15 #3
Cuando saboreo el último pedazo, Xander me lanza contempla de un modo que me hace sentir deseada y protegida a la vez.
Después de la cena tenemos un plan que he organizado con mucha ilusión. Una visita nocturna al mirador del Parque Papago, un lugar donde las formaciones rocosas se recortan contra el cielo estrellado de Arizona.
El conductor del Uber conduce bajo la noche cálida; el aire fresco nos envuelve cuando llegamos a ese rincón apartado de la ciudad.
Nos sentamos en una manta, rodeados de silencio y es trellas, dejando que el cielo infinito nos recuerde lo pequeños que somos, pero también la grandeza de lo que podemos sentir.
Xander me toma la mano y me sonríe con esa luz en los ojos que me derrite por dentro.
—¿Sabes qué es lo mejor de este cielo? —murmuro, tumbada sobre la manta, con la cabeza apoyada en su pecho, señalando el firmamento con un dedo.
—Que lo estás viendo conmigo —responde él, sin pensarlo demasiado, acariciándome el pelo.
Sonrío contra su piel, sin moverme.
—También… Pero no es eso lo que iba a decir. —Me río un poco y luego suspiro—. Lo mejor es que estamos viendo el pasado.
—¿Eh?
—Las estrellas que ves ahora… muchas ya no existen. Están tan lejos que su luz tarda años, siglos, milenios en llegarnos. Así que, cuando contemplas el cielo, estás viendo cómo eran, no cómo son. Estás viendo el universo como era hace muchísimo tiempo.
Xander guarda silencio por unos segundos, intentando procesarlo.
—Joder…, eso es jodidamente profundo.
—Lo es, ¿verdad? —digo, aún con esa fascinación infantil en la voz—. Es como… romántico y triste al mismo tiempo.
Xander se gira un poco, para mirarme a los ojos. Las luces lejanas de Phoenix no alcanzan a teñir el cielo, que parece más negro y más puro que nunca.
—¿Y qué crees que somos tú y yo? —pregunta, bajito—. ¿Una estrella que aún brilla aunque ya esté muerta… o algo que acaba de empezar a arder?
Me quedo en silencio un momento. Luego sonrío.
—Creo que tú eres mi estrella más brillante. Y que acabas de empezar a arder, Xander.
—Pues prepárate —dice con intensidad—. Porque por ti ardo hasta el puto fin del universo.
Me río, me echo sobre él y lo beso. Un beso lento, lleno de algo más que deseo. Algo más grande. Como el cielo que nos envuelve.
—Te quiero, Xander.
—Yo también te quiero, Gia.
Y justo en ese instante, una estrella fugaz cruza el cielo sobre nosotros: una respuesta del universo.
El viaje de vuelta al hotel es tranquilo; voy echada en su hombro, girada hacia la ventanilla y sintiendo su respiración.
Al llegar a la habitación, los dos mostramos una expresión de complicidad y agotamiento dulce porque sabemos que lo mejor está por venir.
Xander me sienta en el sillón con esa mezcla de ternura y fuego que me vuelve loca.
Me abre las piernas despacio, y siento su aliento cálido en mi piel cuando apoya mi pierna en su hombro.
Sus dedos comienzan a deslizar con cuidado el juguete de dentro, ya empapado, y cada centímetro que sale me estremece.
Se le dilatan las pupilas, se le tensa la mandíbula y noto cómo se le marca la erección en el pantalón.
—No debería hacer esto antes de un partido —dice, con la voz ronca—. Pero a la mierda.
Ya estoy temblando de deseo. Él se baja los pantalones con prisa, dejando al descubierto lo que hace que mi cuerpo arda en llamas. Me levanta del sillón con fuerza pero con delicadeza a la vez, y se sienta encima de él.
Cuando me penetra de un tirón, el mundo desaparece. Siento su polla llenándome por completo, profunda y firme, y no puedo evitar un gemido, con la cabeza echada hacia atrás. Sus manos hunden en mis caderas y me obligan a moverme con él, marcando un ritmo salvaje y perfecto.
—Eres increíble —susurro, jadeando, con la voz rota—. Así, más rápido…
Los ojos oscuros de Xander parecen devorarme. No duda ni un segundo, y acelera el ritmo. Cada embestida es un golpe de electricidad en mi interior, y mis pezones se endurecen bajo sus manos.
—Mmm, preciosa —gime él—. Me tienes completamente viciado a esto.
Empiezo a moverme más rápido, apretándome contra su polla, sintiendo cómo el calor sube y sube hasta que ya no puedo aguantar.
—Xander… —mi voz es un quejido, casi un suspiro—. Me corro… No puedo más.
Él me estrecha con más ganas, me agarra de las caderas y me empuja con violencia deliciosa. Mis uñas se clavan en su espalda y mis gimoteos se mezclan con los suyos.
—Ven —susurra cerca de mi oído, acercándome más contra su cuerpo—. Quiero sentir cómo te corres solo para mí.
Y entonces exploto, temblando encima de él, con el clímax recorriendo cada fibra de mi cuerpo. Xander sigue embistiéndome, alcanzando su propio éxtasis, y los dos nos derrumbamos juntos; cuerpos sudorosos y corazones desbocados.
Me besa profundamente mientras nuestras respiraciones se calman.
—Después del partido, no quiero que esto acabe —dice con una sonrisa pícara.
—Yo tampoco —le respondo, acariciando su pecho—. Esto es solo el principio.
Nos quedamos así, abrazados, compartiendo el calor y la promesa de todo lo que está por venir.