21 #2
—No sabía que ahora soy famosa —contesto, divertida.
—Si hasta el mismísimo Cole para de hablar de fútbol para hablar de alguien… esa persona debe de ser interesante. —Me guiña un ojo, y yo suelto una carcajada.
—¿Siempre eres así de descarado o solo es después de unas copas, Chase?
—Diría que siempre, sí —responde al final, sin dudar—. Pero tranquila, soy inofensivo… la mayor parte del tiempo.
Seguimos charlando un momento, pero de pronto siento que necesito un respiro. El calor, la música y la cantidad de gente me empiezan a agobiar un poco.
—Voy a salir a tomar un poco el aire —digo, más para mí misma que para él.
Chase asiente y levanta su copa.
—Que no te roben el sitio, Gia.
Sonrío, me abro paso entre la gente y salgo. El aire fresco de la noche me envuelve y alivia de inmediato la sensación de calor. Inspiro profundamente, disfrutando de ese breve silencio después del bullicio de dentro.
Me apoyo en la barandilla, observando las luces que titilan en el jardín y escuchando de fondo la música amortiguada por las paredes. Respiro hondo, intentando despejarme.
—¿Qué haces aquí fuera? —La voz grave y familiar de Xander me saca de mis pensamientos.
Me giro y lo veo acercarse, todavía con esa sonrisa ladeada que me provoca una mezcla de ternura y ganas de golpearlo por ser así de encantador sin esfuerzo.
Lleva el pelo algo revuelto, seguramente de tantas palmadas y abrazos que ha recibido, y su camisa blanca se amolda a sus hombros anchos como si hubiera sido hecha para él.
—Necesitaba un poco de aire —respondo, encogiéndome de hombros.
Él da un paso más, reduciendo la distancia, y su mirada recorre mi rostro con un gesto que no sé si es preocupación o simple curiosidad. Me pasa un brazo por encima y me da un beso en la sien.
—Todos ahí dentro se alegran por mí…, pero lo que no saben es lo mucho que me alegro yo por que tú estés aquí. Conmigo.
—Yo también me alegro. Por todo —sonrío. Y es verdad.
—Daría todo lo que tengo por estar contigo siempre.
Trago saliva ante sus palabras, que me derriten por dentro, pero no quiero demostrarlo.
—Estás muy pasteloso últimamente, Cole —digo; me echo a reír y le doy un codazo para quitarle peso a la conversación.
Xander suelta una carcajada y a mí me vuelve loca verlo así.
—No estés sola aquí fuera, te necesito.
—Estoy bien —le aseguro, intentando sonreírle con suavidad—. Solo… Dame un par de minutos más.
Parece que va a decir algo más, pero finalmente asiente, aunque no sin antes darme un beso rápido en el hombro que me calienta la piel.
—No tardes —murmura; vuelve dentro y se pierde entre la multitud.
Después de un rato intentando procesar las palabras de Hannah, decido que no merece la pena seguir dándole vueltas. No voy a permitir que me eche a perder la noche. Me quedo apoyada en el marco de la puerta, observando el ambiente de la sala.
En una esquina, los chicos ocupan los sofás, algunos sentados frente a frente, otros recostados de forma despreocupada. Hannah está apoyada en el brazo de uno de los sillones, con esa sonrisa que nunca sé si es amistosa o calculadora.
Y Xander está de espaldas a mí, riendo junto a los demás.
Están hablando de sus tonterías, de piques en los entrenamientos, de anécdotas de viajes.
Yo me dejo llevar por las voces y las risas hasta que, de pronto, alguien saca el tema sobre una apuesta.
Frunzo el ceño. No pillo bien a qué se refieren, pero el tono es distinto; parece que hay algo más detrás.
Escucho el nombre de Xander. Luego, el mío. Mi corazón da un salto.
—Déjalo ya —interviene Chase, disimulando, y le da un sorbo a su copa para cortar el tema antes de que vaya demasiado lejos.
Pero Hannah en ese momento me ve. Y sonríe.
—No, no, ahora quiero saberlo —dice con falsa inocencia—. Venga, Xand, explícanos a todos de qué iba esa famosa apuesta.
El silencio que sigue es espeso. Xander resopla, se niega a contar nada, pero un corrillo de chicos del equipo insisten. Y entonces Nate, empieza a hablar.
No me muevo, ni siquiera respiro, escuchando cada palabra: desde el momento en que lo rechacé en la piscina, la proposición de la apuesta, cuando su orgullo hizo que la aceptase, cuando la ganó y que luego no aceptó el dinero…
, pero en ese momento yo ya no estoy oyéndolo.
Mi mente va a mil por hora recordando momentos de esos días.
Las piezas empiezan a encajar en mi cabeza, pero la sensación es peor de lo que había imaginado.
En ese instante, se me frena el mundo en seco.
Es una sensación física. Un golpe frío en el pecho, me pesan los párpados y se me llenan los ojos de lágrimas que no me permito derramar.
