15
G ia
El viaje en avión ha sido largo, pero sorprendentemente ameno.
Supongo que ya me he acostumbrado al caos controlado que es volar con los Seattle Titans . Bromas internas que no entiendo del todo, jugadores compitiendo por quién ronca más fuerte, y Chase gritando «¡Alguien que me pase un antifaz de seda o me niego a despegar!».
Xander, a mi lado todo el tiempo, ha mantenido su mano entrelazada con la mía casi durante todo el vuelo.
Cada vez que uno de los chicos pasaba y nos veía juntos, dejaba caer algún comentario con segundas.
Al principio me incomodaba, ahora simplemente sonrío y me encojo de hombros.
Porque estoy feliz. Con él. Incluso con sus compañeros siendo como son.
Cuando aterrizamos en Arizona, el aire seco nos golpea en cuanto bajamos del avión. Hace calor, pero no me molesta. Todo parece parte de una película en la que, por alguna razón, soy protagonista.
Subimos a un autobús privado que nos lleva hasta el hotel, y los chicos se pelean —como críos de secundaria— por las filas de atrás. Yo me siento delante con el staff, mientras que Xander le da conversación a uno de los entrenadores.
El hotel es espectacular. De esos que huelen a caro desde el primer paso. En recepción nos organizan por grupos y reparten las llaves. Todo va bastante coordinado, hasta que noto cómo una mano grande se posa en mi cintura desde atrás.
—Tú te vienes conmigo —dice Xander.
No puedo evitar sonreír.
—¿Así, sin preguntar?
—No tengo por qué —responde con esa sonrisa suya, tan arrebatadora—. Ya sabes dónde está tu sitio.
Me río y justo cuando le voy a contestar algo igual de provocador, escuchamos la voz de Chase desde el otro lado del vestíbulo.
—¡Pero qué suerte tienen algunas! —exclama dramáticamente, con las manos en el pecho y expresión de pena fingida—. A mí nadie me dice esas cosas.
Xander le dedica una expresión divertida y yo niego con la cabeza, riéndome.
—Si quieres, en mi habitación hay hueco, cariño —dice uno de los chicos del equipo, acercándose a Chase con una ceja alzada.
—Ni en tus sueños, Anderson. No sobreviviría una noche con tu aliento matutino —responde Chase, y todos estallan en carcajadas.
La tensión se disuelve en risas y todo vuelve a fluir con naturalidad. Me gusta cómo se comportan. Pese a sus bromas pesadas y sus comentarios de vestuario, hay cariño real entre ellos. Como una familia.
Xander me toma de la mano, con su llave en la otra.
—¿Nos vamos?
Asiento. Y cuando subimos al ascensor, no puedo evitar mirar de reojo nuestra habitación en la tarjeta: piso alto, vistas al desierto.
No me importa dónde voy a dormir mientras sea con él, pero tener buenas vistas siempre es un plus.
Subimos a la habitación y en cuanto la puerta se cierra detrás de nosotros, Xander lanza su mochila al sillón como si estuviera en su casa. Se estira, se quita la gorra y suspira con gusto.
—Vale, no está mal. —Echa un vistazo alrededor con aprobación—. Podría acostumbrarme a esto.
Yo asiento en silencio, pero por dentro…
no estoy tan tranquila. Tengo mariposas en el estómago.
Porque lo he estado organizando desde hace días.
Porque quiero que le guste el plan. Porque, aunque él me hace sentir segura, aún me asusta que esto sea demasiado.
Que parezca que me estoy «entregando» más de la cuenta.
Me muevo por la habitación, nerviosa, sacando mi neceser, doblando alguna camiseta de más, revisando el móvil a escondidas. Xander se da cuenta. Por supuesto que lo hace. Siempre lo hace.
—¿Estás bien? —pregunta, y se sienta en el borde de la cama, apoyando los antebrazos en las rodillas.
Levanto la cabeza y le sonrío, aunque algo forzada.
—Sí. Solo… estoy un poco nerviosa.
Frunce el ceño, y en dos pasos está delante de mí. Me toma de la barbilla con suavidad para hacer que lo mire.
—¿He hecho algo?
—No, no. Para nada —niego rápido—. Es solo que… te he preparado algo para esta noche. Un plan.
Él parpadea, genuinamente sorprendido.
—¿Una cita?
Asiento.
—Aprovechando que el partido es mañana por la noche y que hoy estamos libres, investigué un poco qué se podía hacer por aquí… y, bueno, quiero que salgamos. Quiero tener un momento a solas contigo, fuera de hoteles y estadios.
Xander no responde al instante. Me observa, procesando lo que acabo de decir. Entonces sonríe. Pero no como suele sonreír cuando está de broma. Esta vez hay algo más suave, más sincero en su expresión.
—¿Me estás diciendo que tengo una cita con mi chica esta noche?
—Sí —respondo bajito, sintiéndome algo idiota, pero también ilusionada.
Él me rodea la cintura y me besa en la frente.
—Dime a qué hora me arreglo. Prometo no preguntar nada más.
—A las ocho. Pero ponte guapo —le digo, sacando un poco el carácter.
—¿Más de lo que ya soy? —responde con una sonrisa chulita. Yo le doy un empujón y él finge tambalearse.
—Xander…
—Gia…
—Vas a hacer que me arrepienta, ¿eh? —río.
Él me atrapa en un abrazo desde atrás y apoya la barbilla en mi hombro.
—Jamás. Me muero de ganas por ver lo que has preparado.
