La última apuesta 18
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G ia

La oficina huele a café requemado y a carpetas viejas. Las teclas del teclado suenan demasiado fuerte. Y mi cabeza… no para de dar vueltas.

Evito las miradas. Paso rápido por los pasillos. No estoy para conversaciones incómodas ni para cuchicheos.

En mi pantalla, los titulares no dan lugar a dudas.

«X ander C ole suspendido dos partidos tras altercado con miembro de la directiva ».

«E l quarterback de los S eattles T itans , en el ojo del huracán ».

Cierro las pestañas. No necesito leer lo que ya sé.

El incidente. El puñetazo. Marcus. Todo sigue rondándome como si no hubiera pasado ni una hora… y, sin embargo, fue ayer.

Recuerdo el silencio que quedó tras el caos. Ese silencio denso, lleno de pensamientos que no se dijeron en voz alta.

Xander llegó a casa con la mandíbula apretada, los nudillos rojos y la expresión vacía. Tenía rabia aún, sí… pero también culpa. Culpa por haberse dejado llevar. Culpa por poner en riesgo lo que más ama. Por mí.

Y sin embargo, no discutimos. No hubo más reproches. Esa noche no.

Solo nos abrazamos.

Nos metimos en la cama en silencio, con la única necesidad de saber que el otro seguía ahí. No me soltó. Y yo no quise hacerlo tampoco.

Dormimos como si el mundo no se hubiera roto un poco.

Pero esta mañana… fue diferente.

Hicimos el amor despacio. Sus manos pretendían explicarme lo que las palabras no podían, mi piel intentaba convencerlo de que yo seguía creyendo en él.

No hubo prisas ni pasión desbordada. Solo nosotros. Recolectando desde el sitio más vulnerable: el alma.

Fue la clase de sexo que no buscaba placer, sino calma. Xander intentaba demostrarme que no todo lo suyo era rabia y músculos tensos. Que también sabía amar en silencio.

Ahora, sentada frente al ordenador, con el cuerpo aún sensible y el corazón latiendo raro, intento no pensar demasiado. Pero es imposible. Marcus está aquí. En alguna parte de este edificio.

Abro una carpeta. Luego otra. Y otra más. No retengo nada de lo que leo.

Mi cabeza sigue atrapada en lo mismo. La suspensión de Xander.

Dos partidos.

No es el fin del mundo, lo sé. Pero para alguien como Xander… es más que un castigo. Es una herida directa a su orgullo, a su disciplina, a todo por lo que ha trabajado.

Y, aunque no puedo justificar lo que hizo…, tampoco puedo condenarlo del todo.

Porque yo también lo vi.

Vi la mano de Marcus donde no debía estar. Vi su sonrisa torcida, calculada, venenosa.

Y por un segundo, me descompensó incluso a mí.

Sé que Xander tiene que aprender a controlarse. Que no puede ir por ahí soltando puñetazos cada vez que algo no le gusta. Pero también sé lo que sentí estar allí, entre ellos dos; en la piel, en el estómago.

Y no puedo evitar pensar que me defendió, que me protegió de una forma que no pedí, pero que tampoco rechazo del todo.

Anoche, después de todo, hablamos de ello. No mucho. Pero lo justo.

«Gia, lo ha hecho por joderme». «Le jodí su relación».

No le respondí al instante. Estaba agotada. Pero sus palabras se me quedaron clavadas.

Y ahora que lo pienso, hay cosas que empiezan a encajar.

Las miradas. Los comentarios «fortuitos». La manera en que siempre parecía estar cerca cuando Xander no estaba.

Yo quise pensar que era solo mi jefe. Quise creer que exageraba.

Pero quizás no. Quizás Xander lo supo desde mucho antes. Y quizás fui yo la que no lo quiso ver.

Estoy en la sala de descanso sola, con una taza de té, cuando la puerta se abre de repente.

—Buenos días —dice Marcus, y deja unos papeles sobre la mesa de al lado.

Sé que no es casualidad que haya pasado por aquí. Él lo sabe. Yo también.

—Señor —lo detengo, girando ligeramente mi silla—. ¿Podemos hablar un segundo?

Levanta la cabeza, con esa expresión neutra que esconde todo menos neutralidad.

—Claro —responde, pero el tono ya es gélido.

Me pongo de pie despacio. No quiero alzar la voz ni armar más lío. Solo quiero entender las cosas.

—¿Por qué hizo eso ayer? —pregunto directo—. ¿Por qué iba a provocar así a Xander?

Sus cejas se alzan, como si la pregunta fuera absurda.

—¿Provocar? Vaya, no sabía que ahora hay que pedirle permiso a Cole para hablarte —responde con una sonrisa cínica.

—No fue solo hablarme —le contesto, cruzándome de brazos—. Sabe perfectamente a qué me refiero.

Suspira, da un paso hacia mí.

—Ese chico tiene el ego más grande que el estadio, Gia. Se cree intocable. Alguien tiene que recordarle que no lo es.

