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X ander
El día de la final amanece como cualquier otro, pero a mí el peso en el pecho me delata.
La rutina es la misma: desayuno ligero, entrenamiento suave, revisión con el fisioterapeuta…
, pero todo tiene un sabor distinto. En las últimas semanas, el fútbol ha sido mi único refugio.
La única forma de silenciar la voz que cada noche me recuerda a Gia.
Desde que ella se fue, me sumergí en los entrenamientos como si el próximo partido fuera cuestión de vida o muerte.
Me levantaba, entrenaba, revisaba jugadas, comía, volvía a entrenar y luego dormía… O al menos lo intentaba. Porque las noches han sido lo peor. Ahí no había cascos ni balones que me protegieran de los recuerdos.
Me he acostumbrado a ver el apartamento como un simple lugar donde aparcar el cuerpo.
La cama me parecía más grande, el sofá más vacío, la cocina más silenciosa.
Las tazas de café que antes dejaba a medias con Gia ahora quedaban intactas sobre la encimera, y el eco del lugar me recordaba que nadie iba a aparecer para decirme que estaba siendo un gruñón.
No me permití buscarla ni escribirle. No porque no quisiera, sino porque me prometí darle el espacio que me pidió. Y porque me he convencido de que ella ya ha pasado página y no me necesita en su vida.
En el campo, en cambio, no había dudas. Ahí sabía quién era, qué hacer y cómo ganar.
Y eso me mantuvo a flote. El equipo no ha perdido ni un solo partido desde que Gia me dejó, y aunque todos lo celebraban como un logro, para mí no era más que una prueba de que todavía quedaba algo que podía controlar.
No hubo días libres, no hubo risas fáciles. Mis compañeros notaron el cambio, pero nadie dijo nada; quizás porque, en el campo, estaba más letal que nunca.
Cada pase, cada jugada, cada touchdown … eran una manera de no pensar en el vacío que sentía cuando volvía a casa. Y aun así, en los momentos más tranquilos, cuando me quedaba solo en el vestuario o bajo la ducha, la realidad volvía a golpearme: la quiero y la he perdido.
A veces la veía por los pasillos, de camino a alguna reunión o saliendo del comedor.
Y en esos segundos, lo único que quería era acortar la distancia, tomarla entre mis brazos y besarla hasta que todo volviera a ser como antes.
Pero nunca lo hice. Porque si ella quisiera hablar conmigo, ya lo habría hecho.
Siempre he estado esperando un mensaje suyo. Revisaba el móvil más veces de las que estoy dispuesto a admitir, buscando su nombre en la pantalla. Y cada vez que no aparecía, esa pequeña esperanza se apagaba un poco más.
Y por eso decidí aferrarme al fútbol. Me dije que, si no podía arreglar lo de Gia, al menos podría terminar la temporada con el equipo en lo más alto. Y ahora, en el día de la final, todo ese esfuerzo, todas esas horas, todo ese dolor contenido, tienen que transformarse en una sola cosa: ganar.
Por más que he intentado no pensarlo, ya he aceptado que Gia no va a estar en las gradas esta noche.
No la culpo; después de todo, yo mismo he destrozado cualquier motivo que pudiera tener para apoyarme.
Y aunque una parte de mí sigue esperando verla aparecer entre la multitud, sé que lo más sano es no alimentar esa esperanza.
Una vez pase el partido, me centraré en cerrar esta etapa, en dejarla tranquila y en desearle que encuentre la felicidad, aunque no sea conmigo.
Y cómo no, Chase ha sido un pilar fundamental todo este tiempo. No lo digo en voz alta, pero le debo mucho.
Cuando me veía demasiado callado en el vestuario, aparecía con dos cafés y un «Vamos a practicar unas jugadas» como excusa para sacar todo lo malo de mi cabeza.
Cuando me encerraba en casa, él se presentaba con una pizza y la Play en la mano, diciendo que necesitaba un «entrenamiento ocular» en forma de videojuegos. Incluso me ha acompañado a entrenar en días libres para que no estuviera solo.
Si no fuera por él, quizá habría terminado hundido de verdad.
El timbre suena y tengo claro quién es.
Chase aparece en mi puerta a media mañana, sin avisar, como siempre. No necesita hacerlo; a estas alturas ya sabe que no me molesta. Lleva dos cafés en una mano y una bolsa de papel en la otra.
—Nuestro ritual —dice con una sonrisa amplia, como si no tuviéramos encima el peso de todo el año.
Lo dejo pasar y cierra la puerta con el pie. El olor del café se mezcla con el del ambientador a madera que siempre pongo en casa. Deja las cosas sobre la mesa y se sienta, como en su propio salón.
—Barritas energéticas —anuncia; las saca de la bolsa y empuja una hacia mí.
Esto lo hemos hecho tantas veces que casi es automático: comer la misma barrita, beber café y hablar de cualquier tontería antes de que el día se vuelva un caos.
Me gusta que sea así, porque me recuerda que no todo cambia, incluso cuando parece que el mundo se está derrumbando—.
Listo para ganar, ¿no? —me pregunta, dándome un empujón en el hombro.
