La última apuesta 20
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X ander

Han pasado un par de horas desde que Gia y yo nos hemos devorado sin medida.

Ahora estamos sentados en el sofá, más relajados, con Cronos dormido a nuestros pies y la hora del partido acercándose.

Ella apoya la cabeza en mi pecho, y yo paso los dedos por su espalda desnuda, siguiendo la línea de su columna.

Es un silencio cómodo. De esos que no necesitan explicación. Entonces, se le ocurre una idea.

—¿Y si le preguntamos a Savannah si quiere ver el partido aquí con nosotros?

Asiento sin pensarlo.

—Claro, invítala. Será divertido.

Gia coge el móvil y marca. La conversación es corta, entre risas y planes improvisados. Savannah dice que sí, que le apetece, que se pasa en un rato con algo para picar. Gia cuelga y esboza esa sonrisa suya, aún más radiante de lo normal.

—Va a venir, pero ha dicho que de las cervezas te encargues tú. Confía en tu criterio.

—Pues va a tener suerte —respondo, levantándome para ponerme unos pantalones—. Tengo unas IPA frías que están de muerte.

Ella se queda ahí, en el sofá, enrollada en la manta, observán dome mientras voy a la cocina. Siento sus ojos clavados en mí y me giro para echarle una ojeada rápida, de esas que dicen más que mil palabras.

—¿Qué miras, Gia?

—A mi chico feliz —dice, simplemente.

Y sí, joder. Lo estoy.

Aunque me cueste admitirlo incluso en voz baja, con ella cerca todo me parece más ligero. Incluso hoy, que hay partido y no voy a estar con mis compañeros… y no me importa. Porque estar con ella es más que suficiente.

Gia corre por el pasillo con Cronos persiguiéndola entre risas y patitas veloces. Se nota feliz, viva, radiante. Y yo… estoy en el sofá, con la camiseta a medio poner, sonriendo como un jodido bobo mientras mi cabeza se va a otra parte.

A lo que ha pasado hace apenas un rato. A lo que me ha hecho sentir.

Si alguien me hubiera dicho hace un mes que iba a permitir que una chica me metiera un dedo por ahí…, me habría reído en su cara. Porque no, por ahí no. Nunca. Ese era el límite. El único. Intocable. Innegociable.

Pero Gia tiene esa manera de hacer las cosas, de hablar, de tocar… Y cuando se ha puesto encima de mí, cuando ha empezado a acariciarme, a comerme, a tomar el control con esa calma arrolladora suya… Joder, ni siquiera sé en qué momento exacto he perdido la batalla.

Al principio ha sido raro. Extraño. Invasivo. No lo voy a negar. Pero no dolía. Y lo más jodido: no me disgustaba. Al contrario, me he sorprendido reaccionando, con todo mi cuerpo encendiéndose porque ella acababa de apretar un interruptor secreto.

He sentido algo nuevo. No sé cómo describirlo.

Era como… estar lleno, por dentro, de una manera distinta.

Una presión cálida e intensa. Y mientras su boca seguía trabajando abajo, y su dedo dentro se movía apenas, suave, atento, como si conociera un có digo que yo mismo desconocía…

mi polla se ha puesto más dura que nunca. Más sensible. Más viva.

Y cuando he estallado con su nombre entre dientes y el cuerpo tenso, ha sido como soltar un nudo que llevaba años dentro.

El placer ha sido tan profundo que me ha dejado sin aire, sin orgullo, sin prejuicios. Solo con ella. Conmigo. Con esa parte de mí que no conocía hasta ahora.

Gia no solo tiene mi corazón, la cama y la cabeza. También me tiene entero. Y, a veces, ni siquiera se da cuenta.

Cuando Gia me ha sacado el dedo he notado el vacío. Literalmente. Una parte de mí lo ha agradecido, por el pudor, por ese instinto masculino tan idiota que nos grita que eso no es para nosotros.

Pero otra parte… Joder, otra parte lo ha echado de menos. Nunca había sentido algo así. Tan vulnerable y a la vez tan excitante. Ella me ha llevado ahí. A ese lugar donde nunca le había permitido entrar a nadie.

Y tal vez por eso, o por el fuego que me ha encendido por dentro, necesitaba demostrarle algo.

No solo lo mucho que me había gustado. No solo que confiaba en ella. También quería devolvérselo. Dárselo todo.

Así que la he tumbado, la he besado en la boca con toda el alma y he bajado hasta donde ella se derrite.

Me la he comido con hambre, con entrega, como si me fuera la vida en ello.

Porque me iba. Siempre me va. Y cuando he sentido su orgasmo en mi lengua, su cuerpo tenso bajo mis manos, su voz rompiéndose por mi nombre… he sabido que no quería parar ahí.

Su cuerpo, el mío, el sudor, la respiración entrecortada… Todo vibraba.

Y cuando he visto su culo alzado, su espalda arqueada, su piel brillando de deseo, he sabido que quería más. Ni por posesión ni por dominación: por entrega. Por esa confianza que ella me ha dado primero.

He cogido el lubricante con manos torpes, me lo he extendido sin dejar de mirarla, y me he acercado. Lentamente. Con el corazón latiéndome en la garganta. Ella me decía que no, que era de masiado grande. Pero yo sentía su cuerpo preparado, sus gemidos temblando al borde del sí.

He ido despacio. Dejando que se adaptara.

