La Última Balada de Elise Chapter 1
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La Última Balada de Elise

La Última Balada de Elise

Por Gino Rosa

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Chapter 1

Baile en la mansión DeMonety.

No puedo dejar de revisar la iluminación que desprenden las velas de cera de abeja, esperando que no opaquen a las flores recién cortadas que adornaban cada rincón de la gran sala.

La luz de los candelabros reflejándose en los marcos dorados de los cuadros que mande pintar para esta ocasión.

El vino igualmente nivelado en todas las copas de cristal que los sirvientes ofrecían en bandejas de plata.

Observaba todo aquello con una mezcla de orgullo y terror o será miedo y angustia, no lo se, solo se que todo esto hace que mi estómago se revuelva.

Era mi primera vez que estoy sola como anfitriona del baile mensual, tengo que dejar en alto el nombre de la familia DeMonety.

Mis padre Ontero DeMonety y mi madre Dora DeMonety, se encontraban en la frontera sur, liderando las tropas contra la revueltas.

Él había insistido en que el baile debía continuar, que ni la nobleza, ni los señores de estado no debían percibir debilidad, por el bien de mantener nuestro estatus.

"El baile DeMonety debe de estar en la boca de todos en el reino, Elise", me había escrito en su última carta, con su letra firme aunque apresurada.

"No permitas que el una pequeña revuelta de campesinos nos quite nuestras tradiciones. "

Y aquí estoy, sudando por las preocupaciones, siento que el peso de las responsabilidades familiares me doblaba los hombros o es el peso de este enorme vestido.

La gran sala de la mansión DeMonety era imponente.

Techos altísimos con frescos que contaban la historia de nuestro linaje, enormes ventanales que durante el día dejaban entrar la luz del sol del sur y que ahora, cubiertos por cortinas de terciopelo granate, guardaban el calor y el bullicio de la noche.

La orquesta, situada en el balcón superior, afinaba sus instrumentos mientras los invitados llegaban en carruajes de gala.

Por supuesto, nadie en aquella sala conocía mis verdaderas preocupaciones.

-Señorita DeMonety, qué hermoso vestido-  La Conde de Montepinno, una mujer mayor con el cabello plateado y una nariz prominente que usaba como si fuera un catalejo para examinar a los demás.

-El azul noche le sienta maravillosamente con su cabello. Aunque... ¿está segura de que ese escote no es demasiado... atrevido para una joven soltera?-

Bajé la mirada hacia el vestido que mi madre había escogido por ser la última creación del diseñador de moda, que no logro recordar su nombre.

Era de un azul tan oscuro que casi parecía negro, con bordados en hilo dorado que imitaban estrellas. El corpiño, ajustado, mostraba mis hombros pecosos y parte de mi pecho. La falda, amplia, caía con un susurro de seda sobre las capas inferiores.

-Le seré sincera Condesa, me deje llevar por el precio - respondí con la sonrisa más educada que pude fingir - Considerando que vale más que su carruaje, como mínimo espero que llame la atención -

La Condesa alzó una ceja, claramente ofendida con mi respuesta, pero se retiró para unirse a un grupo de señoras que cuchicheaban detrás de sus abanicos.

Supe, sin necesidad de escucharlas, que estarían comentando de porque sigo de solterona a mis 19 años, de mi inexperiencia, y probablemente especulando sobre qué clase de anfitriona sería yo que no tengo sangre noble.

Apreté los dedos contra la falda, sintiendo la textura de la seda bajo mis dedos, y respiré profundamente. Solo se atreven a hablar así porque no está mi padre.

-Señorita DeMonety.-

La voz grave a mi espalda me hizo girar.

El caballero que se inclinaba ante mí era joven, probablemente de unos veinticinco años, con el cabello castaño perfectamente peinado hacia atrás y una chaqueta de terciopelo burdeos que debía haber costado casi lo mismo que mi vestido.

Reconocí el escudo bordado en su solapa: la familia Nordeli señor de estado de las tierras del norte.

-Duque Nordeli- respondí, ofreciéndole mi mano. Me sentí aliviada de recordar su nombre y título, porque era la primera vez que otro señor de estado que no fuera el de estás tierras del sur, venía a nuestro baile.

Tomó mi mano con la delicadeza que se esperaba y rozó mis nudillos con sus labios. Sus ojos, de un marrón claro y sin malicia, me escudriñaron con demasiado interés e hicieron que me arrepienta de mi escote.

-El Duque es mi padre, yo soy solo su hijo Dista futuro heredero de todo el norte y permítame decirle que el baile DeMonety es, como siempre, el baile que todos tenemos que superar- dijo, incorporándose - Debo confesar que con su belleza, ya todos perdimos esa batalla-

Sonreí con cortesía, aunque por dentro me estremecía de incomodidad.

Los cumplidos nunca me habían resultado naturales.

Mi padre solía decir que yo tenía el don de la honestidad, y que ese don no siempre era bienvenido en la alta sociedad.

-Es muy amable, Lord Dista, Mis padres se alegrarían de saber que el baile es bien recibido por usted-

-Su padre y su madre son héroes para el reino- El se acerco un paso más del que la etiqueta permitía. -Luchar en la frontera mientras su hija mantiene un evento tan especial. La riqueza de los DeMonety es legendaria-

Me estremecí.

