19
G ia
Los días siguientes pasaron con el ritmo desacompasado de quien intenta mantener la calma en medio de una tormenta interna.
Xander entrena todos los días. Como si con cada repetición pudiera borrar lo que había hecho y el sudor bastara para lavar la culpa.
No hablaba mucho de ello, pero lo veía en su forma de moverse, en los puños apretados cuando creía que no lo veía, en la mandíbula tensa cuando pasaba por delante del televisor y las noticias mostraban titulares como: «E l temperamento de C ole , otra vez en el punto de mira ».
Lo animaba todo lo que podía. Lo abrazaba después de los entrenamientos. Le recordaba que esto iba a pasar, que el equipo lo necesitaba y que lo que había hecho, aunque malo, no lo convertía en el villano de la película. Pero él se castigaba solo. Con palabras no: con silencios.
Hace una semana viajamos a Portland para jugar contra los Cougars. Fue el primer partido sin él. Yo fui con el equipo. Y Xander se quedó en Seattle.
Todo fue… bastante regular. No hay otra manera de expresarlo. Jugamos bien, pero nos faltó corazón. Perdimos 21a 17 y el vestuario olía a derrota incluso antes de que sonara el silbato final.
Algunos titulares culparon a Xander de lo sucedido en el partido. «L os T itans sin C ole : ¿ la caída inevitable ?».
Como si un solo jugador pudiera salvar o hundir a un equipo entero. Pero Xander se lo creyó. Se tragó cada palabra y dejó que se convirtieran en peso en su espalda. No lo decía, pero lo sentía. Y yo se lo notaba.
Aquel domingo, al volver del viaje, lo encontré sentado en el suelo del salón, con las piernas estiradas y la cabeza apoyada en la pared, sin música, sin televisor, sin nada. Solo él y el silencio.
—No es culpa tuya —le dije.
—Sí lo es —respondió sin abrir los ojos—. Si no hubiera hecho esa estupidez…
—Si Marcus no te hubiese provocado, tampoco habría pasado. Y lo sabes.
No contestó. Pero cuando me senté junto a él, me tomó la mano sin decir nada. Y eso fue suficiente para saber que me necesitaba ahí, incluso si no sabía cómo decirlo.
Xander se desvive por hacerlo bien. Pero a veces se olvida que no tiene que cargar con todo solo. A veces, incluso a los más fuertes, hay que recordarles que pueden apoyarse en alguien.
Esta semana he pasado de pie más horas de las que puedo contar, con el portátil pegado a las manos y el teléfono sin parar de vibrar.
He coordinado entrevistas, he redactado notas internas, he organizado la agenda del míster, he planificado los desplazamientos, he repasado hasta la temperatura en cada ciudad donde jugarán las próximas semanas.
Todo. Lo he dejado todo preparado para que este fin de semana, cuando el equipo viaje a Denver para enfrentarse a los Kings, yo no tenga que ir.
Tampoco es que no quiera hacer mi trabajo. Pero esta vez Xander me necesita más aquí que ellos allí.
Y a mí también me hace falta quedarme. Quiero respirar. Deseo ver algo más que titulares hirientes y rostros decepcionados.
Así que lo decidimos. Este fin de semana, por primera vez en mucho tiempo, ni gente ni estrategias ni cámaras. Solo nosotros.
El viernes por la tarde, justo después de que el autobús partiera, quité el modo vibración del teléfono y lo apagué por completo. Nada de silenciarlo: lo apagué. Un pequeño acto de rebeldía. O de amor.
Xander lo notó. No dijo nada, pero sonrió de ese modo tan suyo. Ese que aparece cuando le das algo que no sabía que necesitaba.
Hicimos la compra juntos, discutiendo si el arroz va con curry o con tomate, y terminamos comprando ambas cosas, como buenos indecisos.
Cocinamos con música alta, él bailando ridículamente mientras picaba verduras, yo riéndome a carcajadas cada vez que Cronos intentaba robar un trozo de pollo de la encimera.
Jugamos a videojuegos. Bueno, él jugó, yo perdí miserablemente.
Paseamos al atardecer, sin rumbo, hablando de cosas sin importancia: películas, canciones, recuerdos de la infancia. Esa noche dormimos como si el mundo no se estuviera cayendo alrededor. Como si todo estuviera bien, aunque solo fuera por un rato.
Y por un momento, sí lo estaba.
A veces, amar a alguien no significa hacer grandes gestos ni dar discursos profundos. A veces, solo es quedarse. Ser un refugio. Un respiro.
Ese día no salvamos el mundo. Solo nos salvamos a nosotros.
El sábado amanece perezoso, con esa luz suave de los días que no exigen nada.
Hemos pasado casi toda la mañana en pijama, tirados en el sofá con una manta compartida y una película de comedia absurda de fondo.
Una de esas que es tan mala que termina siendo buena…
O al menos eso decimos para justificar las carcajadas que soltamos cada dos por tres.
Cronos, como siempre, no para de hacer rondas por el salón, persiguiendo su propia cola, subiendo al respaldo del sofá, tum bándose sobre nuestros pies, y luego saltando sin motivo aparente. Parece saber que estamos en modo desconexión, y él también quiera participar del caos relajado.
—¿Sabes qué es lo único bueno de la peli? —dice Xander, girando la cabeza hacia mí sin parar de sonreír.
—¿Que ya casi se acaba? —respondo con una ceja levantada.
