17 #2
Gia, Marcus y el míster están hablando frente a una tablet . Debe de ser una revisión de materiales. Todo normal. El míster se despide con una sonrisa, le da una palmada amistosa a Gia en el hombro y se marcha.
Pero Marcus se queda.
Dice algo. Ella escucha con una media sonrisa incómoda. Y entonces él lo hace.
Pone una mano donde no debe, justo en la parte baja de su espalda, rozándole la cintura. Como si tuviera derecho, como si Gia le perteneciera. No es grosero: es sutil. Pero yo lo veo. Y él me ve. Y no me hace falta nada más.
Gia se la aparta rápido, con esa educación que a veces me desespera, y se da media vuelta para irse. En ese momento, Chase me pone una mano en el pecho.
—Tranquilo, hermano.
Tengo la mandíbula tan apretada que me duele. Y he apretado los puños por reflejo.
Gia se acerca con su sonrisa de siempre, fingiendo que no ha pasado nada.
—¡Eh! ¿Vais a la sala de vídeo? El míster quiere repasar lo de la jugada del cuarto down .
Simula que todo está bien. Pero yo no me trago esa mierda.
Y esta vez… tampoco voy a dejarlo pasar.
Gia se fija en mí sabe que algo no va bien.
—Estoy bien —me dice a toda prisa, cogiéndome del brazo—. No ha sido nada. Ya está.
—¿Eso «no ha sido nada»? —le suelto, señalando con la barbilla hacia Marcus, que aún sigue ahí, sonriendo con esa cara de imbécil satisfecho—. ¿Eso es lo que tú llamas «nada»?
Me suelto de su mano. Todo dentro de mí hierve.
Marcus se acaba de meter en su despacho y me doy cuenta de que es mi ocasión.
—Xander, no —me dice, Gia.
Ni la miro. No le contesto. Solo quiero ir hasta allí.
Gia me lo pide con esos ojos que me pueden y que me dicen que lo tiene controlado, que no haga una estupidez.
Pero hay una línea que no se cruza. Y ese cabrón la ha cruzado hace rato.
Escucho a Chase decir mi nombre y soltar una maldición.
No pienso. Solo voy por los pasillos de las oficinas como una puta tormenta a punto de estallar.
Mis botas retumban. Cada paso que doy es más fuerte en mi cabeza que en el suelo.
Y tengo los puños apretados desde que he visto su mano encima de Gia.
Al gunos del equipo me saludan al pasar, pero apenas los veo. Tengo la mirada fija en una cosa.
Llego a su despacho y abro la puerta sin llamar.
—¿Te has perdido, Cole? —pregunta con media sonrisa, apoyándose en la mesa como lo haría en una puta conversación de colegas.
Me acerco dos pasos. Estoy plantado frente a él, con los dientes apretados y el corazón bombeando rabia.
—Aléjate de ella.
Levanta una ceja, divertido.
—¿De quién? ¿De la chica que salió en todas las fotos contigo la otra noche?
—Sabes bien de quién estoy hablando, Marcus. No me toques los cojones.
—Eh, chaval —dice, alzando un dedo—. No me hables así. Tu contrato en este equipo depende de mi firma.
—Me importa una mierda. No vuelvas a ponerle una mano encima a Gia.
—¿Vienes a marcar territorio? Qué clásico. Tranquilo, campeón. Si no sabes cuidarla bien…, lo puedo hacer yo.
Y entonces pasa.
No lo pienso. Solo veo su cara, su sonrisa de mierda… y lo siguiente que noto es el dolor en mis nudillos al estamparse contra su mandíbula.
El puñetazo lo sacude hacia atrás; una taza cae al suelo y se hace trizas. Él se tambalea, se agarra la cara con una mueca de sorpresa mezclada con miedo.
Yo respiro agitado, con el pecho ardiendo y la adrenalina rugiéndome en la sangre.
Marcus se incorpora con dificultad, tocándose el labio partido.
—Estás jodido —gruñe—. Muy jodido, Cole.
Y lo sé. Lo sé desde el momento en que he entrado a su despacho. Pero no me arrepiento.
Porque nadie toca lo que es mío.
—¡Eh, eh, eh! —grita alguien desde el pasillo.
Por la puerta entran dos del equipo de seguridad del estadio. Detrás de ellos, uno de los asistentes del entrenador, con cara de haber visto un incendio.
Marcus levanta una mano, sangrando aún por el labio. Teatrero.
—Ha sido él. Me ha agredido —dice, como si no se lo esperara. Como si no se lo hubiera buscado.
Uno de seguridad se pone entre nosotros, aunque yo ya estoy quieto. No me muevo, no digo nada. Solo aprieto los dientes y le echo un último vistazo a Marcus. No por arrepentimiento, sino por rabia contenida.
—Vamos, Cole. Sal de aquí —ordena uno de los asistentes.
Camino por el pasillo con todos los ojos clavados en mí. Chase se aparta de la esquina, se cruza conmigo y suelta por lo bajo:
—Te he dicho que te calmaras.
Pero no hay vuelta atrás. Y es algo que sabes desde el momento en el que lo haces.
Busco a Gia por los pasillos, pero no la encuentro. Pero alguien sí que me localiza a mí.
—¿Qué cojones has hecho, Xander? —pregunta el míster desde la puerta de su oficina.
Está ahí, con los brazos cruzados. Su expresión es dura, como cuando perdemos un partido por culpa de la arrogancia.
