La última apuesta 16
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A veces me cuesta asimilar cómo ha cambiado todo en tan poco tiempo.

Si me lo hubieran dicho hace unos meses, habría jurado que nunca me ibas a verme viajando con un equipo de fútbol americano profesional, vibrando desde las gradas como si mi vida dependiera de un touchdown, celebrando una victoria rodeada de jugadores sudados, gritones y eufóricos.

Y mucho menos, que iba a hacerlo con el corazón latiendo por uno de ellos.

El viaje a Arizona fue… intenso. Divertido. Cargado de momentos que ahora se han vuelto recuerdos preciosos. El avión iba repleto de bromas, risas y hasta apuestas sobre quién iba a ser el primero en roncar en el vuelo de regreso.

El hotel era precioso, y aunque oficialmente tenía mi habitación, Xander no tardó ni un segundo en recordarme —con una sonrisa ladina y ese tono suyo que derriba cualquier resistencia— que no pensaba dormir sin mí.

Pero lo más impresionante fue el partido.

El estadio rugía con fuerza, pero los Seattle Titans rugieron más.

Fue un duelo duro, reñido, con momentos de infarto, pero al final…

ganamos. Xander jugó poniendo el alma en cada pase.

Lo vi en su expresión, en la forma en que corría, en cómo apretaba los dientes cada vez que se le acercaban los defensas.

Estaba en llamas. Y cuando el silbato final sonó y los gritos de victoria estallaron a mi alrededor, supe que estaba presenciando algo grande.

El equipo entero estaba exultante. No solo por la victoria, sino también por la conexión que se ha formado entre todos ellos. Una especie de hermandad indestructible que se forja en cada entrenamiento, cada golpe, cada caída y cada vez que se levantan.

Y yo… yo me sentí parte de ello.

Nunca pensé que pertenecer a algo así, vivirlo tan de cerca, podría ser tan bueno.

Volver a casa fue como respirar después de aguantar mucho tiempo bajo el agua. Y esta vez significaba regresar a una rutina que ya no me resulta ajena. Significaba volver a Xander.

Ese viaje ha solidificado algo entre nosotros.

No fue solo una noche especial o un fin de semana lleno de emociones.

También fue el principio de una nueva etapa.

Nuestro día a día ha cambiado, pero en el mejor de los sentidos.

Compartimos más que besos y caricias. Compartimos silencios cómodos, planes tontos y hasta las tareas más mundanas que ahora son especiales solo porque las hacemos juntos.

Vivir en su apartamento lo ha facilitado todo.

Su cama ya es mi cama. Cronos, que antes se sentía dueño y señor de mis cojines, ahora ha conquistado el sofá de Xander como si hubiera nacido para gobernarlo.

Y lo más bonito es ver a ese gato salvaje restregarse por sus piernas con total confianza y parece que siempre hubieran vivido juntos.

A veces, cuando llego a casa y veo a Xander en calzoncillos tirado en el sofá, con Cronos dormido encima de su pecho y la tele encendida con algún resumen deportivo, me siento… en casa. De verdad. Siento que somos algo más, que estamos construyendo algo real.

Nuestro vínculo se ha vuelto más íntimo, más sincero.

Nos reímos por tonterías, nos apoyamos cuando el estrés asoma y cada vez es más fácil hablar de lo que sentimos sin tener que medir las palabras.

Me encanta la forma en la que me abraza cuando creo que no lo necesito, pero en realidad sí.

Me encanta cómo me contempla en silencio, memorizando cada uno de mis gestos.

Me encanta que ya no tema tocar los temas profundos.

Que cuando me dice «Te quiero», lo haga con la certeza de quien ya no tiene miedo a perder.

En el equipo también las cosas han evolucionado.

Mi rol como asistente es más firme, más respetado.

Al principio algunos jugadores me veían como «la nueva» o incluso como «la chica de Xander», pero ahora soy Gia, la que resuelve, la que organiza, la que mantiene el caos bajo control y tiene solución para todo.

Los chicos confían en mí, y yo me siento útil.

Siento que aporto algo real, y eso también me hace sentir orgullosa.

Todo parece fluir. Tranquilo. La vida, por fin, me está regalando una temporada de calma.

Esta noche Xander va a salir de fiesta. Es el cumpleaños de uno de los chicos del equipo —no sé bien de cuál, porque entre tantos nombres y motes, a veces me lío—, y han organizado algo en uno de los clubes más exclusivos de la ciudad.

Lo he ayudado a elegir el outfit . Bueno, más bien me ha permitido que lo vista: una camisa negra de manga larga —remangada hasta los codos, por supuesto—, unos vaqueros claros y esos botines negros que me vuelven loca. Está increíble. Tan increíble que casi me arrepiento de dejarlo salir solo.

—¿Estás segura de que no quieres venir? —me pregunta mientras se peina rápido frente al espejo de la entrada.

—¿Y perderme mi cita romántica con Cronos, comida china y mi peli favorita? Ni loca —le digo, apoyada en el marco de la puerta, con los brazos cruzados.

Xander se ríe y se acerca. Me besa despacio, con esa sonrisa ladeada que me derrite.

—No te comas toda la comida tú sola. Guárdame un rollito.

—Te guardaré uno… si Cronos no se lo come antes.

