La última apuesta 13 #2
49%

13 #2

Me permito pensar en ideas. ¿Y si encontramos un restaurante bonito? ¿O damos un paseo por el centro si el tiempo lo permite? Tal vez pueda organizarle una pequeña sorpresa. Algo que lo des conecte del estrés, que lo haga sentirse tan especial como él me hace sentir a mí.

Sigo trabajando, sí. Pero ya con otra energía. Con ese cosquilleo en el estómago que me recuerda que no todo en la vida es planificar horarios y controlar agendas. También se trata de encontrar pequeños momentos, aunque sea entre partido y partido, para disfrutar de lo que de verdad importa.

Y esta vez, eso incluye a Xander Cole.

Termino de revisar el último correo y lo guardo todo en mi bolso.

La jornada ha sido intensa pero productiva.

Cuando salgo de la oficina, el sol empieza a caer, tiñendo el cielo con tonos naranjas y dorados.

Debería irme a casa y coger lo más importante para llevarlo a casa de Xander, pero ahora mismo prefiero estar en otro sitio.

Atravieso el pasillo hasta el gimnasio. Desde la cristalera puedo verlo. Xander está junto a uno de los bancos, con la camiseta empapada y el pelo revuelto. El resto del equipo ya se ha marchado, pero él se ha quedado haciendo trabajo extra. Cómo no.

Me apoyo discretamente en la puerta y lo observo un momento sin decir nada. Me encanta verlo así, en su mundo. Concentrado, intenso…, real.

Cuando se vuelve hacia mí, una sonrisa lenta y cómplice se dibuja en sus labios.

—¿Me estás espiando? —pregunta con esa voz ronca de esfuerzo mientras se pasa la toalla por el cuello.

—Estaba decidiendo si quedaba algo decente para admirar a estas horas… —le digo, encogiéndome de hombros con fingida inocencia.

Él ríe y deja las mancuernas a un lado.

—¿Y? ¿He pasado el corte?

—Mmm…, te lo diré si me cuentas qué tal el entrenamiento.

Camina hacia mí con pasos lentos, seguros, secándose las manos.

—Duro. El míster nos ha apretado. Mucho trabajo técnico. Pero me siento bien, la verdad. El cuerpo empieza a recuperar el ritmo. ¿Y tú? ¿Todo bien hoy?

—Sí —le sonrío, y juego con una tira de mi bolso—. De hecho, he tenido una charla interesante con el míster. Dice que está muy contento con mi trabajo, que toda la directiva lo está.

Xander asiente, orgulloso.

—Normal. Eres brillante en lo que haces. Se nota desde fuera. ¿Y… ha dicho algo más?

—Bueno… —Ladeo la cabeza—. Que mientras lo nuestro no afecte al equipo, está encantado de que por fin te hayas centrado.

Xander se ríe por lo bajo, y hace un gesto de negación.

—Eso suena a «gracias por domar a la bestia».

—Más o menos —me río con él, y entonces su expresión se suaviza y se vuelve más tierna.

—No sé si me has domado, Gia… —dice en voz baja—. Pero sí que me has cambiado la vida.

Me quedo quieta un segundo, sintiendo cómo esa frase me golpea directo en el pecho.

—Tú también me la estás cambiando, Xander —respondo en un susurro, tragando saliva.

Se acerca y apoya la frente contra la mía, con sus dedos en mis caderas.

—¿Te vienes a casa? —pregunta.

—Siempre.

Y en ese momento, entre el olor a gimnasio, las luces tenues del final del día y su respiración pegada a la mía, siento que no necesito nada más.

Justo cuando Xander y yo nos sentamos en uno de los bancos del gimnasio, riéndonos aún de la situación, aparece Chase con su energía inconfundible y una expresión entre indignada y exageradamente dolida.

—¡Ah, miradlos! —exclama, llevándose la mano al pecho como si acabara de descubrir una traición—. ¡La parejita feliz, aquí, compartiendo risitas sin invitarme! ¡No puedo con tanto dolor!

—¿Qué te pasa ahora? —responde Xander, sin molestarse en disimular la sonrisa.

—Lo que me pasa es que hace como mil años que no me paso por tu casa, y no ha sido por mi culpa, precisamente —dice; me echa una ojeada con descaro y con una ceja levantada—. No quiero señalar a nadie…, pero, Gia, me siento desplazado. Olvidado. Abandonado por mi mejor amigo.

—¿En serio estás haciendo drama? —le respondo entre risas.

—¿Y cómo no? Antes me llamaba para cada tontería. Ahora, nada. Ni un meme. Ni un vamos a ver el partido. Solo estáis tú y Cronos en su vida.

Xander resopla.

—Vete a la mierda, Chase —dice, guiñándome un ojo.

—Lo haré. Pero antes…, tengo una propuesta.

Para arreglar este desequilibrio emocional y social que estoy sufriendo por culpa de tu novia.

—Se cruza de brazos, teatralmente—. Esta noche, Savannah y yo…

, tu chica y tú…, todos en tu casa. Cena, birras, pizzas, lo que sea.

Y así volvemos a ser una familia feliz. ¿Qué dices?

—¿Tengo elección? —pregunta Xander, provocándolo.

—No. De hecho, solo te estoy avisando, en realidad.

—A mí me parece planazo —digo—. ¿Tú qué dices, quarterback ?

Xander me mira y luego se concentra en su amigo con fingida resignación.

—Está bien. Pero si te emborrachas y acabas cantando con Cronos en brazos otra vez, duermes en el sofá.

—¡Prometido! Bueno…, lo intentaré —acaba diciendo.