—Él se lo ha buscado.
—Eso no importa. Aquí no resolvemos las cosas a golpes.
—No respondo. No puedo. Porque sé que tiene razón, pero tampoco me voy a disculpar por proteger lo que es mío—.
Hay testigos. Y cámaras —añade el míster—.
La directiva al completo ya ha sido informada, y no tardarán en notificarte la sanción oficial.
He intentado que no sean muy duros para no perjudicar al equipo a estas alturas. Pero, Xander, no me falles más.
Asiento con la mandíbula apretada. No hay nada que decir. Solo tragar.
Después de salir de la sala de vídeo, donde todos tenían cara de querer matarme, me vibra el móvil.
Una notificación. Breve. Fría. Formal.
«Xander Cole, jugador de los Seattle Titans , queda suspendido durante los dos próximos partidos oficiales por conducta antideportiva y agresión física dentro de las instalaciones del club».
Bloqueo el móvil.
Y lo primero que pienso es en Gia.
En el castigo no, ni en la directiva ni en el puto Marcus.
Pienso en cómo se lo voy a explicar… y en si ella me va a mirar con los mismos ojos después de esto.
Me monto en el coche y antes de arrancar, echo la cabeza hacia atrás y cierro los ojos. Mi mente no deja de dar vueltas.
¿Por qué ahora?
¿Por qué justo ahora ha decidido ir a más con ella?
¿De verdad es una venganza?
¿De verdad se cree que, por la maldita foto de la fiesta, mi relación se ha tambaleado lo suficiente como para que él tenga una oportunidad?
¿O siempre ha estado esperando el momento? Como una serpiente agazapada.
Lo pienso y me hierve la sangre. Porque no es solo deseo lo que veo en su expresión cuando la observa. Es algo más sucio. Más calculador. Parece que le jode que yo esté con ella y que disfruta probando hasta dónde puede llegar.
Y no lo voy a permitir
Nunca lo voy a permitir.
Tal vez la he cagado al dejarme llevar por el impulso. Tal vez hoy no haya sido el día más inteligente de mi vida. Pero si alguien piensa que puede tocar lo que es mío sin consecuencias…, se ha equivocado de jugador.
Cuando abro la puerta de casa, Gia ya está allí. Sentada en el sofá, con Cronos en el regazo y el rostro más serio que nunca.
No me dice nada al principio. Solo me mira.
Y sé que tengo que ser yo quien empiece a hablar.
—Ya lo sabes, ¿no? —Asiente despacio, sin apartar la vista—. ¿Te lo han dicho desde el club?
—Sí. Y, bueno, ha salido en todas las noticias —responde—. Estaba preocupada… y bastante decepcionada, para ser sincera.
Me dejo caer en el sofá, suspirando. Cronos salta y se va como si supiera que esta conversación no es para él.
—¿Qué quieres que te diga, Gia? Lo he visto. Llevo todo este tiempo viéndolo. Y me conozco. No he podido aguantarme.
—Xander… —Su tono no es duro, pero sí desencantado—. Te han suspendido dos partidos. ¿Eres consciente de lo que significa eso?
—Sí. Lo soy. Pero ¿de verdad esperabas que me quedara quieto viendo cómo ese cabrón te toca?
Ella frunce el ceño.
—Lo tenía controlado. Iba a hablar con Recursos Humanos. Iba a hacer las cosas bien.
—¿Y mientras tanto qué? ¿Me quedo de brazos cruzados mientras ese imbécil se piensa que puede rozarte, insinuarse, jugar contigo porque cree que entre nosotros hay grietas?
—Xander…
—Gia, lo ha hecho por joderme. Lo ha hecho porque yo le jodí su relación. Él ha estado buscando esta situación desde el minuto uno.
—¿Cómo que le jodiste su relación? —pregunta, sorprendida.
—Bueno, tuve algo hace un tiempo con su prometida. —Por su expresión, diría que le he pegado a un animalito—. Yo no sabía quién era ella, Gia. Lo prometo. Pero parece ser que se enteró hace poco de lo que hicimos y rompió su relación.
Gia no dice nada, solo me mira; parece esperar a que diga algo que salve la situación.
—Gia, no lo he hecho por orgullo. Lo he hecho porque me supera la idea de que alguien te vea como él te ve, como un reto que alcanzar.
Porque me importas tanto que… me hace daño imaginar que otro se atreva siquiera a pensarlo.
Me dejo la vida por este equipo, pero tú…
Tú eres otra cosa. Y si eso me convierte en impulsivo, en celoso o en un imbécil, lo acepto.
Pero no voy a quedarme de brazos cruzados.
Ella me observa en silencio. Sus ojos se suavizan. Sé que está procesando todo lo que he dicho. Y aunque me gustaría que me perdonara, no la presiono.
Entonces se acerca. Se sienta a mi lado. Y apoya su cabeza en mi hombro.
—No me gusta que pierdas el control, Xander…, pero entiendo por qué lo has hecho. Solo prométeme que la próxima vez, me dejarás hablar a mí antes.
—Lo intentaré. Pero contigo… me cuesta pensar antes de sentir.
Ella sonríe, resignada.
—Maldito bruto adorable.
—Lo dices como si fuera un cumplido.
—Tal vez lo sea.
Nos quedamos así, en silencio. Sin necesidad de más palabras.
Porque a veces, incluso cuando todo se tambalea, el amor sabe cómo aferrarse a lo que importa.