La última apuesta 23
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Estoy en mi apartamento, metida en mi cama, pero no siento el calor de nada ni de nadie.

El silencio pesa más que cualquier ruido, más que cualquier compañía ausente.

No están Xander ni Cronos. No hay un abrazo que me rescate ni un ronroneo que calme el vacío.

Solo esta soledad que se enreda en mis huesos y me quiebra por dentro.

Cierro los ojos y me pregunto cómo el mundo puede seguir girando cuando yo me siento detenida, atrapada en un espacio donde nada tiene sentido.

El sueño me vence entre lágrimas, con el cuerpo pesado y el corazón encogido. Pero una pesadilla me arranca del sueño.

La pesadilla se despliega como un humo espeso en mi mente.

Estoy en un lugar oscuro, donde las sombras susurran mi nombre y cada paso que doy se hunde en un suelo que se quiebra bajo mis pies.

Veo a Xander, pero su rostro está distorsionado, como un reflejo roto en un espejo.

Me habla, pero sus palabras son cuchillos invisibles que se clavan en mi pecho.

Intento acercarme, pero él se aleja, se esfuma entre mis dedos, dejándome atrapada en esa oscuridad que crece y crece, hasta que siento que me ahogo.

El miedo y la tristeza me envuelven y no puedo gritar, no puedo moverme, solo puedo llorar en silencio mientras la oscuridad se cierra a mi alrededor.

Sudorosa, abro los ojos y busco la hora en mi móvil. 4:21.

Un mensaje de él ilumina la pantalla. Lo leo.

Xander: Siento haberte hecho daño.

No es un sueño. Lo que he sentido no era miedo, sino la amarga realidad. Xander dice que me ha hecho daño. Y yo, sin querer, me hago pequeña, deseando desaparecer dentro de mí misma para evitar el dolor.

La noche se estira, interminable, y no consigo pegar ojo ni un segundo más. Para mí el tiempo se ha detenido en un instante infinito.

El mensaje de Xander sigue ahí, y es como un faro doloroso en medio de la oscuridad que me envuelve.

Lo leo una y otra vez; quizá, si repito sus palabras, pueda entenderlas mejor, o convencerme de que todo esto no es real. Pero lo es.

Siento ese nudo en la garganta que se aprieta con fuerza, y una parte de mí se hace invisible, tratando de refugiarse de un dolor que no sabe cómo manejar.

Pero no puedo quedarme aquí, atrapada en esta noche sin fin, en esta mezcla de miedo y tristeza que me consume.

Las sombras de mi habitación parecen moverse con la misma inquietud que siento en el pecho.

Pienso en el trabajo. En la agenda que tengo que preparar para la próxima semana, en los compromisos que no puedo posponer, en las llamadas que debo hacer, en los informes que he de revisar.

Todo sigue adelante, aunque yo me sienta rota.

Y entonces llega la realidad que pesa más que cualquier sueño o pesadilla. Verlo, enfrentarlo, me va a hacer daño. Cada palabra, cada gesto, cada silencio compartido será un recordatorio de todo lo que hemos perdido y de lo que aún no entiendo del todo.

Pero tengo que seguir. Tengo que mantenerme firme, aunque por dentro sienta que me deshago.

Sé que no puedo responder a su mensaje ahora. No quiero fingir que estoy bien ni quiero abrir una puerta que aún no estoy lista para cruzar.

Porque escuchar sus palabras, oír su voz explicando lo que hizo, puede que añada más peso a este dolor que me estrangula.

Pero también sé que, en algún momento, cuando las heridas estén un poco menos frescas, cuando el fuego en mi pecho haya bajado un poco, podré abrir esa puerta. Podré escucharlo sin que me lastime tanto, sin que mi corazón se rompa en mil pedazos. Pero aún no es el momento.

Así que bloqueo el móvil y lo dejo a un lado, como si así pudiera alejar también ese dolor. Me abrazo a mí misma en la oscuridad, buscando un poco de consuelo en mi propio cuerpo, en mi propia piel.

Y aunque sé que en unas horas tendré que levantarme y seguir adelante, ahora mismo, vivo a mi manera esta madrugada interminable. Con el corazón hecho trizas y la esperanza de que, algún día, todo esto pueda tener sentido.

El reloj avanza implacable y, aunque la noche ha sido un tormento sin descanso, sé que ha llegado la hora de levantarme.

El sol comienza a filtrarse por las rendijas de la ventana, un recordatorio de que la vida no se detiene, aunque yo quisiera quedarme atrapada en el vacío de mi tristeza.

Me obligo a centrarme. Necesito recuperar el control, retomar las riendas de mi vida antes de que esta oscuridad me consuma por completo.

Con manos temblorosas, le escribo un mensaje a Savannah.

Gia: ¿Puedes pasarte por casa de Xander después para recoger algunas de mis cosas? Y, por supuesto, a Cronos. Luego te explico. Gracias.

La respuesta llega rápido, con esa calidez que me reconforta en medio del caos.

Savannah: Sí, claro. Me paso después del trabajo. Te quiero.

Respiro hondo y me siento en la cocina para desayunar, intentando que mi cuerpo reciba algo de energía.