Y en ese momento, todo el nerviosismo se transforma en emoción. Porque no se trata de lo grande o especial que sea la cita. Se trata de que quiero compartirla con él. Porque lo elijo. Cada día.
Nos despertamos de la siesta y le digo a Xander que se vaya arreglando.
Él me obedece y en cuanto entra al baño con su toalla en la mano y cierra la puerta tras él, agarro el móvil del cargador y abro FaceTime con rapidez.
—Vamos, vamos… —murmuro, mientras la pantalla conecta.
Savannah aparece al instante, en pijama, con una coleta alta y cara de ilusión.
—¡Hombre, por fin! —dice, y enseguida gira el teléfono. Cronos está tirado en el sofá como el dueño de la casa. En cuanto oye mi voz, levanta la cabeza y su cola empieza a moverse.
—¡Cronitos! —Sonrío como una idiota—. Ay, Dios… ¡Míralo! ¿Me echas de menos, gordito?
—No sabes cuánto. Se ha pasado toda la mañana llorando en la puerta —bromea Savannah, acariciándolo.
—No digas eso, que me da penita —respondo riendo—. ¿Se está portando bien?
—Sí, más o menos. Me ha robado antes una loncha de pavo.
—Normal. Está en su época delincuente.
Hablamos unos minutos más, de cosas sin importancia. De lo bien que se ha adaptado Cronos, del nuevo exfoliante que ha probado Sav y de que Chase la ha llamado antes, y le ha contado no sé qué frikada que no he entendido.
—Por cierto —dice de pronto con una sonrisa traviesa—, ¿Xander está por ahí?
—Se está duchando.
—¡Oh, Dios! ¿Está desnudo? —exclama, girando la cabeza como si pudiese ver más de lo que muestro.
—¡Savannah! —Me echo a reír.
—¿Qué? ¡Déjame verlo un segundo, solo para confirmar que sigue siendo el mismo semental de siempre.
—Estás fatal —En ese momento dejo de oír el ruido del agua—. Vale, corto, que va a salir. ¡Y no digas nada raro!
—¡Demasiado tarde! —canta ella, justo cuando cuelgo.
Suelto una risa y dejo el móvil sobre la mesita. Un segundo después, la puerta del baño se abre y Xander sale envuelto en la toalla, con el pelo mojado y desordenado, el pecho aún brillando por el agua.
—¿Hablabas sola?
—Hablaba con Sav. Y con Cronos —añado con rapidez, y paso a su lado para ir hacia el neceser—. Todo en orden. Sav dice que ya es oficialmente su gato.
—Sí, ya veremos quién manda en esa casa cuando vuelva.
Sonrío y cojo mi ropa interior y mi vestido.
—Ahora me ducho yo. No me espíes.
—Es difícil no hacerlo, si vas andando así.
Le lanzo una mirada de advertencia por encima del hombro, pero él solo sonríe con esa carita de «yo no he hecho nada».
Y cuando cierro la puerta del baño no puedo evitar pensar en lo feliz que me siento. En lo natural que me resulta todo esto. Y en lo mucho que me apetece lo de esta noche.
La ducha me sienta genial. Cuando salgo me envuelvo en la toalla y me siento frente al espejo del tocador.
El corazón me late con fuerza mientras me seco el pelo y me lo peino con calma, dándole forma a mis ondas naturales.
Me maquillo sin prisas, buscando un look sutil pero que resalte, para que parezca que no me he esmerado demasiado, aunque en realidad llevo casi veinte minutos perfeccionando cada detalle.
Cuando estoy lista, cojo el vestido que había escondido en mi maleta. Es negro, largo hasta los tobillos, de tela suave y ceñida al cuerpo, con una pequeña abertura lateral y escote en la espalda.
Elegante, pero con un toque sexy.
Me lo pongo con cuidado, subo la cremallera, me pongo los tacones y echo una última ojeada en el espejo.
Vale. Estoy lista.
Abro la puerta del baño y, en cuanto salgo, Xander levanta la vista desde donde está sentado, ya vestido. Se queda contemplándome en silencio. Su mandíbula se tensa un poco. Sus ojos bajan por todo mi cuerpo, desnudándome con la mirada, pero de esa forma que me hace sentir deseada, poderosa…, suya.
—Joder, Gia…
—¿Demasiado? —pregunto, fingiendo inseguridad mientras recojo mis cosas del tocador.
Él se pone de pie, todavía observándome.
—Demasiado perfecto, querrás decir.
Suspiro por dentro. Porque, madre mía…
Xander lleva una camisa blanca, remangada hasta los antebrazos, y un pantalón de traje negro que le queda tan bien que no me explico cómo no es ilegal.
Se ha peinado hacia atrás con los dedos, pero aún conserva ese aire rebelde que parece imposible de domar.
Y huele… Dios. Ese maldito perfume me hace querer olvidarme de la cita para que nos quedemos encerrados aquí toda la noche.
—No sabía que te gustaban tanto las sorpresas —le digo, cogiendo mi bolso.
—No sabía que iba a necesitar defensa personal esta noche —responde, acercándose—. Vas a conseguir que me meta en una pelea en mitad del desierto.
—¿Y qué vas a hacer al respecto?
Me agarra de la cintura, sin tocarme demasiado para no arrugar el vestido, y se agacha para besarme justo debajo de la oreja.
—Lo que me dejes.
Trago saliva y me obligo a sonreír.
—Lo que quieras —respondo casi sin pensar.