14 #2
Verla así, tan dueña de sí misma, tan apasionada y sin miedo, es como una descarga eléctrica que me atraviesa. Me quemo en su fuego, pierdo la razón en su movimiento, y solo quiero que ese instante dure para siempre.
Gia se acerca y me besa con una urgencia deliciosa; sus labios buscan los míos como si quisiera devorarme.
Mientras me besa me susurra al oído con voz baja y ronca, diciendo palabras que me encienden sin remedio. Cada sonido de su voz es un cuchillo de placer que atraviesa mi cuerpo.
Siento su aliento cálido rozar mi piel; sus caderas siguen marcando el ritmo, y se aferra a mis hombros con fuerza, como si necesitara anclarse a mí para no perderse en ese momento.
—Eres jodidamente perfecto —me dice al oído—.
No puedo creer lo que me haces sentir… Así, así, más fuerte…
—Su voz se quiebra un poco, y eso me enciende aún más.
La beso de nuevo y en ese instante sé que nada más importa—.
Joder, Xander, tu polla me vuelve loca… Siento cada centímetro dentro de mí —gime, con sus labios rozando mi piel.
—La tomo de las caderas con fuerza, aumentando el ritmo de mis embestidas, sintiendo cómo su cuerpo se adapta al mío con precisión perfecta.
Sus manos pasan a mi cabeza, su pecho está pegado al mío—.
Quiero que follemos hasta quedarnos sin aliento —susurra, mordiéndome el lóbulo.
La miro con desesperación, la beso con hambre; nuestras respiraciones se entrelazan en la penumbra de la habitación.
—Eres la única que puede hacerme sentir así —le digo, hundiéndome más en ella, sintiendo cómo se tensa, cómo se entrega por completo.
Gia gime mi nombre, perdida en el placer, y yo noto que está a punto.
Me agarra del pelo y me gime en el oído.
Y entre su voz quemándome la piel, y el sonido de nuestros cuerpos uniéndose, no puedo más.
La necesito, me consume cada segundo que pasa, y el deseo me estalla dentro.
Enredo mis dedos en su pelo y tiro suavemente, reclamando su atención; la beso con una fuerza desesperada, como si ese beso fuese el último que vaya a dar en mi vida.
Ella no se resiste. Se deja llevar, entrega todo su cuerpo y su alma en ese instante. Empiezo a darle empellones más intensos, más rápidos, sintiendo cómo su cuerpo responde a cada embestida.
Nos unimos a un ritmo frenético, perdidos entre gemidos y respiraciones entrecortadas. El borde se acerca y, con un último empujón, los dos nos rendimos al placer. Nos corremos juntos, un estallido de fuego y agua, de calma y tormenta.
Nos quedamos ahí, pegados, sintiendo el pulso de nuestros cuerpos latiendo al mismo tiempo, exhaustos pero satisfechos.
Gia está dormida sobre mi pecho, con una pierna entrelazada en la mía y su respiración calmada acariciando mi piel. Aún siento el eco de lo que ha pasado hace apenas unos minutos; su cuerpo sigue grabado en el mío, nuestras pieles parecen haberse mezclado un poco más.
La habitación está a oscuras, con las sábanas revueltas y el olor a ella todavía flotando en el aire. Cronos duerme en su rincón, a los pies de la cama, completamente ajeno a todo. Pero verlo ahí, tranquilo, en mi casa…, en nuestra casa, me hace sentir algo que no sé si había sentido antes.
Giro un poco la cabeza para mirar a Gia. Su pelo está esparcido por mi pecho y sus labios, entreabiertos. Está preciosa. Como siempre. Pero no solo eso: está… en casa.
Le acaricio la espalda despacio, con los dedos apenas rozando su piel desnuda. Y antes de que me lo guarde otro día más, antes de que vuelva a callarme lo que es evidente…, lo dejo salir.
—Gia —susurro.
Ella abre los ojos, aún medio dormida.
—¿Mmm? —murmura, levantando un poco la cabeza.
—Te quiero.
Sus ojos se abren del todo. Se incorpora un poco, como si no estuviera segura de haberlo escuchado bien. Yo solo me quedo ahí, serio, con el corazón latiéndome en la garganta.
Ella sonríe. Esa sonrisa suya que siempre me desarma.
—Yo también te quiero, Xander.
Y me besa despacio. No como antes, con hambre o necesidad. Me besa con calma, con ternura, como para sellar algo sagrado.
Nos acomodamos de nuevo, esta vez los dos tapados hasta el pecho, abrazados, sin prisas. Cronos suelta un pequeño suspiro desde su cama improvisada.
Gia ríe bajito.
—Nuestra primera noche los tres juntos en esta casa.
—Como una familia —digo sin pensarlo.
Le brillan más de lo que cualquier lámpara podría conseguir, y asiente, acurrucándose un poco más.
—Nuestra familia —sentencia ella.
Y así, entre silencios que no pesan y caricias que lo dicen todo, nos quedamos dormidos. Gia, Cronos y yo. Todo lo que estaba roto en mí parece haber encontrado al fin su lugar.
Los días siguientes a nuestra noche juntos pasan rápido. Demasiado.
Todo está yendo bien. Muy bien. Gia se ha instalado de forma casi natural en mi casa y, aunque no hemos hecho una mudanza oficial, sus cosas ya ocupan más espacio que las mías. Y no me importa. Al contrario. Me encanta.
