La última apuesta Epílogo
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Epílogo

T res años después

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Todavía me sorprendo a veces cuando despierto aquí, como si en cualquier momento fuera a abrir los ojos y a volver a ese apartamento donde todo era incertidumbre. Pero no… Ahora estoy en nuestra casa.

Es una casa enorme, con más espacio del que jamás imaginé que podría llamar mío. El jardín se extiende como un mar verde bajo mis pies y termina en una piscina infinita que refleja los últimos tonos del día. El cielo está pintado de naranjas, rosados y violetas que se derraman hasta el horizonte.

Estoy sentado en la hamaca, el aire huele a césped recién cortado y a la calma que nunca creí que me ganaría.

El sol se esconde poco a poco, y en ese instante entiendo lo que es sentirse en paz.

Puedo oír a Cronos correteando por el jardín, cazando sombras que se mueven entre las flores. A lo lejos, risas. Las de Gia. Siempre he dicho que es el sonido más perfecto que existe, y en este momento, con el viento suave y el calor del día desapareciendo, siento que no hay nada que me falte.

Esta casa no es solo ladrillos y paredes. También es el símbolo de todo a lo que hemos sobrevivido. Las apuestas perdidas, las ganadas… y sobre todo, la única que importó. La que ella hizo por mí.

Yo sigo dándolo todo en el fútbol. Cada partido, cada entrenamiento, cada jugada… lo vivo con la misma pasión de siempre, pero ya no es mi todo.

Antes era mi única razón, mi refugio y mi armadura. Ahora solo es una parte de mí, una que disfruto, pero que ya no carga con el peso de definirme. Mis prioridades han cambiado y lo han hecho para mejor.

El año pasado, gracias a Gia, di un paso que jamás me había atrevido a dar.

Ella fue mi empuje, mi inspiración y la voz que me recordó que podía usar mi historia para hacer algo más grande que yo.

Fundé una asociación para niños sin hogar, un lugar donde puedan encontrar lo que a mí me faltó durante tanto tiempo: estabilidad, apoyo, un hogar, aunque sea temporal, y alguien que crea en ellos.

Cada vez que veo a esos críos sonreír, me doy cuenta de que vale la pena cada hora invertida.

Y también he madurado con respecto a mis sentimientos.

Antes me escondía detrás de un muro de sarcasmo, de indiferencia, de frases cortas para no dejar que nadie se acercara demasiado.

Tenía miedo de hablar de lo que sentía, de mostrar lo que de verdad pasaba dentro.

Ahora no. Ahora sé que abrirme no me hace débil.

Me hace humano. Me hace libre. Porque ya no camino solo.

Por otro lado, Gia… Como ya no tenía que hacer de niñera conmigo —aunque seguro que aún cree que de vez en cuando lo necesito— decidió dejar el trabajo.

Aunque era muy buena organizando y manteniendo todo en pie para gente que, en su mayoría, no le importaba lo más mínimo, aquello no la llenaba.

Su sueño siempre había sido escribir y un día decidió que era hora de apostar por ello.

La vi lanzarse de lleno, pasar horas frente a su portátil con el ceño fruncido, mordiéndose el labio mientras sus dedos volaban sobre las teclas.

A veces me quedaba observándola desde lejos, sin decir nada, admirando cómo brillaba cuando hacía lo que amaba.

Y lo consiguió. Publicó su primera novela, y no es que fuera bien: fue un éxito.

Recuerdo su cara cuando llegaron las primeras reseñas, esa mezcla de sorpresa y orgullo, que me hizo sentir como si yo también hubiera ganado algo.

Y ahora… Ahora sé que ya no duda de mí. Me lo demuestra sin palabras, en cosas que quizá nadie más notaría: en cómo se apoya contra mí cuando estamos sentados en silencio, en cómo me busca con la mirada en cualquier lugar, o en cómo sonríe cuando me ve llegar.

Gia confía en mí, y esa es una apuesta que pienso ganar todos los días de mi vida.

Chase y Savannah… Esos dos son otra historia.

Desde aquel susto en el hospital, no se han separado ni un solo día.

Viven juntos desde entonces y, sinceramente, creo que no hay pareja que se entienda mejor que ellos.

Se apoyan, se pican, se cuidan… y el mes que viene se casan. Sí, Chase se casa. Aún no me lo creo.

Me lo dijo con esa sonrisa suya, como si fuera lo más obvio del mundo: «Cuando casi pierdes algo, no vuelves a dejarlo escapar».

Y lo entiendo mejor que nadie. Los miro y veo lo que es hacer de todo por la persona que quieres, sin guardarte nada.

