La última apuesta 19 #3
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19 #3

Presiona con suavidad. Solo la punta. Va despacio, tan despacio que casi no sé si lo imagino…, pero ahí está. Entrando un poco. Dejando que mi cuerpo se adapte a su tamaño.

Siento cómo me estiro, cómo quema un poco al principio.

La sensación es completamente distinta. Es intensa.

Rara. Pero no es mala. Es como si algo prohibido se abriera paso dentro de mí lento, húmedo, caliente…

su polla es tan gruesa que cada centímetro me obliga a respirar hondo y a concentrarme solo en permitirle entrar.

No va a caber, pienso. Es demasiado. Me va a partir.

Pero también… me gusta. Me pone. Me enciende sentirlo así. Noto mi pulso en la garganta. En los muslos. En el pecho. En mi sexo, que late sin que lo toque.

—Xander… —pronuncio su nombre, entre placer y asombro.

Él se echa más sobre mí y me cubre con su cuerpo cálido. Me muerde el lóbulo de la oreja y me susurra, ronco, pegado a mi piel.

—Eso es, nena…

Y mi cuerpo, contra todo pronóstico, cede un poco más. Lo deja pasar. Lo acepta. Lo quiere.

Xander me sostiene por las caderas con firmeza mientras se desliza dentro de mí.

Lo noto entrar poco a poco, despacio, con una intención casi reverente, y lo siento todo, cada centímetro.

El estiramiento es intenso, delicioso, y contengo el aliento cuando me llena por completo.

Espera así, dentro de mí, inmóvil un momento, porque parece saber que necesito acostumbrarme a su tamaño, a esa presión íntima y profunda.

Su mano sube por mi espalda desnuda, suave pero decidida, dibujando mi curva, acariciando cada vértebra. Mi piel se estremece.

—¿Ves cómo sí cabe? —me susurra bajo—. La tienes toda dentro, Gia. Entera.

Cuando empieza a moverse, lo hace con lentitud.

Sale muy despacio, dejándome vacía, solo para volver a llenarme igual de lento.

El contraste me vuelve loca. Y cuando acelera, aunque sea solo un poco, un sollozo se escapa de mi garganta, sin poder evitarlo.

Mis uñas se clavan en la cama. Me derrito. Me entrego.

—Joder, Gia… —susurra con esa voz baja que me enciende como nada—. Es tan jodidamente bueno…

Me agarra con más firmeza. Me marca. Me reclama. Y yo no puedo hacer otra cosa que dejarme llevar, que me tome como quiere, con esa mezcla de deseo bruto y devoción que solo él tiene.

Su ritmo se intensifica, me posee de verdad, y yo me muerdo el labio cuando una oleada de placer me recorre. Me encanta sentirlo así, dentro de mí. Me encanta esta sensación de ser completamente suya.

Su cuerpo es fuego. Cada embestida de Xander me hace arquear la espalda, como si mi cuerpo no pudiera contener todo lo que estoy sintiendo. Me sostiene firme por las caderas, y sus palabras me acarician la piel, roncas, profundas y cargadas de deseo.

—¿Sientes cómo te llenas de mí? —susurra, con la voz rota de lujuria. Asiento, pero no puedo hablar. Apenas respiro. Mis labios entreabiertos solo sueltan un quejido, uno que me delata por completo—. Así me gusta… —añade—. Tan receptiva, tan sumisa, tan mía…

Me arden los músculos y las mejillas también, pero no por vergüenza, sino por lo mucho que me gusta escucharlo.

Mis manos se aferran a las sábanas, temblorosas, mientras él marca el ritmo con sus caderas. Me derrito. Me pierdo. Me tiemblan los muslos, mis sentidos están rendidos a él. Y entonces, sin pensarlo, le respondo en voz baja, jadeando.

—Hazme tuya…, toda. No pares.

Nuestros cuerpos se entienden, se buscan, se necesitan. Y en ese instante no existe nada más. Solo él. Solo esto. Solo nosotros.

Xander sigue embistiéndome con fuerza, haciéndome sentir cada centímetro de su deseo. Cada vez que entra, me rompe un poco más por dentro… y al mismo tiempo, me recompone de una manera nueva.

Tiemblo de la cabeza a los pies, al borde del precipicio. Ya no puedo pensar, solo sentir.

—Xander… —susurro, casi sin voz—. Me voy a correr…

Pero no se detiene. Al contrario, sus movimientos se intensifican y sus manos acarician mis caderas con firmeza, como si quisiera mantenerme anclada a este momento.

—Dilo —me ordena con voz ronca, jadeante—. Dime que eres mía.

—Soy tuya… —gimoteo, sin poder evitarlo.

—Otra vez.

—Tuya… —digo, quebrándome entre jadeos.

—Una más.

—Soy tuya, Xander… ¡Joder…! —grito justo cuando la ola me arrasa por dentro, llevándome al límite.

El orgasmo me estalla en el cuerpo y me sacude desde dentro como un relámpago. Me tiemblan las piernas y me aferro a todo lo que encuentro; arqueo la espalda y mi mente se apaga durante unos segundos de pura rendición.

Xander gruñe con fuerza, da un par de embestidas más y se corre dentro de mí, hundiéndose hasta el fondo con la respiración entrecortada.

Se echa sobre mí, sin salir todavía, y me envuelve entre sus brazos, con su pecho pegado a mi espalda. Me besa el hombro, luego el cuello y finalmente se acerca a mi oído.

—Yo también soy tuyo, Gia —susurra, con voz baja, cargada de verdad—. Siempre.

Y en ese instante, me siento más suya que nunca…, pero también más viva. Porque él también es mío. Porque lo quiero con esa parte del corazón que nunca había usado. Con esa que da vértigo, pero que se lanza al vacío igual.