El té caliente quema un poco, pero es un alivio pequeño y necesario. Me visto con cuidado, eligiendo ropa que me haga sentir fuerte, aunque por dentro esté temblando.

Frente al espejo, me esfuerzo por poner mi mejor cara, esa que oculta el torbellino de emociones que llevo dentro.

Hoy es un día para afrontar, para seguir adelante, para no dejar que el dolor me paralice.

Porque aunque todo se haya desmoronado, sé que aún queda camino por recorrer.

Me sumerjo en el día con una determinación férrea.

Nada más llegar al despacho, cierro la puerta y me instalo, dejando atrás las distracciones y la incertidumbre que me acechan desde anoche.

La mañana pasa volando entre papeles, correos electrónicos y llamadas que deben coordinarse para tenerlo todo listo antes del próximo partido.

La agenda se llena de detalles. Reuniones con el equipo médico, planificación de entrenamientos, revisiones logísticas.

Reviso y ajusto cada punto, consciente de que, aunque el partido esté a la vuelta de la esquina, debo estar preparada para cualquier eventualidad.

En un momento, levanto la vista y veo pasar al míster. Me levanto corriendo y lo llamo.

—Necesito hablar contigo un momento —le digo.

Él entra sin hacer preguntas, acostumbrado a que yo maneje cada situación con profesionalidad y claridad—.

En los próximos viajes —empiezo, con voz firme—, no podré acompañaros.

—Hay un silencio breve, pero comprensivo—.

Me encargaré de dejarlo todo pre parado —prosigo—.

Tendré el móvil activo en todo momento. Si me necesitáis, estaré disponible.

El míster asiente lentamente, sin cuestionarme.

—Entiendo, Gia. Sabes que confío en ti. Haz lo que necesites.

No hace falta decir más. Ambos sabemos que, a veces, la vida fuera del campo exige una cuota de sacrificio, y yo necesito ese tiempo para recomponerme, para encontrar la fuerza que me mantenga firme cuando vuelva a estar con el equipo.

Así que, durante toda la mañana, me concentro al máximo, metiendo cada dato, cada planificación, cada contacto en el sistema.

Es mi forma de seguir adelante, de demostrar, primero a mí misma, que aún tengo el control, aunque me duela el corazón.

Cuando el reloj marca las 14:00, me permito un breve respiro, consciente de que este día, por duro que sea, solo es un paso más en el camino hacia la reconstrucción.

Salgo de la oficina y lo único en lo que pienso es en volver a casa sin hablar con nadie.

Pero lo veo antes de que él me vea a mí, y en ese instante, todo el ruido del lugar parece desaparecer. Intento mantener la concentración y evitar que mi mirada se cruce con la de Xander, pero es imposible.

Sus ojos buscan los míos con una mezcla de dolor y arrepentimiento que me atraviesa.

En el aire flota todo lo que no se ha dicho, todo lo que quedó roto entre nosotros.

Veo su lucha interna, el peso de la culpa que lleva en sus hombros, pero también una vulnerabilidad que no había notado antes.

Mi pecho se aprieta y un nudo se forma en mi garganta. Quiero gritarle, preguntarle, sacarlo todo, pero el miedo y la tristeza me paralizan. Sé que no estoy preparada para eso.

Antes de que él pueda decir algo, giro lentamente sobre mis talones y me alejo; Xander se queda allí, congelado en ese momento suspendido. No necesito palabras ni explicaciones ahora mismo.

Me voy, con el corazón hecho pedazos, sin echar la vista atrás.

Salgo por la puerta con la intención de dejar pasar ese momento con él, de alejar ese peso que me aplasta el pecho.

Los pasillos del edificio están casi vacíos, y el eco de mis pasos me acompaña mientras voy hacia la salida.

Entonces, una voz familiar me llama desde atrás.

—Gia. —Me giro y veo a Chase acercándose, solo, con esa expresión que dice que sabe que algo no está bien.

No puedo evitar sentir una mezcla de alivio y recelo—.

¿Puedo acompañarte un momento? —me pregunta con suavidad.

Asiento sin decir palabra, y echamos a andar juntos hacia el aparcamiento.

Chase rompe el silencio con cuidado, consciente de que no hay prisa—.

Sé que esto es difícil para ti. Para los dos.

—Sus palabras abren una puerta que me obliga a escuchar, a enfrentar lo que he estado evitando—.

Xander no es el hombre perfecto que intenta aparentar y que todos creen que es —continúa—.

Pero lo que siente por ti es real. Más real de lo que imaginas.

—Lo miro a los ojos, buscando en ellos esa verdad que tanto anhelo, pero también temiendo lo que pueda descubrir—.

Sé lo que pasó con la apuesta —dice Chase, con una mezcla de tristeza y firmeza—.

Él nunca aceptó ese dinero, solo quería que lo supieras.

Sabía que estaba mal desde el principio.

No quería hacerte daño, aunque terminó haciéndotelo.

Siento un nudo en la garganta. Las piezas comienzan a encajar, pero el dolor no desaparece.

—No es excusa —respondo, con la voz quebrada—. Me mintió, me traicionó… Me ha tenido engañada todo este tiempo.

Chase asiente, entendiendo mi lucha interna.