—¿Ese alguien es usted?

—Alguien tiene que ponerle límites. Solo porque sea bueno con una pelota no significa que se le pueda consentir todo.

La frialdad de sus palabras me provoca una punzada en el pecho. No tanto por él, sino porque empiezo a entender de dónde viene todo esto. Y no tiene nada que ver conmigo.

—Esto no es por lo que pasó ayer —digo en voz baja, casi para mí misma.

Marcus no responde. Solo me sostiene la mirada, tenso, desafiante. Pero en sus ojos… hay algo más.

Algo que me confirma que sí, que esta guerra no es nueva. Y que yo solo fui el detonante.

—¿Sabes qué pasa, Gia? —responde finalmente, pero esta vez sin sarcasmo, sin esa superioridad fría de antes—. A veces, uno se entera demasiado tarde de con quién ha estado compartiendo su vida.

Mi estómago se contrae. Ya sé a dónde va a parar esto.

—¿Esto tiene que ver con ella? —pregunto, casi sin voz.

Marcus suelta una risa sin alegría y se vuelve hacia la ventana por un segundo.

—Tenía que enterarme por otro. Por rumores. Por una maldita foto en el móvil de un amigo. Al principio pensé que era una broma. Pero no… Era él. Cole. Con ella.

Silencio.

—¿Xander no sabía quién era? —añado, aunque ya sé la respuesta. Ya la he escuchado de él.

—No. Y eso es lo peor, ¿sabes? Que para él fue solo una noche más.

Pero para mí fue el fin de todo. —Me quedo quieta.

Sin palabras—. Cancelé mi compromiso hace un mes, Gia.

Y desde entonces no puedo ni mirarlo sin que me hierva la sangre.

Lleva unos años dándole problemas al equipo.

Demasiado ego para una sola persona. Demasiados titulares que no nos convenían.

Así que decidimos probar una última cosa antes de rescindir su contrato.

Y por eso estás tú aquí —sigue—, porque había que pararle los pies de alguna manera.

Así que sí, lo provoqué. Lo busqué. Porque a veces necesitas que alguien pierda los papeles para recordar que no son tan perfectos como todo el mundo cree.

Porque a veces necesitas que alguien como él muestre su verdadera cara.

Que pierda el control. Que todos lo vean.

—Ya no hay desafío, ni rabia en su expresión: solo un dolor disfrazado de orgullo.

Me quedo en silencio, procesándolo todo—.

Y tú, Gia… tú te mereces algo mejor. —Clavo la vista en él, tensa—.

Ya viste lo que pasó con esa chica la otra noche.

Las fotos. El escrutinio. Esa gente no cambia.

Por mucho que quieran maquillarlo de pasión o impulsividad.

Es caos. Y te va a arrastrar con él. —Me dice eso con una voz que mezcla reproche y…

¿pena?—. Xander no es bueno para ti. A largo plazo no.

Y se va. Sin esperar mi respuesta.

Y yo me quedo ahí, con un nudo en el estómago y la cabeza dándome vueltas. No por lo que Marcus piensa de Xander…, sino porque por primera vez, empiezo a entender lo profundo que es el dolor que lleva encima.

Pero también sé algo más. Yo no soy su redención. Y Xander… no es el villano de esta historia.

Apoyo los codos sobre el escritorio y me paso las manos por la cara, respirando hondo.

No quiero ni pensar en que alguien que compartió tantas horas conmigo, que trabajó a mi lado durante tanto tiempo, pudo haberse movido por algo tan retorcido.

Y por primera vez, no sé si quiero seguir trabajando aquí… Y me pregunto por qué he estado tan ciega todo este tiempo.

Estoy repasando por tercera vez una nota de prensa que ya he corregido, cuando escucho un golpecito rítmico en el borde de mi escritorio.

—¿Estás bien, o estás planeando la destrucción de la humanidad desde ese correo? —dice Chase, apoyado en la esquina de mi mesa con su típica taza de café.

Levanto la vista y luego fuerzo una sonrisa.

—Solo estoy concentrada.

—¿Concentrada en fulminar a alguien con la mirada, tal vez? —Arqueo una ceja—. Porque si es Marcus, te apoyo. Si es Xander, me lo pienso.

Suelto una pequeña risa, algo seca.

—Es un poco más complicado que eso.

—¿Por qué no me sorprende? —Chase echa una ojeada a su alrededor y luego arrastra una silla sin preguntar y se sienta frente a mí. Su expresión cambia apenas, se vuelve un poco más seria—. Va en serio. ¿Estás bien?

Suspiro y cierro el portátil.

—He hablado con Marcus.

—¿Y?

—Y básicamente me ha confirmado que todo ese numerito de ayer fue… personal. Que lo provocó sabiendo cómo iba a reaccionar Xander.

Chase asiente despacio y no parece sorprendido.

