La última apuesta 21 #3
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21 #3

Me hundo y me vuelvo pequeña. En ese rincón de la puerta, rodeada de risas ajenas, la noche termina en un ruido sordo dentro de mi cabeza.

Eco tras eco de confianza rota. No sé aún si salir corriendo, si plantarme y enfrentarlo, o si me voy y dejo que el silencio haga su trabajo.

Solo sé que, en este momento exacto, mi mundo se ha caído a pedazos y cada fragmento me corta por dentro.

Siento cómo la sangre me abandona la cara; me tiemblan las manos y mi respiración se vuelve pesada. Me aferro a la única idea que podría salvarme: tiene que ser un malentendido.

Pero entonces otra voz en mi cabeza, fría y cruel, susurra: «¿Y si no lo es? ¿Y si todo ha sido un juego?».

Un juego… Yo confié en él. Confié hasta el último rincón de mí. Y ahora… Ahora no sé si alguna vez me dijo la verdad.

Las inseguridades que creía enterradas regresan todas a la vez, como un mar embravecido dispuesto a arrasarme. Las mismas que me hacían dudar de si era suficiente, de si alguien como él podría amarme de verdad. Y en este momento, todo lo que teníamos se me antoja… arrasado. Irreparable.

No me doy cuenta de que Xander ya se ha levantado hasta que lo tengo frente a mí. Se mueve tan rápido que ni lo proceso. Doy un paso atrás por puro instinto. No puedo mirarlo. Ahora no. Las lágrimas se me escapan sin permiso y me arden en las mejillas.

Él está pálido. Sus labios se abren para decir algo, pero parece tan perdido, tan… asustado, que por un segundo me hace aún más daño. No sé cómo arreglarlo. Pero no hay nada que arreglar.

Xander da otro paso más hacia mí.

—No —logro decir, aunque mi voz tiembla tanto que casi no me reconozco.

Su desesperación choca contra mi rechazo, pero no cedo. No puedo.

Chase se levanta y lo agarra del brazo antes de que pueda seguir acercándose.

—Dale tiempo, no la agobies —le dice, lo bastante alto como para que yo también lo escuche.

Y me voy sin echar la vista atrás.

Porque si lo miro, sé que no voy a ser capaz de marcharme, y ahora mismo, necesito alejarme antes de romperme por completo.

Camino sin saber adónde voy. Solo sé que tengo que poner la mayor distancia posible entre él y yo.

Mis pasos son rápidos, casi torpes, y noto cómo la garganta se me cierra más y más.

El aire me quema al entrar en los pulmones. No puedo respirar bien, cada bocanada es un recordatorio de lo que acabo de escuchar.

No quiero pensar. No quiero sentir. Pero mi mente no me da tregua.

¿Todo ha sido mentira? Cada mirada. Cada beso. Cada promesa susurrada a oscuras. ¿Estaba riéndose de mí todo este tiempo?

Recuerdo el brillo en sus ojos cuando me decía que yo era diferente, cuando me acariciaba como si tuviera miedo de romperme. Y ahora me pregunto si, mientras lo hacía, ya sabía que me estaba destrozando.

Me detengo en una calle vacía y me apoyo contra la pared. Siento que el suelo bajo mis pies ya no es firme, que todo en lo que creía se ha convertido en arenas movedizas.

No sé en quién confiar. Ni siquiera sé si puedo confiar en mí misma por haber caído tan fácilmente.

Sigo derramando lágrimas, una tras otra, y no las detengo. Duele demasiado.

Xander, el hombre que pensé que nunca iba a hacerme daño, acaba de arrancarme el corazón sin tocarme siquiera. Y lo peor es que una parte de mí quiere creer que no fue así, que hay una explicación.

Pero la otra sabe que, si me quedo para escucharla, corro el riesgo de perdonarlo. Y ahora mismo, perdonarlo sería traicionarme a mí misma.

Me limpio la cara con el dorso de la mano, aunque sé que tengo los ojos hinchados y rojos. Necesito irme. Necesito más aire. Necesito olvidar por un momento cómo es que alguien te rompa desde dentro.

Y mientras sigo caminando, me repito una y otra vez que todo se ha acabado. Porque si no lo hago, temo que mi corazón, idiota y terco, siga buscándolo.

—¡Gia! —Su voz me golpea la espalda.

No me detengo. Aprieto el paso. En un segundo, su mano roza mi brazo y me giro bruscamente, apartándolo como si me quemara.

—¡No! —grito.

Está jadeando, con el rostro desencajado; no parece saber qué decir para evitar que me vaya.

—Déjame explicarte. —Su tono suena roto.

—¿Explicarme qué? —Me tiembla la voz, pero no de tristeza, sino de rabia—. ¿Que todo esto era una broma? ¿Que yo era una puta apuesta?

—No es lo que piensas… —Da un paso hacia mí.

Retrocedo de inmediato.

—No te atrevas a acercarte más.

Alza las manos como si temiera asustarme más. Pero sus ojos suplican.

—Por favor…, escúchame.

—No puedo. —Me arde la garganta y siento cómo se desliza otra lágrima, aunque me odio por dejar que la vea—. No quiero escucharte. Ahora no.

—Gia…

—No. —Retrocedo un paso—. Déjame en paz.

En ese momento, Chase llega corriendo. Le pone una mano firme en el hombro.

—Basta, hermano. Dale un poco de espacio.

Xander no lo aparta, pero tampoco me quita los ojos de encima. Como si con solo mirarme pudiera detenerme. Y no lo consigue.

Me doy la vuelta y echo a andar sin mirar atrás. Se me desgarra el pecho con cada paso, pero sigo avanzando.

Porque si me detengo, sé que me voy a romper delante de él.