La última apuesta 24
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Han pasado ya varias semanas desde que Xander y yo dejamos de estar juntos. El tiempo no ha sido amable conmigo, pero tampoco me ha destrozado del todo.

Al principio, cada día parecía un recordatorio cruel de lo que habíamos tenido y de lo rápido que se había perdido. Ahora, el dolor sigue ahí, aunque más silencioso…, como una herida que empieza a cicatrizar, pero que aún escuece si la tocas.

Las mañanas ya no suenan igual. Antes, cuando despertaba, casi podía sentir la presencia de Xander en la habitación, el roce de su piel, el sonido sordo de su respiración acompasada.

Ahora, el silencio es tan pesado que parece llenar cada rincón, como si el eco de su ausencia se hubiese instalado aquí para quedarse.

Salgo de la cama y me sorprendo a mí misma esperando, aunque sea un instante, que me diga algo desde la cocina o que aparezca detrás de mí para robarme un beso rápido. Pero no. Solo está Cronos, que con suerte consigue arrancarme una sonrisa.

Paseo por el apartamento, y todo me recuerda a él.

La camiseta que dejó colgada en el respaldo de la silla, la taza de café que ya no uso, el rincón donde solíamos planear las próximas semanas juntos, ahora vacío y frío.

Cada pequeña rutina que antes com partíamos se ha convertido en un fantasma que ronda en mi día a día.

El sonido del móvil, que antes era motivo de alegría porque significaba que él llamaba o enviaba un mensaje, ahora se ha vuelto una fuente de ansiedad.

Me sorprendo más de una vez mirando la pantalla, esperando algo que no llega.

Y cuando el silencio vuelve a imponerse, una sombra se extiende por mi pecho.

Intento llenar esos huecos con trabajo, con libros, con planes, con cualquier cosa que me distraiga, pero cuando la noche cae la soledad se vuelve insoportable. Me siento como una pieza incompleta, como un reflejo roto en mil pedazos que no encajan.

Sé que Xander ha estado ocupado con los partidos. No he buscado muchas noticias de él, pero es imposible no ver los titulares o escuchar a la gente.

Desde su regreso, no han perdido ni un encuentro. Lo veo en fotos con esa determinación grabada en el rostro, liderando al equipo como siempre, y aunque no nos hablemos, no puedo evitar sentirme orgullosa. Me alegra que esté encontrando su camino, incluso si ya no estoy con él.

Yo, por mi parte, he seguido en el trabajo como de costumbre.

Mi rutina es mi escudo. Cada mañana llego puntual, preparo el día para los Titans y me sumerjo en listas, agendas y llamadas.

Todo ha ido sobre ruedas, sin contratiempos, como si mi vida profesional hubiera decidido compensar el desastre emocional.

A veces, en los silencios entre reuniones, mi mente se pregunta si él piensa en mí. Pero enseguida me obligo a volver a la realidad. La distancia ha sido mi decisión, y por mucho que me duela, sé que era lo correcto… O al menos, eso quiero creer.

Últimamente, me descubro teniendo conversaciones enteras con él en mi cabeza.

Pienso en lo que le diría si lo tuviera delante… Si me atrevería a preguntarle cómo está, si está durmiendo bien, si sigue desayunando lo mismo antes de cada partido. Pero luego me topo con alguna entrevista suya o con una foto de él entrenando, serio, enfocado, y me convenzo de que está mejor así.

No sé si es orgullo o miedo, pero me paraliza la idea de irrumpir en su vida justo ahora, cuando todo parece que le va bien.

No han perdido ni un partido desde… desde lo nuestro, y me gusta pensar que eso es porque tiene la cabeza despejada, sin distracciones.

No quiero ser yo quién altere ese equilibrio.

A veces, por las noches, mi dedo se queda suspendido sobre su nombre en el móvil. Sería tan fácil escribir «Hola» y enviarlo. Tan fácil… y tan imposible a la vez. Porque si él ya ha pasado página, si para él lo nuestro ya ha quedado atrás, entonces ¿qué sentido tendría removerlo?

Tal vez, cuando termine la temporada. Tal vez, si el último partido va bien. Tal vez, si todavía me queda algo de valor para decirle lo que de verdad siento.