Y, aunque me cueste admitirlo, me alegra más de lo que podría expresar.

Ah, bueno, y no me olvido de Cronos… Ese maldito gato sigue creyendo que la casa entera es su reino y nosotros somos sus sirvientes.

A veces, parece que juzga todas mis decisiones, pero luego, cuando menos me lo espero, se acurruca en mi regazo y empieza a ronronear porque cree que yo soy su lugar seguro.

Me gusta pensar que es un poco como yo: desconfiado al principio, gruñón cuando algo no le gusta, pero que, cuando por fin se siente en casa, no hay nada que lo saque de ahí. Y sí, sé que si le preguntas, jamás lo admitiría, pero estoy convencido de que me quiere.

El sol cada vez está más bajo, y yo estoy recostado en la hamaca, con los brazos apoyados detrás de la cabeza, cuando veo a Gia salir al jardín y parece que el atardecer se hubiera vestido de persona.

Lleva ese vestido amarillo —que me trae unos re cuerdos muy bonitos— que se mueve con cada paso.

Su pelo se desliza en ondas suaves sobre los hombros.

Sus pies descalzos rozan la hierba y lleva dos vasos de limonada en las manos.

Se acerca despacio, con esa mezcla de elegancia y despreocupación que me encanta.

—No me digas que no lo necesitabas —dice, dándome uno de los vasos con una sonrisa—. ¿En qué piensas?

—Nada, estaba… recordando —le digo; acepto el vaso y le doy un sorbo—. Recordando cómo nos conocimos por primera vez.

Ella arquea una ceja y su sonrisa se ensancha.

—Ah, ¿sí? Te chocaste conmigo, ¿verdad? —me pregunta, juguetona.

—No, no —corrijo con una sonrisa ladeada—. Tú te chocaste conmigo.

Ella finge indignación, se ríe y me da un pequeño golpe con la mano en el hombro.

—Bueno, puede ser…, pero por lo menos yo fui la amable y tú, el gruñón.

Me río, recordando la escena como si fuera ayer.

—Sí, lo era. Muy maleducado —admito entre risas—. No quería tener a nadie detrás de mí. Hasta que llegaste tú.

Su sonrisa se suaviza y hay un brillo travieso en sus ojos.

—Ah, ¿y cuándo cambió eso? —pregunta, y se acerca un poco hacia mí, jugueteando con el borde del vaso.

—Cuando te vi llegar a la primera reunión que tuvimos, con este mismo vestido —digo, y no puedo evitar que mi voz baje un poco—. Corto, brillante… Y llevabas esa sonrisa que no se me iba de la cabeza. Ahí pensé: «Estoy perdido, que me siga si quiere. Me postro a sus pies si es necesario».

Gia suelta una carcajada que me hace sonreír más.

—¡Vaya! —dice, aún riéndose—. Y más de una vez lo has hecho, sí.

—Y las que me quedan —admito—. Pero la verdad que contigo… algo cambió. Me gustó. Mucho. Desde ese primer choque.

Ella se recuesta en la tumbona junto a mí, tomando un sorbo de su limonada, y veo que también piensa en ese momento. Sus ojos brillan con un recuerdo dulce, y puedo imaginar lo que estaba sintiendo ella: la primera impresión, que le dejó una marca, igual que la mía.

—Pues… —dice con una sonrisa traviesa—, a mí también me gustó esa primera toma de contacto. Aunque fueses un completo capullo, no pude parar de sonreír después.

Río bajo; el sonido del viento y los colores del atardecer nos envuelven mientras recordamos cómo empezó todo. Y por un momento, todo parece simple, perfecto… Como si siempre hubiésemos estado conectados.

Tengo a Cronos estirado a mi lado, como nuestro pequeño guardián de momentos perfectos, vigilando cada detalle con sus ojos curiosos.

—No sé cómo hemos llegado hasta aquí —digo, rompiendo el silencio, y le acaricio la mano—. Parecía imposible, ¿no? Desde ese primer choque en el pasillo, pasando por… todo.

Ella sonríe suavemente, apoyando la cabeza en mi hombro.

—Sí… y mira dónde estamos ahora —responde, con una sonrisa que ilumina su cara.

El corazón me late más rápido.

—Gia, has cambiado mi vida. Cada día, cada recuerdo…

tú eres mi mayor suerte. Y no quiero que pase ni un solo día sin que lo sepas.

—Ella se sorprende un poco, sus ojos se agrandan y busca mis labios con la vista, adivinando lo que viene—.

Gia… —Tomo aire, sintiendo cómo detenemos el mundo por un instante—.

