23 #2
—Tienes toda la razón. Te falló. Y eso hace daño, Gia. Pero también te puedo asegurar que a él lo lastimó más de lo que imaginas. Que luchó con sus sentimientos, con lo que quería ser y lo que hizo.
Por un momento, siento un brillo tenue de esperanza, como un rayo de sol atravesando la tormenta.
—Quizá no lo hizo a propósito —murmuro—.
Pero sigue siendo el culpable de mi angustia.
—Me detengo y lo miro fijamente, con lágrimas que amenazan con salir, mezcla de rabia y tristeza—.
Gracias, Chase —digo finalmente—. Por estar aquí.
Por no dejarme sola en esto. —Chase me abraza con suavidad, un gesto que me reconforta más de lo que puedo expresar—.
Tampoco lo dejes solo a él. Cuídalo, Chase —le digo, y me alejo hacia mi coche.
Sé que el camino será largo y que, aunque Chase me haya dado algo de luz, la herida sigue abierta.
Y que, por ahora, tengo que aprender a vivir con ese dolor.
La tarde cae suave a través de las cortinas mientras estoy sentada en el sofá, envuelta en una manta, tratando de mantener mi mente ocupada, pero las horas se arrastran, pesadas.
El sonido repentino del timbre rompe el silencio y, al abrir la puerta, veo a Savannah con una pequeña bolsa y a Cronos junto a ella, tranquilo, sin transportín, con su arnés y su correa.
—Aquí está —dice Sav con una sonrisa cálida—. El señorito no quiso ni oír hablar del transportín.
Cronos se lanza directo a mis brazos, como si supiera que necesita consuelo, que aquí está su lugar seguro.
Lo abrazo fuerte, cierro los ojos y asoman las lágrimas. Recuerdo los días felices, cuando Xander y yo reíamos juntos en este mismo sofá, cuando Cronos corría entre nosotros, y todo parecía encajar sin fisuras.
Pero ahora, el eco de esos momentos me golpea con fuerza. La casa está llena de recuerdos y de ausencias, y aunque Cronos este aquí, el vacío que ha dejado Xander sigue presente.
Cronos me mira con esos ojos llenos de confianza y amor incondicional.
Él no sabe de traiciones ni promesas rotas, pero sabe estar aquí, conmigo.
Suspiro profundamente y me tiro de nuevo en el sofá, con Cronos acurrucado a mi lado, intentando encontrar en su compañía la calma que el día me ha robado.
Savannah se sienta a mi lado en el sofá, con esa expresión de cariño y preocupación que siempre tiene cuando sabe que algo me ha hecho daño de verdad.
—Gia, ¿quieres hablar de ello? —pregunta con suavidad, sin presionarme, abriéndome una puerta.
Respiro hondo, sintiendo el nudo en la garganta.
—No sé ni por dónde empezar —confieso.
Le cuento todo lo que viví en la fiesta, lo que escuché sobre la apuesta y todo lo que yo creo que ha sido una mentira.
—Me duele tanto porque no es solo lo que hizo Xander, sino cómo me hizo sentir. Como si todo lo que tuvimos no significara nada para él.
Savannah asiente, sin interrumpir.
—Entiendo —dice—. La traición duele más cuando viene de alguien en quien confías, de alguien a quién amas.
—Exacto —suspiro—. Yo confié ciegamente, Savannah. Le abrí mi corazón sin reservas, y ahora siento que jugó con él y lo rompió en pedazos.
—Y lastima —continúa ella, apretando mi mano—. Porque él era tu mundo, tu seguridad. Cuando esa base se quiebra, todo parece tambalearse.
—Y lo peor —añado, con voz temblorosa— es que no sé si alguna vez podré volver a confiar en él. O en alguien.
Savannah me mira con ternura, sus ojos brillan con lágrimas contenidas.
—Eso también es normal, Gia. El tiempo y tu voluntad serán los que te ayuden a sanar esa herida. No hay prisa, ni fórmulas mágicas. Tú decides cuándo dar ese paso.
Me invade una mezcla de tristeza y alivio por tener a alguien que me entiende sin juzgar.
—Gracias por estar aquí —digo, con la voz rota—. A veces siento que nadie me comprende.
—No vas a estar sola en esto —responde ella, acercándose para abrazarme—. Cuando quieras hablar, llorar o simplemente estar en silencio, yo estaré ahí.
Dejo que me envuelva en un abrazo y, aunque el dolor sigue ahí, por primera vez desde aconche siento que puedo respirar un poco mejor.
Cuando Savannah finalmente se despide y cierra la puerta tras de sí, el silencio vuelve a inundar el apartamento, más pesado que antes.
El calor de su presencia y la comprensión en sus ojos se esfuman y, de repente, me siento más sola que nunca.
