La última apuesta 15 #2
58%

15 #2

Xander me toma de la mano y me pega a él.

Me acaricia los brazos y sube hasta mis hombros.

Me gira con delicadeza y hace que me eche sobre la mesa de la habitación.

Apoyo las manos y el pecho sobre la superficie fría, sorprendida por el gesto.

Xander me acaricia la espalda, despacio, trazando líneas invisibles con las yemas de los dedos.

—¿Xander…? —susurro, sintiendo cómo se me acelera el corazón.

—No vamos a hacer nada… —dice, con la voz cargada de deseo, como si estuviera luchando consigo mismo—. Solo quédate así. No te muevas.

El tono de voz es firme, hipnótico. Asiento despacio, conteniendo el aliento, sintiendo cómo se me tensan todos los músculos.

Xander se agacha un poco y me levanta el vestido hasta la cintura.

Me da un beso suave en la parte baja de la espalda, luego otro en el muslo desnudo, rozándome apenas con la nariz, haciendo que un escalofrío me recorra el cuerpo.

Sus manos no hacen mucho más, pero su cercanía, su calor y el leve roce de sus labios me encienden por dentro.

Me muerdo el labio y cierro los ojos un segundo. En realidad no ha hecho nada, pero tenerlo tan cerca, y saber que me desea así… me deja temblando.

Xander se separa con una sonrisa y se aclara la garganta.

—Dame un segundo. —Se aleja un poco.

Me quedo observándolo a través del espejo que tengo justo delante, y veo cómo se acerca a su mochila y saca algo.

—Eres un peligro —le digo, con impaciencia.

Él regresa con ese aire suyo, confiado y seguro.

Entre sus dedos lleva un objeto pequeño que no reconozco.

Se lo mete en la boca y lo humedece lentamente sin apartar los ojos de los míos.

Trago saliva. El reflejo no ayuda a calmar mi respiración, al contrario.

Vernos así, desde fuera, solo añade fuego a la tensión que ya arde entre mis piernas.

Se coloca detrás de mí y, con una lentitud que me acelera el pulso, me separa las piernas. Me aparta el tanga de encaje hacia un lado, y lo escucho soltar una leve risa cuando nota lo mojada que estoy.

—Ni siquiera he tenido que tocarte, Gia —susurra, rozando mi piel con los labios—. ¿Así de nerviosa estás por nuestra cita?

No contesto. No puedo.

Entonces, con esa precisión suya que me desarma, introduce el pequeño juguete dentro de mí.

Entra con facilidad, y yo contengo el aliento. La sensación es intensa, distinta…, íntima. Cuando está completamente dentro, Xander se agacha y me da un beso suave, reverente en mi sexo. Casi me quiebro con ese gesto.

Luego me acomoda el tanga con cuidado, como si nada hubiese pasado. Me recoloca el vestido y me ayuda a incorporarme con sus manos firmes en mi cintura.

—Perfecta —dice, mirándome a los ojos. Yo sigo sin poder hablar. Tengo las mejillas encendidas, el cuerpo vibrando y un juguete secreto dentro de mí. Me tiemblan las piernas. No sé si por los nervios de la cita… o por lo que acaba de hacerme—. ¿Lista para salir? —pregunta, con una sonrisa traviesa.

Me giro hacia él, sin entender del todo lo que acaba de pasar. Me coloco bien el vestido. Aún con la respiración algo agitada, frunzo un poco el ceño, intentando parecer seria…, pero sé que mis mejillas me delatan.

—¿Y para qué es esto? —pregunto, señalando con un gesto el juguete escondido en mi interior.

Xander saca algo del bolsillo. Un pequeño mando negro, elegante, con un único botón iluminado. Lo pulsa sin decir nada.

Y entonces lo siento.

La vibración comienza suave, como un susurro que me acaricia desde dentro, pero basta para que mi cuerpo reaccione al instante.

Me estremezco y dejo escapar un gemido ahogado, cerrando las piernas por reflejo. Suspiro, sorprendida y encendida a partes iguales.

—Para esto —responde Xander, con esa media sonrisa suya que me vuelve loca, guardándose el mando tan tranquilo. Me estudia de arriba abajo, satisfecho con el efecto que ha conseguido en mí, y sin darme tiempo a decir nada más, extiende la mano hacia la puerta—. Vamos, preciosa. Nos espera la cena.

Yo parpadeo, aún sin creérmelo.

—¿Piensas que así voy a concentrarme?

—Pienso que no lo harás —responde él con un guiño—. De eso se trata.

Y con eso, me toma de la mano, y todo parece completamente normal… excepto por el hecho de que estoy a punto de salir a cenar por las calles de Arizona con un vibrador dentro y Xander Cole con el control en el bolsillo.

Genial. Simplemente genial.

