25 #3
El ruido de la multitud retumba en mis oídos, pero mi mente está en otra parte. Juego, corro, bloqueo, pero no puedo encontrar esa chispa, esa motivación que me empuja a darlo todo. Con cada movimiento me parece que tengo el cuerpo lleno de plomo.
Intento hacer lo que puedo para que el equipo no note nada raro, pero Chase, que está a mi lado, me lanza miradas desconcertadas. En un momento, me hace una seña clara: «¿Qué estás haciendo, Xander?». Le respondo encogiéndome de hombros, sin poder articular palabra. No puedo fingir más.
Cada pase que intento no es tan preciso como siempre. Cuando tengo la oportunidad de avanzar, dejo que la defensa me corte el paso con facilidad. Cuando podría buscar el touchdown, simplemente me detengo y dejo que corra el tiempo. No quiero ganar hoy. No puedo.
Los rostros de mis compañeros reflejan confusión y frustración.
Algunos murmuran entre ellos, preguntándose qué pasa conmigo.
Siento la presión, el peso de sus expectativas, pero también la mía propia.
Porque aunque quiera perder, no quiero decepcionarlos del todo.
Por eso hago lo posible por jugar sin ser un desastre total, solo lo suficiente para que el juego siga.
Chase se acerca en un tiempo muerto, pone su mano en mi brazo y me habla en voz baja.
—Tienes que centrarte, hermano. Solo un poco más.
Asiento, sin fuerzas para contestar.
El silbato suena y el partido se detiene para el descanso.
Nos dirigimos al vestuario con el sabor amargo de la derrota clavado en la boca.
Vamos perdiendo, y no es un marcador ajustado.
El ambiente está tenso, las miradas en mi dirección son acusadoras.
El míster se acerca, la frustración en sus ojos es evidente.
—¿Qué cojones está pasando, Cole? —me suelta, con voz firme pero cargada de decepción—. Te necesitamos al cien por cien, así no.
Los compañeros empiezan a rodearme, lanzándome preguntas y reproches sin demasiada paciencia. Siento que me acorralan, que esperan respuestas que yo no sé cómo dar.
En medio del caos, Chase se acerca, con el ceño fruncido, y me pregunta en voz baja pero con urgencia.
—¿Qué coño te pasa, tío? Este no eres tú.
—Respiro hondo y decido abrirme, contarle lo que Gia me ha dicho antes del partido, aquella locura de que si la amo, pierda el partido.
Le confieso que no puedo ignorarla, que hacer esto es la única forma de demostrarle que ella es lo más importante para mí.
Chase se echa a reír con una mezcla de nerviosismo y frustración, y casi con tono burlón dice—: Joder, las mujeres…
Hacen lo que quieren con nosotros, ¿eh? Tío, no te ofendas, y yo a Gia la quiero, pero ahora mándala a la mierda.
En serio. —Luego baja un poco más el tono, más serio, aunque sin dejar de bromear— : No te digo que no la quieras, porque sé que la adoras, pero no dejes que te joda el partido así, ¿vale?
Esto es más grande que cualquier movida.
Veo en sus ojos que está nervioso y preocupado por mí, no solo por el partido. Hago un gesto de aceptación, pero por dentro me quiebro. Chase tiene razón en parte, pero no puedo olvidarme sin más de lo que siento ni de lo que ella me ha pedido.
—Voy a intentar darlo todo en la segunda mitad —miento—
. Pero no va a ser fácil.
Chase asiente, me da una palmada fuerte en la espalda, y me dice que cuenta conmigo.
El míster vuelve a llamarnos, y el equipo se reagrupa. Sé que la segunda mitad va a ser un infierno, para ellos y para mí.
Salimos del vestuario, el ruido del público ya se escucha al otro lado de las puertas. Se nota la tensión en el ambiente, como si el peso de la derrota nos aplastara a todos. Ando con la cabeza baja, intentando juntar fuerzas para la segunda mitad.
De repente, siento un tirón en mi brazo. Giro la cabeza y ahí está ella. Gia. Su mano firme me detiene, me aparta suavemente del grupo que va delante, pero sin soltarme del todo. Su expresión es intensa, casi desafiante.
No dice nada más que lo necesario, su voz baja y casi un susurro me llega directo al pecho.
—Si de verdad me amas…
No me da tiempo a reaccionar porque la interrumpo de inmediato, con un tono duro pero sincero.
—¿No lo estás viendo? —Señalo la cancha y el marcador—. Estamos perdiendo. No sé qué esperas que haga.
Ella sonríe, una media sonrisa que me hace daño porque lleva toda la ironía del mundo, y me responde con un gesto que parece jugar con mis sentimientos.
—Xander, si de verdad me amas, tienes que ganar este partido.
Siento un nudo en la garganta y me debato entre emociones contradictorias: un poco de rabia, tristeza, y un amor tan profundo que hace que me duela el pecho.
Ella es el fuego que quema y a la vez la única llama que me mantiene vivo.
A lo lejos, los gritos de mis compañeros me llaman con energía.
—Vamos, Xander, ya es hora —me dice Chase, tocándome el hombro.
La última mirada que le lanzo a Gia es un mensaje silencioso. No sé si es una promesa o una despedida, pero sé que no puedo quedarme más tiempo aquí.
