13
G ia
El sol apenas empieza a colarse por la ventana cuando abro los ojos y lo primero que veo es su espalda. Ancha, fuerte, completamente desnuda. Respira con calma, de lado, abrazado a su almohada como se abraza a mí.
Y yo… yo me siento en paz absoluta. Me siento en casa.
No hay otra forma de describirlo. Estoy en este cuarto. En esta cama. Con ese cuerpo que me he aprendido de memoria en tan poco tiempo. Todo huele a él. Sabe a él. Y aun así no me canso. No me empacha. No me agobia.
Confío en él. Más de lo que pensé que volvería a confiar en alguien.
Me incorporo un poco sin despertarlo. Paso la yema de mis dedos por su hombro, siguiendo una línea imaginaria. Me tiembla un poco el pecho. No por miedo, sino por lo fuerte que me late el corazón. Nunca me había sentido tan segura. Tan cómoda.
Como si en realidad llevara años a su lado.
Han pasado días desde el primer partido de la temporada, y todavía me dura la adrenalina.
El estadio vibraba como una bestia viva. La gente rugía en las gradas y yo no podía dejar de mirar al campo, a él, a Xander, como si estuviera viendo una película en tiempo real.
Fue increíble. Ver al equipo en acción, tan compenetrados, tan fieros. Y él… Dios.
No sé ni cómo describirlo. No era solo su fuerza ni su velocidad, ni la forma en que lideraba cada jugada. También era su presencia. Todo el mundo estaba pendiente de él, y yo también. Pero como los demás no.
Yo lo veía en cada detalle: la forma en que se colocaba los guantes, el momento exacto en que apretaba la mandíbula cuando algo no salía como quería, o ese gesto que hace con la lengua cuando está concentrado. Lo vi. Y me enamoré un poco más.
No se lo he dicho todavía. Pero sé que lo estoy.
—¿Qué hora es? —gruñe con la voz rasposa, abriendo un ojo, todavía medio dormido.
—Temprano. Pero ya tengo que irme —respondo mientras me estiro.
—Cinco minutos más —murmura, y me agarra de la cintura para acurrucarme junto a su pecho.
Me río bajito, enterrando la cara en su cuello.
—Me vas a hacer llegar tarde.
—Que me echen la culpa a mí —susurra con una sonrisa, y me besa en la frente.
Me derrito. Literalmente. ¿Cómo se supone que una persona puede hacerme sentir tantas cosas con un simple beso en la frente?
Me quedaría aquí toda la vida. Pero el mundo no se detiene, y la temporada apenas ha empezado.
Me levanto con cuidado. Xander se estira en la cama, despeinado, con el torso descubierto y una expresión soñolienta que me hace querer saltarme el trabajo solo para volver a enredarme entre las sábanas con él.
Pero me contengo. Porque ahora tengo algo más que ganas. Tengo una rutina. Una relación. Y por primera vez en mucho tiempo, siento que todo está donde tiene que estar.
Todavía me estoy secando el pelo cuando escucho sus pasos arrastrándose desde la cama.
Xander entra en el baño con ese pelo revuelto que debería verse mal, pero que en él, inexplicablemente, se ve perfecto.
—¿Ya te vas entonces? —pregunta con un bostezo, abrazándome por la espalda mientras me cepillo los dientes.
—En diez minutos —le respondo con la boca llena de espuma.
Él asiente, me da un beso lento en el hombro y apoya la barbilla en mi cabeza.
Permanece así unos segundos, en silencio, hasta que murmura.
—Echo de menos a Cronos durmiendo en nuestras piernas.
Sonrío, con la pasta aún en la boca.
—Yo también —digo, y me enjuago la boca—. Aunque el muy traidor se vaya a tus piernas últimamente.
Pongo una expresión de celos desafiante.
—Sí, por eso mismo —dice, con una sonrisa que no le cabe en la cara.
Nos miramos a través del reflejo, y siento ese calor familiar en el pecho, ese que aparece cada vez que me hace sentir como si fuésemos una familia. Aunque no lo diga en voz alta.
Xander suelta un suspiro suave, se despega de mí y se apoya contra el lavabo.
—Estaba pensando… —empieza, rascándose la nuca, con ese gesto suyo cuando no sabe bien cómo decir algo—. No quiero agobiarte ni nada, ¿vale? Solo… se me ha ocurrido una idea.
Me doy la vuelta con curiosidad, limpiándome la boca con una toalla.
—¿Qué idea?
—¿Y si… te vienes a vivir conmigo? —suelta, y luego frunce un poco el ceño—. No sé, así no estamos de un sitio a otro todo el tiempo. No tendrías que levantarte antes cuando duermes aquí. Y podríamos tener a esa bola naranja siempre con nosotros.
Me quedo en shock . Pero de los buenos. De esos en los que el estómago se encoge de pura felicidad.
—¿Hablas en serio? —pregunto, casi sin aliento.
Él asiente, sin apartar los ojos de los míos.
—Sí. Sé que llevamos poco, pero me gusta esto, Gia. Me gusta cómo es todo contigo. Y si tú quieres…, sería un paso bonito.
Me lanzo a abrazarlo sin pensarlo dos veces, con una sonrisa tonta en la cara y el corazón a mil por hora.
—Quiero. Claro que quiero.
Él me aprieta fuerte contra su pecho y me besa la sien.
—Aunque me tengas que aguantar todos los días con el pelo revuelto.
