17
X ander
Salimos del edificio del equipo sin decir una sola palabra. Ella va a mi lado, con su mano rozando la mía, tranquila. Como si lo de antes no hubiese pasado. Como si no hubiese tenido que presenciar cómo ese imbécil de Marcus la miraba como si le perteneciera.
No he dicho nada. Ahí no. Delante de todos no. Pero me hervía la sangre.
Cuando llegamos al coche, nos sentamos, pero antes de arrancar, se gira hacia mí. Sus ojos, oscuros y serenos, me atraviesan.
—Suéltalo ya —me dice, sin rodeos—. ¿Qué te pasa?
Agarro el volante con más fuerza de la necesaria antes de arrancar. Respiro. Una vez. Dos. No sirve de nada.
—Marcus —escupo su nombre y me hace sentir mal sabor de boca—. No me gusta cómo te mira últimamente. Ya me había dado cuenta en alguna reunión, pero hoy… hoy se ha pasado.
Ella suspira, se acomoda el cinturón y gira la cabeza hacia mí.
—Creo que ha sido por lo de la foto de anoche —explica, con un tono más suave—. Tal vez se ha pensado que ya no estamos juntos. O que podía aprovechar la oportunidad. Yo qué sé. Pero le he puesto las cosas claras, Xander. No hay que darle más vueltas. Ha sido algo puntual.
Aprieto la mandíbula.
—¿Puntual? Es que no tendría que haber sido ni algo puntual, Gia —intento hablar calmado, aunque no tengo muy claro que lo esté consiguiendo—. Es tu jefe, y uno de los directivos del equipo. No debería ser así.
—Sí, ha sido algo puntual porque lo he frenado en seco. Porque no ha pasado de ahí. —Su voz no tiembla. Está firme y segura—. No voy a justificarlo. Pero tampoco quiero que te hagas películas. Sé cuidarme.
Tan jodidamente hermosa, tan fuerte… Y tan ajena al nudo que tengo en el estómago…
Porque no se trata solo de celos. Se trata de la sensación de que algo o alguien puede joder lo que hemos construido. Lo mucho que estoy apostando por esto… por ella.
Porque no entiendo esa reacción de él así, tan de repente.
Pero no digo más en todo el trayecto, pero me conozco. No voy a dejarlo pasar tan fácil. Marcus ha cruzado una línea. Y como vuelva a hacerlo, no me quedaré quieto, por muy directivo que sea.
Llegamos a casa sintiendo todo el peso del día encima. Gia suelta las llaves en la mesa del recibidor y suspira, como para librarse de todo lo que no ha dicho desde el coche. Cronos aparece de la nada, ronroneando como loco, y ella se agacha a acariciarlo.
Yo cuelgo la chaqueta y la observo en silencio. Podría quedarme horas mirándola moverse por casa.
—¿Quieres olvidar este día de mierda conmigo? —pregunta de pronto, girándose hacia mí con una media sonrisa.
—¿Qué tienes en mente?
—Un baño. Espuma, agua caliente, tú y yo. —Se encoge de hombros—. Nada del otro mundo.
Pero para mí lo es todo. Asiento sin pensarlo dos veces.
Cuando la bañera está llena y la espuma cubre la superficie del agua, la luz tenue del baño nos baña con calidez. Me apoyo en el borde y Gia se acomoda entre mis piernas, con su espalda contra mi pecho. Huele a vainilla, y juro que su sola presencia me relaja el alma.
—¿Sabes qué estaba pensando antes? —dice, girando un poco el rostro—. Que si Cronos pudiera hablar, nos regañaría cada vez que lo dejamos fuera de la habitación.
Suelto una risa, baja y ronca.
—Seguro. Pero también es un cotilla. Siempre está intentando colarse.
—Porque quiere ser el protagonista de todo.
—No puede competir. Yo soy el protagonista —respondo en tono chulo, besándole la clavícula.
—¿Tú? Por favor… —resopla, divertida.
Nos reímos un rato. Se entretiene poniéndome espuma por todos lados.
Pero cuando se relaja, sus dedos acarician mi muslo bajo el agua y mi cuerpo empieza a reaccionar solo.
Luego siento sus labios en mi cuello, lentos, suaves.
Y, sin que diga una palabra, se desliza entre mis piernas y su boca se hunde en mi polla, húmeda y caliente, haciéndome soltar un gruñido profundo.
Al salir del baño, Gia se pone una camiseta ancha y me lanza una mirada que es puro fuego.
—Voy a revisar unos informes y a llamar a Savannah. Hoy me ha escrito sobre lo de esta mañana… y quiero explicarle las cosas.
Asiento, aún algo atontado por lo de hace unos minutos.
—Entonces…, me voy al gym . Necesito soltar energía.
—¿Más? —pregunta, con una ceja levantada.
—Siempre —respondo, guiñándole un ojo.
Ella sonríe y me lanza un beso desde la puerta del despacho.
El gimnasio está casi vacío a esta hora. Y me viene bien. Necesito levantar hierro, sudar y pensar menos.
Estoy haciendo press banca cuando Liam aparece con una camiseta de tirantes y una toalla en la mano.
—¿Vas a reventar esa barra o vas a decirme qué coño te pasa? —pregunta, apoyándose a mi lado.
—¿Pueden ser las dos cosas?
—Te conozco, Cole. Cuando vienes a esta hora, con esa cara de asesino silencioso, es porque estás a punto de cargarte a alguien.
Me siento y cojo aire.
