25 #2
Está ahí, junto a Savannah, en una zona privilegiada de la grada.
Las dos están hablando, y aunque la cámara apenas se queda unos segundos en ellas, para mí el tiempo se detiene.
El sonido de las voces en el vestuario se apaga, y lo único que siento es cómo se me descompone el cuerpo.
El estómago se me encoge, el corazón me da un golpe seco en el pecho.
No esperaba verla. No estaba preparado para verla.
Y, sin embargo, que esté ahí, tan cerca, tan real…
me golpea como un casco directo a las costillas.
Sé que la voy a tener delante de mis ojos todo el partido, y aun así no ha sido capaz de decirme una palabra en todas estas semanas.
La herida sigue abierta, y duele más de lo que puedo aguantar.
Chase se da cuenta al instante. Observa mi rostro, ve esa tensión que intento ocultar y se acerca sin decir nada al principio, apoyándome una mano en el hombro. Puedo notar que me lee como un libro abierto.
—¿Qué pasa, tío? —me pregunta en voz baja.
Le confieso, sin poder ocultar lo mal que me siento, que no tengo ganas de salir al campo.
Que me comen las dudas, que no sé si tengo fuerzas para jugar.
Que esta situación me está consumiendo y que me cuesta respirar solo de pensar en tener que enfrentarlo con ella ahí, mirándome sin dirigirme ni una palabra.
Chase no tarda en tomar el mando. Sabe que soy un cabezota, que necesito que me saquen del agujero en el que estoy metido, y no pierde tiempo—.
Tienes que salir —me dice, firme—. Eso es lo que vamos a hacer, ¿vale?
No puedes dejar que esto te paralice. Juegas por el equipo, por ti, por todo lo que has luchado.
Y voy a estar contigo todo el partido, no te voy a soltar ni un segundo.
Me muestra esa confianza inquebrantable que solo él sabe dar, y aunque una parte de mí quiere hundirse, otra se aferra a esa fuerza que me transmite.
Entonces saca el móvil y marca el número de Savannah.
Le explica con rapidez la situación, sin entrar en detalles, pero dejando claro que no voy a jugar si Gia no se enfrenta a mí para hablar y cerrar todo lo pendiente.
Que necesito esa conversación para poder estar ahí de verdad, para poder darlo todo en el campo sin esa carga encima.
Después de unos minutos de tensión, la llamada termina con una noticia que me sacude por dentro: Gia ha aceptado hablar conmigo.
Un amasijo de alivio y nervios se instala en mi pecho. Sé que ese momento va a ser decisivo, que marcará un antes y un después, pero también sé que sin esa charla no puedo seguir adelante.
Chase sonríe con complicidad y me aprieta el hombro.
—Tranquilo, tío. Lo vas a hacer bien. Vamos a salir de esto juntos.
Respiro hondo y me preparo para enfrentar lo que venga.
Voy a los pasillos del vestuario, justo antes de salir al campo, y la veo. Está ahí, a unos pasos, y me quedo paralizado por un instante. Nos miramos, y en sus ojos encuentro esa chispa que hizo que me enamorara, esa luz que nunca se apagó del todo, aunque yo haya intentado negarlo.
Se ha puesto la camiseta de los Titans que le di, con el número ocho y mi apellido en la espalda. Le está un poco grande, como si la hubiera envuelto en un abrazo invisible. La combina con unos vaqueros anchos que le quedan perfectos, que marcan sus curvas y me vuelven a dejar sin aliento.
Lleva el pelo suelto y se desliza en ondas suaves sobre sus hombros, libre. Hay algo en esa manera tan natural de peinarse que me atrapa, como si todo lo que necesitamos decir estuviera en ese simple gesto.
Nos contemplamos con cariño, sin prisa, y el tiempo parece detenerse para nosotros en este pasillo lleno de nervios y expectación. Ahora mismo, no hay rencores ni dudas, lo único que existe es ese silencio cálido que habla de lo que aún queda por sanar.
No digo nada, me limito a disfrutar viéndola así, tan cerca, y me guardo en el pecho este momento, esperando que sea el primero de muchos.
Decido romper el silencio con la voz apagada, intentando contener el nudo que me aprieta la garganta.
—Gia… lo siento de verdad. —Respiro hondo—.
Todo esto… todo lo que pasó con la apuesta, cómo lo viví…
fue un infierno para mí. No sabía cómo decírtelo.
Tenía miedo, vergüenza, y sobre todo, ese temor a perderte si lo hacía.
—Las lágrimas me queman en los ojos y no puedo evitar que se escapen—. Lo hice todo mal, y lo sé.
Tiene los ojos vidriosos, como si mis palabras también le hicieran daño.
—Xander…, yo también lo siento —me dice con voz quebrada—.
No supe cómo explicarte que yo tampoco estaba bien.
Y cuando por fin llegué a un punto en que podría haber hablado contigo, tenía miedo…
Miedo de que ya no quisieras nada conmigo.
Porque te veía tan bien, tan fuerte sin mí…
Pensaba que me habías olvidado, que habías seguido adelante.
