25 #5
—No… —susurro—. El míster dijo que estaba controlado…
, que estaba estable… No puede ser.
Pero la realidad no negocia. Y yo me quedo ahí, abrazando a Gia, sintiendo que acabo de perder algo que nunca voy a recuperar.
No podemos movernos, atrapados en esta mezcla de incredulidad y dolor. El tiempo se diluye y los minutos que pasan son horas infinitas.
El ambiente es denso, pesado, como si el mundo supiera de esta terrible noticia. Gia y Savannah sollozan casi en silencio. Y yo sigo sin soltar la mano de Gia, aferrado porque ella es la única ancla que me queda en medio de este océano profundo.
De repente, detrás de mí, una voz rompe el silencio de forma inesperada, clara, familiar. Una voz que reconozco al instante, aunque no quiero creer que sea auténtica.
—¿Por qué lloráis? ¿Qué pasa? ¿Quién se ha muerto? —pregunta con esa combinación de burla y picardía que solo él tiene.
Nos giramos los tres, y el pasillo parece explotar de incredulidad. Mis ojos no pueden creer lo que ven, y sé que los de ellas tampoco.
—¡TÚ! —gritamos al unísono, sorprendidos, confundidos, sin saber si reír o llorar.
—¿Qué yo estoy muerto? —dice Chase, que está en una silla de ruedas, tan desconcertado como nosotros.
—¿No estabas tú en ese box? —pregunto sorprendido.
Él responde encogiéndose de hombros con esa sonrisa traviesa que nunca pierde.
—Sí, bueno, pero he salido hace rato. —Señala con la cabeza hacia el pasillo—. He visto esta silla de ruedas y he dicho «¿Por qué no?».
Mi cuerpo se queda paralizado un segundo, luego suelto una risa nerviosa y algo amarga.
—Eres un fantasma, Chase. Vienes a torturarme cuando menos lo necesito, tío.
Todos nos reímos por la tensión acumulada, y Savannah, sin dudarlo, se lanza hacia él, como para asegurarse de que no es un sueño ni una broma pesada. Él la atrapa al vuelo, divertido y cariñoso, sin perder la sonrisa.
Chase la sostiene entre sus brazos, todavía con esa sonrisa medio nerviosa, medio aliviada; parece que el susto lo ha hecho valorar más cada instante. Contempla a Savannah con una ternura que pocos han visto en él, y le susurra con calma, pero firme.
—Después de todo esto… ¿quieres que nos vayamos a vivir juntos? No quiero perder ni un segundo más sin tenerte cerca.
Savannah lo mira sorprendida, con los ojos brillando por la emoción y las lágrimas que aún quedan por secar. Su voz se quiebra un poco, pero sonríe con amor.
—Yo también quiero eso, Chase. Más que nada.
Él la abraza con más fuerza para sellar esa promesa en el aire, y entre el ruido lejano del hospital, por un instante, todo parece detenerse solo para ellos dos. Un refugio pequeño y cálido en medio de la tormenta.
Salimos del hospital como si hubiéramos estado allí años.
La noche está fresca, pero no muy fría, con esa brisa que parece limpiar el alma después de la tempestad. Chase está vivo, jodidamente vivo… y aún no sé cómo asimilarlo.
Gia va a mi lado, en silencio, pero no ese silencio incómodo de hace unas semanas. Es tranquilo, sereno. Sus dedos están entrelazados con los míos y los aprieta a cada rato, como para recordarme que sigue aquí.
Decidimos ir a su apartamento y, cuando llegamos, Cronos es el primero en recibirnos. Salta del sofá y corre directo hacia ella, pero en cuanto me ve, también viene hacia mí. Lo recojo y me lame la barbilla como si no me hubiera visto en meses.
—Alguien me ha echado de menos —murmuro, y Gia sonríe.
—No ha sido el único —dice, guiñándome un ojo.
Nos dejamos caer en el sofá, con Cronos hecho un ovillo entre nosotros. El silencio de su casa me envuelve, tan diferente al ruido del estadio, a los gritos, al caos… Aquí solo está ella. Y eso me basta.
El pelo suelto le acaricia los hombros, sus ojos oscuros brillan bajo la luz tenue. Y pienso que, después de todo, la vida me acaba de devolver algo que estaba seguro de haber perdido.
—No tengo ni idea de cómo agradecerte que no te hayas rendido conmigo —le digo en voz baja—. Tenías motivos para hacerlo…
—Lo sé. Y también sé que podría haber elegido el miedo, pero, Xander, yo elijo confiar en ti. Elijo jugármelo todo por nosotros. Podemos empezar de nuevo, desde aquí.
La estrecho contra mi cuerpo.
—No sé si el destino existe, pero si lo hace… estoy seguro de que el mío siempre ha sido encontrarte. Te amo, Gia.
—Yo también te amo, Xander. Muchísimo.
Y así lo decimos todo.
Aquí, en su sofá, con Cronos entre los dos, con la certeza de que aunque nos hayamos roto, hemos decidido quedarnos para reconstruirnos.
Hago que levante la cabeza y la beso despacio, queriendo grabar en mi memoria cada segundo. No hay prisa. Ya no hay miedo. Solo estamos nosotros, y un futuro que por fin parece posible.
Cuando nos separamos, me mira con esa media sonrisa que me mata.
—¿Sabes que todavía tienes que enseñarme a lanzar un balón decente?
—Y tú a mí a cocinar algo que no acabe en llamas —respondo, y los dos reímos.
Cierro los ojos un segundo, sintiendo su mano en mi pecho, su respiración tranquila. Y me prometo, sin decirlo en voz alta, que nunca más voy a dejarla ir. Que ella es la última apuesta.