Quiero… quiero pasar el resto de mi vida contigo.

Quiero despertarme a tu lado, reír contigo, discutir contigo, abrazarte en los días difíciles y celebrar los felices.

—Me separo lo suficiente para poder arrodillarme, sacar una cajita aterciopelada y abrirla ante ella—.

¿Quieres casarte conmigo? —suelto por fin.

Ella se queda en silencio un momento, y siento que el corazón me va a estallar. Luego, sus labios se curvan en una sonrisa radiante.

—Sí, Xander… ¡Sí, quiero!

Le pongo el anillo en el dedo, me echo hacia ella y nos besamos, con el sol cayendo detrás, pintando todo de oro, y Cronos observando desde su lugar como si aprobara cada segundo. Siento que no podría ser más perfecto, más nosotros.

Cuando nos separamos un poco, ella apoya su frente contra la mía y susurra:

—Siempre supe que terminarías hincando rodilla, Xander.

—Y siempre supe que tú harías que valiera la pena —respondo, riendo suavemente.

Nos levantamos y vamos hacia la mesa que he preparado en el jardín.

La comida huele deliciosa; no es un festín de restaurante, pero lo que hay en cada plato tiene el mismo cuidado y amor que puse en cada detalle de nuestra vida juntos.

Nos sentamos, con Cronos entre nosotros, y mientras el cielo se oscurece lentamente, empezamos a cenar.

Conversamos, nos reímos y brindamos por todo lo vivido y por todo lo que nos queda por vivir.

La cena ha sido un hilo perfecto de miradas y palabras susurradas, de risas que parecen bailar entre nosotros y una complicidad, que pesa en el aire como un perfume. Cuando terminamos, la luz tenue de las velas cae sobre su piel, y nos quedamos en silencio unos segundos, y yo no puedo contenerme.

—Estaba muy rica la cena, para haberla hecho tú —dice con picardía.

—¿Sabes? Puedo hacerte algo mucho mejor si lo prefieres, señora Cole —le digo, con mi voz cargada de intención.

Gia se muerde el labio y noto cómo su respiración se acelera.

—¿Sí? ¿Cómo qué?

Me acerco a ella, y el mundo se reduce a la curva de sus caderas, a la suavidad de su piel, a la promesa que emana de cada movimiento suyo.

Me agacho ante ella, y sus piernas abiertas me llaman con urgencia silenciosa.

Aparto con delicadeza el tanga que la separa de mí y la encuentro húmeda y cálida, un paraíso que me perte nece por completo.

Mi lengua acaricia su centro y un estremecimiento recorre mi cuerpo al sentirla temblar bajo mi tacto.

Cada gemido suyo es una confirmación de lo que ya sé.

Es mía, completamente mía, y cada fibra de su ser está entregada a mí en este instante.

Su mano se enreda en mi pelo, y el anillo brilla como un faro bajo la luz de la luna.

Siento el calor de su cuerpo, su perfume, la manera en que su deseo me llama y me reclama.

Cada sacudida, cada vez que se arquea, cada suspiro suyo es un ritmo que no necesito dirigir.

Me dejo llevar por la corriente de su entrega, por la certeza de que este momento, este lugar, solo estamos nosotros.

El gemido que escapa de sus labios me hace acercarme más a ella, y mi nombre, pronunciado entre jadeos, retumba como una melodía que solo yo puedo escuchar.

Cada estremecimiento suyo me guía, noto cómo la marea de su placer se acerca al límite.

Paro un instante, y la miro a los ojos, viendo la humedad de su deseo reflejada en sus pupilas dilatadas.

—Me encanta tenerte así —susurro, con voz ronca y baja, casi como un secreto—, abrirte de piernas y arrodillarme como si fuera a rezarte… y que seas tú la que acabe gritando mi nombre.

Ella me observa desde arriba, con la boca entreabierta y la respiración entrecortada, y una sonrisa traviesa curva sus labios.

No hace falta más, la tensión entre nosotros es eléctrica, palpable, está lista para desbordarse.

Me incorporo, la apoyo suavemente contra la mesa, y con un movimiento decidido levanto el vestido que la cubre, dejando su piel suave al desnudo.

Sus ojos se encuentran con los míos, llenos de promesas y de fuego, y sé que lo que vendrá no conoce límites. Cada caricia, cada empujón, cada gemido será un poema escrito con nuestros cuerpos, un canto que solo nosotros podemos entender.

Y ahí nos quedamos, suspendidos en ese instante, con la anticipación ardiente de lo que está por venir, sabiendo que la noche será nuestra, que el deseo nos guiará y que nada nos detendrá jamás.