No hay ruido —o todo suena a distancia—; las voces siguen, como si vinieran de otra habitación, amortiguadas por una pared gruesa.
Yo estoy aquí, pegada al marco de la puerta y a la vez en un túnel donde las palabras se repiten en bucle, sin sentido, clavándose como astillas. «Apuesta…». «Demostrar…». «La única que no le hacía caso…».
No sé moverme. Mis piernas son de gelatina. Podría llorar, reírme como una idiota, pero no me sale nada más que escuchar un latido que retumba en los oídos y me recuerda que estoy viva, que esto me está pasando de verdad.
No puede ser. Me lo repito como un mantra y suena a consuelo que se deshilacha.
Me vienen imágenes rápidas, como fotogramas que no puedo escoger.
Su risa en el sofá, la forma en que me abrazó la noche que me contó cómo había perdido a sus padres, aquel beso en el portal que me dejó temblando, sus manos en mi pelo mientras nos besábamos.
Todo tan real, todo tan nuestro… ¿Y ahora quién me asegura que no fueron piezas de un juego al que yo jugué sin querer?
¿Cómo acepto que lo que pensé que era reciprocidad haya sido, en algún momento, entretenimiento para otros?
Hay una voz en mi cabeza que no para de gritar acusaciones.
«¿Te lo creíste? ¿Tan fácil? ¿Era mentira todo?
». Y otra, más oscura, que susurra aquello que conozco demasiado bien y que me enerva: «No te fíes, nadie se queda; tu madre tampoco se quedó; tu padre se fue» .
Esas heridas, que había tratado con cuidado y paciencia, hoy se abren con la misma crudeza que entonces.
Cada gesto íntimo —las noches que le regalé mi miedo, las rendiciones que creía seguras— de pronto parece moneda de cambio en una broma de vestuario.
Me falta el aire. Siento el oxígeno golpeándome la nuca como un recordatorio: «Respira» . Intento juntar pensamientos coherentes, pero mi mente es un mapa quemado y no encuentro la ruta de salida.
Pienso en lo que le dije la semana pasada, en cómo le prometí confiar. Pienso en sus ojos cuando me dijo «No me sueltes» y en la seguridad que me dio su mano sobre mi cintura. ¿Eso también fue parte del teatro? ¿Sus caricias eran medallas que se colgó para impresionar a alguien?
Me imagino la conversación, la apuesta —esa palabra repugnante— convertida en una verdad innombrable.
Y me veo, ridícula, entregada. Me arrepiento de haber sentido.
Me pregunto si fui un reto que él aceptó o una victoria que celebró a mi costa.
¿Cómo no vi las señales? ¿Cómo pude estar tan ciega, tan dispuesta?
La rabia asoma, caliente, pero viene mezclada con un dolor tan grande que la ira se vuelve solamente un ruido más.
Quiero arrancarme la piel para comprobar si debajo de mi carne hay una versión de mí que no se enamora tan profundamente, que no deja tanto espacio vacío para que otros lo llenen.
Quiero volver atrás y pedirle explicaciones.
Quiero no saber nada. Quiero gritar. Quiero desaparecer.
Las pareces del salón parecen acercarse; escucho una carcajada y el tintineo de una copa y, por un segundo, todo me parece una farsa cinematográfica donde yo he sido la protagonista ingenua. La gente sigue hablando y nadie, aparentemente, ve la grieta que se ha abierto debajo de mí.
Me pregunto si mis límites son papel mojado, si cualquiera con un par de palabras bonitas pueden desarmarme y tirarme por la ventana.
Chase levanta la vista y me ve. Y lo entiendo todo en su expresión. Él sabe que lo acabo de escuchar. Todo.
Xander se gira, quizá para buscar la reacción de los demás, pero sus ojos se clavan en los míos.
Lo veo, y es como si la luz se enfocara en su cara: sorpresa, reconocimiento, miedo.
Se da cuenta que lo he oído. Eso hace que todo sea más cruel.
No hay misterio que deshacer. No hay triángulo de sombras. Hay un hecho que me destruye en vivo.
Me arde el pecho. Se me cae la piel a trozos.
Las lágrimas, cuando llegan, no son ruidosas ni limpias.
Son saladas y amargas y vienen con una sensación de traición, de vacío que me tensa cada músculo.
Me siento idiota, utilizada, pero, sobre todo, huérfana de nuevo.
De confianza, de seguridad. Aquello que construí con esfuerzo, la creencia de que alguien podía conocerme sin pasar cuentas, se desploma como un edifico con cimientos podridos.
Me gustaría detener el tiempo y tener el valor de preguntar «¿Por qué?
, ¿cómo pudiste?», pero la voz se me queda en la garganta, rota por la incredulidad.
Y cuando por fin las palabras amenazan con salir, me asusta cuál podría ser la respuesta.
Porque incluso si él dice que lo siente, ¿cómo reconstruir con piezas que alguien más lanzo al suelo por pura diversión?