Antes de que pudiera asimilarlo, llegó Acción de Gracias.

Fue raro no pasarlo con Xander, no escuchar sus bromas o ver cómo terminaba robándome el último trozo de pastel.

En su lugar, pasé el día con Savannah. Preparó una cena sencilla, pero perfecta: pavo, puré de patatas y ese pastel de calabaza que siempre dice que «no le sale tan bien como a su abuela» aunque está delicioso.

Cronos estuvo revoloteando por la casa, feliz de recibir trozo de pavo cada vez que una de las dos cedía a sus ojitos suplicantes.

Después de cenar, arrastramos mantas hasta el sofá y pusimos maratón de películas de Harry Potter, una tras otra, como si volviéramos a ser adolescentes sin nada más que hacer.

Entre risas y frases que nos sabemos de memoria, me di cuenta de que hacía tiempo que no me sentía así de cómoda, aunque en el fondo… siempre me faltaba algo.

Savannah me contó que las cosas con Chase iban cada vez mejor. Le brillaban los ojos cuando hablaba de él, y no pude evitar sonreír. Es feliz, y eso me alegra más de lo que puedo explicar. Se lo merece. Savannah y Chase parecen caminar en otra dimensión, una que todavía está fuera de mi alcance.

Me contó cómo Chase ha aprendido a cocinar, cómo intenta sorprenderla con platos que le salen más o menos, pero que siem pre terminan siendo perfectos porque los hacen juntos.

Cómo, entre risas, ella lo corrige y él acepta la broma, sin perder la paciencia.

Son detalles simples, cotidianos, pero llenos de vida y de una complicidad que todavía no sé si podré recuperar algún día.

Mientras Sav hablaba, yo me di cuenta de lo lejos que estoy de ese lugar.

Mi mundo está lleno de ausencias, de silencios, de recuerdos que pesan más que las promesas rotas.

Pero también me alegra por ella. Verla feliz, verlos a los dos avanzar, me recuerda que el tiempo puede curarlo todo, que las heridas se pueden cerrar, y que hay esperanza, aunque ahora no la sienta.

Es un contraste extraño: la vida de Savannah y Chase avanzando con paso firme, mientras que yo me siento atrapada en un limbo, donde cada día es una lucha para no naufragar en la nostalgia.

Pero no puedo negar que su felicidad me reconforta, que me da ganas de creer que, a pesar del dolor, también yo puedo salir adelante.

Los días se han ido deslizando como hojas que caen en silencio, una detrás de otra.

El otoño se ha convertido en invierno y este ha traído un frío cortante y la cuenta regresiva para el último partido.

En el trabajo, todo ha ido como siempre; Marcus ha estado demasiado ocupado con reuniones y viajes como para molestarme, y yo me he mantenido concentrada, evitando cualquier distracción que me saque del carril.

Ahora faltan pocos días para la final. La ciudad entera parece vibrar con esa expectativa, y yo me debato entre la emoción y la incertidumbre.

No sé si este partido traerá respuestas, o si será simplemente un nuevo capítulo que viviré como espectadora.

Será el último encuentro, en el que se decide todo.

Cada vez que pienso en ello, siento un nudo extraño en el estómago.

No sé si debería ir. Parte de mí quiere estar allí, aunque sea como una más entre la multitud, pero la otra parte teme que mi presencia signifique algo que él ya no quiere.

Tal vez aparecer sería invadir un lugar del que me aparté por decisión propia.

Y así vacilo entre la tentación de verlo una última vez y el miedo de que, para él, ya no signifique nada.

¡ Ah! Y a eso hay que añadir el día de Navidad, que se asoma en el calendario como una fecha extraña este año.

No tengo planes… y tampoco ganas de hacerlos.

Tal vez sea porque cualquier cosa parece distinta sin él, aunque intente no pensar en Xander.

Me repito que voy a pasarla tranquila, sin complicaciones, solo Cronitos y yo.

Ya lo veo: cenaremos los dos —él con su platito especial y yo con algo que no requiera mucho esfuerzo— y luego nos acurrucaremos en el sofá a ver películas navideñas con una manta encima y chocolate caliente. Nada de grandes fiestas, nada de ruido. Solo calma.