Que me sintiera. Y cuando he entrado de todo, cuando su cuerpo me ha recibido entero, con esa calidez apretada que casi me ha hecho perder el control, he sabido que era una locura, pero también que era perfecto.

Verla así, oírla gemir mi nombre, romperse en las mil sensaciones que yo le estaba dando…

Ha sido salvaje, sí. Pero también íntimo. Casi sagrado.

Y cuando nos hemos corrido —al borde del delirio, entre susurros, empujes y confesiones—, he sentido que habíamos cruzado juntos el umbral. Uno del que ya no hay marcha atrás.

Porque Gia no es solo la mujer con la que follo. También es la mujer con la que lo siento todo. La que me lleva más allá del cuerpo. La que me atraviesa el alma.

Suena el timbre y me saca de golpe de mis pensamientos. Me recoloco la polla en los pantalones —dura por todo lo que se me ha venido a la cabeza— y me pongo una camiseta ancha para disimular. Respiro hondo. Vale. Ya estoy en modo civilizado otra vez.

Gia me dedica una sonrisa de esas que me desarman y va hacia la puerta. Yo me quedo un par de segundos más respirando profundo. Dios, cómo la quiero.

Cuando abre, Savannah entra como un torbellino de energía.

—¡Heyyy! —saluda, alegre, con una sonrisa de oreja a oreja y una bolsa de patatas en la mano—. ¿Preparados para ver ganar a los Titans?

—Eso espero… —murmuro, alzando una ceja con una sonrisilla; ella se acerca como si estuviera en su casa de toda la vida.

Pero lo primero que hace es agacharse a saludar a Cronos, que corre directo a sus piernas para demostrarle que es su fan número uno.

—¡Pero mírate! ¡Cada día estás más gordo!

Gia cruzamos la vista con la misma cara: una mezcla de celos y traición.

—Ese gato es un vendido —susurro, y Gia se ríe por lo bajo, negando con la cabeza.

Savannah lo achucha un poco más y Cronos ronronea como si no acabara de ver lo que su madre y yo hemos hecho.

Finalmente, nos acomodamos en el sofá. Gia a mi lado, con las piernas dobladas bajo su cuerpo, y Savannah en el otro extremo, soltando comentarios de todo lo que se le pasa por la cabeza: los uniformes nuevos, las estadísticas del equipo contrario, y alguna que otra indirecta sobre cierto jugador del equipo que, según ella, está «bastante decente».

Me levanto para coger unas cervezas y algo de picar. Al volver, Gia ya está riéndose con Savannah de algo que no alcanzo a oír, y me siento entre las dos a modo de campo de seguridad.

La pantalla se ilumina con los colores del equipo. El sonido del estadio nos envuelve.

Empieza el partido. Pero mi mente, aunque atenta a cada jugada, sigue un poco atrás…

En la habitación. En ella. En lo que acabamos de compartir.

Y mientras todos gritan por un touchdown, yo solo pienso en cómo Gia ha cambiado todo lo que creía saber sobre el placer y sobre mí mismo.

Todo va bien. Demasiado bien.

El equipo se ve fuerte, confiado. Marcan dos touchdowns casi seguidos y el estadio ruge; parece que jugáramos en casa. Me siento orgulloso. Por fin parecemos un puto equipo. Por fin jugamos con ganas.

Gia me aprieta la mano, emocionada, y yo solo puedo sonreír.

Hasta que pasa. Un mal giro, una caída fea. Y el número 57, nuestro defensa más sólido, queda tendido en el campo. No se mueve.

—Joder… —murmuro, incorporándome en el sofá, con la mandíbula tensa.

El silencio del estadio es inmediato. El equipo se queda quieto, paralizado. Yo también.

Lo sacan en camilla. No tenemos noticias. Solo vemos cómo se lo llevan y cómo, en cuestión de minutos, todo cambia.

Y lo sé. Lo noto. La energía del equipo se hunde. Las jugadas se vuelven torpes, desconectadas. Es como ver un castillo de rrumbarse a cámara lenta. Y no hay nada que hacer. Nada que gritar. Nada que salve esto.

Volvemos a perder.

Y aunque no estoy en el campo, siento como si me hubieran pegado un puñetazo en el pecho.

Es por mi culpa. Yo soy el capitán. Yo soy quien debería levantar al equipo. Pero no pude. No supe.

Me paso la mano por la cara, respirando hondo mientras el sonido de los comentaristas se vuelve un zumbido lejano. A mi lado, Gia no dice nada, pero la noto. Sé que me mira. Sé que le hace daño verme así.

Y entonces finjo.

Trago saliva, estiro un poco el cuello, me acomodo en el sofá tan tranquilo. Esbozo una sonrisa suave. Forzada.

—Bueno… otro partido más —digo, intentando que no se me note la amargura.

Pero sé que no la engaño. Ella me conoce.

Aun así, no quiero preocuparla y menos después de lo mucho que hace por mí. De lo mucho que trata de mantenerme a flote.

Así que asiento, respiro, y disimulo. Aunque por dentro me esté ahogando.

Los días pasan. Uno tras otro. Todos iguales.

Entreno como un puto poseso. Como si mi vida dependiera de ello. Porque, de alguna forma, así es.

Si no entreno, pienso. Y si pienso, me hundo.

Gia hace todo lo posible por mantenerme de pie. Se inventa cualquier excusa para hacerme reír, me provoca, me consuela, me aguanta.

Y joder…, también me folla como si el mundo fuera a acabarse mañana.

La verdad, estos días estamos follando más que nunca.