No podía evitar pensar en mi padre, en las heridas que podría haber sufrido, en las noches frías que estaría pasando en tiendas de campaña mientras yo estaba aquí, rodeada de lujos y adulaciones.

-Señorita DeMonety, ¿me concedería el honor del primer baile?-

La orquesta había comenzado a tocar una pavana, un baile lento y ceremonioso que abría las noches de gala. Extendí la mano hacia él, como debía, y permití que me guiara al centro de la pista.

Mientras bailábamos, pude sentir las miradas de los presentes sobre nosotros.

Como anfitriona, era mi obligación abrir el baile con un noble de alto rango. Dista Nordeli era una elección apropiada.

Pero mientras girábamos lentamente al compás de la música, no podía evitar sentirme como un pez en una pecera.

-¿Ha tenido noticias de la frontera?- Se inclinó hacia mí. -He oído rumores de que la revuelta está siendo más difícil de lo esperado.-

Mi estómago se tensó.

-Mi padre y mi madre son comandantes capaces- Me esforzarse por mantener mi voz firme -Tengo plena confianza en que lograrán pacificar la región.-

-Por supuesto, por supuesto- Sus ojos parpadearon de una manera que me hizo pensar que sabía más de lo que decía -Sin embargo, he oído decir que el Señor de Estado, Sotto Sendi, está preocupado. Que las tropas de la revuelta cuentan con el apoyo del reino Antolia-

Mi corazón dio un vuelco. ¿Mercenarios? Nadie me había hablado de mercenarios. Las cartas de mi padre habían sido cuidadosamente optimistas, hablando de estrategias y de la moral de las tropas, pero nunca mencionando enemigos más allá de los rebeldes locales.

-Lord Dista, quizá no sea apropiado discutir asuntos de guerra durante un baile- y aunque mi voz sonó firme, mi mano tembló ligeramente sobre su hombro.

Él sonrió, mostrando dientes blancos y perfectos. -Por supuesto, señorita. Disculpe mi indiscreción. Pero como su pretendiente, me preocupo por su bienestar-

¿Pretendiente?.Me sonroje un poco, Dista es un joven muy apuesto, y luego casi reí, porque también es mujeriego interesado.

Los Nordeli y los DeMonety apenas tenían relación. Otro hombre que buscaba mi mano y, a través de ella, la fortuna que se susurran es superior a la del rey, amasada por mi abuelo y mi padre atravez de su astucia y buen ojo en el comercio.

La música cesó y, tras las cortesías de rigor, me vi rodeada de otros caballeros que solicitaban mi presencia para el siguiente baile.

Había bailes de todo tipo: danzas lentas para las parejas formales, bailes de grupo donde se mezclaban las clases, y más tarde, cuando la noche avanzara, las danzas más rápidas donde las reglas se relajaban y los jóvenes podían divertirse.

No podía negarme a bailar. Como anfitriona, debía estar disponible para todos los invitados de alto rango. Así que sonreí y asentí y tomé las manos de caballeros de todo el reino, mientras mi mente se perdía en pensamientos sobre la frontera, sobre mi padre, sobre mi madre.

Y entonces, mientras giraba en los brazos del un Marqués que ya olvide su nombre, un joven aburrido que hablaba de sus perros de caza como si fueran sus hijos, vi algo que me heló la sangre.

Ojos rojos.

No eran ojos de un rojo común, del color del vino o de las cerezas. Eran ojos que brillaban como brasas, que parecían arder en la penumbra de la sala. Estaban fijos en mí desde algún punto entre la multitud, y cuando los encontré, sentí que el tiempo se detenía.

El Marqués decía algo sobre la temporada de caza, sobre la liebre que había atrapado la semana pasada, pero yo ya no escuchaba. Mis ojos estaban cautivados por ese par de centellas rojas que me observaban con una intensidad que me hizo olvidar que me preocupaba.

Intenté seguir la dirección de la mirada, pero la multitud se movía, los bailarines giraban, y perdía y recuperaba la visión de aquellos ojos como llamas en una noche sin luna.

-Señorita DeMonety, ¿se encuentra bien?- preguntó el marqués, notando mi distracción -Está pálida.-

-Estoy bien- mentí, forzando una sonrisa. -Quizá el calor de la sala…-

Pero mis ojos ya estaban buscando de nuevo el destello rojo.

Y lo encontré, apenas un segundo, entre dos caballeros que conversaban junto a una columna. Una figura alta, delgada, apoyada con una elegancia casi insolente.

Y luego, de nuevo, se perdió entre la marea de rostros anónimos.

¿Quién era? No recordaba haber visto a nadie con ojos tan... únicos.

Y no podía ser que un hombre con esa característica tan distintiva pasara desapercibido entre la nobleza del Sur. ¿Sería acaso un visitante de otra provincia? ¿O algo peor? ¿Un espía? ¿Un asesino?.

Mi mente, entrenada en las historias que mi padre contaba sobre conspiraciones y traiciones, cuando aún me llevaba a sus excursiones, comenzó a imaginar escenarios escalofriantes.