Suspiro como queriendo sacar todo el peso que llevo dentro, y empiezo a hablar con la voz un poco más firme, tratando de que entienda mi verdad.
—Gia, quiero que sepas que yo no he estado bien desde que todo esto terminó.
—Mis ojos buscan los suyos, intentando que capte cada palabra—.
Siempre, cada día, he esperado ese mensaje tuyo.
Lo que escribí en la carta… no fue solo un impulso del momento.
Es lo que sentía en lo más profundo y lo que sigo sintiendo hoy.
—Hago una pausa, y siento cómo la emoción vuelve a nublarme la vista, pero continúo—: No te he olvidado ni un segundo.
Pero necesito que tú zanjes todo esto, que me digas claramente si quieres estar conmigo o no.
Porque eso es lo que me hace falta para poder seguir con mi vida, para no quedarme atrapado en esta incertidumbre que me consume.
—Me tiembla la voz—. No puedo vivir así, con la esperanza y el miedo a la vez.
Si decides que no hay nada para nosotros, lo entenderé, y cerraré esa puerta.
Pero tienes que ser tú quien me lo diga.
—Escudriño su rostro, buscando alguna señal, cualquier cosa que me diga si me entiende o no, mientras el silencio se hace pesado entre nosotros.
La veo negar con la cabeza—. Gia… —interrumpo sus pensamientos, con la voz un poco más firme—, nunca he dejado de esperarte.
Cada día que pasaba pensaba en algún mensaje tuyo, en escuchar tu voz, en saber que podíamos arreglarlo.
Pero también entendí que si no venías a buscarme, quizás ya habías cerrado esa puerta.
—Me detengo un instante—. No te culpo por estar asustada, yo también lo estoy, aunque mi miedo es que nos dejemos ir para siempre.
Ella baja la cabeza y creo que intenta esconder el dolor que siente.
—Me costó confiar, Xander. —Levanta la vista y me enfrenta con valentía—.
En ti confié ciegamente, y que todo empezara con una mentira me rompió por dentro.
No fue la apuesta, fue todo lo que vino después.
Sentí que jugaste con esos miedos que un día te conté, con lo que yo había construido para protegerme.
—Gia me observa, y solo veo dudas en su expresión—.
No sé si puedo… No sé si puedo volver a creer en ti después de todo esto —suspira, y susurra—: Tengo pánico de que me hagas daño otra vez.
—Gia, yo sigo queriendo una vida contigo. —Mis palabras salen con fuerza, como si al decirlo pudiera hacer que fuera verdad para los dos—. No la cambiaría por nada ni por nadie. No puedo imaginar un futuro sin ti, porque te necesito. Más de lo que crees.
Veo en sus ojos dolor, pero también comprensión. Entonces toma aire y me dice con voz temblorosa:
—Xander, yo siento lo mismo, de verdad. —Sus palabras llegan como un murmullo—.
Te he echado mucho de menos…, pero no puedo evitar tener miedo.
Miedo a no saber si voy a poder confiar en ti.
De no saber si de verdad puedo creerte. — Hago una mueca, porque sé que tiene razón.
Pero sigue hablando—. Sabes por todo lo que he pasado, lo que he vivido y lo que no me he atrevido a sentir nunca, y aun así tú jugaste con todo eso.
Me costó mucho involucrarme en lo nuestro, volver a tener fe en alguien, y tú eras mi luz.
Eras ese alguien por quién lo daría todo.
—La veo luchar contra sus lágrimas—. Y ahora resulta que nuestra relación no empezó como siempre he creído.
Empezó como un juego en el que nunca quise ser partícipe.
Su confesión pesa en el aire, y siento que esta conversación, aunque es dura, es lo que ambos necesitábamos para empezar a entendernos de verdad.
—Gia, haría lo que fuera para que esa confianza vuelva —le digo, mirándola a los ojos, con sinceridad y un nudo en la garganta—.
Sé que fue un error enorme, y te pido que confíes en mí de nuevo.
Porque te amo, muchísimo. —Ella duda, como si estuviera tratando de decidirse en apenas unos segundos.
Lo veo en su rostro: quiere creerme, pero el miedo la frena.
Entonces le digo, con toda la convicción de la que soy capaz—: Estoy dispuesto a todo por ti.
A cambiar, a luchar, a esperar… lo que haga falta. Eres lo único que me importa, Gia.
Me mira fijamente, con una mezcla de inquietud y desafío. Entonces me responde, casi para sí misma.
—De acuerdo. Si de verdad me amas, pierde este partido.
Me quedo en shock . No sé si es una broma, un reto, o qué espera que haga. Pero entonces recuerdo lo que acabo de decirle: que ella es lo único que me importa. Que todo lo que he hecho y he pensado esta temporada, aunque me haya centrado en el fútbol, no tiene sentido sin ella.
Así que asiento, con firmeza, sin pensarlo demasiado.
—Vale. Por ti, lo haré.
Aunque no tengo muy claro cómo.
El silbato suena y empieza el partido.