La última apuesta 22
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X ander

La veo marcharse y siento que me arrancan algo de cuajo dentro de mí. No corro detrás de ella esta vez. No porque no quiera… , sino porque sé que ya no hay nada que pueda decir que no suene a excusa. Me quedo ahí, de pie, viendo cómo se pierde entre la gente. Impotente. Roto.

—Joder… —murmuro, llevándome las manos a la cara para intentar contener la rabia que me quema por dentro.

Una mano firme se apoya en mi hombro. Chase. No dice nada al principio. Solo está ahí. Y ese silencio pesa más que cualquier palabra.

—Tendrías que habérselo dicho desde el principio —suelta finalmente, sin rodeos.

—Lo sé. —Se me quiebra la voz y me hace daño tragar—. Debí haberte hecho caso, haberle dicho la verdad. Pero… no lo hice. Y ahora es demasiado tarde.

—¿Por qué no lo hiciste? —pregunta, sin juzgarme, queriendo entender.

Me paso las manos por el pelo, como si así pudiera aliviar la presión en mi cabeza.

—Porque soy un jodido cobarde. Porque pensé que, si le decía la verdad, me mandaría a la mierda antes de conocerme. Y, joder, Chase…, me gustaba demasiado como para arriesgarme a perderla antes de tiempo.

Chase suspira, mirándome como quien ve a un amigo hundirse.

—No creo que seas un cobarde, Xander. Simplemente no has sabido gestionar tus emociones. La has cagado, sí. Pero no fue por maldad. Fue miedo.

—Miedo que ha terminado llevándome al mismo puto sitio —le corto, con un amargo intento de risa—. La he perdido igual. Y ahora… ahora todo lo que vivimos es mentira para ella. ¿Y sabes qué? No puedo culparla.

Chase asiente despacio.

—No te voy a mentir, va a costar. Y probablemente tengas que comerte tu orgullo y hacer más de lo que nunca has hecho para que te escuche. Pero si la amas de verdad…, no puedes dejar que se acabe aquí.

—¿Y si no quiere escucharme? —pregunto, aunque ya sé la respuesta.

—Entonces al menos sabrás que lo has intentado. Pero si te quedas quieto, te vas a arrepentir el resto de tu vida.

Sus palabras me atraviesan porque tiene razón.

Pero ahora mismo… no tengo fuerzas. La imagen de Gia alejándose, sin volver la vista atrás ha quedado grabada en mi cabeza como una maldita fotografía que no puedo romper.

Y mientras la noche cae sobre nosotros, siento que algo dentro de mí se ha apagado, y tengo miedo de que no vuelva a encenderse.

—Me voy a casa —anuncio, con la voz ronca, sin apartar la vista del camino por donde Gia ha desaparecido.

Chase parece a punto de convencerme de que me quede, pero no lo hace.

—Xander…

—Lo siento —lo interrumpo—. Gracias por la fiesta, en serio…, pero ahora no puedo.

Me pasa una mano por el hombro, un gesto rápido, como si supiera que cualquier palabra de más me rompería más de lo que ya estoy.

—Te entiendo. Yo me encargo de despedirme por ti —responde.

Asiento, aunque en realidad no sé si le estoy agradeciendo eso o simplemente su silencio.

Echo a andar hacia el coche, sintiendo el peso de toneladas de culpa con cada paso. No tengo fuerzas para dar explicaciones ni para fingir una sonrisa ni para quedarme un minuto más rodeado de gente que no tiene ni idea de que mi mundo acaba de desmoronarse.

No sé si es la vergüenza, el miedo o la certeza de que quizá la he perdido para siempre…, pero cada vez que respiro, me hace daño.

Conduzco sin rumbo fijo, aunque sé que voy de camino a casa. Las luces de la ciudad pasan rápidas a los lados, pero yo apenas las veo. Solo veo su cara cuando me ha mirado por última vez… Esa mezcla de decepción y dolor que me atraviesa como un cuchillo.

Tenía que habérselo dicho. Joder, desde el principio.

Cuando todavía no sentía tanto, cuando todavía podía haberme jugado la carta de la verdad y esperar que me perdonara.

Pero no: fui un cobarde. Me escondí detrás de la excusa de que «no era el momento», cuando en realidad lo que no quería era enfrentarme a la posibilidad de perderla.

Y lo peor es que… llegué a un punto en el que lo olvidé. Lo olvidé de verdad. Lo que vivimos fue tan jodidamente real que la apuesta ya no existía en mi cabeza. Ella no era una conquista más, no era un reto. Lo era todo. Y eso no cambia el hecho de que la haya cagado.

Aprieto el volante hasta que los nudillos se me ponen blancos.

La he perdido… y es culpa mía. Pero no pienso rendirme.

No me imagino un futuro en el que no esté ella, no me imagino mis días sin su risa, mis noches sin su piel, mi vida sin su maldito carácter que me vuelve loco.

Voy a recuperarla. Cueste lo que cueste.

Aunque tenga que dejarlo todo en el campo, aunque tenga que romperme en mil pedazos.

Porque Gia Clarke es mía. Y esta vez… no voy a permitir que se me escape.

Llego a casa y cierro la puerta con más fuerza de la necesaria. El eco me retumba por el pasillo vacío, y de repente, el silencio me aplasta.

Camino hasta el sofá con las piernas de plomo y me hundo en el cuero frío. Apoyo los codos en las rodillas y me tapo la cara con las manos, intentando no ver…, pero la imagen vuelve una y otra vez.