—Lo intuíamos. Pero escucharlo de su boca…

—Me ha dicho cosas horribles sobre él. Y sobre mí, por estar con él. Como si no mereciera la pena intentarlo siquiera.

—¿Y tú qué piensas?

Me quedo callada un momento, revolviendo un papel ya medio arrugado en mi mano.

—Pienso que lo que Xander hizo hace un año no define quién es ahora. ¿Qué se equivoca? Sí. ¿Qué tiene impulsos que necesita aprender a controlar? Sí. Pero también sé cómo me hace sentir. Y cuánto se está esforzando por no sabotear lo que tenemos.

Chase sonríe de lado.

—Eso ya es más de lo que muchos pueden decir. Créeme.

—¿Y él? —pregunto, bajito—. ¿Qué tal ha estado hoy?

—Orgulloso por fuera, jodido por dentro. Típico. Pero no ha roto nada, lo cual es un avance. Y aunque no lo diga, le pesa la bronca. Está arrepentido. Cree que te ha fallado a ti más que al equipo.

—No me ha fallado —digo enseguida—. No apruebo lo que hizo, pero… me defendió. Y en el fondo, aunque no fuera de la mejor forma, me sentó bien que alguien lo hiciera.

Chase me estudia con atención. Luego se levanta y pone su taza en mi mesa a modo de ofrenda.

—Solo te voy a decir una cosa, Clarke. A ese tío le importas de verdad. Lo veo en cómo te mira cuando cree que nadie más lo ve. Y para ser él, lo está haciendo bastante bien. —Me sonrojo un poco—. Eso sí, no se lo digas. No lo quiero con el ego más grande. Bastante tiene ya.

—Lo intentaré —sonrío.

—Y si Marcus vuelve a hacerse el listillo…, tengo café caliente. Y buena puntería.

Ahora río de verdad.

Chase me guiña un ojo y se marcha, dejándome un poco menos revuelta de lo que estaba.

El día ha sido agotador mentalmente. Pero cuando llego a casa, huele a especias. Y a algo que, probablemente, ha estado a punto de quemarse.

Cuando abro la puerta, veo a Xander en la cocina, en pantalón de chándal, sin camiseta y con el ceño fruncido ante una sartén.

—¿Estás cocinando? —le digo, riéndome por lo bajo.

—Intentándolo —gruñe, dándole vueltas a algo irreconocible.

Me acerco, dejo las llaves y la chaqueta, y lo rodeo por detrás con los brazos. Siento cómo suspira.

—Hola —susurro.

—Hola —contesta, más suave de lo que esperaba.

Nos quedamos así, sin hablar. Solo sintiendo. Y, por primera vez en todo el día, el nudo en mi estómago afloja un poco.

Minutos después, sentados en el sofá con dos platos medio comestibles delante, él es el primero en romper el silencio.

—¿Cómo ha estado Marcus hoy?

Levanto la vista. No me sorprende que lo sepa.

—¿Quieres la versión políticamente correcta o la real?

—La real, siempre.

Bebo un poco de agua y me aclaro la garganta.

—Me ha buscado. Se ha hecho el ofendido.

Me ha dicho que no sabía que había que pedirte permiso para hablarme.

Que tu ego no cabía en el estadio. Que no se te puede consentir todo solo porque seas bueno con una pelota.

—Xander aprieta la mandíbula. Pero no dice nada—.

Y después… Después me ha soltado lo que ya sabíamos.

Lo de su prometida. Que eras tú. Que lo supo hace unas semanas.

Y que desde entonces…, básicamente me usó para joderte.

—Hijo de puta —murmura Xander.

—Me ha dicho que me merezco algo mejor. Que la gente como tú no cambia. Que vio lo de la chica el otro día en el bar.

Xander me mira entonces. A los ojos. Y por primera vez, veo dolor, pero también miedo. No por él. Por lo que pueda sentir yo.

—Gia… —empieza, pero lo interrumpo.

—Sé que no la conocías. Lo sé. Pero esto me ha hecho pensar. Marcus… ha estado cerca de mí todo este tiempo. Y yo nunca lo vi. O no quise verlo. Y si me ha usado para hacerte daño, entonces el problema no es solo él. Es que yo no he sabido poner distancia.

Xander niega con la cabeza y se me acerca más.

—No es culpa tuya. Es mía, si acaso. Yo fui quien jodió su relación sin saberlo. Yo fui quién armó un historial de mierda para que otros lo usen en mi contra.

—No somos responsables de lo que los otros hacen con nuestros errores, Xander. Pero sí de cómo elegimos vivir con ellos.

Nos quedamos en silencio un largo rato. Entonces él desliza la mano sobre mi rodilla y dice, casi en un susurro:

—No me sueltes, Gia. Aunque parezca que me alejo. No lo hago. Solo tengo miedo.

Le tomo la mano. Se la aprieto.

—Yo también tengo miedo. Pero si tú te quedas…, yo también.

Y por primera vez en días, siento que aún podemos construir algo, incluso sobre ruinas.