Él se agacha y le acaricia la cabeza al gato, que está hecho un ovillo en el sofá. Cronos ni se inmuta. Obvio.

—Este gato me odia —murmura con fingido drama.

—No, simplemente te tolera. Que es lo más cerca del amor que vas a conseguir de él —le contesto, y nos echamos a reír.

Xander me lanza un último beso al aire y abre la puerta.

—Te escribo cuando llegue. Te amo, Gia.

—Yo también te amo, Xander. Pásalo bien.

Cuando se va, la casa se queda en silencio. Cronos levanta la cabeza apenas unos segundos, como para confirmar que no es comida lo que se ha perdido, y vuelve a cerrar los ojos.

Suspiro, me recojo el pelo en un moño rápido y me estiro con gusto en el sofá. Mi móvil ya está en la app de comida. Pollo con almendras, arroz frito, dumplings y rollitos de primavera. Mi combo ganador.

Mientras llega el pedido, voy a por la manta más suave del mundo, esa de la que Cronos intenta adueñarse siempre, y escojo mi película favorita.

Una de esas que me sé de memoria, pero que me emociona desde el inicio.

Me meto debajo de la manta, con Cronos acurrucado a mi lado, ronroneando como una pequeña estufa felina, y me permito sentir ese pequeño lujo de estar sola, tranquila y feliz.

La cena ha sido gloriosa. De esas que te dejan con el alma calentita y la tripa feliz.

He devorado el pollo, he mojado cada dumpling en la salsa de soja con una devoción casi religiosa y he guardado el mejor rollito para el final…

Pero he sido buena. Lo he envuelto en una servilleta y lo he metido en la nevera con una notita pegada que dice: «Para el fiestero sexy. No tocar, Cronos» .

Cronos, por cierto, ha estado a lo suyo.

A ratos encima de mí, ronroneando como una moto, y a ratos con esos arranques locos suyos, corriendo como un poseso por el pasillo y cazando sombras imaginarias.

Ahora está dormido, panza arriba, demostrándome que no tiene ninguna responsabilidad en esta casa.

Compruebo la hora en el móvil. Pasa de la una de la madrugada.

Apago la tele, recojo un poco el caos de comida y la manta, y me voy al dormitorio con la sensación de haber pasado una noche tranquila perfecta.

Me cepillo los dientes, me pongo una camiseta gigante de Xander y me meto en la cama.

Cronos me sigue al trote, como si tuviera miedo de que me escape mientras está distraído.

Estoy a punto de quedarme dormida cuando oigo abrirse la puerta de entrada … y un golpe sordo contra la pared.

—Mierda —la voz de Xander suena amortiguada… y arrastrada.

Sonrío. No necesito verlo para saber que está borracho. Lo escucho reírse solo y tropezar con algo en el pasillo.

—¿Giiia? —dice desde el salón—. ¿Dónde estááás? Me han abducido unos alienígenas buenorros.

Me tapo la boca para no soltar una carcajada.

—Estoy aquí, astronauta ebrio. Ven antes de que Cronos te mate.

Xander aparece en la puerta del dormitorio con los ojos brillantes, el pelo revuelto y una sonrisa tonta.

—Eres… tan guapa que me duele el pecho. No sé si es amor o… o indigestión. Pero algo me arde aquí —dice, dándose golpecitos dramáticos en el corazón.

—Definitivamente es el alcohol —río.

—Uno del equipo me ha dicho que, si me canso de ti, él me adopta.

—¿Y tú qué le has dicho?

—Que me cansaría antes de la pizza. Y tú sabes lo que yo siento por la pizza.

Me levanto, lo agarro de la mano y lo ayudo a quitarse la camisa, mientras él intenta sin éxito desabrocharse los pantalones entre risas.

—¿Por qué esto tiene tantos botones? ¿Por quééé? —gime, y yo no puedo más de la risa.

—Shhh, anda, deja que lo haga yo.

Consigo meterlo en la cama, con Cronos mirándonos como si estuviéramos montando un circo.

—¿Sabes que te amo? —dice él, ya medio tumbado, con la voz más baja, más dulce.

—Lo sé, Xander. Y yo a ti.

Me tumbo a su lado y le acaricio el pelo.

Él se acurruca como un niño grande, con una sonrisa feliz y esa calidez que solo tiene cuando está relajado del todo.

Y así, entre risas, olor a colonia mezclado con alcohol y el peso de su brazo sobre mi cintura, me duermo.

El aroma del café recién hecho empieza a llenar la cocina; Cronos devora su desayuno como si no hubiera comido en años. Le rasco detrás de la oreja, justo donde le gusta, y él cierra los ojos con una expresión de éxtasis total.

Xander sigue durmiendo como un tronco. A veces, ronca bajito, otras se abraza a la almohada como lo hace conmigo. Me encanta verlo así. Tranquilo, vulnerable, sin la fachada de tipo invencible que tiene puesta durante el día.

Yo, en cambio, ya estoy modo «productivo». Sentada a la isla de la cocina, con una taza caliente entre las manos y la tablet delante. Revisando el correo, el calendario del equipo, alguna actualización de los Titans…

Hasta que aparece.

Una notificación de una página de cotilleos deportivos. Y luego otra. Y otra.