—Y tú a mí en bata rosa con dibujos de aguacates —le respondo entre risas.
Se ríe también y, por un segundo, lo único que existe es este momento. Su abrazo. Su olor. Su casa, que ahora quizás también será un poco la mía.
—La verdad es que todo esto lo hago por Cronos, ¿eh? —dice, separándose un poco de mí—. Ese cabrón me ha robado el corazón. Solo quiero que viva aquí, feliz, durmiendo donde le dé la gana.
Le lanzo una mirada divertida.
—¿Y yo qué? ¿No cuento?
Xander se encoge de hombros, haciéndose el pensativo.
—Bueno…, tú eres el complemento colateral. Venís juntos, ¿no? Algo así como: «Adopta un gato, llévate a la dueña». Promoción irresistible.
—Idiota —le digo, riendo, y le doy un empujón suave.
—Te encanta este idiota —dice, dándome un golpecito en la nariz con el dedo.
—Me encanta más MI gato. Mío. Mi bola de pelo —le digo, marcando cada palabra.
Salgo del baño, dejándolo atrás.
—¡Nuestro! —se ríe, alzando la voz.
—Ajá, entonces, a partir de ahora el arenero lo limpias tú.
—¡Tuyo, tuyo! —responde.
Y los dos nos echamos a reír como dos niños pequeños.
Esto está bien. Es fácil. Es como un hogar.
Estoy concentrada revisando por enésima vez los detalles del próximo viaje del equipo cuando escucho que alguien golpea suavemente el marco de mi puerta.
Levanto la vista y me encuentro al míster, con una taza de café en mano y una media sonrisa en el rostro.
—¿Tienes un minuto, Gia?
—Claro, por supuesto —respondo, dejando a un lado la tablet .
Entra con la tranquilidad de quien lleva años en este mundo, se sienta frente a mí y le da un sorbo a su café antes de hablar.
—Solo quería decirte algo… y prefería hacerlo cara a cara.
—¿Va todo bien? —pregunto, un poco tensa.
La última vez que un jefe me pidió hablar cara a cara terminé organizando una gira con tres días de margen.
Pero él asiente con firmeza.
—Más que bien, en realidad. Gia, estás haciendo un trabajo impecable. No solo cumples con tus funciones, sino que también vas siempre un paso más allá. La logística está saliendo redonda, el equipo lo nota y la directiva también. Has hecho que todo funcione mejor.
Parpadeo un par de veces, procesando sus palabras.
—Guau… gracias. De verdad. Eso significa mucho viniendo de ti.
—Y sobre… lo de Xander —añade, con una ceja ligeramente alzada—.
Sé que hay algo entre vosotros. No soy ciego ni tampoco el único que lo sabe, obviamente.
Y no voy a meterme, siempre y cuando eso no interfiera con el trabajo.
—Me muerdo el labio inferior, un poco incómoda, pero él levanta una mano para frenarme antes de que diga nada—.
No estoy preocupado. Al contrario. Todos hemos notado el cambio en él.
Está más centrado. Más comprometido. Y eso, en parte, es gracias a ti.
Solo quería que lo supieras. La directiva está encantada contigo.
Sonrío, algo aliviada, pero sobre todo emocionada.
—Gracias, señor. De verdad. Intento dar lo mejor de mí… Y también… trato de que nada se mezcle demasiado. Profesionalidad ante todo.
—Y se nota —dice, poniéndose de pie—. Solo quería asegurarme de que lo sabes. A veces, uno merece escuchar que lo está haciendo bien.
Asiento, agradecida. Y mientras él se aleja, no puedo evitar sonreír como una idiota. Porque sí…, quizás por fin empiezo a sentir que todo, poco a poco, está encajando en su sitio.
Cuando el míster se marcha, me recuesto brevemente en la silla, con una pequeña sonrisa que me sale sin querer.
No todos los días te dicen que estás haciendo las cosas bien…
y mucho menos desde tan arriba. Pero en medio de esa pequeña burbuja de satisfacción, noto una mirada.
Alzo la vista y ahí está Hannah, apoyada contra la pared del pasillo, y tiene pinta de llevar ya un rato ahí parada.
Me observa con esa mezcla extraña entre juicio y frialdad que ya se ha vuelto su nueva forma de saludarme.
No dice nada. Ni siquiera finge una sonrisa.
Solo tiene esa expresión que dice «Te estoy viendo»; se da la vuelta y desaparece por el pasillo.
Me dan ganas de poner los ojos en blanco.
Hace días que se comporta así, como si yo hubiese hecho algo que no termino de entender.
Al principio intenté acercarme, mantener el buen rollo de siempre, pero me rendí rápido.
No pienso perseguir a nadie para que me trate bien.
Respiro hondo y me enfoco de nuevo en la tablet .
Debo terminar de cerrar los detalles del próximo viaje.
El equipo juega fuera este fin de semana y todo tiene que estar perfectamente organizado: hoteles, transporte, horarios, comidas, acreditaciones.
Me sumerjo en los correos, llamadas y hojas de ruta, mi escudo contra el drama.
Y entonces, entre una reunión con logística y la confirmación de las habitaciones, mi mente se distrae por un segundo.
Leo el nombre de la ciudad del próximo partido en el calendario, y sin poder evitarlo, sonrío.
Es una ciudad preciosa. Xander me ha dicho alguna vez que nunca ha tenido tiempo de disfrutarla cuando juega allí. Quizá esta vez pueda ser diferente.