El aroma a algo recién horneado y a café tostado llena el pequeño local cuando Savannah y yo nos acomodamos en una mesa junto a la ventana.

Fuera, el cielo gris amenaza con soltar una llovizna en cualquier momento, y las luces cálidas del interior hacen que todo parezca más acogedor.

Pedimos unos sándwiches y unas sopas calientes, perfectos para combatir el frío.

—Dios, esto huele increíble —murmura Savannah; se quita el abrigo y lo deja en el respaldo de la silla.

Yo asiento, removiendo distraída la sopa que tengo delante.

No puedo evitar que mi mirada se pierda unos segundos hacia la calle para ver a la gente pasar, cada uno con su mundo, con su rumbo claro.

Ojalá yo tuviera el mío tan definido—. Te noto pensativa —dice ella, con ese tono suave que siempre usa cuando quiere sacarme algo.

—No es nada… —miento, aunque sé que no va a tragarse la excusa.

—¿Seguro? Porque… —sonríe con picardía— la final es este fin de semana.

Ahí es donde sé que ya no hay escapatoria para la conversación que estaba evitando.

—¿Entonces, lo has pensado ya? —Savannah me observa por encima de su taza de café, con esa mezcla de insistencia y paciencia que solo ella sabe manejar.

—¿El qué? —finjo despiste, aunque las dos sabemos que no estoy hablando de otra cosa que no sea ese partido.

—Gia… —suspira, apoyando el codo en la mesa—. Vas a ir, ¿verdad?

Me muerdo el labio, jugando con la cucharilla.

—No lo sé. No quiero… No sé…, no quiero incomodar.

—Por favor, ¿tú crees que él se sentiría incómodo si estuvieras allí? —Enarca una ceja—. Además tú no irías por él, irías porque es tu equipo, y porque sé que en el fondo quieres verlo jugar.

Por más que intente negarlo, tiene razón. Siento cómo algo en mi pecho se agita solo de pensarlo.

—Vale. —Respiro hondo—. Iré. Pero quiero pasar desapercibida. Nada de palco ni zonas especiales. Gradas normales, como una fan cualquiera.

Savannah sonríe, satisfecha.

—Perfecto. Nos sentamos juntas y gritamos como si nos fuera la vida en ello.

Asiento, aunque hay algo que todavía me hace dudar.

—No sé si ponerme la camiseta…

—¿La del número 8? —me interrumpe, con esa sonrisita de «no puedes engañarme».

Me encojo de hombros.

—Es la única que tengo del equipo… No sé si sería una buena idea.

—O tal vez sea la mejor idea —sentencia ella.

No respondo, pero ya me imagino de pie frente al armario, sosteniendo esa camiseta en las manos, sintiendo todo el peso de lo que significa.

Al final, mientras le doy el último sorbo al té, ya no puedo negarlo ni ante mí misma: voy a ir.

No sé cómo me voy a sentir, ni qué pasará si lo veo, pero sé que necesito estar ahí.

No por él… o quizá un poco, pero sobre todo por el equipo.

Han trabajado toda la temporada para llegar a ese momento y no quiero esconderme más.

Pienso en la grada, en el rugido de la gente, en la tensión del último cuarto.

Me imagino mordiéndome las uñas, con Savannah a mi lado, intentando pasar desapercibida pero sintiendo cada jugada como si fuera la última.

Y, aunque no lo quiera ad mitir, hay una parte de mí que está… ilusionada. Más de lo que pensaba.

Los días que quedan hasta el partido se siente como una cuenta atrás. Por primera vez en semanas, tengo algo que esperar con un cosquilleo en el estómago.

Mañana es la gran noche. Estoy en casa y me acomodo en el sofá con una manta. Cronos salta encima de mí, se acurruca contra mi pecho y ronronea tan fuerte que parece un motorcito. Lo acaricio detrás de las orejas y sonrío.

—Vamos a ir al partido, peque —susurro, como si él entendiera algo—. Pero no se lo digas a nadie.

Cronos me mira con esos ojos dorados que parecen saberlo todo, y yo cierro los míos, dejando que el ronroneo me arrolle.