—Voy —le digo con voz firme, soltando su brazo con cuidado.
Corro hacia el equipo, dejando atrás esa mezcla de sentimientos que me carcome por dentro, y sé que nunca podré olvidar su expresión.
Salimos al campo y el aire frío me golpea la cara; el ruido de la multitud me envuelve como un tsunami. Busco entre la gente, y ahí está: Gia. Justo donde Chase me ha dicho, en la grada, con mi camiseta y tan guapa como siempre. Me atraviesa el corazón.
Mujeres…, pienso con una sonrisa amarga, porque nunca entenderé cómo pueden ser tan fuertes y tan frágiles al mismo tiempo. Cómo con solo una mirada pueden hacerte sentir poderoso o roto al mismo tiempo.
El silbato suena y siento el fuego arder dentro de mí. Esta vez no es por el equipo, es por algo más, algo que aún no sé definir. Empiezo a correr con una fuerza que ni yo creía tener. Hago cortes rápidos, pases precisos, esquivo a los rivales con una agilidad que sorprende a todos.
El equipo lo nota. Mis compañeros vuelven a tener esa energía que se había apagado antes.
Poco a poco, la tensión se convierte en motivación.
Mi mejor jugada del partido termina con un pase perfecto que deja a nuestro receptor libre para avanzar hacia la zona de anotación.
La grada ruge, y siento que por primera vez en semanas, no estoy solo.
Sigo concentrado, dominando cada jugada, liderando con toda la intensidad que llevo dentro. La camiseta del ocho en las gradas parece darme una fuerza extra, como si ella estuviera aquí, empujándome a darlo todo.
El partido sigue en marcha y todo en el campo va bien. Demasiado bien. Estoy jugando con todo lo que tengo, pero de repente, algo cambia.
Chase, justo a mi lado, recibe el balón y corre con una velocidad que corta el aliento. Un defensa rival se lanza en plancha para frenarlo y… el impacto es brutal. Veo cómo chocan con fuerza, y Chase queda en el suelo, inmóvil.
El tiempo se detiene.
—¡Chase! —grito, corriendo hacia él.
El corazón golpea con tanta fuerza en mi pecho que siento que me va a estallar. Me arrodillo a su lado, pero Chase no se mueve, no responde a nada. Sus ojos están cerrados, su respiración es superficial. El murmullo del público es inquietante.
Los médicos llegan corriendo y me apartan con cuidado pero con urgencia.
Uno de ellos me dice que retroceda, que necesitan espacio.
Me levanto, pero mis pies se sienten anclados al suelo.
Veo cómo le revisan el cuello, cómo le colocan una mascarilla de oxígeno, cómo uno de ellos levanta la mano y hace una señal: hay que sacarlo de inmediato.
El sonido de la camilla al desplegarse me perfora el cerebro. Lo colocan encima con movimientos rápidos pero precisos. Siento un nudo en la garganta tan fuerte que apenas puedo tragar.
Mientras lo llevan hacia la salida, corro unos metros al lado, queriendo seguirlo, pero un médico me detiene.
—No puedes venir. Lo tenemos estable. Sigue con el partido —me dice, como si eso fuera tan simple.
Mis compañeros empiezan a murmurar, el miedo se adueña del vestuario improvisado en la banda. Siento que el suelo se abre bajo mis pies. ¿Cómo puede estar pasando esto?
A los pocos minutos, el míster se acerca con paso firme y con una voz que intenta calmar los ánimos.
—Está estable. Vamos a seguir. Esto es un partido, y sabemos que estos accidentes pueden pasar. Hay que ganar por Chase.
Pero nadie se siente convencido. Los rostros de mis compañeros reflejan preocupación, incertidumbre, miedo. Pero también determinación.
Quedan pocos minutos. Podemos hacerlo.
—Vamos a hacerlo —digo en voz baja, con la garganta tensa, intentando infundirles fuerza—. Por él. Porque ahora, más que nunca, tenemos que ser fuertes. Por Chase, por nosotros, por el equipo.
El peso del partido ya no es solo ganar. Es hacerlo por quien no puede estar aquí con nosotros ahora.
El reloj avanza y cada segundo es una eternidad. La herida que ha dejado la caída de Chase aún arde en nuestro pecho, pero en lugar de derrumbarnos, hemos tomado esa tristeza y la hemos convertido en fuego.
La remontada comienza. Cada pase, cada bloqueo, cada jugada parece más intensa que nunca. El equipo está unido, más fuerte, como si tuviéramos a Chase con nosotros en cada movimiento. Yo siento esa fuerza en el corazón, y juego como nunca.
El público ruge, la adrenalina sube a niveles imposibles. Hacemos puntos, vamos recortando la diferencia poco a poco, y entonces, el pitido del silbato que señala el final nos frena en seco. Miramos el marcador y estamos arriba por un solo punto.
El estadio explota. El griterío es ensordecedor, las luces brillan como mil estrellas, el confeti cae como una lluvia sobre nosotros.
Los compañeros me rodean, me levantan en el aire como a un rey. Sus voces se entremezclan con los vítores de la multitud. En ese momento, siento que todo el dolor, la incertidumbre y las dudas se desvanecen.