso?

En los campamentos de mi padre, cuando yo era un niña, solía bailar con los soldados.

Eran danzas salvajes, libres, donde nadie se preocupaba por la etiqueta, donde el sudor y la risa eran las únicas joyas que importaban.

Mi madre siempre ponía el grito en el cielo, decía que no era propio de una señorita.

Pero mi padre me dejaba, y sus soldados me adoraban, y aquellos bailes eran los momentos más felices de mi infancia.

-Nunca he estado en un campamento- mentí, aunque sabía que no era una mentira muy convincente.