Cronos duerme cada noche pegado a nosotros, y verla a ella dormir con los dedos en su pelaje me hace sentir… completo.
No pensé que algo tan sencillo me hiciera sentir tan pleno. Pero Gia tiene esa forma de convertir lo cotidiano en hogar.
Hoy es el día del vuelo a Arizona. Siguiente partido de la temporada. Y aunque tengo los nervios justos, siento lo mismo que la última vez: paz. No estoy solo.
—¿Has llamado a Savannah? —le pregunto desde la cocina, donde estoy preparándome un café.
Gia, con el móvil en la mano y Cronos en brazos, asiente y se sienta en el sofá con él en el regazo.
—Voy a hacerlo ahora.
Activa el altavoz para que yo también escuche y sonríe porque sabe que me hace gracia que incluya al gato en nuestros planes como si fuera un niño pequeño. Aunque, en cierto modo, lo es.
El tono suena dos veces antes de que Savannah responda.
—¡Hola, hermosa! ¿Estás ya lista para tu escapada romántica con tu quarterback favorito?
Gia pone los ojos en blanco con una sonrisa mientras Cronos se revuelca a gusto entre sus piernas.
—Más o menos. Pero necesito un favor de los grandes —dice, acariciando las orejas del gato con ternura—. ¿Puedes venir a quedarte con Cronitos estos días? Solo serán tres. Ya le he dejado su comida lista, su cama en el sofá, y…, bueno, también le he comprado más chuches de las que necesita.
—Obvio que sí. Me muero por mimarlo. Además, así me escapo un poco de mi casa —responde Savannah riendo—. ¿Xander está por ahí?
—Estoy aquí —respondo; me apoyo en el marco de la puerta con la taza—. Te encargo a mi pequeño. Cuídalo más que a Chase, ¿vale?
—Eso es fácil. Chase se quema cocinando y Cronos no cocina. Lo podré manejar.
Nos reímos los tres; Savannah promete pasarse en una hora con algunas cosas para quedarse aquí. Gia cuelga con una sonrisa tranquila, le da un beso a Cronos en la cabeza y se vuelve hacia mí.
—Ya está. Cronitos estará en buenas manos.
Me acerco, dejo el café a un lado y me agacho frente a ella. Cronos me mira con esos ojos medio indiferentes, medio celosos, cuando le acaricio el lomo.
—Sabes que esto me hace feliz, ¿no?
—¿El qué?
—Tú. Aquí. Haciendo esto. Llamando a Savannah como si este fuera tu hogar. Cuidando de Cronos como si fuera nuestro gato. Me gusta esta vida contigo, Gia.
Ella sonríe con suavidad y baja la vista; parece no saber qué decir. Pero no hace falta que diga nada. Sus expresión lo hace por ella.
Y justo entonces, Cronos salta del sofá, y va directo a su fuente de agua.
—Está molesto —dice ella, risueña—. Sabe que nos vamos.
—Lo dejaremos, pero volveremos. Y cuando volvamos, le traeremos una mantita nueva con olor a Arizona —bromeo, poniéndome en pie.
Gia se levanta también. Suspira y echa una ojeada alrededor, intentando congelar el momento. Y entonces me abraza por la cintura.
—Vamos a ganar ese partido, Cole.
—Con suerte…, sí. Y si no… —le doy un beso en la frente—, al menos sé que vuelvo a casa contigo.
—¿Tienes todo? —le pregunto a Gia, mientras guardo mi maleta en el maletero del autobús del equipo. Ella asiente, con su mo chila del staff colgada al hombro. Lleva la sudadera de los Titans y una coleta alta que deja su cuello al descubierto. Me dan ganas de besarla ahí, justo ahí.
—Todo listo —responde, y me lanza una sonrisa de esas que me desarman.
—Si te portas bien en el avión, puede que te invite a mi asiento —le susurro al oído.
—No podemos follar a diez mil metros de altura, por si no lo sabes.
—Nunca es tarde para un nuevo récord personal.
Ella suelta una risa bajita y me empuja con el hombro, justo cuando aparece Chase con su maleta a rastras.
—¿Vais a subir o vais a cogeros una habitación aquí en el parking ?
—¿Tú qué crees? —le suelto.
—Yo creo que deberías estar concentrado, Cole. Este partido va a estar reñido. Los Scorpions no se andan con tonterías.
Chase se tensa demasiado antes de los partidos.
Aunque tiene razón. Arizona Scorpions es un equipo duro, sobre todo en defensa.
Van a querer cortarnos el ritmo desde el minuto uno.
Pero estamos preparados. Hemos entrenado bien.
Yo me he vaciado esta semana. Y no solo físicamente.
Tener a Gia cerca me ha centrado. Me ha hecho dejar de pensar en tonterías. En el ruido.
—Estoy más que listo —le digo, y él me choca el puño.
Gia sube al bus con el grupo del staff, y yo me acomodo junto a Chase más atrás. El viaje es largo, pero el ambiente está tranquilo. No hay bromas pesadas. Todos estamos ya en modo partido activado. Cada uno con su música, sus rutinas, su forma de visualizar lo que viene.
Yo cierro los ojos por un momento. Apoyo la cabeza y permito que mi mente se transporte al campo. Me veo corriendo, esquivando, lanzando. Me veo ganando. Pero también la veo a ella en la grada.
Con su sudadera. Radiante. Gritando mi nombre como si el mundo fuera solo ese momento.
Y me juro que este fin de semana, voy a darlo todo. Por el equipo. Por mí. Por ella.