25 #4
Nos acercamos a la copa, la tomamos entre todos con manos temblorosas pero seguras. La alzamos en alto, y el mundo entero se detiene por este instante.
Es, sin duda, el mejor momento de mi carrera.
Estoy rodeado por los micrófonos y las cámaras.
La voz del entrevistador suena cerca de mí, preguntándome cómo me siento después de esta victoria.
Respondo con sinceridad, hablando del esfuerzo del equipo, de la fuerza que nos ha unido, de lo mucho que significa tener esta copa.
Pero mis ojos están en otra parte, vagando inconscientemente hacia el césped.
Y entonces la veo. Está ahí, justo al borde del campo, con esa camiseta que me vuelve loco como le queda. El corazón me late con fuerza, la tensión en mi cuerpo se dispara.
Sin pensarlo, interrumpo la entrevista. Me disculpo con un breve gesto de mano, concentrado solo en ella.
Nos acercamos despacio, sin palabras. Ella sonríe y de repente salta sobre mí. La atrapo sin vacilar y la sostengo con fuerza; no quiero dejarla ir nunca más.
Y, entre el ruido del estadio, el latido de mi corazón y la emoción contenida, nos besamos. Un beso que lo dice todo, que cierra heridas y abre un futuro que quiero construir a su lado.
Cuando finalmente rompemos el beso, Savannah se acerca con el ceño fruncido.
—Chase… lo han llevado al hospital —dice con urgencia.
Por un instante, todo a mi alrededor se vuelve difuso. El ruido del estadio, la euforia, el cansancio… todo se desvanece y solo queda ese nombre: Chase. La realidad me golpea de nuevo y vuelvo en mí.
—¿Qué? —pregunto, con la voz tensa.
Sin perder tiempo, los tres nos dirigimos hacia el hospital. De camino, Gia va apretándome la mano con fuerza, como si transmitiéramos calma el uno al otro en medio del caos. Savannah va delante, nerviosa y preocupada.
Al llegar, preguntamos rápido y nos enseñan el box donde está Chase. No nos permiten entrar, la zona está restringida, y nos quedamos en el pasillo, esperando en un silencio pesado.
Nos apoyamos mutuamente; Gia y yo entrelazamos nuestras manos, buscando fuerza. Savannah no para de mover los pies, mordiéndose el labio, incapaz de contener la ansiedad que nos envuelve.
El tiempo se estira y parece que el mundo se detiene mientras esperamos noticias de nuestro amigo.
El silencio en el pasillo es casi insoportable, solo roto por los pasos apresurados del personal médico entrando y saliendo. Savannah no deja de moverse, como si intentara controlar algo imposible, mientras que Gia y yo seguimos aferrados el uno al otro, buscando alguna señal de esperanza.
De repente, un murmullo tenso se cuela desde el interior del box. Escucho voces que suben de tono, un sonido urgente que me hiela la sangre.
—¡Parada cardiorrespiratoria! —grita alguien con autoridad.
En segundos, una avalancha de médicos corre hacia la puerta, con equipos y desfibriladores en mano. Desde aquí fuera podemos escuchar el ruido desesperado de los intentos por reanimar al paciente. Los pitidos rápidos del monitor, las órdenes cortantes, el sonido seco de las descargas eléctricas.
—Carga otra vez… Vamos, vamos… —Es lo único alcanzo a oír.
No necesito ver para saber que algo va mal. El aire se vuelve casi irrespirable.
Mi cabeza se llena de imágenes que no he pedido.
Chase, riéndose en el vestuario cuando nos conocimos.
Chase, sujetándome por el cuello después de mi primer touchdown con los Titans, gritando que era el puto amo.
Chase, sentado en el suelo de mi salón, comiendo pizza fría mientras hablábamos de lo jodida que puede ser la vida.
No. No puede ser. Él no puede irse.
El golpe del defensa me vuelve a la mente. Cómo ha caído, que no se ha levantado. Cómo he corrido hacia él y he sentido un vacío helado en el pecho.
—Vamos, Chase… —susurro, apenas consciente de que lo estoy diciendo en voz alta.
Gia aprieta mi mano fuerte, pero no puedo mirarla. No puedo mirar a nadie. Si lo hago, si veo el miedo en sus ojos, entonces sabré que lo que temo es real.
Nos quedamos paralizados. Yo siento que el corazón se me rompe en mil pedazos. Rezo para que esto no sea de verdad, para que ocurra el milagro que todos necesitamos.
Después de unos minutos que parecen una eternidad, el ruido cesa. Un silencio aterrador llena el pasillo. Nadie sale, nadie habla.
Y entonces escucho las palabras que me destrozan.
—Hora de la muerte, 22:47.
Por fin, la puerta se abre despacio y un médico sale con el rostro serio, casi sombrío. Se detiene un instante y se vuelve hacia nosotros. Sin palabras, la verdad golpea más fuerte que cualquier grito.
El mundo se queda mudo. El pasillo, el hospital, la gente… todo se apaga. Solo queda un zumbido en mis oídos y la certeza cruel de que mi mejor amigo ya no está.
No me muevo. No lloro. No sé cómo hacerlo. Savannah se derrumba contra la pared y estalla en lágrimas, dejando salir su dolor de forma desgarradora. Gia se tapa la cara y solloza. Y yo sigo sentado, rígido, como si cualquier movimiento fuera a hacer que todo se desplomara de verdad.