El viaje en Uber ha sido… muy interesante. Cuando parecía que Xander se calmaba, volvía a activar el botón mágico y me hacía vibrar. Se me han escapado gemidos leves y creo que el conductor ha notado algo. Tanto por mis ruiditos, como por nuestras expresiones.

Ahora, sentados frente a frente en la mesa del restaurante, con las luces tenues y la música suave creando el ambiente perfecto para esta noche que he planeado con tanto cuidado, veo a Xander y me siento emocionada de verdad.

La conversación fluye tranquila, pero sé que Xander está jugando conmigo de una manera que solo él sabe hacerlo.

Siento de nuevo esa vibración inesperada que me recorre, un cosquilleo que hace que me muerda el labio para no dejar escapar ningún sonido.

Cada vez que él pulsa ese botón, mi cuerpo se estremece y, aunque trato de disimularlo, sé que lo sabe y le gusta.

Es un juego secreto que solo nosotros compartimos, y eso me enciende más de lo que esperaba.

Cuando el camarero se acerca a tomar nota, siento sus ojos clavados en mí, y apenas puedo controlar un pequeño jadeo que logro esconder tras una sonrisa. Intento parecer natural, pero por dentro estoy ardiendo.

La cena sigue, entre risas y miradas cómplices. Justo antes de que llegue el postre, Xander pone esa cara tan intensa que me hace latir el corazón más rápido.

—Dame tu tanga, ahora —me susurra. Y aunque mi sorpresa es evidente, una sonrisa traviesa se dibuja en mis labios.

Sin dudarlo, deslizo el tanga con cuidado, sintiendo cómo se me pone la carne de gallina, y se lo doy.

Lo veo tomarlo entre sus dedos y noto cómo se enorgullece cuando descubre que está completamente empapado.

Eso solo me hace sonreír más y disfrutar de la pequeña travesura que estamos haciendo en medio de esta elegante cena—.

Buena chica —me dice con voz baja y llena de satisfacción.

Siento una mezcla de vergüenza y excitación que me hace querer acercarme y acariciarle la mano para reafirmar que este juego acaba de empezar.

Ya no hay tela entre mis piernas, solo la fina piel que arde y se estremece con cada roce.

Siento todo mucho de forma más aguda, cada contacto se amplifica como si el mundo se redujera a este instante.

Xander, con esa expresión de dueño del juego, pulsa el botón.

Una vibración profunda y constante me atraviesa, se enciende un fuego interno que no puedo ni quiero controlar.

Mi clítoris se hincha bajo esa caricia invisible, rozado con precisión y fuerza, y mis piernas se cierran casi sin querer y se aprietan con todo el deseo contenido.

Mis pezones se endurecen, tiran de la tela del vestido, y cada parte de mí responde con urgencia.

Mi respiración se vuelve rápida y entrecortada, el calor se acumula en mi vientre y se expande como un incendio silencioso.

Los ojos de Xander brillan con esa mezcla de poder y deseo que me domina por completo.

—Córrete, Gia —me ordena con voz firme pero susurrada.

Mi cuerpo se tensa, y mis mejillas se encienden.

—No, aquí no —respondo, incapaz de aceptar la idea de perder el control en medio de todo, delante de tanta gente.

Pero él no cede.

—Sí, aquí sí, Gia. Es una orden.

La autoridad en su voz es un reto que no puedo ignorar.

Las vibraciones no cesan y cada vez son más intensas, como una ola que me arrastra sin piedad.

Me aferro a la servilleta que está sobre la mesa, con fuerza, y su mano cubre la mía, firme y protectora.

Siento cómo la tensión me envuelve y se libera en un estallido de placer que me hace soltar un jadeo contenido.

Me muerdo el labio con desesperación, giro un poco la cabeza para no delatarme, pero el sonido ronco que escapa de mis labios es inconfundible. Un susurro de éxtasis que solo él escucha.

Estoy completamente entregada, dominada por el temblor de mi cuerpo y la certeza de que, aunque el mundo siga alrededor, este momento es solo nuestro.

Mientras mi cuerpo todavía tiembla por el orgasmo que acaba de arrasar todo a su paso, siento la mirada intensa de Xander clavada en mí. Su voz, baja y cargada de esa mezcla de deseo y control que tanto me enloquece, me susurra cerca del oído.

—Me va a encantar ver cómo te gotea la corrida por la pierna cuando nos levantemos.

Un escalofrío me recorre el cuerpo y una sonrisa traviesa se dibuja en mis labios.

El postre llega a la mesa. Una tarta de chocolate con helado.

Compartimos la cuchara, rozándonos los dedos, intercambiando sonrisas cómplices entre bocado y bocado. El sabor amargo y dulce se mezcla con la electricidad que aún palpita entre nosotros.