El vacío que había intentado llenar con palabras y compañía regresa con fuerza, recordándome lo mucho que echo de menos lo que he perdido.
Voy lentamente hacia la mesa del recibidor, donde están mis cosas junto con algunas que Savannah ha traído de casa de Xander. Entre ellas, sobresale un sobre con mi nombre escrito, con la letra inconfundible de él.
Lo tomo con manos temblorosas y me siento en el sofá, con el corazón latiendo rápido y con miedo a lo que pueda encontrar en su interior.
Despego la solapa con cuidado y despliego la hoja escrita a mano; y cada palabra parece tocar directamente el lugar donde más duele.
«Gia:
Sé que las palabras no son suficientes para reparar el daño que te he causado, pero necesito que sepas cuánto lo siento. No hay excusa que justifique haberte fallado ni ninguna disculpa que pueda borrar el dolor que te he provocado.
He cometido errores terribles, errores que me han alejado de ti y que me han hecho cuestionar todo lo que siento. Pero una cosa tengo clara: te amo, y ese amor es lo único que no ha cambiado.
Entiendo que ahora necesites espacio, que el tiempo sea lo único capaz de curar las heridas que te he infligido. Por eso, te prometo que respetaré cada segundo que necesites, sin presiones, sin prisas.
Estaré aquí, siempre, esperándote con el corazón abierto, dispuesto a demostrarte que puedo ser mejor, por ti y por lo que hemos construido juntos.
Tómate todo el tiempo que necesites, Gia. Yo estaré aquí, para cuando estés lista.
Con todo mi amor,
Xander».
Dejo caer la carta sobre mis piernas, con las lágrimas brotando de nuevo, pero esta vez con una leve esperanza.
Quizá, solo quizá, este tiempo separados sea el comienzo para encontrar un camino de regreso.
Tengo el papel todavía tibio entres mis manos, pero el peso que siento en el pecho parece un poco más liviano, como si esas palabras hubieran abierto una pequeña ventana en medio de la tormenta que me rodea.
Siento una mezcla extraña. La punzada del dolor por todo lo que pasó y la calma tímida de saber que Xander no me va a olvidar, que no ha renunciado, aunque ahora parezca imposible.
Mis ojos se llenan de lágrimas de nuevo, pero esta vez no son solo son de tristeza: son lágrimas que llevan un destello de esperanza, la esperanza de que el tiempo, ese enemigo y aliado a la vez, pueda sanar lo que está roto.
Me apoyo contra el respaldo del sofá, dejando que el silencio me envuelva, intentando ordenar mis pensamientos y sentimientos desbocados.
Pienso en todo lo que hemos vivido, en los momentos buenos y en los errores que nos han separado. Y aunque la traición es como un puñal clavado, algo en mi interior susurra que aún puede haber un camino, una oportunidad para reconstruirlo todo.
Pero también sé que ese camino será largo y que antes necesito sanar, necesito reencontrarme conmigo misma sin la sombra de su ausencia.
Por ahora, dejo que la carta repose en mi regazo, una promesa escrita que me acompaña en esta noche en vela, recordándome que, a pesar de todo, no estoy tan sola como me siento.
Han pasado varios días desde aquella noche en que leí la carta de Xander.
El trabajo se ha convertido en mi refugio y a la vez en una carga pesada que llevo cada día.
Paso horas en la oficina preparando la agenda para el equipo, organizando cada detalle para el próximo partido.
Me esfuerzo por mantener la concentración, pero a veces la mente me traiciona y los recuerdos irrumpen en medio de la rutina.
Evito deliberadamente cruzarme con Xander, aunque sé que es imposible no verlo.
Intento que la distancia física me ayude a sanar la emocional, pero la realidad es que me hace daño.
Mucho. Me he apoyado en Savannah más que nunca, y sus mensajes y llamadas son un ancla que me sostiene en los momentos de más debilidad.
Las noches siguen siendo difíciles. Duermo poco y mal, pero cada mañana me levanto y me obligo a ponerme en marcha, a fingir que todo está bien, aunque por dentro haya un huracán.
Y hoy, mientras la ciudad se prepara para el partido más importante desde la suspensión de Xander, estoy en mi casa, con Cronos a mi lado.
La televisión ilumina la habitación con la imagen del estadio y, al verlo aparecer a él en la pantalla, siento un batiburrillo de nervios, miedo y algo parecido a la esperanza.
El partido comienza y Xander juega con esa intensidad que conozco bien, esa pasión que lo define. A medida que avanzan los minutos, el equipo va tomando ventaja y la tensión en mi pecho se va suavizando.
Cuando suena el pitido final y celebran la victoria, una sonrisa se dibuja en mi rostro, pequeña pero sincera.
Aún me cuesta, aún lastima, pero, por un instante, permito que la alegría se asome.