—Marcus. Uno de la directiva del equipo y jefe de Gia. Hoy le ha echado una mirada que me han dado ganas de partirle la cara.
—Sé quién es, tío. ¿Le ha dicho algo?
—Le ha dicho guapa. Ha estado encima de ella, que lo ha cortado, sí, pero…, no sé, joder. Me pone enfermo —digo, pasándome una mano por el pelo—. Él sabe que estamos juntos. Todos lo saben. Y no sé a qué viene ahora esto.
Liam chasca la lengua.
—¿Se lo has comentado?
—¿A Gia? Claro. Me ha dicho que no era para tanto. Que lo ha frenado y ya está. Pero no es solo eso. Es el tipo de hombre que cree que tiene derecho a todo. Y no me gusta tener a Gia cerca de alguien así. Ni un poco.
—Cole…, sé cómo eres. Pero piénsatelo dos veces antes de perder la cabeza. No dejes que ese capullo tenga ese poder sobre ti.
Me conoce bastante. Y sabe que, si Marcus vuelve a acercarse a Gia, voy a perder los papeles. Y es algo que no me conviene nada. Ni por el equipo ni por Gia.
Han pasado varios días desde el incidente con Marcus. Y aunque intento no pensarlo, no verlo, no sentirlo…, cada vez que ese cabrón se cruza con Gia por el pasillo, se me revuelven las tripas.
No ha vuelto a decirle nada. Que yo sepa. Solo miradas. Sutiles. Disimuladas. Pero yo las veo. Las reconozco. Porque son las mismas que he lanzado yo alguna vez, con la diferencia de que Gia ahora es mía. Y no pienso permitir que ningún idiota trate de joder eso.
He estado ocupado. Entrenamientos, sesiones de video con el equipo, comidas rápidas entre reuniones… Reuniones en las que estaba él.
Gia y yo nos estamos viendo menos por culpa del ritmo de lo que conlleva estar en mitad de una temporada y con la emoción de no haber perdido ni un solo partido. Pero cuando ella y yo estamos juntos…, todo es más intenso. Más íntimo.
Hace un par de noches cocinamos pasta casera. Ella con harina hasta las cejas y yo quemándome los dedos porque no podía dejar de besarle el cuello.
Ayer salimos a pasear con Cronos, que ahora exige salir al patio como un perro. Y esta mañana me he despertado con sus piernas enredadas en las mías y su respiración suave contra mi pecho. Me jode que algo tan perfecto tenga que estar manchado por un imbécil.
En el trabajo, he intentado mantenerme al margen. No quiero meter la pata. No quiero ser ese tío que la sobreprotege ni que estropea su espacio. Pero cada vez que Marcus aparece, me doy cuenta de que me mira como si esperase algo de mí.
Y lo peor es que Gia sigue actuando tan tranquila. Quizá no quiera darle importancia. Quizá no quiera preocuparme. Pero yo ya estoy en modo alerta; algo dentro de mí está convencido de que esto no ha terminado.
Liam me dijo el otro día que sabe cuál es el problema que tiene Marcus conmigo. Y la verdad que es algo que no me esperaba.
Resulta que hace casi un año, en una fiesta, como tantas otras, una chica se me acercó. Estuvimos hablando, no me contó mucho de su vida privada, pero nos acabamos liando y sí, me comió la polla en el baño. La cosa quedó ahí, aunque obviamente los chicos del equipo se enteraron.
Pues resulta que esa chica era la prometida de Marcus. ¿Cómo coño iba yo a saberlo?
Liam dice que la noticia de la cancelación de su compromiso saltó hace poco. Y que ese puede ser el motivo por el que Marcus actúa así con Gia. Y la verdad que a mí me parece un juego muy sucio. No por lo que me quiera hacer a mí, sino porque Gia no tiene por qué aguantar algo así.
Y yo no sé cuántas veces más voy a poder mirar hacia otro lado.
Solo hace falta que ese cabrón dé un paso más, solo uno, y no respondo de mí.
Estoy sentado en el banco del vestuario, con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza agachada, como si así pudiera deshacerme el puto nudo que tengo en el pecho desde hace días.
—Estás muy callado para lo que sueles ser —dice Chase, dejándose caer a mi lado con una botella de agua en la mano. Le echo un vistazo de reojo. No tengo ganas de hablar, pero si hay alguien del equipo que entiende cuándo callar y cuándo decir las cosas…, es él—. ¿Marcus? —pregunta, directo.
Asiento.
—No sé si estoy exagerando, si me estoy volviendo loco… pero no me cuadra. No me gusta cómo la mira. Y no me gusta cómo actúa cuando yo estoy cerca. Parece estar todo el rato midiendo lo que puede hacer sin que dé la impresión de que hace algo.
Chase toma un trago largo, luego se pasa la mano por la barbilla.
—No estás loco, tío. Lleva tiempo actuando raro contigo.
Yo también me he fijado. En la reunión del martes, cuando Gia estaba explicando lo de la campaña, él no le quitaba los ojos de encima.
Pero no a la tablet precisamente. No sé si sabes a lo que me refiero.
—Por fin alguien lo dice en voz alta. No es mi imaginación—.
Y no solo eso —añade Chase—. Cuando tú entras, se pone tenso.
Como si supiera que estás a punto de partirle la boca.
Me paso las manos por la cara y resoplo. Me cuesta no saltar, no hacer algo estúpido. Pero no soy tonto. Quiero protegerla, no echar a perder lo que tenemos.
Nos ponemos de pie y salimos por el pasillo. A lo lejos, veo una escena que me revuelve todo el cuerpo.