—Nos vemos esta noche entonces —añade Chase con una sonrisa.

Hace una reverencia exagerada y se aleja como si hubiese logrado una gran victoria.

—¡Ha vuelto la familia real de Seattle! ¡Y yo soy el rey adoptado! Xander niega con la cabeza, divertido.

—¿Segura que estás lista para una noche con estos dos en casa? —Con tal de estar contigo, aguanto lo que sea.

Cruzo la puerta de mi apartamento con una mezcla de nervios y emoción apretándome el pecho.

Todo está en silencio, salvo por el sonido suave de las patitas de Cronos al venir a recibirme. Se frota contra mis piernas como si supiera que algo está a punto de cambiar.

—Hola, mi amor —susurro, agachándome para acariciarlo—. Nos vamos a casa.

La palabra casa me suena diferente ahora. Ya no es este lugar lleno de paredes neutras y estanterías mal puestas. Es él. Xander. Su sofá incómodo. Su forma de dejar las llaves en cualquier sitio. Su olor en las sábanas.

Recorro el piso recogiendo solo lo importante: mi portátil, una caja con mis libros favoritos, algo de ropa, y las cositas de Cronos. Lo esencial. Lo que de verdad quiero tener cerca.

Meto a Cronos en su transportín y me maúlla, protestando por la mudanza.

—No pongas esa cara, gordito. Te va a encantar. Tiene un sofá gigante donde dormir la siesta, y Xander no sabe decir que no cuando le pones esa carita.

Apago la luz y me detengo un segundo en el umbral, con las llaves en la mano. Respiro hondo. Sonrío.

Esto no es un adiós. Es un comienzo. Y aunque da un poco de miedo…, también me sienta demasiado bien.

Llego al edificio con el transportín en una mano y una mochila colgada del hombro. Cronos va dentro, medio dormido pero quejándose igual porque parece saber que está a punto de instalarse en territorio nuevo.

Cuando Xander abre la puerta, está despeinado, lleva una camiseta gris de tirantes y esa sonrisa suya que me desarma sin esfuerzo.

—¿Ese es mi nuevo compañero de piso? —pregunta, mirando el transportín como si llevara oro dentro.

—Está de mal humor. Pero te acabará queriendo. —Entro con confianza, Cronos incluido.

—¿Y tú? ¿También me acabarás queriendo o eso ha sido desde el principio? —bromea cerrando la puerta tras de mí.

—Desde que te vi en calzoncillos por primera vez —le contesto con una sonrisa ladeada.

Él se ríe y se agacha para saludar a Cronos, que lo observa con desconfianza felina y dignidad de un emperador romano.

—Eh, colega. Soy el que te va a dar atún los domingos. Agradécemelo pronto .

Dejo la mochila en el sofá y veo cómo Xander se queda ahí, en cuclillas, intentando ganarse a mi gato. Y aunque Cronos no se mueve ni un milímetro, puedo ver su curiosidad asomando por los bigotes.

—¿Estás feliz? —le pregunto desde la cocina.

Xander levanta la vista, y por un segundo no hay bromas, ni pullas ni dobles sentidos. Solo sus ojos claros, fijos en los míos.

—Mucho —dice, y su voz suena sincera, suave—. Ahora, ya te puedes ir.

Mierda. Retiro lo dicho. Siempre hay bromas cuando se trata de Xander.

Me río soltando el aire por la nariz.

—Estoy jodidamente feliz, Gia. —Me mira con cara dulce—. Ahora sí parece que vives aquí.

Y juro que, me encanta esa sensación. La sensación de pertenecer a algo. A alguien.

El sonido del cuchillo contra la tabla de cortar me resulta extrañamente terapéutico. Estoy en la cocina de Xander —¿ya puedo llamarla también «mi casa»?— y corto algunas verduras para un par de dips mientras él rebusca en los muebles algo que no encuentra.

—¿Dónde están las putas servilletas? —pregunta sin levantar la cabeza, abriendo y cerrando puertas como si fueran casilleros de un vestuario.

—Segundo cajón a la izquierda —le respondo, sin necesidad de volverme.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque vivo contigo la mitad del tiempo, y porque tengo memoria, a diferencia de ti.

—Tú tienes memoria para todo…, menos para recoger los pelos de la ducha —responde, alzando las cejas, y me lanza una servilleta doblada al pecho.

—Eso…, eso es verdad —respondo, resignada—. Pero solo se me olvidó una vez.

—Estuve a punto de ponerle nombre —me dice cuando clavo el cuchillo en la tabla.

Levanta las manos a modo de rendición. Ambos reímos y seguimos organizando.

Aunque vamos a pedir pizza, queremos tener algunas cositas preparadas. Patatas, crudités con hummus , aceitunas, refrescos, cervezas frías, vinito blanco…, y por supuesto, una bandeja de nachos con queso que huelen tan bien que Xander ya ha intentado robarme uno.

—¡Ni se te ocurra tocar eso todavía! —lo amenazo con el cuchillo en alto.

—Gia, vivimos juntos, me merezco un privilegio.

—Tú tienes privilegios… en otras zonas —le digo bajito, con tono travieso.

Xander se acerca por detrás, me rodea con los brazos y me besa en el cuello.

—Tú eres mi privilegio —susurra, y esa voz rasgada me derrite entera.

—No me calientes —le digo, girándome para besarlo suavemente—. Vienen en nada. Y me he puesto esta camiseta por si sudamos montando la tabla de quesos, no para que me la quites.

—Yo la camiseta te la respeto… Las bragas ya no prometo nada.

Le doy un pequeño empujón, riendo.

—Ve a poner música, capullo.