Ella, en medio de aquel salón lleno de gente, con los ojos vidriosos y el cuerpo rígido, conteniendo las ganas de romperse. Y yo… yo sin poder moverme. Sin poder acercarme. Sin poder tocarla. Hasta que he reaccionado.

Pero ese momento en el que se ha dado la vuelta… Joder. Ha sido como si alguien me arrancara el corazón con las manos. La forma en que me ha mirado… no era solo dolor. Era decepción, era traición, era todo lo que juré que nunca le haría. Y lo hice.

Contemplarla mientras se marchaba ha sido como ver a alguien ahogarse y no saber nadar. Tenía las manos atadas, y la única persona que podía salvarla… era la misma que la estaba hundiendo.

Me paso las manos por el pelo, tirando de él, buscando algo que me despierte de esta mierda. Pero no hay nada. Solo el vacío que queda tras ella. Y la certeza de que, si no la recupero, no sé quién coño voy a ser.

No pasan ni dos segundos antes de que sienta el peso ligero de Cronos subiéndose a mi lado.

El cabrón se acurruca contra mi pierna y empieza a ronronear como si supiera exactamente lo que necesito.

Le paso la mano por el lomo y la suavidad de su pelo me desarma.

Él me mira con esos ojos enormes y parece decirme que todo va a ir bien.

—No, pequeño… Esta vez no sé si va a ir bien —susurro, sintiendo cómo la voz se me quiebra—. La he jodido, ¿sabes? Y no un poco… A lo grande.

Cronos me roza con la cabeza, insistente, y yo suelto una risa amarga.

—Tú no entiendes de apuestas ni de orgullo, ¿verdad? Te limitas a estar ahí… y ojalá fuera tan fácil.

Me echo hacia delante, apartando a Cronos con cuidado. Él protesta con un maullido bajo, pero vuelve a enroscarse en un rincón del sofá.

Cojo el móvil de la mesa y lo desbloqueo sin pensar demasiado, como si de alguna forma torturarme con su recuerdo fuera lo único que me mantiene cerca de ella.

Abro nuestra conversación. No he tenido el valor de escribirle desde que la he visto irse, pero ahí siguen todos nuestros mensajes.

Paso el dedo hacia arriba, repasando los primeros días, cuando apenas éramos dos desconocidos lanzándose pullas.

Sus respuestas sarcásticas. Las mías, intentando picarla para que reaccionara.

Sigo bajando y llego a la noches en las que hablábamos hasta que amanecía. Mensajes llenos de tonterías, memes que solo entendíamos nosotros, confesiones que nunca le había hecho a nadie.

Recuerdo cómo me quedaba mirando el móvil esperando su respuesta, sintiendo esa jodida electricidad en el pecho cuando aparecía la notificación con su nombre.

Me detengo en una foto que me mandó una mañana, recién levantada, con el pelo revuelto y esa sonrisa medio adormilada que me volvió loco. Cierro los ojos. No puedo creer que haya pasado de eso… a que ahora no quiera ni verme.

La tentación de escribirle es como una presión en los dedos. Un «lo siento» no bastaría. Un «te echo de menos» sería quedarse corto.

Bloqueo la pantalla y dejo el teléfono boca abajo sobre la mesa. Me paso las dos manos por la cara para borrar su imagen de mi cabeza. Pero la verdad es que no quiero borrarla. No puedo.

Porque incluso ahora, con todo roto, sigue siendo ella.

Cojo el móvil de nuevo, pero no lo miro. Lo aprieto en la mano y me levanto del sofá. El apartamento está silencioso, tan silencioso que hasta el tic-tac del reloj parece un reproche.

—Vamos, chico —le digo a Cronos, que me sigue sin hacer ruido, con esa cara felina que parece saberlo todo—. Dudo mucho que pasemos más noches tú y yo juntos.

Él ladea la cabeza como si me entendiera y en parte creo que lo hace. Si todo esto sigue así, Gia acabará llevándoselo con ella… y no puedo culparla.

En la habitación, la cama se siente enorme y fría. Me dejo caer de espaldas, con el móvil aún en la mano. La oscuridad me envuelve, pero no me calma; lo único que consigue es que mi cabeza se llene más de su voz, de su risa, de su manera de pronunciar mi nombre.

Respiro hondo. No quiero soltarle un discurso por mensaje, no sería justo…, pero tampoco quiero que pase una sola noche sin saber que lo que siento es real.

Desbloqueo la pantalla, abro nuestra conversación y escribo.

Xander: Siento haberte hecho daño. No voy a intentar justificarme por aquí, solo quiero que sepas que, cuando estés dispuesta a escucharme, yo estaré aquí para ti. Te amo, y siempre lo haré.

Lo leo dos veces, dudando. No es suficiente para explicarlo todo, pero tampoco es el momento. Pulso enviar antes de arrepentirme.

Guardo el móvil con el peso de lo que acabo de escribir. No importa si me ignora o me odia ahora, porque lo que siento es más fuerte que cualquier orgullo.

Es el lugar al que siempre quiero volver, aunque yo mismo haya construido muros para mantenerla lejos. El silencio llena la habitación. Un silencio cargado de palabras que espero que algún día ella quiera escuchar.

Cronos salta a la cama y se acurruca a mi costado. Le paso una mano por el lomo, intentando encontrar algo de paz en ese calor. Pero por dentro, sé que hasta que no la recupere, ninguna noche volverá a parecerme un hogar.