—Que si no fueras tan buena sumisa, no me habrías permitido ponerla —dice, con ese tono burlón y malicioso que le sale tan natural.
Suelto una risa y le lanzo un cojín sin mucha fuerza.
—¿Sumisa? Te recuerdo que te he puesto de rodillas más de una vez.
—Eso fue porque me dejé ganar —responde, llevándose una mano al pecho, fingiendo dignidad herida—. No hay quien me domine si yo no quiero, Gia.
—Oh, por favor. —Me giro hacia él, cruzando las piernas sobre el sofá con una sonrisa peligrosa—. Yo he aprendido del mejor. Pero ahora el alumno ha superado al maestro.
Xander enarca una ceja y ese brillo competitivo se enciende en sus ojos.
—¿Superarme? Ni en tus mejores sueños, preciosa.
—¿Quieres que te lo demuestre? —le digo, acercándome un poco para rozarle el cuello con los labios, dejando que el silencio entre nosotros se cargue de intención.
—Me estás retando, Gia…
Y ahí noto cómo se le está poniendo dura debajo del pantalón.
—Siempre —le digo, mirando de reojo su erección y luego a él.
Se queda en silencio unos segundos, procesando mi atrevimiento, y luego suelta una risa ronca que me hace estremecer.
—Vale. Demuéstramelo —suelta; enreda sus dedos en mi pelo y me acerca a su boca—. Pero cuando me toque a mí y me supliques que pare, no digas que no te avisé.
—¿Yo? ¿Suplicando? Por favor, cariño. Eso sí sería una buena comedia.
Nos besamos. Lento. Y cuando nos separamos, nos quedamos mirándonos unos segundos, y luego estallamos en carcajadas. Cronos salta encima de nuestras piernas para pedir atención también, interrumpiendo el momento con sus patitas blandas.
Xander se agacha para rascarle la cabeza.
—Al menos alguien aquí me respeta —murmura.
—Él solo quiere vernos pelear por el dominio. —Le guiño un ojo—. Es un espectador.
Xander se ríe de nuevo y me pega a él para besarme.
Lo tomo de la mano y tiro suavemente de él hacia la habitación. Nuestros dedos entrelazados son un lenguaje propio. Íntimo. Cargado de electricidad.
Una vez dentro, lo beso con todo el fuego contenido durante el día. Un beso lento al principio, pero que va ganando hambre, urgencia, deseo. Mis manos recorren su torso como si quisieran grabarlo en mi memoria. Su piel arde .
Con las yemas de los dedos le bajo el pantalón y los calzoncillos, y libero su longitud. Él levanta los brazos y se quita la camiseta. Nuestros cuerpos se hablan sin palabras.
—Túmbate. Y no te muevas —le ordeno con voz baja, ronca.
Xander traga saliva y obedece. Se deja caer sobre las sábanas. Pero esa sonrisa ladeada sigue ahí porque, a pesar de todo, aún cree que puede recuperar el mando.
—¿Estás segura de esto? —me pregunta, divertido.
Voy hacia él sin responder y me desvisto, notando cómo sus ojos me recorren abrasando hasta el último centímetro de mi piel.
Me pongo encima de él y me agacho para besarlo. Un beso suave. Lento.
—Llevo mucho tiempo pensando esto —le susurro, pegada a sus labios—. Estoy más que segura.
Dejo que mis labios recorran su cuello, su pecho, su abdomen… Con cada curva, con cada línea, lo dibujo con mis labios. Mi lengua traza caminos lentos, mi aliento cálido enciende cada rincón.
—Te estás tomando tu tiempo, Gia —gruñe con voz rasposa.
—Es lo que hace una buena dominante. Tortura…, lenta y deliciosa.
Lo estoy disfrutando más de lo que pensaba. No por el poder, sino por lo que significa. Xander está ahí, quieto, obedeciendo, vulnerable, pero con los ojos llenos de deseo por mí. Por lo que yo soy. Por lo que compartimos.
Mi mano baja despacio por su abdomen hasta encontrarse con su polla, dura y palpitante, esperándome.
La acaricio con lentitud, con firmeza. Me lamo la palma de la mano para humedecerla, y vuelvo a envolverle el miembro con mis dedos, sintiendo cómo se tensa bajo mi toque.
—Joder, Gia… —murmura con la voz cargada de deseo.
—¿Te rindes? —susurro pegando mi boca a su punta, que ya tiene mojada.
—Nunca —jadea, con los ojos encendidos—. Pero si sigues haciéndome esto…, juro que me lo pienso.
Le doy un par de lametones lentos, provocativos, solo para escucharlo jadear.
Luego me la meto en la boca, profunda, caliente, húmeda. Empiezo a un ritmo lento, usando mi lengua para saborearlo, succionando mientras mis labios se deslizan de arriba a abajo con una entrega absoluta. Mis dedos acarician la base, aprietan con suavidad, dándole más estímulo.
—Mierda… —suelta Xander, con los dedos enredados en las sábanas—. No pares, joder. Eres tan buena en esto…
Gimo con su miembro en mi boca, provocándole una vibración que lo hace tensarse aún más. Bajo un poco más, lamiendo sus testículos sin parar de masturbarlo con la mano, y siento cómo se le tensan, cómo todo su cuerpo se estremece bajo mi control.
—Oh, joder, Gia… Eso es… Mierda, sí… —gime, con la cabeza hacia atrás—. Estás jugando sucio… como una jodida diosa.