—Siempre —respondo, y le choco el puño.
Nos quedamos un rato hablando de jugadas, de cómo Los Angeles Thunderhawks está fuerte, pero no tanto como creen, y de cómo el vestuario está más unido que nunca. Chase tiene esa forma de contagiar energía que no sé de dónde la saca.
Entonces, de pronto, lo suelta.
—Savannah va a venir esta noche. —Lo dice como quien anuncia que ha salido el sol después de semanas de lluvia. Le brillan los ojos—. Y… después del partido, voy a pedirle que se venga a vivir conmigo.
Me río, genuinamente contento por él.
—Te va a decir que sí —le aseguro—. Y si no lo hace, ya me encargo yo de convencerla.
Se ríe, pero yo me quedo en silencio un momento más de lo necesario. Si Savannah va a ir… puede que Gia también. No digo nada, pero la idea se clava en mi cabeza como una aguja fina. Una pequeña chispa de esperanza se instala en mi pecho, traicionera. No quiero alimentarla. No puedo.
Porque si la veo ahí, en las gradas, y resulta que ya ha pasado página… me va a hacer más daño que cualquier golpe en el campo. Más que cualquier derrota.
Chase sigue hablando de que lo tiene todo planeado, de que va a preparar la cena perfecta y de que incluso ha buscado pisos más grandes «por si acaso».
Yo lo escucho, lo animo, pero en el fondo estoy luchando contra esa imagen que me acaba de saltar: Gia, con su melena suelta, mirándome desde las gradas, no sé si con odio… o con algo más.
Cuando por fin estamos listos y hemos repasado mentalmente todo lo que necesitamos para el día, Chase y yo salimos juntos rumbo al centro de entrenamiento del equipo.
El ambiente ya es distinto. No hablamos demasiado, como si ambos supiéramos que cualquier palabra de más podría romper la concentración que hemos construido desde esta mañana.
En cuanto llegamos a nuestras oficinas, el bullicio del resto de los compañeros nos envuelve.
Técnicos, preparadores y jugadores se mueven con prisa, pero también con un orden extraño, el que solo aparece en los días grandes.
Allí nos reunimos todos, esperando a que llegue el autobús que nos llevará directamente al estadio.
Fuera ya se han congregado algunos fans, agitando banderas y carteles, gritando nuestros nombres para que los oigamos a través de las paredes.
Cuando el autobús llega por fin, subimos en silencio.
El trayecto no es largo, pero se me hace eterno.
Miro por la ventanilla y las calles se deslizan ante mis ojos; en pocas horas todo lo que hemos trabajado esta temporada se decidirá en sesenta minutos de juego.
Nadie dice demasiado, solo se escuchan algunos cascos de música y el golpeteo nervioso de pies contra el suelo.
Al bajar, el ambiente del estadio nos golpea con fuerza. El sonido de los fans, el olor a césped recién cortado… Vamos directos al vestuario, y una vez allí, me quito la sudadera y me planto en el centro de la sala. Todos me prestan atención. Como capitán, este es mi momento.
—Escuchadme —empiezo, con la voz firme y grave—.
Hoy no jugamos un partido cualquiera. Hoy jugamos por todo lo que hemos sacrificado.
Por cada madrugada de entrenamientos, por cada golpe que nos dejó sin aliento, por cada vez que dudamos de si valía la pena…
y decidimos seguir. —Me paseo frente a ellos despacio, mirándolos uno por uno a los ojos—.
Ahí fuera, Los Angeles va a venir con todo.
Van a intentar rompernos, física y mentalmente.
Pero no pueden ganar algo que no les pertenece.
Esta final es nuestra. No porque tengamos más talento, sino porque somos como una familia.
Y nadie… —hago una pausa para que el silencio pese— nadie rompe una familia.
—Se iluminan los rostros, se aprietan los puños—.
Esta noche salimos a ganar. No para las cámaras, no para los periódicos.
Ni siquiera para la gente de ahí fuera. Ganamos para nosotros.
Para el hermano que tienes al lado. Para que, cuando el reloj llegue al final de la cuenta atrás decir con orgullo que lo dimos todo y lo conseguimos.
Un rugido colectivo estalla en el vestuario. Chase grita mi nombre, otros golpean las taquillas, y el eco retumba como un latido que nos une a todos.
Es nuestra noche.
Estamos en el vestuario, ajustando protecciones, revisando cascos, ultimando cualquier detalle antes de salir. El murmullo del equipo es bajo, pero está cargado de energía. Algunos se colocan las cintas en las muñecas, otros repasan jugadas en voz baja.
Mis ojos se desvían a la televisión que hay en la esquina, la que transmite en directo la previa del partido.
El ambiente en el estadio es una locura.
La gente entra en masa, con camisetas de los Titans, pintados de azul y blanco, agitando banderas como si ya hubiéramos ganado.
Los comentaristas hablan con entusiasmo y la cámara recorre las gradas, captando sonrisas, abrazos, vasos de cerveza levantándose en el aire.
De pronto, la imagen la muestra.
Gia.